FRANCISCO E. ÁLVAREZ


Cuando la manecilla del reloj se acerca a la hora de las doce, el doctor Francisco Eustaquio Álvarez desciende por la calle del Colegio del Rosario, sigue a lo largo la Real y se dirige al Capitolio. Jamás podría perdonarse no ser más puntual que los otros Senadores.
Al leer una ley, expedida y sancionada, formamos una idea circunspecta y respetuosa de las Cámaras Legislativas, sea la ley buena o mala, porque siempre lleva los atributos solemnes del mandato con sanción; y no sucede lo mismo cuando asistimos a las deliberaciones del Congreso, a los detalles íntimos de la composición de las leyes, y se conoce la existencia menuda de los ciudadanos Senadores y Representantes. La mayor parte de ellos llevan en Bogotá la vida entretenida de los hombres de mundo, y solamente al pisar la alfombra del salón de sesiones se tornan en varones graves, reposados, severos. Acaban de abandonar la mesa del almuerzo, en donde se departe jovialmente, y al ocupar las curules se podría jurar que ese, el otro y el de más allá, no habían tenido jamás un vaso de vino cerca, ni una carcajada en los labios. Abierta la sesión, empiezan las conversaciones en voz baja, las exigencias, las sorpresas. Dos oradores que ahora hablan recio, y aparecen contendientes irreconciliables en público, luégo acercan sus sillas y ríen del alboroto, poniendo las manos abiertas debajo de la narices. Es un voto, muchas veces, lo que hace ganar o perder una cuestión, voto que lo da el que menos pensaba en lo que ocurría, y que sólo vuelve de su distracción porque el vecino le dice al oído lo que él ha de repetir después al Secretario que lleva nota de los pareceres.
El doctor Álvarez toma un aspecto de seriedad hosca desde que sale de su casa hasta que llega al Senado. Es su cuerpo alto y bien formado; echo y espalda anchos y piernas firmes; su rostro largo, de nariz encorvada, con dos mostachos grises; frente alta, que se recoge en agrias arrugas hasta juntar las cejas de cabellos gruesos, que semejan dos pinceles maltratados, sobre dos ojos azules de mirada resistente. Al llegar al recinto de las sesiones va derecho a su asiento, y allí conversa de muy buen humor mientras principian los trabajos. En ese momento los que han de ser adversarios en la discusión escuchan atentamente sus anécdotas y sus narraciones, que se rozan, las más de las veces, con incidentes importantes de antiguos hechos políticos. Conversa como habla en público, con voz agria y fuerte, y con ademanes bruscos acompaña sus relatos como sus peroraciones. Si no fuera hábito natural, se diría que tiene el prurito de la aspereza.
En el debate triunfa más bien por la repetición de los argumentos que por la claridad con que los expone. Un hecho que encuentra malo lo extiende, como regla común, sin cuidarse del número de individuos que arropa, y esta injusticia hace creer que el doctor Álvarez tiene mala idea de la generalidad de los hombres. El sufre la pesadilla de los ladrones, que mantiene en agitación su entendimiento: los husmea, los busca, los persigue, y cuando los encuentra los aplasta. Es entonces frío e imperturbable. No des cansa de golpear con su maza sobre las reputaciones usurpadas; no lo desvía la queja, la súplica ni la amenaza. Adquiere en sus triunfos los rasgos distintos de una ferocidad patriótica; y así como admira por lo arriesgado de sus luchas, sorprende por la tenacidad de sus odios.
Gusta que sus ideas triunfen y es rehacio para modificarlas. "Mi partido lo formo yo mismo," ha dicho, y esa es la clave de su política. Cuanto al fondo, él es amigo sobre todo de la autoridad, lo que no impide que sea libre pensador. Querernos decir, amigo del rigor de la ley, en el mandato, en el precepto, en el consejo. Tiene sus puntos de tradicionalista, y del pasado desvanecido en negros escombros, echa de menos el horrible cadalso y el imbécil centralismo. Verdad que no sienta bien en un republicano tánto anhelo por el lazo del verdugo...
Al catolicismo le cierra el paso, siempre, con fuerte pecho y voz tronante. ¡Ah! si fuera preciso él sería capaz de dar su cráneo, para cargar el catión que lo batiera. La polémica filosófica y religiosa lo enciende, yen adelante tiene su labio más espontaneidad, su raciocinio más vigor, y alcances imprevistos su pensamiento. Es el maestro en la cátedra se vera, el tribuno agitado y el capitán ínclito que va a la victoria.
La lucha ruda y diaria no quebranta a este hombre de acero. Cuando la sesión del Senado termina él toma el mismo camino de la mañana hacia su hermosa casa-quinta, escondida entre árboles, flores y enredaderas, donde la compañera de toda su vida lo abraza amorosa y la hija purísima besa la frente del atleta. Hé ahí, pues, la fatiga coronada por el amor.
(La Actualidad, 1884).

Comentarios (0) | Comente | Comparta