GREGORIO, EPIFANIO Y CAMILO
Ayer fui a visitar la tumba de Gregorio Gutiérrez González al
cementerio viejo.
Cuando uno ha leído las poesías de Gregorio, mil veces, como yo, y
ha meditado en cada línea, y se ha embebido, por así decirlo, en el
espíritu del poeta, no debía sentir una impresión de extraño dolor
al visitar su tumba; porque en cada uno de sus versos está el
pensamiento de la muerte, y sobre todos vaga, melancólica y
pertinaz, la sombra del sepulcro...
El genio busca siempre lo desconocido, y esto podría explicar esa
idea fija de morir, en Gregorio, si antes accidentes de la vida y
su profunda fe religiosa, no lo hicieran completamente. Y ahora que
de fe religiosa hablo, creo que el exceso de misticismo perjudica
mucho sus versos. La religión será buena para tenerla -si se
quiere- pero para cantarla es detestable.
Pensaba mientras hacía el camino del panteón en las peripecias de
la vida del dulce bardo. Yo conocía la casita blanca, que aparece
como un jirón de nube de verano en la montaña. Allí había pasado
Gregorio los primeros años felices, sin inquietarse por el
porvenir, en el descuido tranquilo del hijo del campo:
"Allí a la sombra de esos verdes bosques
Correr los años de mi infancia vi:
Los poblé de ilusiones cuando joven,
Y cerca de ellos aspiré a morir."
De la casa paterna de Aures al cementerio de Medellín ¡cuánto había
sufrido ese corazón lleno de ternura! El amor, la gloria, la
familia, la Patria, todo lo había preocupado; y las pasiones,
levadura de las grandes almas, lo habían sacudido con terrible
violencia.
Un amigo me guiaba en esta peregrinación triste y llena de interés.
Cuando llegamos al cementerio eran las seis de la tarde. El
sepulturero nos abrió la ancha puerta y nosotros penetramos mudos
al solitario recinto.
Yo buscaba ansioso con los ojos el sepulcro del poeta. Creía
encontrarlo en un lugar silencioso y retirado, bajo tupidas
batatillas y a la sombra de erguidas matas de maíz.
Sin darme cuenta había caminado mucho por entre humildes cruces y
soberbias tumbas, cuando mi amigo me dijo:
- iAquí es!
- ¿Aquí es?
El extendió la mano y en esa dirección leí, entre lazadas a una
lira, estas letras: G.G.G.
Es la tumba de Gregorio, una humilde bóveda común. Allí ni una
corona, ni una flor. Apenas si un poeta desgraciado como él,
Guillermo Pereira Gamba, puesta una rodilla en tierra, y con los
ojos arrasasados en lágrimas, escribió en ella este epitafio que la
intemperie casi ha borrado:
"¡Lus de mi patria, vate sin segundo,
Aquí Gregorio el inmortal reposa:
Paz y descanso bríndale esta losa,
Palmas el cielo, admiración el mundo!"
En días pasados conocí a Epifanio Mejía, a quien usted y yo hemos
admirado juntos tántas veces.
¡Está en el asilo de locos!
Es de fisonomía dulce e inteligente: larga barba rubia, ojos
grandes, frente ancha y levantada.
Cuando lo vi estaba sentado sobre una piedra tosca bajo un coposo
jazmín. Yo me llegué a él sin que lo notara y oí que silbaba algo
muy triste y desordenado.
Cuando me descubrió se vino hacia mí, y mirándome fijamente me
preguntó:
- ¿Quién es usted?
-Soy un amigo de sus versos, le respondí.
-Versos... versos ..., murmuró él por lo bajo.
- ¿Y usted la conoce? me preguntó de nuevo.
-Sí, le contesté al acaso.
-Ah, es bella, linda, yo quiero verla!
Luégo se retiró cantando a media voz algo que yo no entendí. El que
lo cuida me dijo que de continuo recitaba esta seguidilla de una
composición a sus amigos:
"Serenas son mis tardes
Con arreboles:
Cargadas de silencio
Pasan mis noches;
Y mis mañanas,
Bulliciosas y alegres
Llegan a casa."
¡Pobre loco! ¡Y son sus tardes tristes, y sus noches abrumadoras, y
no tiene mañana su alma!
Nadie sabe, con seguridad, la causa de la locura de Epifanio,
aunque todos la explican de diversa manera.
La que corre como más válida es un cuento a manera de historia de
aparecidos.
Epifanio vivía en una montaña, a alguna distancia de Yarumal. Allí
tenía un campo llamado Caunce. Es este un lugar pintoresco, con
pequeños valles altas montañas y selvas centenarias.
Gustaba Epifanio, de bajar, por la tarde, cuando el sol se ponía, a
la orilla de un río que por entre peñascos viene desde la cumbre
del cerro. Allí, a pie de un sietecueros florecido,
sentado sobre las hojas secas, leía la Biblia o dejaba vagar la
mirada sobre las espumas que se perdían en la corriente.
Cuando la noche venía, él cerraba el libro misterioso y con las
manos en las mejillas y los ojos apenas abiertos, permanecía largas
horas callado, como atento al menor ruido de la floresta y de las
aguas.
Luégo subía a una pequeña eminencia donde estaba su casita y allí
trasladaba al papel las inspiraciones de la soledad: una vez era
La historia de una Tórtola, otra La muerte del
novillo, otra Las hojas de mi selva; ya un canto
bíblico, como La Paloma del Arca, ya una escena de su
poema la Amelia; pero siempre alguna cosa nueva traía esa
pitonisa de las montañas.
Una noche llegó más tarde que las otras y todo tembloroso y
sobresaltado. La familia le hizo mil preguntas y a ninguna quiso
responder. A la siguiente se demoró aún más; y así fue aumentando
por horas, hasta que ya no regresaba sino a la medía noche. Como un
espíritu del amanecer, cruzaba la vega y las colinas
desiertas.
Un día uno de los miembros de su familia lo siguió al lugar
acostumbrado. Epifanio estaba silencioso; así pasaron muchas horas.
Cuando la sombra era completa llegó a la orilla del río, en donde
se formaba un pequeño remanso, y jugando con las espumas, como con
rizos de su amada, les dirigía tiernas palabras de amor a las
ondas. Comprendieron entonces que estaba loco, y lo trajeron tiempo
después al asilo de Medellín.
Los campesinos, que lo aman mucho, dicen que una sirena lo hechizó
en el río Caunce.
En la semana pasada tuve unos momentos bien agradables.
Había ido a conocer un pueblo que se llama Itagüí, en las cercanías
de esta ciudad, y en una de las ventas del camino me encontré con
el doctor Camilo Antonio Echeverri.
Está el histórico Tuerto muy conservado todavía, a pesar
de sus cincuenta y pico de años, y como en sus días más brillantes,
es ahora de variada su conversación y de lúcido su talento.
Tiene concluida una gran obra sobre Moral, en la cual lleva a sus
últimas conclusiones la teoría que ha sostenido de mucho tiempo
atrás, a saber que nada hay bueno ni malo en si, que la moral
cambia. Además, varios trabajos sobre ciencias naturales, que
son en concepto de personas idóneas, de primer orden, y muchas
curiosidades literarias. No se puede decir, pues, de Echeverri, que
sea una inteligencia destronada...
(La Política, 1881.)
