DESDE BOGOTÁ
III
Señor Redactor de El Estado-Medellín:
Quien oye hablar en parroquia de la Academia Colombiana, se llena
de curiosidad por saber qué clase de hombres la componen, qué
hacen, con qué recursos cuentan y en dónde se reúnen.
"Deben ser hombres muy graves esos académicos"
piensan algunos. "Y personas muy ricas" dicen
otros. Y las conjeturas más candorosas y extrañas bailan en la
imaginación de todos.
Aquí se les ve tan en paños menores que hay que taparse los ojos. A
las seis de la tarde, al bajar por la primera carrera del Norte,
llaman la atención en una de las cuadras centrales, las risas y las
voces que salen de una pequeña librería situada a mano izquierda.
Es en vano tratar de descubrir el rostro de los concurrentes desde
afuera, porque el recinto es demasiado estrecho, y las sombras de
la tarde, agolpándose, sólo dejan ver bultos humanos que van
vienen. En cambio, casi siempre hay murmullo de palabras,
interrumpido sólo, de vez en cuando, por risas alegres. La pequeña
librería es de Manuel Pombo, y ahí se reúnen a pasar las últimas
horas del día una media docena de literatos, unidos por tradicional
amistad.
Siga bajando el curioso, y pronto lo sorprenderá una nueva algazara
que sale también del fondo de una librería. Esta se llama la
Librería Americana y son los académicos los que conversan.
Como el local es más ancho se puede entrar y gozar bien de cerca de
la presencia de los inmortales de Colombia. Ahí están
todos los residentes en Bogotá, a excepción de F. Zapata, S. Pérez
y Venancio O. Manrique, que son liberales y han echado en saco roto
esas frioleras. Pero no están como se quiera, con la mayor
comodidad. Unos, sobre mostrador de pino; otros sobre cajones, y la
mayor parte verticales sobre el almo suelo! Allá Sergio Arboleda
cuelga sus luengas piernas, desde lo alto del mostrador; más allá
Miguel Antonio Caro recuerda a Virgilio, a horcajadas sobre un
tercio de citolegias; a este lado, Rafael Pombo, con su aire de
Polichinela, se apta holgadamente en una caja vacía; y al otro,
José María Samper conmueve los estantes haciendo tribuna
improvisada de un cerro de costales. Y así los demás. Hay, por
supuesto, barra, y la componen olvidados humanistas, o imberbes
versificadores católicos.
Allí charlan un rato de todo y a las ocho de la noche se separan.
No sería prudente seguir a algunos de ellos, porque el que lo
hiciera se vería forzado a entrar a lugares non sanctos
... Y esto es una prueba más de que todos somos hombres... hasta
los académicos.
El Ministro de Chile, señor José Antonio Soffia, ha corrido con
fortuna en nuestros muy escasos centros literarios. Debe esto, más
bien, a ser de maneras muy cultas y a su extremada decisión por las
letras, que a sus méritos intelectuales, que realmente no son
muchos.
En Chile parece que como poeta tampoco se le cuenta entre los
mejores. Recordamos haber leído en una revista de Santiago un
juicio sobre sus versos, muy poco consolador. De lo que en Colombia
ha publicado, sólo una traducción de Victor Hugo, que dio La
Luz, está hecha con verdadero acierto poético.
Las opiniones políticas del señor Soffia, son conservadoras, según
dice algún periódico. En sus versos rueda un misticismo tan
exagerado que casi raya en beatitud. Bien que estos apestados
vientos soplan mucho en la costa del Pacífico.
La Academia ha tenido a bien nombrarlo miembro correspondiente, y
con esto, ya se ve que ni ha subido ni ha bajado.
Saldrá, en estos días, de la prensa de Echeverría Hermanos, un
poema de Diego Fallon, bajo la dirección de Miguel A. Caro. Hay
motivos para creer que la nueva obra de Fallon tenga méritos, si se
atiende a que es el mismo poeta que cantó a "La
Luna" en tan bellas estrofas.
El señor Caro, justicia le sea hecha, trabaja como un carretero. Es
esclavo de las letras. Su labor es casi siempre infecunda, porque
va contra las ideas liberales, pero habla alto de su constancia y
de su paciencia. Además de la obra de Fallon, ha trabajado un largo
estudio sobre Andrés Bello, que servirá de introducción a las
poesías de este hombre celebre, que actualmente se están
imprimiendo en Paris, y otro sobre Julio Arboleda que verá la luz
pública en New York, en donde se están publicando sus obras. Se
dice, también, que hará la edición de las poesías de R.
Núñez.
Está en prensa un poema de C. Obeso, titulado La Lucha de la
vida, y un tomo de Discursos de Diógenes A.
Arrieta.
Con fecha 6 de Agosto ha salido un periódico bajo el título de
Papel Periódico Ilustrado, dirigido por el señor Alberto
Urdaneta. El número primero contiene, en grabados, un perfil de
Bolívar, una vista del puente de Pandi, el tipo de un recluta de
Boyacá y el retrato del señor José María Vergara y Vergara. Nos
parece esta publicación enteramente rudimentaria, y no es verdad,
como lo han afirmado algunos periódicos de la capital, que sea la
única su género en la América Latina. Un adelanto muy plausible es
esta nueva empresa, sin duda, pero que creemos no tendrá vida
duradera si no se disminuye el precio de suscripción. Ni el
Papel Periódico Ilustrado está a la altura de los
periódicos ilustrados del extranjero, ni los recursos de la
generalidad de los colombianos están a la altura de su precio. Una
muy nutrida lista de colaboradores publica el señor Urdaneta, de
entre la cual puede sacarse, si mucho, una docena de nombres que no
estén hueros.
El Diario de Cundinamarca ha encontrado, en las poesías de
Campoamor, la siguiente quintilla:
"Sobre tu nevado seno
Pesa la cruz de un rosario,
Y aunque humilde nazareno,
Muriera de gozo lleno
En tan hermoso calvario,"
que es, ni más ni menos, como ésta que atribuye Rafael Pombo a
Gutiérrez González, en su Noticia sobre la última
composición de éste.
"Sobre tu nevado seno
Brilla la cruz de un rosario,
Y yo, humilde nazareno,
Muriera alegre y sereno
Sobre ese hermoso calvario."
Verdad, que es de admirar el olvido de este académico, que así
compromete, por mera pereza de leer a Campoamor, la fama nítida y
bien adquirida de Gutiérrez González.
(Bogotá, 1881)
