Los perseguiré hasta los infiernos... La bandera roja del
radicalismo... estas sí son frases: salen de la boca de los
fusiles y las aplauden los cañones; tienen olor de barricada, y
semeja esa bandera roja una ancha herida abierta en las
montañas de Patate, por donde el pasado vierte sangre a borbotones.
No es el silabeo oportunista y miedoso: es el lenguaje de la
Revolución, que tiene cláusulas ardientes y tremendas
onomatopeyas.
Apasionado por sus amigos y dentro de la más estricta disciplina
política, conserva Plaza, sin embargo, la independencia de su
propio criterio, que le hace juzgar de un modo personal los
acontecimientos y los hombres. Esto le honra, pues es necesario
ensanchar la distancia entre el ciudadano deliberante y el feligrés
estúpido, y no hacer de los sesos un unto cuando ellos están
destinados a producir el pensamiento. Se nota en él alguna anomalía
en las proporciones en que toma la libertad y la autoridad, porque
radical, es decir, partidario de la expansión en todas las
manifestaciones de la vida, gusta de que el Poder público esté
rodeado de fuerza y de procedimientos sumarios; con lo cual muchos
están de acuerdo, si se trata de pueblos noveles en que hay que
demoler lo establecido y suplir con el impulso oficial lo que falta
de iniciativa para el mejora miento en el individuo y en la
colectividad. La dificultad consiste en emplear bien la fuerza, que
es el vapor de las agrupaciones humanas.
Habla mucho por un hombre la intensidad de sus afectos, sean ellos
cuales fueren. En el yermo del corazón sólo medran pasiones
mezquinas, y el que se despoja, por cualquier motivo, del placer de
amar mucho, toma la vida por el lado áspero y negativo. En la
intimidad, apartado de la lucha, Plaza, o Placita como sus íntimos
le llaman, se abandona a los afectos de la familia y de los amigos,
con tal interés que se le creería sólo capaz del recogimiento dulce
y tranquilo. El militar que parte derecho sobre el enemigo en las
cargas de metralla; el funcionario inflexible y se vero, es en la
vida social la corrección misma en el hogar, la dulzura y la
alegría, y en la intimidad de lo que le quieren, el más jovial de
los camaradas. Su juventud se manifiesta con tal estrépito, fluye
tan de veras de su interior el gozó, que desaparecen entre la
cultura de modales y la conversación llana y sabrosa, su aire
marcial y los bordados de su uniforme. Los que han gozado de su
compañía en las negruras del destierro, no olvidan cómo se alígera
el hastío con el trata de este amigo en el cambio leal de los
afectos. Tiene formada una gran familia entre los que le conocen,
por razón especial de la pulcritud y decencia mentales, que tánto
encomienda Montalvo.
Cansancio, desaliento y tristeza infundía los liberales
oportunistas que quisieron echar el ansia de la revolución después
de la guerra del 95; los que trataban a los radicales en los
diarios como hijos descastados de Patria. Vióse a una parte de la
juventud perpleja en su camino, porque la empujaba con violencia la
sangre nueva hacia otros rumbos, y la mantenía en la coyunda de la
tradición el falaz consejo de los augures.
Los ocasionales no se cuidaban de la averiguación histórica y
desconocían por ende el carácter de los conservadores, perverso en
todas partes. "Todo está concluido; venga un
abrazo," era la razón potísima de los epicenos que querían
tapar, con el ancho de periódicos como El Tiempo de
Guayaquil, la sangre de los combates recientes. De esa propaganda
surgió una política errada, y de ésta la guerra nuevamente, que ha
traído al cabo una experiencia insospechable, aun para los más
tímidos copartidarios que sean sinceros. No está de parte nuestra
cambiar la naturaleza de las cosas, y si ya están deslindados los
partidos a fuego y sangre, es un imbécil, o un bribón el que no se
orienta a primera vista; y por tanto, la juventud llamada a la
palestra ha de ser radical sin ningún equivoco. De la nueva
generación conservadora no se habla, porque, decrépita en su
lozanía, es lo viejo retocado, o como una mascarilla alegre sobre
la faz de un leproso.
Plaza es uno de los que representan mejor la nueva época
batalladora que se inicia, y que necesita de la juventud audaz y
persuadida para llenarse de flores y fruto. Ni comprendemos que
haya otro estimulo aquí que el triunfo de la verdad, para los que
como él empuñan un acero sin fijarse en las comodidades del
presupuesto. De valor, de convicciones hondas, de virtudes, de
conocimiento de la vida, tiene, pues, lo necesario para ir muy
lejos, sin andarse por el tajo en que tanto mérito real se
inutiliza. De no, moro al agua! aunque se encumbre, que no pasará
de ser entonces un globo bien alto... por falta de lastre.
La juventud radical debe construir casa nueva para dejar correr sus
años, porque el albergue clerical que ha heredado la contamina de
achaques incurables. Lo que está a la vista, puesto por nuestros
enemigos, ha de ser destruido o purificado para que no queden las
reformas como parásitas de un tronco podrido. ¿Cómo se realizará
esto? Reuniéndose la juventud en legión; sus suscribiendo un
programa que le sea común; haciendo valer las ideas por la espada,
por la palabra y la pluma; infundando de fértil riego las cátedras
de enseñanza; alargando la mano a los desheredados; pulverizando
las cadenas de los indios y devolviéndoles su fortuna; y
principalmente, haciendo tabla rasa del clero que no jure sobre la
corona ser esclavo de la democracia.
El vencedor en Quimiag, Guapante, Santo Domingo y Patate, sienta la
impresión constante de la mano de Alfaro en Jaramijó sobre el
hombro donde está su charretera de General; y tenga presente, como
una lámpara vigilante para sus convicciones, la antorcha sagrada
del Alhajuela que se consumía aquella mañana del 6 de Diciembre de
1884, sobre las olas del mar, a las primeras luces de la
aurora.
Quito, 22 de Agosto de 1896.
(Folleto editado en la imprenta de "La Educación
Popular.")
