JULIO E. PÉREZ


Íbamos a enterrar la pequeña hija de Diógenes A. Arrieta. Una tarde lluviosa y fría; un cielo gris; un profundo silencio y veinte amigos formaban el cuadro más melancólico, ese día, camino del cementerio. En recogida meditación adelantábamos cerca de Diógenes. El ha sido nuestro noble y querido amigo de muchos años. Las desgracias de su casa son las nuestras; y saludamos con el más profundo convencimiento, su necesario, radiante porvenir.
El poeta callaba. Llegábamos ya al cementerio, en donde él había gemido sobre la tumba de su primer hijo, en ternísimas estrofas que revelan todo su corazón. Entre la yerba hay una señal. Allí reposa el pequeñuelo querido; y Diógenes lloraba en 1878 con lágrimas en los ojos y con más sed de llanto:
"De esta tumba la tierra prontamente
el tiempo niveló,
Y del dolor la herida no se cierra
en este corazón...!
Lloren los ojos y fecunde el llanto
la fuente del dolor."
El cortejo de amigos avanzaba lentamente. Nos detuvimos, porque Diógenes se había detenido y miraba con ojos tristes las copas de los cipreses que se alzan al lado del camino sobre los muros del cementerio.
-El ciprés, nos dijo él, ni tiene primavera que lo engalane, ni la brisa hace en sus ramas música de rumores, ni los pájaros forman allí sus nidos...
Llegamos, y la tarea era ya de los sepultureros. El grupo se detuvo a los lados de la ancha entrada.
Rojas Garrido ha dicho allí:
"Esta cruz, este lema, esta ancha puerta
Son letras expresivas de un misterio...
Triste es venir al triste cementerio
El hombre a contemplar su tumba abierta!"
Julio E. Pérez tomó por la galería de la izquierda. ¿A dónde iba? Los demás aguardábamos los últimos preparativos; se sabe que en un entierro son, el vulgar sepulturero con su indiferencia y dos ayudantes con piquetas y argamasa.
Candelario Obeso nos llamó la atención.
- ¡Ah! ese es un cuadro conmovedor, le dijimos.
-Una dolorosa satisfacción del cariño, nos observó.
El y nosotros habíamos visto a Julio E. Pérez arrodillado delante de la tumba de su padre. Era un recogimiento tierno y oculto; una confidencia en el misterio; una soledad en la quietud de la naturaleza.
Obeso murmuró:
-Verdaderamente es un hombre.
Sí; justamente Julio E. Pérez es un hombre en toda la amplitud del término.
Parece que la política pierde su fuerza en las extremidades; por ello entendemos la generación que en los últimos treinta años ha dirigido los destinos de la República. Por demás está decir que los conservadores son ineptos y están en desuso; pero, aun cuando en ello se sienta alguna contrariedad, hay que dar testimonio de la decadencia de nuestros mayores los liberales. Por este o el otro motivo, con esta y la otra denominación, ellos no tienen ya prestigio, en general. Seria importuno averiguar, en este artículo, por qué lo perdieron; pero es el caso que saludan y agasajan a una época que sólo les da la espalda. Si las leyes naturales de la política tienen cumplimiento, otra generación servirá de eje a nuestro movimiento republicano. Allí tendrá un lugar distinguido Julio E. Pérez.
El no llevará a la política, ni el bullicio, ni la frivolidad, ni la pasión amarga. Su temperamento es reposado y sus ideas tienen firmeza, pero no vehemencia. Será su tarea de fundador y consolidador, nunca de combatiente y demoledor. No queremos decir que no combata, pero juzgamos que no es su campo la lucha.
De todo necesita el partido liberal, y Julio E. Pérez es uno de sus elementos indispensables. Cuando llegue una época de organización, ved allí el tipo. Las oficinas de Colombia no cuentan con nada superior a Pérez ¿Pero es que sea puramente oficinista? No. Si tiene la paciencia y la versación del empleado, le sobra la claridad y el juicio en los negocios públicos. El investiga, decide y ejecuta. Conoce los misterios de la Administración y esa es su fuerza. Considerad cine para esto es menester tanto talento y estudio como perseverancia.
Pérez tuvo esmerada educación al lado de su padre, figura eminente en el foro. Luégo pasó a servir en los destinos de la República. El tenía la capacidad, tuvo luégo el hábito. Costumbre de muchos años que lo ha hecho el señor de los negocios de gobierno.
Su campo es allí, en el Senado de Plenipotenciarios. Mejor dicho, en todas partes en donde haya trabajo difícil; pero donde se le conoce, donde se le admira, donde se le aplaude, es en la silla de Secretario del Senado.
El primero de Febrero todo es confusión en la Secretaría. La muchedumbre de Senadores viene, en general, en el primer año de las sesiones, vanidosos por sus puestos, pero ignorantes de sus deberes: ¿qué van a impacientarse por esto? Ellos prometieron allá en su pueblo ser firmes por un candidato, ¿acaso les importa otra cosa? Se hace la elección de Presidente, de Vicepresidente y de Secretario; aquello es un tumulto. Julio E. Pérez llega. Su cuerpo es alto, su andar desembarazado, su vestido correcto. En adelante él está allí, y el Senado podrá marchar como una gran máquina aceitada y limpia. En la Secretaría se le obedece y se le estima, dos cosas difíciles de estar juntas, porque la obediencia, que casi siempre indica debilidad, deja el recurso del desprecio.
La actividad del primer día no quiebra en Pérez en el curso del año, o de los años. Ama el trabajo y se haría una ofensa con permanecer quieto. Así se le ve durante las sesiones leer y dar todos los informes y qué maestría para leer! y qué prontitud para informar! Proposiciones, leyes, decretos, proyectos, tengan uno, diez, veinte años, todo lo recuerda y de todo da cuenta. El sabe el curso de los debates en las Cámaras en casi todo el tiempo pasado. Y no como se quiera, simplemente por arte de la memoria; es que su vocación lo lleva a estudiar todo lo que se roza con el origen de nuestras leyes y con el modo de formarlas en nuestras legislaturas; de tal manera, que dado un asunto, ya antes debatido en las Cámaras, él os dirá qué argumentos hubo en pro y en contra, quienes los presentaron, y la impresión que produjeron. Antes que a los libros, los Senadores juiciosos consultan a Pérez sus proposiciones y sus proyectos. Esto nos consta.
Le decíamos una vez:
-Amigo mío, ¿ por qué no escribe usted sus Memorias de un Secretario?
Cosa más curiosa no podría darse. Pérez ha asistido a los debates más solemnes y conoce y ha estudiado a nuestros más conspicuos hombres.
-Debería hacerlo, nos contestó; pero yo tengo que trabajar mucho para vivir y no me queda tiempo.
Es una verdadera calamidad esta. Julio E. Pérez podría hacer un bello trabajo de historia contemporánea y una notable obra literaria. Olvidábamos hablar de su estilo que es educado y propio, y de su facilísima prontitud para redactar. Lo acompañamos en el Senado como Relator en el año de 1882 y fuimos testigo de su destreza y de su talento. Hablaba alguno, Arrieta por ejemplo, que es un torbellino, y Pérez, al mismo tiempo que tomaba nota para el Acta, condensaba el discurso del orador sin rebajar le nada al estilo, ni mutilarles nada a las ideas.
Nos propusimos hablar de Julio E. Pérez, porque ha dejado de ser Secretario de Relaciones Exteriores; su modestia nos lo perdone.
Ahora: Pérez no es radical; esto no importa: sea él siempre decidido miembro del liberalismo y se hará perdonar esta pequeña falta.
(La Batalla, 1883).

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