LEONIDAS PLAZA GUTIÉRREZ
Entre los jóvenes guerreros del Ecuador, es el General Plaza
Gutiérrez quien tiene más tramada historia militar fuera de su
patria, pues ha intervenido en las revoluciones de Colombia, del
Salvador y Nicaragua y ocupado puestos importantes en la milicia de
Costa Rica.
Los últimos hechos de armas en el centro, de los cuales es el
héroe, llaman la atención general sobre este ciudadano.
Su familia es colombiana. Su padre un distinguido radical, que en
aquel país fue llamado a posiciones oficiales honrosísimas, como la
de Procurador de la República, cima luminosa de la Jurisprudencia
en otro tiempo feliz para Colombia., desde donde se proclamaba tan
alto la Justicia, y por voces tan elocuentes, que sus fallos eran
atendidos y consultados en la América Latina.
Su madre es de la estirpe procera de los iniciadores del movimiento
emancipador de 1810; vástago del tribuno Gutiérrez, de los que
firmaron el Acta de la Independencia y fueron a consagrarla en el
patíbulo y la escarpia, dándole a la Revolución la inmortalidad de
la sangre, que aún pasea las ideas redentoras por la posteridad en
una ola de fuego.
La alcurnia democrática, que es la legitimidad de la sangre en
nuestros pueblos, fue, pues, la dote moral de Leonidas Plaza
Gutiérrez.
Casi niño se alistó en fuerzas de Esmeraldas, que comandaba el
Coronel Manuel A. Franco, como abanderado de un Cuerpo (1883).
Nació a la milicia bajo el estandarte que debía conducir muchas
veces al triunfo.
En la adolescencia apenas, le tocó la honra de mezclar su nombre al
acontecimiento trascendental Jaramijó, al lado del General Eloy
Alfaro. Pobre es lo que se diga en elogio de ese gran sacrificio,
cuando un grupo de valientes -en una embarcación como un esquife-
se atrevió contra el mar irritado, contra las sombras de la noche,
contra fuerzas múltiples, sin auxilios posibles, en una como lucha
de cetáceos; y vencedores al principio, a fuerza de arrojo,
acosados después, por el número, encomendaron al fuego
desencadenado y a los vórtices del mar, la venganza de la libertad
infortunada.
Preparándose a morir Alfaro sobre el buque incendiado por su orden,
puso la diestra sobre, el hombro de Plaza, como para precipitarse,
apoyado en un báculo vigoroso, en el camino de lo desconocido.
Quísolo de otro modo su fortuna, y salvos el ilustre Jefe y su
Ayudante, mereció éste el grado de Sargento Mayor sobre las ruinas
de tántas esperanzas; y fue así como alumbró su primer galardón de
militar combatiente la antorcha sagrada del Alhajuela, cuando se
consumía a las primeras horas de la aurora el 6 de Diciembre
de
1884.
Los que sobrevivieron a la catástrofe de Jaramijó, emprendieron
marcha a Tumaco, por parajes despoblados, en zona de fieras y de
reptiles, asediados por el enemigo que los tenía de antemano
condenados a muerte, ayunos de agua y de alimentos, mantenidos por
la sola energía moral y alentados por el ejemplo del egregio
Alfaro. ¡Días de peregrinación dolorosa en que se juntaba a tántas
penalidades el recuerdo de la infausta campaña; noches macilentas,
visitadas por las sombras de los muertos en la lid, y por esa
remembranza horrible y sublime del buque libertador incendiado y
hundiéndose las olas!
Llegaron por fin al suelo hospitalario de Tumaco, en donde Plaza
había pasado su infancia, y de donde al cabo de algún tiempo se
trasladó al istmo de Panamá.
En Colombia; como aquí, se lanzaron los radicales en la guerra
contra el despotismo; Colombia y el Ecuador eran para Plaza una
misma patria, por su abolengo, y porque sólo los espíritus ruines
le trazan fronteras a la Libertad en nombre de los intereses de
parroquia. Se entendió con los revolucionarios de Panamá el año de
1885, y malogrado el esfuerzo convenido, fue arrastrado a un
calabozo por los sayones de Rafael Núñez y luégo arrojado al
extranjero.
Tocó en la República del Salvador, cuando gobernaba allí el General
Menéndez, hombre de singulares virtudes públicas. En breve conoció
el valor intrínseco del proscrito y le ofreció un puesto
distinguido en el ejército. A la muerte de este mandatario, tenida
por envenenamiento, Plaza quiso oponerse a la inauguración del
nuevo gobierno, pero no fue secundado, y se retiró al Departamento
de Santa Ana a ocuparse en otra clase de tareas. A la sazón el
Salvador y Guatemala se hicieron la guerra, que fue favorable al
Salvador. Plaza sirvió en las filas salvadoreñas; asistió a
cruentas batallas; tomó iniciativa en la dirección de los combates,
y se le considera imparcialmente, como uno de los primeros, si no
el primero, de los Generales en la contienda. Alcanzó triunfos y
honores en la tierra belicosa del Salvador, de que hizo un uso
moderado. Recuérdase que no se mezcló en el fusilamiento de Rivas,
que bien lo merecía por traidor a la Patria; y que el actual
Presidente Gutiérrez le debe en parte la vida que iba a perder en
el patíbulo, ya levantado para el sacrificio.
Habría sido lo que hubiera querido, con el agradecimiento y
protección del Gobierno, mas la independencia de su carácter le
marcó otro derrotero, y fue extrañado del territorio por los
hermanos Ezetas, quienes ya asomaban como hombres voluntariosos,
soberbios y crueles.
Pasó a Nicaragua.
Gobernaba allí el doctor Sacasa, hombre de ninguna habilidad
política y desconceptuado como autoridad entre sus conterráneos.
Vino la guerra con alguna confusión en los campamentos, pues
liberales y conservadores se unieron contra el Presidente. Se
libraron muchos combates, en los que Plaza quedó unas veces
vencedor y otras vencido; al fin, preso en León, fue desterrado del
país y pasó a establecerse en Costa Rica.
En medio de tales contratiempos, su mente y sus esfuerzos no se
apartaban de la causa radical ecuatoriana. La fe de Alfaro en el
triunfo era inconmovible, era como una manía de su patriotismo, y
contagiosa para su lugarteniente; de suerte que Plaza gozaba de las
fruiciones del triunfo anticipado, por encima de los sucesos de la
varia fortuna en el extranjero. Mantenía correspondencia activa con
los radicales de Guayaquil, Manabí y Esmeraldas, principalmente, y
si se habló de Alfaro entonces, en seguida se habló de Plaza, como
el que con más las interioridades revolucionarias de aquel
Jefe.
Se presentó por entonces una lucha eleccionaria muy vehemente en
Costa Rica. Los Partidos liberales allí, con distinto matiz cada
uno, proclamaron candidatos diferentes para la Presidencia de la
República, mientras que el Partido conservador se agrupó en un haz
con el nombre de la Unión Católica. Ante la actitud de los
ultramontanos, se hizo indispensable la fusión liberal, que convino
en apoyar la candidatura de Rafael Iglesias. Enderezada así la
lucha, se empeñó vivamente, y triunfó el candidato de los liberales
coligados.
Al fin Iglesias correspondió, o no, a las esperanzas en él
fundadas. Cumplió, o no, las promesas que hizo; pero todos los que
conocen aquel país saben que sin el apoyo de Plaza no se habría
sostenido por mucho tiempo en el mando.
Hízolo Iglesias Comandante de Plaza de la Provincia de
Alhajuela.
Al iniciarse el movimiento patriótico contra los mercaderes de la
Bandera, se puso en marcha para Guayaquil, de donde siguió a la
campaña de La Sierra. Combatió en Gatazo en el flanco derecho; fue
nombrado Comandante General de la Sexta División en Riobamba;
permaneció en el interior algunos meses encargado de conservar el
orden, y regresó después a la Costa.
El Jefe Supremo le destinó más tarde como Gobernador de la
Provincia del Azuay, en días difíciles para Cuenca, en que eran
necesarios valor, sagacidad y prudencia para evitar conflictos; con
aquellas dotes, Plaza restableció la tranquilidad en la Provincia,
se hizo querer de los hombres de buena voluntad, unió a los
liberales fraccionados, decretó providencias enérgicas en favor de
los indios y otras de no menos interés para aquellos pueblos y para
la República. Tuvo nombradía de enérgico, prudente y justo.
En viaje a Manabí, donde están sus padres, lo alcanzó la última
guerra.
