DESDE BOGOTÁ
I
Señor Director de El Estado -Medellín:
Hombres, cosas, acontecimientos-todo lo que aquí llama la
atención-formarán nuestras revistas para El Estado.
Enemigos del método, unas principiarán por el derecho y otras por
el revés. Así, pues, paso!
El 20 de Julio, anunciado con lujo de papelones, ha sido el más
simple de cuantos hemos presenciado. Se habló de procesiones
patrióticas y no las hubo, de discursos en la plaza de la
Constitución, y nadie se asomó a la tribuna, de himnos patrióticos,
y los himnos a nadie entusiasmaron, de recepción oficial, y nadie
da cuenta de lo que pasó en la casa misteriosa de San Carlos.
El 22 de Julio hubo un concurso literario en el Salón de Grados. El
tema era una composición en verso al Trabajo. No concurrimos a la
función, pero tenemos a la vista el cuaderno en que se publicaron
las piezas premiadas. Es bien explicable que los poetas liberales
no se hubieran acercado al torneo, pues son muy conocidas las ideas
predominantes en los señores Manuel Pombo, Rafael E. Santander y
José Caicedo Rojas, que componían el jurado de calificación. Ellos
han dicho, en efecto, ahora:
"El jurado, ha notado, además, con satisfacción, el
buen sentido moral en que están concebidas todas las
composiciones que ha examinado, y la ausencia absoluta en ellas, de
ideas subversivas y de un lenguaje apasionado o
inconveniente."
Obtuvo el primer premio el señor Rafael Tamayo; el señor Rafael
Pombo, el segundo; el tercero, el señor Jorge Roa; el señor Ruperto
Gómez el cuarto, y la señora Agripina Montes del Valle, el
quinto.
¿Fue eso realmente un concurso libre? Nó ¿Podían los poetas
liberales concurrir? Tampoco. Y todo esto, porque los Jurados
católicos eran una amenaza para la inspiración liberal. ¿Cómo
hablarle a este triunvirato de clericales, del trabajo del hombre
prehistórico, de sus luchas por la vida en la bravía naturaleza de
ahora cien mil años; del desarrollo progresivo de la especie, de
los resultados del trabajo en el orden político e intelectual, y de
la lucha emprendida actualmente por la civilización contra las
fuerzas de resistencia? ¿Ni cómo exhibir lo estéril de esfuerzos
contra la libertad, lo ímprobo del fanatismo religioso, lo criminal
del trabajo de los déspotas? De esto, que bien podría inspirar un
poema, no oirían una palabra los jurados del 22 aunque los pusieran
en tormento. En el ardid y en el odio van hasta el extremo las
Escuelas desesperadas. Los jurados-que tan bien preparados estaban
contra los poetas enemigos-no encontraron subversivo esto, contra
el partido liberal, firmado por Jorge Roa, y escrito, según la voz
pública, por el señor José Joaquín Ortiz:
"Sólo tú, sólo tú, soberbia impía,
Que ansiando alto poder, pugnas en vano,
Con el ariete de la falsa ciencia,
Por derribar el pedestal cristiano
Que sostiene del orbe la existencia,
No alcanzas de la paz la verde oliva
Ni el lauro de la gloria,
Sino, a fuer de venganza siempre viva,
El estigma implacable de la historia."
Ni apasionado esto, del señor Rafael Pombo, que en la presente
ocasión escogió un magnífico seudónimo, el de Exótico:
"Siempre es Padre el Señor! Cuando él condena
Sus golpes mismos paternales son;
Nos impuso el trabajó como pena,
Y aun esa pena es una bendición."
A propósito de esta requisitoria de Rafael Pombo, notamos una
feliz combinación, en el primer verso de un
cuarteto:
"Salve, oh segundo creador del
mundo!"
Nos ocupamos extensamente del concurso, por que donde no hay cosas
grandes las pequeñas hacen el gasto.
Una nueva edición de las poesías de Gregorio Gutiérrez González
salió en días pasados. Dos prólogos de muy distinta forma,
intención e importancia, las preceden. Dijérase que no los habían
escrito al calor de un mismo fuego. Camacho Roldán es allí muy
superior a Rafael Pombo. La prosa de este último es un bejuquero:
intrincada, torcida, confusa. Horrible caída la de este hombre,
desde alturas verdaderamente poéticas, hasta abismos ridículamente
prosaicos! Como si cansado de haber ido la mitad de la vida en
brioso corcel y manejando bridas de oro, hubiera querido morir
sobre un burro viejo, con la cara para atrás y agarrado de la cola,
como condenado en vergüenza pública.
-Corre la prosa de Rafael Pombo corno un arroyo...nos decía un
clásico en días pasados.
-Sí, contestamos nosotros, como un arroyo cuando corre sobre
chamarasca y pantano.
Milagros del catolicismo son estas decadencias.
No es verdad, como algunos periódicos conservadores lo han
afirmado, que el General López hubiera recibido auxilios de la
iglesia católica a la hora de la muerte. Podemos asegurar, sobre un
testimonio de importancia innegable, que todo lo dicho es una pura
farsa. A la catedral se le llevó, porque la naturaleza de la
enfermedad hacía imposible toda demora, y los locales a propósito
para Cámara Ardiente, con que cuenta el Gobierno, se
arreglan con dificultad. Bien que aquí está de moda que los
católicos irrespeten las creencias de los moribundos, o hagan
comedia con los muertos. Hemos visto de esto muchísimos casos, y
bastaría una interpelación de la prensa conservadora para
señalarlos con sus nombres y apellidos.
(Bogotá, 1881).
