Por la noche Holguín conversaba en el salón de Mr. Ferdinand de
Lesseps con la gruesa Isabel, reina sin dominios, y madre de
Alfonso XII, soberano de España. Damas hermosas y caballeros
distinguidos oían a nuestro Ministro discurrir sobre las bellezas
de la zona de los trópicos, sobre sus bosques que son florestas
fantásticas, sus ríos de grandes corrientes y su cielo rico y
caprichosamente recamado de nubes.
La vida en Europa, aunque trabaja hondamente en mal, o con
provecho, el cuerpo y la inteligencia de los extranjeros, no por
eso les da idea exacta de la duración. Podeis decir que no hay allí
horas ni días, ni años, y no habreis exagerado nada.
El 15 del pasado Septiembre, Holguín, se había retirado tarde, como
de costumbre, a su habitación, después de asistir al Vaudeville,
donde se representaba a Lili, de Mr. Albert Millaud.
-Hay para el señor Ministro una carta, le dijo el portero al
entrar.
-Id a llevármela por la mañana, respondió Holguín sin detenerse. No
leo ahora.
-El señor Ministro me perdone, pero es muy urgente: se me ha dicho
que le interesa leerla cuanto antes.
Holguín rompió la nema y leyó a la luz de la lámpara:
"He venido expresamente para encontraros. Además de la
deuda antigua, tengo en contra vuestra 160 leguas de camino hechas
sin tomar un momento de reposo. Esto me da derecho para esperar que
me dedicareis un rato mañana en el Bosque de Boulogne... Mis
testigos encontrarán a los vuestros, si os place, a las nueve de la
mañana, en la avenida de Eylau, número 166.
"Vuestro, Federico de la Vega"
Nuestro Ministro subió a su departamento y escribió durante largo
rato. Después tomó a bajar y dijo al portero:
-Cuidad de que vayan estas cartas y este telegrama inmediatamente a
su destino.
El telegrama era para César Conto a Londres y las cartas, una para
José María Turres Caicedo y la otra para Federico de la Vega. A
Conto le rogaba que se viniera inmediatamente a Paris, á Torres
Caicedo le daba noticia del asunto y le pedía, el favor de servirle
de testigo, y a Federico de la Vega le acusaba recibo de su
provocación. " No fuisteis vos el primero en anudar el
viejo asunto, le decía Holguín, preguntadle a vuestro conserje y si
no miente, él os dirá cuánto tiempo hace que os busco. Mis testigos
irán al punto convenido a las dos.
"Vuestro, Carlos Holguín."
Luego se echó a la cama y poco después dormía profundamente.
Holguín no podía tener zozobra, aunque el peligro fuera bien
próximo, porque esta es, o de los cobardes o de los inexpertos, y
él tiene ánimo varonil y había pasado por la prueba de dos duelos.
Previsor, además, Holguín no descuidaba en Europa el ejercicio de
las armas, y era, en el manejo del florete y de la espada, casi tan
distinguido como en el de la pistola, y ya todos sabemos en
Colombia que es un tirador a maravilla.
Al levantarse, a las seis, pensó que toda la mañana le quedaba
libre y se propuso gozar de lo que podía ser su último día, pero
que él creía firmemente que no pasaría de ser uno de sus días
ordinarios. Entretenimientos, grandes espectáculos, visitas,
biblioteca, un almuerzo suculento, etc., etc., todo esto lo
distrajo hasta las dos y media. Consultó su reloj y no sin algún
disgusto se hizo cargo de lo avanzado de la hora, y ordenó al
cochero que marchara a galope en dirección a la avenida de
Eylau.
-Antes sí nos detendremos diez minutos en casa de Grussier, añadió
al postillón.
Grussier es un afamado maestro de armas, el mismo que en un duelo a
muerte con Paúl de Casagnac se contentó con partirle en dos la
punta de las narices y desarmarlo. Holguín era amigo del esgrimista
y fue recibido con muestras de señalada atención.
-Amigo Grussier, le dijo al maestro, dadme una lección definitiva.
Me bato hoy.
Los dos pasaron a la sala de armas. El ejercicio fue tan bien
sostenido por parte del Ministro, que Grussier le apretó la mano y
le dijo al marchar:
-Respondo de vos como de mí mismo.
A las tres en punto Holguín había abrazado a sus testigos. Se le
participó que el encuentro sería a la espada, a las cuatro
precisas, y que para evitar que la policía tomara cartas en el
negocio se había convenido en cambiar el Bosque de Boulogne por
Aubry-sur-la-Seine, residencia de Ramon Santodomingo Vila, donde se
hacían imposibles las indiscreciones y la vigilancia de los
polizontes.
El coche partió en la dirección convenida.
Muy poco ha cambiado la fisonomía de Carlos Holguín, es la misma
cara de líneas enérgicas, que toma a veces aire de gravedad y casi
siempre uno muy refinado de malicia. Algunas canas matizan su barba
y su bozo bermejos. Su andar es el mismo: las piernas un poco
abiertas y la espalda un sí es no es inclinada hacia
adelante.
A. César Conto no se le conocería. Aquel joven de movilidad árabe,
de rostro risueño, de ojos llenos de expresión, que conocen sus
amigos, es hoy un hombre grueso y pesado, de barba larga y espesa,
y de ojos tristes. La vida sedentaria de Londres y el excesivo
estudio han abierto esos surcos profundos, en donde se siembra la
gloria, es verdad, pero en donde nace a veces la muerte.
La ausencia, de la Patria había juntado a Holguín y a Conto en un
momento y para un fin, que les traía multitud de recuerdos. En otra
tierra y en medio de otros hombres, la pasión política los había
llevado a ellos también, empujados por la locura, uno contra otro,
al campo del honor. Hoy sus razones tenían la misma inspiración y
el mismo cuidado en otro tiempo ardían de cólera y levantaban
borrascas de odio...
El coche llegó a Aubry-sur-la-Seine. Federico de la Vega y sus
testigos estaban allí. Una ligera inclinación de cabeza cambiaron
los dos adversarios y fueron a colocarse en frente, en el lugar
escogido, después de abandonar la levita y el chaleco hasta
quedarse en mangas de camisa. Alrededor, un cuadro de tupidos
ramajes interceptaba las miradas. Los testigos midieron la
distancia y entregaron una espada a cada uno de los
combatientes.
-Se me ha dicho que una sangría cura la gota, dijo Holguín,
señalando con la punta de la espada las piernas del literato.
-Oí de cierto gotoso que había matado a un calumniador, replicó
Federico con viveza.
Los testigos dieron la señal y el combate principió. Federico
atacaba con cólera y Holguín paraba los golpes con serenidad. El
sol del verano era ardentísimo y los testigos acordaron una pequeña
tregua. Vueltos a la lucha Holguín atacó el primero.
-Lo dicho de la gota, señor de la Vega.
-Lo dicho del calumniador, señor Ministro, contestó Federico
parando el golpe.
Dos embestidas pusieron en mucho embarazo a Holguín, quien se
preparó para acabar de una vez. En efecto, la impetuosidad del
tercer ataque le hizo descubrir el costado a Federico y la espada
de Holguín se clavó hasta la mitad, debajo del hombro. El herido
vaciló sobre sus pies y cayó de espaldas. Un grito tremendo se oyó
al otro lado del bosque y la mujer del riguroso luto, abriéndose
paso por entre las ramas, vino a caer de rodillas cerca del herido.
Al alejarse la comitiva, pudieron verla sostener a Federico contra
su seno y llorar...
(La Batalla, 1882).
