OVACIÓN DEL PORVENIR


1º de Noviembre de 1882

(Víspera de difuntos)


Si no se interpone el ingrato olvido, adversario silencioso de la grandeza, llegará el día de tina ovación completa á la memoria del doctor Ezequiel Rojas. El ha unido su nombre a dos sublimes temeridades que son de las más fecundas en resultados de cuantas señala nuestra corta historia de nación libre: la conjuración del 25 de Septiembre de 1828, contra la dictadura del General Bolívar, y el apostolado, de la Filosofía experimental y del principio utilitario por más de treinta años. Ambas, terribles pruebas para su valor y la entereza de, sus convicciones, que sostuvo, la primera en los calabozos de Bocachica al precio de su salud, y la segunda en el lecho de los agonizantes, con la gloria de su muerte. Su vida se dilata entre estas dos demarcaciones como un eterno ejemplo señalado a los hombres por la mano de dos diversas épocas. Perplejo el ánimo no sabe qué admirar más, si el puñal del conspirador o la pluma del propagandista. Porque las armas se redimen de la infamia de la fuerza al servicio de la libertad.
Tuvo quebrantamientos el ánimo del doctor Rojas, como tienen las rocas grietas; pero su obra, en conjunto, es admirable. Fueron los defectos de sus libros, un vago anhelo de inmortalidad, que compromete a veces la independencia de sus juicios, y un cristianismo candoroso que aparece en sus enseñanzas-a pesar suyo-como contradiciéndolas. Inconvenientes propios de la precisión, en mala hora re conocida, de respetar los errores que tienen cierta popularidad. Eran esos defectos un medio de obrar tan sólo, pues se mira al maestro asirse de ellos, como el guerrero de la escala para trepar a la muralla, y luego abandonarlos cuando había llegado a la eminencia de las ideas.
Otras generaciones podrán saludar al doctor Rojas la víspera de este día de los muertos, ya bañados los mármoles de su tumba con la luz plena de las doctrinas que él enseñó. Esos serán grandes días. Al concierto de la Naturaleza, rendida al progreso, se mezclara el concierto de las inteligencias, rendidas a la razón. La República no tendrá estos estremecimientos, estas vacilaciones que la hacen dar traspiés y que semejan hondos abismos; manos de aleves fanáticos no se levantarán contra ella malos hijos no abrirán paso a sus enemigos, y re suelta marchará, perpetuando la revolución hasta lo más remoto. Esos serán grandes días. El catolicismo, derrumbado con estrépito, cubrirá su vergüenza con las hojas de los bosques; los templos de la farsa prestarán su polvo a fábricas de la virtud, y libertadas de la ignominia clerical, esas generaciones no sentirán la humillación del artero clérigo que maldice y del ruin fraile que pasa.
La perspectiva de esa ovación a la tumba del querido Maestro llena de júbilo; pero ella sólo se realizará con el concurso de todos y en dilatado tiempo. Quiere decir esto, que cada uno lleve su contingente a preparar esa gran fiesta. La lucha con tener tregua auque se esconda, mañosamente, detrás de la cruz. Todo se debe remover: la mala política, los malos hábitos, la religión. Pasarán los años y esta labor de todas las generaciones formará ese futuro espléndido, que para el doctor Rajas será la ovación del porvenir.
Los pueblos modernos necesitan mirar a las tumbas, no como los trapenses, para pensar en Dios, sino para olvidarse del cielo. El cielo vacío, hé ahí la libertad plena. En las tumbas de los grandes hombres se aprende a amar la grandeza, como en el espacio se comprende la extensión. Hoy saludamos al doctor Rojas, empeñada la lucha: el porvenir tocará en su sepulcro triunfante.
(La Batalla, 1882).

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