A PROPÓSITO


(Prólogo para el libro de D.F. de P. Carrasquilla, intitulado 'Tipos de Bogotá')


La porción joven de Colombia que ama las ideas libres, tiene una exuberancia de inteligencia que se reconoce cada día más con la fuerza de un hecho obligatorio. Da ella manifestaciones vigorosas y brillantes de su vida pensadora, y se diría que, como el león, es fuerte en todos sus ejercicios; escala con la admiración pública las más agrias montañas, y allí se mantiene, siempre que no la tiente el precipicio, que en este país es el soborno. La otra porción es generalmente estéril; no se la mira crear nada, ni sobresalir en nada, y está en Colombia como tocada de parálisis. Las ideas son la razón del auge de la una parte y de la decadencia de la otra. La juventud no es otra cosa que la libertad; así, puede decirse que Victor Hugo murió joven; y la senectud es comparable a la reacción: de modo que el Conde de Maistre no tuvo infancia. Los jóvenes que se mueven en un círculo amplio tienen pensamientos largos, digámoslo así, por los cuales se dilata complacida la vista del pueblo; y los que forzosamente se encuentran de pie en el mismo lugar, producen ideas tan cortas como su propio circuito. Además, los que trabajan por la libertad van empujados por la fuerza de las cosas, aunque se les opongan los vicios de los hombres; no así los devotos del pasado, que sólo cuentan con los resabios de las naciones. Y luégo, las ideas modernas toman colores frescos y atractivos en sus continuas investigaciones sobre el mundo; adquieren una perspicacia asombrosa en sus estudios sobre el hombre, cada día más perfeccionados, y se aceran con una agudeza terrible cuando miran, de reojo, a los cielos; en tanto que el culto tradicional es frío, pálido, repetido, rutinero y plagiario. La necesidad de ir adelante, que está en la sangre de la una escuela, la hace ser briosa, audaz, exploradora, que es decir con esto que multiplica sus caminos mientras que la otra será siempre el escarabajo que orada la tierra para hacer el hoyo de su pudridero. Es la una la bala arrojada al infinito, y la otra la cerbatana rudimental, de uso entre los salvajes.
El movimiento literario que tiene novedad y originalidad en Colombia, pertenece exclusivamente a la juventud avanzada. Ella ha llevado allí métodos nuevos, por donde el arte va con más holgura; ideas propias que se facilitan al separarse de los dogmas; vigor que nace de la necesidad de la lucha, estilo más rico, como que es más nuevo y variado el repertorio de sus creaciones. Los estudios filosóficos le han quitado la puerilidad a la literatura, que era insufrible, y el criterio baconiano la ha remozado haciéndola observadora y reflexiva. Antes, con excepciones contadas, reinaba la retórica vacía; hoy las letras, sin menoscabo de la elegancia, tienen medula espinal; eran un sonido, son un hecho; eran la guarnición de la espada, son la hoja; el cráneo, son el cerebro; una expresión sin pensamiento, y ahora el verbo ha encarnado y se ha hecho hombre.
Nuestro adelanto, si original relativamente a Colombia, es apenas un reflejo del movimiento literario europeo, que le da un predominio completo a la verdad sobre la fantasía, y ha relegado lo sobrenatural, para explicar los fenómenos de la vida, como inútil y pernicioso, para atenerse a las leyes de la naturaleza, que son la verdadera y única pauta. Allá tan laudable propósito ha tenido un desarrollo completo, hasta prevalecer en el gusto del público; pero aquí, si posee genuinos representantes, apenas tiene auditorio, porque el pueblo no lee cuando sabe, o no puede leer cuando quiere. Sin embargo la juventud no vacila, no flaquea, arroja en todas las formas sus pensamientos fuertes y hermosos, y quizá llegue a construir con ellos, como quería el maestro Rojas Garrido, "un parnaso digno del Nuevo Mundo."
A esta generación infatigable pertenece Francisco de P. Carrasquilla.
Dondequiera se leen con agrado los detalles sobre la vida de los escritores. Por más abstracción que haga uno cuando escucha, queda el vacío si no se tiene allí de presente la persona que nos habla: se desea conocerla para explicar sus procedimientos para descifrar lo que está detrás de cada una de sus líneas; porque, salvedad hecha de los hipócritas, todos los hombres se asoman al público en sus libros, como miran a la calle desde los balcones. El hombre completa al libro; y cuando uno termina la lectura de una obra que le agrada, querría estrechar la mano del que la ha escrito. El mayor incentivo en los viajes, para las personas de gusto, es ir por los países extranjeros en busca de una ocasión para saludar o tratar a las grandes individualidades. ¿Quién no ha soñado, cuando se hacen fantásticas y delirantes excursiones, con uno de esos encuentros solemnes, en que las personas sagradas de los pueblos se dignan responder a un tímido saludo del pobre incógnito? ¿No es uno de los más ardientes deseos de la juventud platicar alguna vez con los hombres famosos que de cualquier modo la enseñan, la fascinan o la entusiasman? Nosotros hubiéramos dado años de nuestra vida por mirar al viejo Littré, en su casa modesta, llenando de cifras de la ciencia grandes hojas de papel; al maestro Víctor Hugo botar sobre las cuartillas sus últimas estrofas, hechas como con trepidaciones de la tierra, y al cosmopolita Garibaldi pasar, con su camisa colorada, dominando los tumultos republicanos. Deseáramos ir a España a fortalecernos con las palabras de Pi y Margall; a las tribunas de la Cámara francesa, para aplaudir a Clemenceau; a los meetings de Inglaterra, para gritar un ¡hurra! a Parnell, y al secreto de los conciliábulos nihilistas, para decirle nuestro entusiasmo a Hartmann.
Cuando llevamos en Colombia la vida de provincia, el empeño mayor en la juventud es venir a Bogotá, no tanto para estudiar, ni para conocer una capital, ni para ensanchar a los ojos el espacio, sino para ver de cerca a los hombres notables. Si algo tranquiliza esos desesperan movimientos de la despedida, cuando al adolescente le parece que se le apaga el sol, es la esperanza de satisfacer la curiosidad constante, el anhelo de asistir a esa especie de transfiguración del escritor en hombre de carne y hueso. "Lo conozco, dice el estudiante entristecido, y luégo ya volveré al lado de mi madre." Muchas flores se marchitan, muchas velas se apagan en el altar candoroso del provinciano, al mirar de cerca a los que eran ídolos en su pueblo; pero esto, que lo decepciona a él, no entibia a los que vienen después, y no faltará jamás a los viajeros cultos, esa sensación espasmódica que produce el tránsito, a su vista, de un nombre a un hombre. A nuestro juicio al libro, que no tiene alguna noticia sobre el que lo ha escrito, le falta la primera página; y por este motivo diremos quien es Francisco de P. Carrasquilla. Además, porque creemos que este escritor no se evapora y sí se condensa; que no será tragado fácilmente por el olvido en su patria.
Carrasquilla tiene 31 años, pues nació en Bogotá en 1855. Es de "cepa antioqueña," como él dice; y en efecto, sus mayores fueron oriundos de esa tierra selecta entre las colombianas, donde el maíz espiga abundante, y con más lujo todavía la raza y el cerebro humanos. Su estatura es proporcionada; su cuerpo de poca carnes, pero el conjunto erguido; las piernas delgadas y elásticas; el tronco comprimido, pero flexible; los brazos largos, en apariencia fuertes; el cuello alto y moreno, como e! rostro, en el cual sobresale una frente protuberante, y que está enmarcada con negros cabellos sobre el cráneo y barba espesa y oscura con ligeros cambios en el bigote, de un rubio opaco; nariz poco dominante; labios plegados hacia los ángulos con una sonrisa picaresca; pupilas con cristales de un amarillo oscuro y orejas ligeramente inclinadas hacia adelante, como para escuchar todo ruido. Es un conjunto vivaz, que da la impresión pasajera de un ciervo sorprendido.
Es de temperamento nervioso, casi eléctrico. Su cuerpo está sacudido a menudo por una ola que lo hace vibrar y le tañe como a una cuerda sófora; por lo tanto es diligente y activo, pues la tranquilidad sería un suplicio para esa red tembladora. En tales constituciones se hace indispensable el movimiento, como en las corrientes delgadas es de fuerza la ondulación. Cuando una idea lo impresiona, si choca fuertemente con sus nervios, lo absorbe y lo domina; él la da vueltas, la aguza, la tortura, y, al fin, esa misma idea lo quebranta; que tal sucede en esos trabajos que son crisis nerviosas, producir el desmayo. Sometido a golpes de pasión, es por extremo mudable en impresiones, sin que ceda en nada su natural ardiente, y pasa de un punto a otro distinto, manteniéndose, aquí y allá, con la misma sobreexcitación; diremos más bien, con igual irritación; por que él es, naturalmente, un cerebro exacerbado, que se manifiesta en formas agudas y agradables. Simpatiza o aborrece sin previa deliberación, por una tendencia tal vez fatal de su organismo, que repele o acata en el instante a las personas o a las ideas; mas se le encuentra dispuesto, luégo, a la reflexión, y su ánimo intranquilo se apacigua con el razonamiento. No peca por dulce y lisonjero, pues, al contrario, es amargo y murmurador. Vive lleno de sacudimientos: es la botella de Leyden con palabras en vez de alambres.

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