HEROICO
(En el centenario de Ricaurte)
El sacrificio por el bien, que causa asombro es lo que constituye
el heroísmo; no la inmolación ruidosa por una idea, cuando ella es
injusta.
De suerte que el dictado de heroico es una merced de la libertad,
que pocas veces dispensó con más largueza que en San Mateo. La
justicia de la Independencia, que han querido volver litigiosa
algunos vasallos oficiosos de la Península en nuestra Patria, es
innegable, así como la oportunidad del alzamiento; siempre es bien
venido el derecho. Los guerreros, pues, de la lucha excelsa podían
ser héroes, y lo fueron muchos; otros no llegaron a tánto y algunos
de los más mancillaron sus títulos cuando desconocieron su obra o
dieron suelta al desorden de la ambición personal. El hombre que
oculta su beneficio es modesto y merece galardón; quien se aparta,
con la muerte, del premio y del aplauso de la posteridad, es
admirable; y es magnífico ANTONIO RICAURTE sí quema su vida, como
un perfume grato a la República, en el gran brasero histórico. A la
República, ya lo hemos dicho; por que si esta idea no estaba
completa en el cerebro de esos luchadores de la Independencia, sí
era una visión constante, una lejanía idolatrada de los corazones
sin interés mezquino; que otros muy grandes en la lid probaron
después haberlo sido para satisfacer más tarde inmensos apetitos;
demos que buscaban la gloria y la grandeza, para que ya en la
altura los sirvieran y los adoraran los pueblos en lugar del caído
Rey de España. Se batían los adorables caudillos, por una belleza
desconocida, pero con el febril amor de quien desea contemplarla
entera, palparla completa, poseerla íntegra; y ved así cómo en los
períodos de conmoción maravillosa, el grande amor, el amor
purificado, el amor de los amores, es la República, esa inefable
bondad de la naturaleza; la que tiene, cuando se asienta tranquila
sobre la tierra, bienhechor regazo -¡para todos los hombres; si se
la insulta, poderoso desprecio; si se la persigue, profunda calma,
y cuando la hora llega terrible para los déspotas, las llamas de la
cólera que la Revolución coloca sobre su cabeza vengadora. Ella
toca a veces la carne del hombre, y la hace heroica y sagrada;
sagrada, porque allí donde desaparece el héroe, queda el altar de
los libres. No les es dado a los tiranos realizar semejante
prodigio, porque los que colaboran en su obra, antes que en el
campo de batalla o en la pira, ya han muerto en el amor del pueblo;
y si la Historia abre sus sepulcros, es para provocar la
repugnancia de las gentes. Las legiones españolas no contaron
héroes, aunque padecieron quebrantos, porque la heroicidad es una
forma perfecta, es un desarrollo exquisito de la naturaleza, como
el último paso a la vida de las ideas; es la convicción del bien,
demostrada por la muerte; -los soldados del déspota simbolizan la
destrucción, mueren y matan con un ruido de garras y de mandíbulas
en que se reconoce a la fiera del bosque, y el cadáver del sicario,
sean cuales fueren sus señales, será siempre como el de la bestia
feroz, que se pudre causando asco, en la floresta.
Sucedería quizá que los sacrificios fecundos se desvanecieran al
pasar de los años, si la Poesía no los recomendara a la memoria de
los pueblos con sus innumerables voces. Ella recoge el hecho
estupendo y lo cubre con sus galas, da más contorno a sus líneas
salientes, más color a sus tintas, más sonoridad a sus notas; lo
realza, lo hace palpable y lo deja vagar así, con un séquito
pomposo que lo afirma en el recuerdo de los hombres. La figura del
héroe será visible entonces: el pueblo sencillo le ha de admirar en
sus fáciles tonadas; la parte pulida llena con él, de mil modos, el
escenario, y desde la trova sin aliño del vulgo hasta la fábula
complicada la inmortalidad del nombre estará en todas partes como
si penetrara a la imaginación entre ondas impalpables de luz. Es
entonces, por ministerio del arte, una especie de fluido, de medio
ambiente en que es placentero a las almas libres dejar vagar sus
pensamientos varoniles. La Poesía responde al Sacrificio, como la
mujer al amor, y suprimiendo el hecho heroico, se rompería en la
cítara la cuerda m vibrante. El héroe en ocasiones crea al poeta, y
el poeta inmortaliza al héroe. Cuando puede llamarse grande un
hombre es cuando el laúd da a su contacto la nota épica, y será
entonces grande también el poeta por una traslación incomparable,
en que el héroe va a vivir en el canto, y el poeta en el sitio ya
inmortalizado. Serán inseparables desde entonces corno el tronco y
el follaje. Y los holocaustos republicanos de nuestra guerra de
emancipación deben tener cantores elocuentes, porque la evocación
vigorosa de los grandes hombres contribuye a la fortaleza de las
naciones. Ellos son el duro bronce que escuda a la carne
deleznable; son como el lujo fastuoso, único permitido a las
democracias. La poesía que más vive es la más libre; y la más
libre, la que sea un homenaje a los libertadores. ANTONIO RICAURTE
necesita, reclama la oda en que ha de vivir eternamente: oda
amplia, ardiente, fallada a grandes golpes, que resuene lejos como
un suplicio para los opresores. La oda es el bronce de las letras;
y para escribirla inmortal, trasládese el bardo a San Mateo: jamás
la Libertad ha arrojado al infinito, como allí, una de sus flechas
con más estrépito. Aquel poeta será el escogido, que sepa darle al
verso el grito del pueblo, la cólera del oprimido, el estigma al
tirano, el horror sublime del sacrificio; y luego, el acento de la
victoria, la bienvenida a la República y el vaticinio de un
porvenir libre para Colombia. Que sea el canto a pleno aire, bajo
el sol tórrido, y no una silva enfermiza, arreglada en el tocador y
con los guiñapos de la retórica.
Ninguna fuerza noble desaparece en la Historia, aunque mengüe en
ocasiones. Tal parece cuando se ve vacilante una idea que ha de
ocultarse, pero su- cede que ella está allí, y que son los hombres,
algunos hombres, los que se tapan pusilánimes para que la purísima
claridad no los ilumine. En el antro se recata la fiera; en la
sombra, el malvado. La libertad es cuesta agria. Pero los que
quebrantan la ley del progreso, ¿la suprimen? ¡Oh, no! Los varones
de la Independencia iniciaron una obra de demolición que no
terminará sino muy tarde. Lo que se llama simplemente orden-la
quietud-lo había en tiempo de los Virreyes: derechos amplios fue lo
que ellos quisieron conseguir. Pensamiento de amor a la posteridad,
de sublime amor, que no todas las generaciones sucesivas han
logrado mantener en el corazón, como la última advertencia piadosa
de la madre moribunda. Es justo dar calor a esas ideas, si
estuvieren ateridas: que los árboles del bosque no medren en los
ámbitos de la ciudad; que manos irreverentes no nivelen las colinas
gloriosas En la enigmática tromba en que subió a las nubes RICAURTE
se encerraban innumerables y grandes pensamientos; de allí no han
bajado todos a coronarnos. Esperemos, sin desmayar en los
contratiempos, la llegada de esos alados mensajeros. Vendrán; que
de otro modo, el trueno de San Mateo habría te una brutal
explosión.
(La Siesta, Junio 10 de 1886)
