Como muchos otros bogotanos, Carrasquilla está al corriente de
las crónicas de la capital desde largo tiempo atrás, y en ellas
encuentra argumento inagotable su conversación picante. Conoce el
flaco de las personas, y explota su parte ridícula con una vena
siempre ocurrente, pero en ocasiones cruel, pues la abundancia
incontenible de su chiste lo hace ser, a veces injusto. Cualquier
acontecimiento del día, que llame la atención, toma forma
epigramática en sus labios y se populariza; bien sea que aquí hay
tal creciente de buen humor, que nada se escapa a la
caricatura.
Por mucho tiempo Carrasquilla no se cuidó de metodizar su talento y
de utilizarlo de un modo positivo, con algún fin social o político.
Lo sentía en sazón, pero no atinaba a darle forma popular y
trascendente. Sus observaciones y sus epigramas se perdían en los
corros divertidos, en las mesas de los restaurantes, en los salones
-allí donde la alegría es una sepulturera implacable de la gracia-
o los conservaban algunos curiosos, tomados al vuelo y por
casualidad. Hace muy pocos años sintió este joven mayor necesidad
de expansión. Fuese entonces a la prensa, que es la manera de
trasladar el pensamiento, y comenzó por algunos ensayos anónimos de
crítica personal, que tenían un mérito dudoso. Procedía sin
consultar el buen gusto, y el público se mantuvo, por tanto,
bastante frío y reservado. En 1882 hizo su verdadera entrada
orgullosa con la publicación de un periódico de crítica, titulado
El Museo Social, del cual se editaron apenas cuatro
números, que son un testimonio de perspicacia y de inteligencia.
Esta hoja fue enterrada, como las niñas pobres, sin séquito y sin
coronas; mas algunos literatos la guardaron como la llave de un
palacio en donde se encontrarían después muchas riquezas. Pasado el
tiempo, se le presentó la oportunidad de mostrarse todo entero en
un pequeño periódico esto hace dos años, en 1884, y el periódico se
llamaba El Látigo. La situación de entonces, bien conocida
por todos, puede definirse así: estado palúdico. Era uno de esos
momentos en los cuales quiere Núñez de Arce que se evoque el estro
vengador de Quevedo. Carrasquilla no temió el peligro, y se internó
en la mina para ponerle fuego, muchos otros luchábamos, pero pocos
de un modo tan original y tan cáustico. El Látigo contenía
un pequeño editorial, menos de una columna, una crónica en periodos
cortos, fábulas y epigramas. Todo era allí macerado, hecho polvo o
convertido en estiércol.
Bajo las manos ásperas del escritor, los personajes se destripaban
y hedían. Al dar unas muestras del periódico, prescindimos de
resucitar algunos nombres propios, para no prolongar la
mortificación que fue suficiente, y tomamos de aquí y de acullá lo
que puede dar una idea del estilo de Carrasquilla en esa
época.
Para pintar el desprestigio del Gobierno de entonces, decía:
"Hace dos noches, los serenos condujeron al retén a varios
individuos que se hallaban en la calle del comercio gritando vivas
al Gobierno del Estado. Seguramente creerían que eran
ladrones."
Otra vez:
"El Prefecto general de la policía del Estado vocifera
injurias contra el radicalismo, y califica a sus miembros de
bellacos y bribones.
Estén ustedes seguros de que ese funcionario no cree lo que dice,
porque si tal cosa creyese, estaría adherido a aquel
partido."
Y más adelante:
Los detenidos y los reos rematados del Panóptico están pereciendo
de inanición.
¡Cómo será de malo el actual Gobierno, que deja morir de hambre a
sus semejantes!
Cuando la Asamblea de Cundinamarca nombró una comisión de su seno
para encontrar al Arzobispo trataba de esta manera a los
Diputados:
"La Asamblea de Cundinamarca, consecuente con ideas, ha
resuelto enviar bestias a Honda, con el objeto de que
conduzcan hasta la capital a Monseñor Paúl. La comisión legislativa
partirá próximamente."
Otra:
"El señor ha partido para la Costa con la misión de
visitar las Aduanas. Es natural, siquiera por cortesía, que le
paguen las Aduanas su visita."
Cuando González Lineros desconoció la Asamblea Constituyente de
Santander:
"En Santander Narciso ya alardea
De haber desconocido la Asamblea;
Si el desconocimiento fuere cierto,
Lo hizo sin duda con el ojo tuerto;
Porque sólo le sirve el ojo bueno
Para minar la paja en el ajeno."
Otras veces, apartándose de la cuestión política:
"Los Notarios se sostienen
De dar fe en las escrituras,
Y son las solas criaturas
Quedan de lo que no tienen."
El Látigo terminó con el número cuarto, porque la guerra
pedía plaza; pero hizo una herida tan profunda en la situación, que
sería en vano la sutura. Carrasquilla adquirió, en esa hoja mal
impresa, todo el derecho para que se le tuviera como un
sobresaliente escritor satírico; presea dos veces valiosa, porque
se necesita para ello tener talento, y que el talento tenga una
amargura divertida.
En el epigrama reside la mayor fuerza de Carrasquilla, porque es la
manera literaria que más se amolda a su temperamento. Allí tendrá
él, cuando se liquide su trabajo en las letras, la porción
favorable a su fama. Juzgamos que debe perfeccionarse en ese
género, en el cual, sinceramente, creemos que no tiene en la
actualidad un rival victorioso en Colombia. Hay para cada uno de
los escritores de talento una senda espontánea y un impulso amable
que los empuja por allí fácilmente; y cuando se siente la vocación
decisiva, no debe el escritor vacilar, porque suele hallarse el
fracaso a la vuelta de esta clase de errores. Es un tren fuera de
los rieles la inteligencia separada de su derrotero natural; y
presenciamos con frecuencia catástrofes en que hombres distinguidos
se van a fondo por cambiar de rumbo, muchos de ellos por extravío o
por aturdimiento, y algunos por soberbia. No se hallan bien en la
posición que por derecho ocupan, y quieren invadir todos los
puestos; de donde resulta que a pocas vueltas pierden el suyo
propio, porque gastan la originalidad en esfuerzos inútiles, y
cuando no la despilfarran, la adulteran; y es bien sabido que el
estilo no se recobra, como dice Pi y Margall que no se recuperan la
fe política ni la virginidad, una vez perdidas. En esta tierra, en
donde los escritores tienen faenas tan variadas, es excepcional el
que sigue un camino hasta el fin, y; en consecuencia, la historia
de un literato colombiano se recoge en mil fragmentos heterogéneos.
El que no tenga fuerzas para llevar sobre sus hombros siete
cabezas, conténtese con una, que bien puede estar coronada, y
medite en que la amplitud es generalmente vaciedad en estos pueblos
de origen español, tanto más sonoros cuanto son más huecos.
El género epigramático no tiene en nuestro país la representación
que otros, bien puestos, en concepto americano, como el lírico, por
ejemplo. Luis Vargas Tejada es el único poeta conspicuo que abunda
en numen satírico, entre los primeros de la Patria republicana;
pues si hubo otros, eran de desigual categoría, se corta y
ocasionalmente, y se les recuerda más bien por benevolencia que con
justicia. José Eusebio Caro no hizo epigramas, ni los hizo
Gutiérrez González; y en cuanto a Julio Arboleda, cuando le daba la
manía de zaherir, se faltaba él mismo al respeto, como en los tan
repetidos pareados de las Escenas democráticas:
"Yo no os hago el honor de aborreceros,
Porque no gasto mi odio en mantequeros."
En algunos volúmenes de versos, y en las colecciones de periódicos,
se encuentran buenos y malos, pero en todo caso como composiciones
secundarias; y ningún poeta, absolutamente ninguno entre nosotros,
ha publicado cien epigramas que puedan merecer tal nombre. De modo,
pues, que un escritor que cultive el género persistentemente,
llegará a ser una figura muy visible en nuestro parnaso. Es
menester, para cultivarlo con éxito, una percepción muy rápida;
fuerza de concentración notable; rima que se mueva sin embarazo;
claridad completa en el pensamiento, y el poder de mirar las cosas,
digámoslo así, por el lado cojo. Se debe también procurar que en el
caso particular a que el poeta se refiera, se encierren otros
muchos idénticos, para que evoque el epigrama, en la mente de los
lectores, situaciones distintas pero homogéneas, y se haga más
extensivo. Carrasquilla posee estas condiciones un poco mermadas,
porque hace hincapié en casos personales, frecuentemente, lo que da
por resultado que sus epigramas se desvirtúen cuando se olviden las
crónicas que los sugirieron; y requiere más agilidad y destreza en
el verso, para que la idea no esté como prisionera en la estrofa:
no queremos decir que le suceda esto siempre; es que deseamos que
no le acontezca nunca. Purgado de leves faltas, irá muy lejos corno
escritor epigramático, porque no vale tánto hacer epigramas, como
saberlos dirigir con un fin útil; y él, a este respecto, tiene el
punto de vista de las ideas más provechoso. En la poesía, como en
todas las funciones de la inteligencia, lo cardinal es conquistar
los hombres para la verdad, único medio de que ellos se amen
recíprocamente con el trascurso de los siglos.
