LA EVASIÓN


De Justiniano Gutiérrez


Ayer estaba de Jefe de día el General Benito Martínez. A las once de la noche se disponía a descansar cuando golpearon fuertemente en la puerta del Estado mayor.
-A la espalda! gritó el centinela.
-Necesito hablar con el General Martínez.
-A la espalda!
-Es asunto del servicio, replicó el que tocaba con insistencia.
A las voces del centinela, el General Martínez se había incorporado del asiento en donde descansaba, y muy á su pesar dio orden al oficial de guardia para que dejara libre el paso al que lo buscaba. Cumplida ésta, el hombre de los golpes atravesó el portal y subió las escaleras á grandes pasos.
- ¿Es usted el Jefe de día? dijo á Martínez cuando estuvo cerca de la escalera.
-Sí, señor, respondió éste; diga qué se le ocurre, pero pronto que es tarde y líbrelo Dios de haber me despertado sin motivo. No sería malo, refunfuñó, que se pudiera tocar en el Cuartel como en la casa del médico. Hable usted pronto.
El recién venido miraba al General Martínez con vacilación, como si dudara de que fuera para él el encargo que traía. Aun se atrevió á preguntarle, segunda vez, si en efecto era el que tenía presente el señor Gene Benito Martínez, Jefe de día. Convencido de la identidad buscó en el bolsillo un pliego,
-Tengo encargo de poner en sus manos este pliego y de rogarle, de parte del que se lo envía, que, se lo lea cuanto antes.
-Délo usted acá.
El General tomó el papel y el hombre principió a bajar las escaleras.
Cuatro pasos había dado cuando se le ocurrió al General preguntarle de parte de quién venía tan tarde de la noche a solicitarlo.
-Eso lo sabrá cuando lea le respondió el hombre, y sus pasos precipitados resonaron pronto en las baldosas de la calle.
-Martínez volvió á su asiento, y se rebujó en su capa española. Supuso que la carta contendría alguna nimiedad del servicio y la colocó sobre la mesa.
-Tiempo hay mañana para leer cartas, se dijo; por ahora echemos un sueño mientras nos cumple hacer la tercera visita a los cuarteles; y luégo se durmió como un bendito benedictino.
La noche estaba oscura y ráfagas húmedas de viento indicaban la proximidad de la lluvia. El hombre que había llevado la carta tomó hacia el sur, caminó a lo largo de la verja de la plaza de Armas y se perdió en la callejuela estrecha que se arrastra siguiendo, hacia arriba, el curso del río San Agustín.
Había caminado media cuadra cuando en una puerta vecina apareció un hombre embozado. El viajero le tendió la mano con confianza.
-Todo bien.
-Lo esperaba de ti.
-Los oficiales de la guardia no me han conocido y el General Martínez parece que jamás me hubiera visto. A la fecha debe haber leído la carta y estará en marcha. Lo que es por hoy estemos seguros, pues el pájaro no volará.
-En todo caso velemos de cerca los acontecimientos. Justiniano evadido es otra vez el crimen de Los Alisos palpitante y nosotros en peligro. La muerta aún pide venganza y la sociedad puede muy bien atreverse a rasgar los velos del misterio. Un preso no se evade sin cómplices y un criminal no tiene otros amigos que los que participan de su delito.
-Hablas como un abogado.
-Doce años de estudio me dieron la toga. Ahora me toca cubrir con arte las manchas de sangre del 21 de Junio. Sería buen primor que después de tánto tiempo cayéramos en las redes de la policía coma cándidas codornices!
-Entonces, en marcha!
-En marcha, que antes de media noche debemos dar la señal convenida con Gutiérrez sobre los muros del Panóptico.
-Pobre Justiniano! ¿Sabrás que siempre es una villanía delatar a ese mozo, que, todo lo aguarda de nosotros? Doble infamia cuando él se ha encerrado en la más absoluta reserva con respecto á nuestra responsabilidad.
- ¿Qué quieres? Ya el paso e dado y sería tarde el arrepentimiento. Además, las fórmulas están cumplidas y Justiniano nada tiene qué desear de sus mejores amigos. . . . como nos llama en su carta de ayer.
-Es que...
-Mira, hombre. Yo he leído en Víctor Hugo que la gran excelencia del Quijote es haber dicho á la gente: "vela por tu pellejo."
-Y qué?
-Aprovechémonos del Quijote para no ser Quijotes.
Justiniano Gutiérrez fue los primeros meses de prisión, una verdadera celebridad. Todo mundo ocurría al Panóptico a ver el criminal de Los Alisos como se va a ver una bestia feroz. Hubo inauditas curiosidades y caprichos raros y estrafalarios. Se cuenta de una señora de la aristocracia que abortó de espanto en la puerta de la celda, y de un sacerdote que dijo allí misa una semana entera y le pronunciaba al recluso sermones de tres horas.
A este respecto La Caridad del señor José Joaquín Ortiz mandó a la Penitenciaría lo que en los Estados Unidos se llama un repórter, para lograr de los asesinos de la señora Sarmiento una protestación de la fe, cosa que estaba por demás, pues Justiniano había nacido católico y crecido entre las naves del templo. Así consta en la causa.
El enviado de La Caridad dijo a los presos:
-Ustedes, para salvarse del infierno, deben pro testar contra Tracy y Béntham, que los hicieron cometer el crimen de Los Alisos.
-Pero si no conocemos esos autores, replicaron
-No importa: "el mal está en la atmósfera, y ellos fueron, no lo duden ustedes, la causa de esa desgracia. Firmen aquí y se salvan.
Los reclusos firmaron lo que el público conoce. Uno de ellos, que ni en la adversidad y la deshonra ha perdido el buen humor, dijo al repórter, al despedirse:
-Y bien. Ya que tan fácilmente se salva el alma ¿no le seria posible a usted un medio de salvar el cuerpo?
Llamaba tantó la atención Justiniano Gutiérrez, afluía a verlo tánta gente, que un inteligente amigo nos propuso comprar un álbum para que visitantes de la penitenciaría pusieran cada uno algún pensamiento sobre el crimen de Los Alisos y sus autores.
-No escribirá nadie, dijimos al amigo.
- ¡Tonto!
Y la respuesta fue que a los dos meses el libro voluminoso estaba lleno de pensamientos, artículos, versos, firmas de casi todas nuestras notabilidades literarias. Los Pérez (Felipe y Santiago); Núñez, Ancízar, Gómez, Caro, Caicedo Rojas, Marroquín, Guarín, Carrasquilla, los Pombos (Rafael y Manuel), Arrieta, Ricardo Silva, Camacho Roldán, Obeso, los Pereiras (Guillermo y Benjamín), González (el Catire), Antonio José Restrepo, Madiedo, Galindo etc., etc.; todos los más culminantes literatos pusieron un pensamiento en el álbum, que un escritor romántico bautizó con el nombre de Panóptico dantesco.

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