En este momento el carcelero abrió la puerta.
- ¿Qué hacía usted cerca del farol? preguntó a Gutiérrez.
-Contaba el naipe, porque tengo idea de que falta una carta.
Los dos principiaron la partida de juego y el aparcero dirigió
contra el preso toda la artillería de sus preguntas. Cada cuarto de
hora la conversación se suspendía porque Gutiérrez necesitaba
salir. Tres veces lo acompañó su pareja pero en lo sucesivo le
permitió ir solo. Justiniano iba y venia; demorábase unas veces
más, otras veces menos, pero sin alarmar en lo más mínimo al
carcelero. Eran las once y media y una lluvia torrencial se
desencadenó. El viento gemía en los huecos del edificio y los
golpes del agua semejaban, a lo lejos, redobles de tambor. La
conversación se iba haciendo cada momento más interesante. El
asesino había ya hablado del plan, con detalles ignorados por la
justicia, que hacían feliz al curioso guarda. Pronto vino la
ejecución del delito, y en su relato mil minuciosidades
encantadoras para el alelado Pedro. Se iba a hablar de los
cómplices.
- ¿Luego hay otros complicados? interrogó con sobreexcitación el
carcelero.
-Ya lo he dicho a usted y ahora sabrá sus nombres. Pero vamos por
partes.
Justiniano no podía dejarse arrastrar al terreno concreto de los
nombres propios y principió a completar el relato del asalto a la
casa de los Alisos. Un temblor extraño sacudía sus piernas, que
para el carcelero, que oía la lúgubre tragedia, era la señal más
clara de que hablaba con sinceridad, cuando el temblor lo producía,
únicamente, la proximidad del momento crítico.
Las doce iban a ser.
- ¡Los nombres! ¡los nombres! ahincó el carcelero.
- ¿Los nombres?...
Y tres veces se oyó el golpe de una piedra sobre los hierros de la
ventana del fuerte.
-Me es indispensable salir aún.
-Bueno; pero pronto, pronto, que necesito los nombres, todos los
nombres de los cómplices.
Justiniano Gutiérrez salió de su encierro, ágil como el tigre de su
cubil.
- A esa misma hora el General Benito Martínez se disponía con la
comitiva del Jefe de día, a hacer la tercera visita a los
cuarteles. Al tomar su sombrero vio sobre la mesa la carta recibida
esa noche y se le ocurrió abrirla. A medida que leía se pintaba en
su rostro la sorpresa. El leía:
"Señor General:
"Una casualidad nos ha puesto en posesión de un grave
secreto. Justiniano Gutiérrez se evadirá del Panóptico esta noche a
las doce. Todo está preparado adentro y alrededor del edificio.
Puede usted salvar con su presencia a la sociedad de este inminente
peligro.
"Sus servidores" (aquí dos firmas
falsificadas)
Cuando el General Martínez acabó de leer se ciñó la espada y con
voz impaciente gritó a la comitiva:
- ¡A caballo! ¡a caballo! ¡al Panóptico!
Justiniano Gutiérrez había acabado de saltar las últimas paredes,
de cal y canto, del bastión oriental del Panóptico, aún sin
concluir del todo. El centinela que velaba se había retirado a un
ángulo del corredor pata evitar el viento frío y el aguacero
furioso que lavaba hasta el interior de la galería. Así Justiniano
pudo pasar sin peligro. Quedaba, el riesgo de una caída, pero para
él, buen gimnasta, esto no era nada, y los relámpagos le
proporcionaban luz para asegurarse en los agujeros del muro. Una
vez abajo, trató de orientarse, miró alrededor, se dio cuenta de la
posición del terreno y a paso largo tomó el sendero de los cerezos.
A su paso, una voz distinta y clara le gritó:
- ¡Valor!
- ¡Ah! mis buenos amigos, murmuró Justiniano. ¡No me han
abandonado!
Entre el ramaje del soto estaba el caballo. Justiniano respiró y en
lo más íntimo de su corazón dio gracias a sus buenos
compañeros.
Estaba libre y quería descansar un momento antes de emprender la
fuga definitiva. Para qué temer ya si allí tenía su caballo, que
tántas veces había salvado la distancia con prodigiosa
carrera?
Los truenos se hacían más sordos cuanto más lejanos, y al favor de
este relativo silencio, el asesino creyó distinguir galope de
caballos.
-Será sin duda el aguacero, dijo. Pero en todo caso huyamos, y
saltó sobre el bruto.
El ruido se hacía cada vez más distinto, y pronto se oyeron voces
de mando. Justiniano tomó el sendero que conduce al camellón. Antes
de lanzarse en él, esperó. La comitiva del Jefe de día llegaba.
Gutiérrez oyó a uno que decía:
- ¡Rodear el Panóptico y examinar los matorrales!
Un sudor helado bañó su frente y advertido del peligro requirió sus
armas.
-En todo caso, me abriré paso a la fuerza. Y la presencia de las
pistolas le arrancó un nuevo voto de gratitud íntima para sus
amigos.
Adiestrado en la oscuridad, percibió claramente a los Oficiales y
al General que rodeaban el terreno; pero con la más viva alegría
pudo convencerse de que la noche les impedía reconocer el sendero
que debía darle paso al camellón. Lleno de esperanzas, se afirmó
sobre los estribos y se preparó a lanzar el caballo como una
flecha, pero de pronto una voz gritó a su espalda:
- ¡General Martínez, aquí; por aquí, señores Oficiales!
Justiniano, horrorizado por un presentimiento, hirió los ijares de
su caballo y partió a escape, pero era tarde, porque la angosta
salida estaba erizada de espadas.
- iRendirse! le gritaron a una voz los de la comitiva.
Justiniano, desesperado y anhelante, apuntó sus pistolas al
grupo.
-Paso, gritó con rabia y al mismo tiempo amartilló; pero las
pistolas estaban descargadas!...
Un súbito pensamiento aclaró sus ideas; vio en toda su extensión la
realidad las de cosas, y arrojando sus armas se cruzó de
brazos.
-Me rindo, dijo, me rindo porque he sido traicionado; pero mañana
sabrá Colombia cuántos somos los asesinos!...
Dos exclamaciones súbitas de espanto se oyeron entre los
árboles.
(La Batalla, 1883).
