JUAN DE D. URIBE
Juan de D. Uribe acaba de morir en la ciudad de Quito, allá en
donde anida el cóndor en cimas inaccesibles, dejando a otra águila
del pensamiento como él, un encargo tan raro y audaz, que no me
atrevo a divulgarlo en estas líneas consagra das a enaltecer la
memoria de tan eximio escritor, por no estar autorizado para ello.
No sé sino de Stuart Mill a quien se le haya ocurrido cosa
semejante.
Murió poco tiempo después de haber publica do su folleto titulado
En la Fragua; esto es, murió en el yunque sobre el cual
dejó caer con fuerza vulcánica, durante toda su vida de escritor
eminentemente revolucionario, la masa demoledora del
estatismo humano en religión como en política, forjando
por lo mismo una vez más, ya en las postrimerías de su vida, nuevas
formas al pensamiento, con el chisporroteo de átomos lumínicos, a
que redujo el óxido hecho ascuas de los viejos y acostumbrado
moldes de la escuela estática.
Escritor a la manera de Montalvo no tiene rival, ni en el autor
mismo de Los siete tratados, Las Catilinarias y Los últimos
capítulos que se le olvidaron a Cervantes, que es el que más
se le asemeja por la intención reformista de sus escritos, y la
potencia irresistible de su estilo, que vibra y deslumbra como hoja
de espada esgrimida con fuerte y diestra m como rayo aterrador que
cruza el éter y se dilata en el estrépito de la catástrofe...
Montalvo, no obstante, con ser como es más filósofo, es menos
preciso; y, por tanto, más difuso que Uribe en todo lo que
escribió, y si abruma por el volumen de su ática palabra, en cambio
no convence siempre, ni siempre logra arrastrar con él al lector, a
los abismos de conciencia heterodoxa en religión y liberal en
política, a don de Juan de D. Uribe arrastra fatalmente al
suyo.
Siempre queda, así, tiempo leyendo a Montalvo para emanciparse de
él, ora sea porque no se le entienda bien, ora porque la idea,
demasiado diluida en la frase que en Montalvo es puro énfasis, si
ilumina no calienta, y si calienta no abrasa, como en Uribe, que sé
pega a las carnes, y abriendo surco calcinado hasta el espíritu, es
allí cual zarza ardiente de un nuevo Sinaí, anunciador de otros
dogmas para la conciencia y de mayores ideales para la razón.
Aunque también se le asemejan, tampoco le supeditan como escritores
revolucionarios, José María Vargas Vila ni José Martí:
"Este, un dinamo, un explosivo, una centella del
patriotismo, con su palabra vívida y numerosa, arcaica y nueva cual
la de un profeta en diálogo con los vivos y los muertos";
aquél: " Domador de leones sueltos, lleva en una mano el
látigo hecho de escorpiones luminosos y en la otra la escala por
donde trepan a la celebridad los escogidos de su corazón o de su
inteligencia". Tal les juzga el mismo Juan. de D.
Uribe.
Pero ni en Vargas Vila, de los escogidos de mi amistad y de mi
inteligencia, como él tiene los suyos, ni en José Martí, de mis
grandes modelos, encuentro yo esa sugestión inevitable del estilo
que pudiera llamarse tribunicio de Uribe, capaz de alcanzar por sí
solo, lo que la palabra hablada en la plaza pública, con la ayuda
de la entonación y del gesto en presencia del pueblo, en días de
conmoción social, cuando peligra la libertad, y las Euménides de la
tiranía aherrojan el derecho ciudadano...
Le juzgo únicamente por lo que yo considero la cualidad peculiar
del estilo de Uribe; esto es, por esa potencia absorbente y
determinante en el que lo lee de actos que no le son propios, tan
resaltante en su verbo de escritor originalísimo y grandemente
audaz, patente en los caracteres de fuego ustorio que fulminan en
sus libros, sin que sea posible comprender cómo el mismo papel que
los contiene, no se volvió ceniza en el punto y hora en que aquella
pluma, que era como de diamante en ignición, los estampó allí en
defensa del derecho humano y para eterno triunfo de la palabra
escrita.
Ah!... ¿por qué se mueren para la lucha de las ideas esos
gladiadores de la pluma, que hacen sentir más hondamente y pensar
más alto al hombre? Dícese de Víctor Hugo que ensanchó la esfera
del pensamiento y retiró los límites del ideal. Yo digo de Juan de
Dios Uribe, que le aumentó su radio de acción al espíritu humano
cerniéndole por encima de todos los atavismos, cuando, cual otro
Prometeo, vivía atado a la roca de lo prejuzgado, roído el vientre
por el buitre de la impotencia, y contemplando desde allí un cielo
poblado de falsos dioses, y ante quienes la humanidad entera vivía
de rodillas.
Ninguno, en efecto, de los escritores de su escuela más audazmente
revolucionario que Juan de Dios Uribe. Dejo que él mismo haga su
apología. "A los que pensamos de este modo, escribe en el
folleto titulado En la Fragua, que mencioné más atrás, nos
llaman los conservadores y los oportunistas, jacobinos,
socialistas, nihilistas, petroleros, anarquistas, materialistas y
ateos. ¡En buena hora!"
"Jacobinos somos, jacobinos inmortales, si echamos al
canasto la cabeza de los reyes para que lo ciudadanos tengan la
suya propia sobre los hombros; petroleros somos, petroleros
sublimes, cuando incendiamos los campos de Cuba para que la tierra
no se prostituya alimentando a los esbirros de España; socialistas
somos, socialistas admirables, que por la unión de los débiles,
vencemos a los privilegiados, y por la caridad distributiva,
satisfacemos a los menesterosos; nihilistas somos, nihilistas
heroicos, que abandonamos la vida bajo el carro de la autocracia,
porque salte en pedazos el despotismo de los Czares; anarquistas
somos, anarquistas videntes, cuando nos aislamos en la
contemplación afanosa de una sociedad nueva, en la cual jamás sea
explotado el hombre por el hombre; materialistas somos,
materialistas convencidos, si echamos fuera esa alma intangible por
donde se nos entra al cuerpo la opresión, y somos ateos, ateos
rebeldes armados contra Dios, si cuida a los hombres para pasto de
los sacerdotes !" "Nuestra fuerza estriba en la
multiplicidad de energías distribuidas en el globo por el empuje de
la democracia."
Tal era Juan de Dios Uribe como e única faz bajo la cual he querido
examinarle en este escrito; y si el estilo es el hombre, Juan de
Dios Uribe fue, sin duda alguna, grande y rara personalidad en el
campo de la especulación sociológica y de las letras
contemporáneas.
RAFAEL LÓPEZ BARALT
Maracaibo, Enero de 1900.
