El señor Felipe Zapata, Senador del Tolima, tomó la palabra para
replicar. Zapata es el antiguo redactor de El Mensajero, en
compañía de Santiago Pérez y de Tomás Cuenca; el escritor de las
Cartas sobre la Responsabilidad del partido conservador, y
últimamente, el que publicó el célebre folleto sobre el Empréstito
que hizo descargar sobre su nombre la ira de los Senadores nuñistas
en el año pasado. Sin duda son Felipe Zapata y Santiago Pérez los
escritores de más nervio que tiene el país; de los más hábiles en
la polémica y más acertados y correctos en la forma. El orador no
está a la altura del escritor, porque Zapata tiene débil la voz y
muy pequeña la estatura; pero razona con tanta precisión y poder de
claridad, es tan ordenado su discurso, tan seria y severa su
actitud, que sus palabras, sin contar con que tienen siempre la
unción del convencimiento, se reciben con interés, se pesan con
imparcialidad y sirven para mover el ánimo en la dirección de las
ideas del orador. El doce, un movimiento de simpatía incontenible
se sintió en las tribunas al tomar la palabra el señor Zapata. El
es muy parco en hablar, tanto como lo es en escribir, y había
verdadero interés en escucharlo. Sobre todo, domina a la juventud
radical un profundo sentimiento de adhesión por Zapata y bien
sabido es que ella forma, casi en su totalidad, el auditorio del
Congreso, porque en la capital son los radicales los únicos en
quienes no ha muerto el verdadero espíritu público.
El Presidente de la comisión mantuvo el informe sin discutir si el
Cántabro era o no buque pirata, ni si el Gobierno había
hecho bien o mal en disponer su entrega, con los tripulantes, al
Dictador Guzmán Blanco. Creyó el señor Zapata que entre las
atribuciones del Senado no estaba la de proceder de oficio -sin la
iniciativa del Ministerio Público- en causas de responsabilidad
contra el Poder Ejecutivo. Avanzar opiniones con respecto a una
cuestión que podía ser o no criminosa, era, dijo, inhabilitarse el
Senado para juzgarla en definitiva; que el Senado es juez del Poder
Ejecutivo, por mandato de la Constitución, y el juez para, no
perder su verdadero carácter, ha de mantener, mientras llega el
caso de decidir, sus opiniones reservadas. No encontraba, por otra
parte, oportunidad en censurar una Administración que ya no existía
y de la cual uno de los Secretarios comprometidos, a juicio del
Senador Becerra, estaba ausente. Llevando a un resultado definitivo
el negocio del Cántabro, por la tramitación
constitucional, el Senado cumpliría su misión y este asunto,
espinoso de suyo, quedaría resuelto sin menoscabo del cumplimiento
del deber de los Senadores. El ciudadano Zapata hizo las apropiadas
citas de la Constitución y terminó tranquilamente su
discurso.
¡No hubiera hecho tal! ¿Cómo podía permitirse un Senador manifestar
sus opiniones? ¿Había mayor temeridad que la suya, cuando decía al
Senado que decidir este asunto, sin la previa intervención del
Ministerio Público, era un procedimiento irregular e
inconstitucional? ¿Pues no estaba allí Becerra? ¿No había él
hablado? ¿Acaso no había dicho desde su asiento la verdad, toda la
verdad? Era demasiado atrevimiento, digno de la férula del dómine.
Una moderación suma, una convicción profunda e ingenua; el respeto
por el parecer de los demás Senadores; la misma Constitución de la
República, no podían poner al señor Zapata a cubierto de los
rigores de la disciplina.
Becerra se para, con el seño fruncido detrás de los anteojos,
dirige a los lados una mirada altiva, se vuelve a las bancas de la
minoría, descoge el largo brazo y con el puño cerrado que apoya
sobre el pupitre, y el índice de la derecha vuelto a Zapata,
prorrumpe:
"¡Oh, se me insulta! se me dice prevaricador.
¡Prevaricador! ¡Yo no soy sino patriota!" etc. etc.
El señor Zapata no se inmuta. Explica al Senado nuevamente su
discurso anterior.
No se ha dirigido al ciudadano Becerra, porque él no tiene la
práctica de personificar la discusión. Ha opinado; ¿y hay en esto
algún mal? Tiene de ante mano ideas formadas sobre el honor, que no
está resuelto a cambiar, y en el desarrollo de estas ideas se
refiere únicamente a su propia conducta. "Prevaricar es
'Faltar uno a la obligación de su oficio, quebrantando la fe,
palabra, religión o juramento.' ¿Y cómo puede deducir el
ciudadano Becerra, del contexto de su discurso, que ha querido
decirle prevaricador? Hay indiscreción, según su modo de pensar, y
esto es todo."
"Indiscreción! ¡Oh, se me dice indiscreto! exclama
Becerra, trémulo de ira. ¡Indiscreto! Yo no soy sino
patriota" etc., etc.
El ciudadano Zapata habla nuevamente. Dijo indiscreción
refiriéndose a sus propios sentimientos, a su propia conducta, de
ninguna manera al ciudadano Becerra, a quien no tiene por qué
calificar. Respeta todas las opiniones y debe creer que la suya
merece respeto. Su deber, como miembro de la comisión, fue el de
estudiar ese asunto, que él antes no conocía, y lo que propone en
unión de sus colegas de encargo, es bien claro: que se reforme la
legislación penal, en asuntos de mar, y que el Senado se abstenga
de un procedimiento que le parece inconstitucional. ¿De esto se
puede deducir agravio contra el señor Becerra?
Mucho desearía Becerra contestar:
"Oh! ¿Conque no se me desagravia? ¡Desagraviarme! A mi no
se me desagravia, yo no soy sino patriota, etc., etc. Pero el
ciudadano Senador Cotes le impidió ese ímpetu con una modificación
para que la Cámara de Representantes atendiera lo relacionado con
el Cántabro. El ciudadano Senador habló y el Presidente
hizo sonar la campanilla.
La discusión del doce movió mucho interés en los círculos
políticos, y a pesar del mal tiempo hubo bastante concurrencia el
trece.
A primera hora tomó la palabra el ciudadano Álvarez. No oímos su
discurso, que fue muy extenso, pero comprendemos que sería del todo
bien intención. ¿Quién olvida los móviles, siempre honrados, que
obran en el ánimo del íntegro Senador del Tolima? Del doctor
Francisco E. Álvarez diremos más tarde nuestro parecer en una serie
de cuadros que publicaremos en La Batalla y que escribimos
desde 1882, cuando éramos relatores del Senado.
Terminado el discurso del ciudadano Álvarez la discusión iba a
cerrarse. Parecía el debate, si no agotado del todo, por lo menos
suspendido, en la actualidad, en lo tocante al Senado de
Plenipotenciarios.
-Va a cerrarse la discusión, anunció el Presidente.
Los individuos de la barra miraron con curiosidad a los bancos de
los Senadores.
-Pido la palabra, dijo el ciudadano Ricardo Becerra.
Bueno, nos dijimos, hé aquí que tendremos algo nuevo en los labios
del Espíritu Santo nuñista.
Pero el ciudadano Becerra se contentó con bien poco. ¿Para qué otra
cosa que herir al Senador Zapata? Este era argumento incontestable
contra la entrega del Cántabro...
Volvió a declararse ofendido con el discurso del Presidente de la
Comisión.
"Se me dice prevaricador, repito. ¡Prevaricador! Yo no soy
sino patriota" etc., etc.
Bien pronto cayó en la cuenta del día anterior y, olvidando lo de
prevaricador por lo de indiscreto exclamó labios:
"Se me dice indiscreto. ¡Indiscreto! Yo no soy sino
patriota " etc., etc.
Luégo, no contento con el estribillo habló de la Administración
Núñez y de su Secretario de Relaciones Exteriores (Becerra Ricardo)
y de la oposición, y del Diario de Cundinamarca y... por
fortuna tomó asiento.
Zapata no debió contestar, pero lo hizo. Colocado en una atmósfera
serena olvidó la persona de su contrario para llamar la atención
sobre sus palabras y sus razonamientos. Buen discurso fue el de
Zapata, que los lectores de La Batalla conocerán apenas se
publique la relación taquigráfica.
Otra vez Becerra. ¿Cómo iban a satisfacerle las explicaciones de
Zapata? ¿Llegar hasta él un acento profano? ¡Oh no! malsin, Senador
del Tolima!
Y luego, y sin faltar al estribillo:
" ¿Se me dice prevaricador? ¡Prevaricador! ¡Yo no soy sino
patriota!"
¿No es, pues, prevaricador? ¿Indiscreto?
"Se me dice indiscreto. ¡Indiscreto! ¡Yo no soy sino
patriota!"
Ay!
"Y la gitana decía
Con aquella boca fea,
No piensen que soy hebrea
Yo no soy sino judía."
Los artículos de la Comisión se aprobaron y la modificación se
negó.
La cuestión Cántabro no está, empero, terminada, ni
convendría esto a la dignidad de Colombia. La Cámara de
Representantes ha de proceder, pues ella es el conducto regular, a
la averiguación, de los hechos, y entonces, si hay motivo de
acusación, el Senado, así lo creemos, será incorruptible
juez.
(La Batalla, 1883).
