Para hacer patente la prevención odiosa de los académicos, nos sobran unas pocas palabras. La literatura de un país es el pensamiento de sus hijos, expresado en una forma que interese a los que la perciban. Ella, pues, es compleja y está donde se ejercite la inteligencia por medio de la palabra es rita o de la simple palabra hablada. Y el señor Samper prescinde, por pura veleidad política, por envidia quizá, de nombres, muchos de los cuales son los más ilustres en el movimiento intelectual de nuestra Patria. No habla, por ejemplo, de Ezequiel Rojas cuando habla de filósofos, y este patriota inflexible consagró su vida a la propaganda de doctrinas que tienen una grande influencia en nuestro pueblo, y dejó libros que la juventud estudia constantemente; no habla de Manuel Murillo, que fue el progenitor del verdadero movimiento civil de la República, tres veces coronado, como periodista, como tribuno y como mandatario; no habla del maravilloso Rojas Garrido, que era grande en la cátedra, incomparable en la tribuna, irresistible en el parlamento, poeta y publicista, magistrado incorruptible y apóstol inquebrantable; no habla de Manuel Ancízar, cuando se refiere a escritores de costumbres, que dio a nuestra literatura la Peregrinación de Alpha, tenida por lo más gráfico entre las pinturas de nuestra naturaleza. -Ancízar, patriarca del periodismo liberal, sabio maestro en ciencias, que esparció tántos nítidos conocimientos en la República; omite a Santiago Pérez, el escritor de los períodos elegantes, el de la prosa de gran señor-que alza o abate a los gobiernos con su pluma, que si a los jóvenes se dirige, hace sabios, que si a los pueblos se dirige, hace ciudadanos; a Felipe Zapata, que forma con el razonamiento nudos de platino, que deja en la polémica al adversario atónito; no menciona a Jorge Isaacs, al que le fue dado escribir María para culto de su nombre, para galardón de su Patria-libro inmortal que ha ido por todo el mundo letrado pregonando el lustre de Colombia; desatiende a Camilo A. Echeverri, el de frases como espadas cruzadas, como centellas desprendidas- que en la trípode de sus pasiones da rugidos del desierto, o, como la pitonisa atormentada, lanza misteriosas profecías; olvida a Florentino Vesga, el ilustre diarista que cada día, durante catorce años, propinó una idea generosa a sus conciudadanos; al patriota José María Quijano Otero, escudo de nuestras fronteras y la memoria purísima de nuestra independencia; a Felipe Pérez, brillante y universal, que así escribe periódicos como historia, como geografía, como crítica como novelas -pensamiento continuamente inquieto por el triunfo de sus ideas; a Januario Salgar, el verbo delicioso y los profundos conocimientos judiciales; a José María Pinzón Rico, que ha dejado ¡ay! por desgracia, tan poco luto y tántas joyas en la diadema de Colombia; a Adriano Páez, escritor sin fatiga que por servir a la libertad y a las letras no se arroja en el sepulcro que está abierto, años há, muy cerca de sus plantas; a Obeso, a Candelario Obeso, este querido negro que hizo primores de arte en medio de la desgracia y de la indiferencia- poeta y prosador, trovador del pueblo ribereño y severo escritor de libros didácticos.... ¿A quiénes más ha echado en olvido o apenas nombrado con una palabra o una nota vergonzante el nuevo académico? Permítasenos recordar entre los jóvenes a dos olvidados, como pudiéramos hacer cuenta de ciento: a Diógenes A. Arrieta y a Antonio José Restrepo, de los cuales puede decirse, por su talento de índole luchadora y revolucionaria, que son las llamas salientes de dos volcanes gemelos.
Todo libro, toda fama que no concilie con los académicos, tendrá allí enemigos implacables; que porque tienen egoísmo son estrechos, porque tienen vanidad son pretenciosos, porque tienen envidia son irreconciliables. Además de esto, desean sostener un sistema ya condenado por estas palabras de Proudhón: "Sistema inventado expresamente para con seguir el triunfo de la medianía charlatana, del pedantismo intrigante, del periodismo subvencionado, en el cual las transacciones de la conciencia, la vulgaridad de las ambiciones, la pobreza de las ideas, así como el lugar común oratorio y la facundia académica son medios seguros de éxito; en el cual la contradicción y la inconsecuencia, la falta de franqueza y de audacia, bajo los nombres de prudencia y moderación, están siempre a la orden del día."
Libros de crítica como el presente son benéficos, para que ayuden a despertar a la sociedad, si no del todo enervada, en una postración precursora del fallecimiento. Como los pueblos estragados, el nuestro tiene refinamientos de prostitución en la vida pública y en la vida privada, que amenazan el porvenir de la Patria. Carrasquilla toca puntos gangrenosos muy visibles: nos señala la iglesia, que es hipocresía; el comercio, que es avaricia; la política, que es intriga; el poder, que es especulador; la pobreza, que es repugnante....y apenas los Tipos de Bogotá son una mirada ligera sobre la pocilga, pues los hechos odiosos soterrados son incalculables. Este libro, en su esencia, es un anhelo por la renovación social del país, por el cambio radical de las costumbres, que hoy en el mundo civilizado no es sólo uña esperanza acariciada, sino una exigencia de los tiempos. A este volumen seguirán, no lo dudamos, otros más lozanos y más expresivos, del mismo autor, luego que los asuntos se hagan más visibles a sus ojos, que su pluma adquiera mayor agilidad y que el público corresponda con solicitud a los esfuerzos del joven literato. Seguridad, tenemos absoluta de que no variará de punto de vista sino para perfeccionarse, y de que jamás tendrá su cerebro falsas ideas retrospectivas. El está convencido y apasionado; la pasión, escarnecida por caracteres indolentes, es para nosotros prenda de excelencia, para que no sea el hombre un frío conductor de las ideas, para que no sea como el cañón del fusil, que lleva la bala y no siente el odio.
Bogotá, Agosto de 1886

NOTA. Este hermoso escrito produjo una saludable conmoción en todo el país. Era el momento de la reacción nefanda que provocó Núñez. La Academia Colombiana, que dormía el sueño de los cartapacios empolvar dos en el armario del olvido, se sacudió de su sopo y celebró esa sesión solemne, no tanto para recibir al señor Samper literato, sino al Delegatario convencionista que ayudaba en la demolición de la fábrica liberal. Pombo, tan gran poeta como mezquino ingenio político, había repetido dondequiera que ciertos escritores liberales no podríamos volver a rebullir la pluma -Uribe particularmente. Éste aprovechó la ocasión que el prólogo a Carrasquilla le brindaba, para decirles a los enemigos de lo moderno, que salían de entre las fosas de la Confederación Granadina a maldecirlo, lo que Uribe, joven y listo a tomar el destierro, pensaba de su sapiencia carroñosa y su petulancia fementida. Con motivo de este prólogo, el doctor Echeverri, que estaba medio chocado con el autor por aquello de su burlón suicidio," le escribió las dos páginas que siguen y que no hemos creído importuno incluir en la obra. Son un vaho del abra reverberante de donde salieron, en medio siglo, huracanes tempestuosos de la más combativa inteligencia de Antioquia. Es hojas las guardaba cariñosamente la dignísima señora doña Leonor Restrepo de Uribe, madre amantísima de Juan de Dios, quien nos las remitió de Medellín, donde ahora reside. (El Editor).

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