"El Microscopio"


Sotas y Bastos


Santiago Pérez


Escribe con propiedad sobre las ciencias más variadas, lo que quiere decir que su entendimiento está lleno de sabiduría. Pertenece a una Escuela avanzada, pero no llega con el Partido radical a las conclusiones últimas sobre cuestiones religiosas y es católico con una buena mezcla del crítico humor volteriano. Ha querido dilatar sus ideas serenas en las aulas, como todos los hombres de mérito que aspiran a dejar sucesión intelectual, y la enseñanza científica le debe grandes corrientes que impulsa en los colegios y en las universidades. Su pluma en el periodismo es ligera y viril, y la boga de El Mensajero y de La Defensa lo acredita como el más atildado escritor de prosa en la prensa periódica.


José Vicente Uribe


Ha figurado en los últimos tiempos en la política, ocupando un asiento en el Senado y llevando la Cartera de Instrucción Pública nacional. Pero antes que político es hombre de altas capacidades científicas. No ha dejado de estudiar un día: sabe de Medicina cuanto ha dejado de ignorarse; la Botánica le debe observaciones sagaces y descubrimientos inéditos; conoce varios dialectos indígenas y posee a fondo las más importantes lenguas europeas y algunas semíticas. Apártase de la mayor parte de nuestros médicos en que cultiva las letras con buen suceso; y así sus leyendas, sobre los aborígenes se leen con gusto, y sus escritos científicos se desnudan de la pesada aridez que, por lo común, se ostenta en trabajos de esta especie.


Carlos Holguín


En la Librería Americana hay un retrato de Holguín vestido de diplomático: casaca de punta aguda, florete al cinto y sombrero elástico. Sin mezclarnos en la sinceridad de sus ideas, no esta riamos lejos de creer que Holguín pudiera retratarse de muy distintos modos, sin que faltase una copia en que el distinguido polemista católico apareciera con el gorro frigio en la cabeza y la cucarda encarnada en el lugar de las condecoraciones. Nos parece que da poca importancia a las formas, y que cabe en cualquier ritual sin escrúpulo; así como no se amolda a ninguno rigurosamente, por la vivacidad de su carácter. Es hombre de temperamento alegre y, del mismo modo que se entretiene y es temible adversario con las cartas, en las luchas del Parlamento se divierte, aguza su ingenio y sobresale como polemista diestro y como orador cáustico.


Bernardo Herrera Restrepo


Nació en Bogotá, de familia honesta y acaudalada; y, aunque joven todavía, es Canónigo de la Catedral Metropolitana y ya está listo a ceñirse la mitra de Medellín. No revela figura de asceta, porque ni anda con raída sotana, ni muestran sus carnes el ayuno: antes parece prelado que no riñe con los dones de la vida, que él llamará dones de la Providencia. Debe tener talentos, porque es Rector del Seminario; y hay que concederle méritos al ver que en su carrera no se que da rezagado. Si no llega a Arzobispo y Cardenal, culpa será de la suerte y no de él; puede detenerse porque ha caminado aprisa, pero es probable que no se detenga.


Carlos Martínez Silva


Sería de buena gana inquisidor si de nuevo viniera la quema de herejes. Su ortodoxia no admite contemplaciones; es más católico que Monseñor Agnozzi y todo el clero romano, y no es, sin embargo, fanático de sacristía. Su fanatismo está en el dogma y no en la fórmula; puede no rezar una salve, pero sostiene a capa y espada la infalibilidad del Papa. Martínez Silva escribe con soltura, aunque con poca elegancia; el purismo de sus frases y giros salta a los ojos por lo afectado; es amigo de novedades literarias, y por eso ha querido mostrar el Quijote como Catecismo de Economía política; muy dado al estudio; y aun que algunos le han llamado escudero de los académicos, nosotros creemos que es mucho más que eso.


José M. Rojas Garrido


Con Rojas Garrido se acabaron en este país los grandes propagandistas. Cautivado por la magnificencia de un sistema completo de ideas, fue el más elocuente, el más persuasivo y el más hábil maestro de la juventud. Sin duda nadie consagró en Colombia tanta atención a darle una posteridad venturosa al pensamiento republicano. Por su amor entusiasta y creciente a la verdad, diríase que vivió en nupcias con la Filosofía. Era de ánimo resuelto, e infatigable como apóstol y como soñador. No dudaba del triunfo de sus doctrinas, y las contrariedades diarias eran sombras fugaces para su fe óptima. Dueño de la palabra, su frase obedecía en la Cátedra al pensamiento riguroso, y penetraba, se extendía, dominaba los entendimientos, hasta hacerlos completamente suyos, por una de esas gloriosas conquistas del genio.


José Ignacio Escobar


No tiene humos de académico y es más correcto en su decir y sabe más que muchos de los hermanos titulares que sirven de guardianes al habla castellana. Su modestia es tan grande como sus méritos. Ha huido siempre de los ruidos de la política, pero no por eso deja de amar a la Patria, de lamentar los desvaríos de los partidos y de tener fe profunda en los principios liberales. El doctor Escobar es lujo de la generación a que pertenece y modelo de la que le sigue. Ojalá que en ese molde, raro en estos tiempos, vaciaran su carácter moral los que mañana han de estar encargados de dirigir los destinos de la Patria. Así tendríamos servidores dignos de la República.


Rafael Núñez


Si queréis conocerle como poeta, leed Que saisje?, Moisés, Heloisa y Todavía, y cuando acabéis la lectura de esos magníficos cantos, decid si Núñez no reúne a la inspiración tempestuosa el verbo admirable, y a la alteza de pensamientos la delicada ternura. Su prosa es de un colorido exuberante; su frase, incorrecta y eufónica, tiene la concisión y a veces la oscuridad de Tácito; os deja adivinar lo que no dice y os obliga a meditar lo que desea que adivinéis; pero siempre, y a la manera que un metal sobre el ayunque, sus ideas saltan como chispas candentes y deslumbradoras. Si no os convence, no por eso dejaréis de admirar al escritor eminente y al pensador vigoroso.


Julián Trujillo


A la cabeza de un Ejército no se dejó llevar por la ambición de la victoria rápida, porque era de esos militares a quienes no atrae la profundidad del abismo. Su táctica consistía en esperar a que la inquietud de los adversarios extendiera sus filas y las adelgazara para abrir entonces brecha. Y mantenía la organización en los campamentos por medio de una disciplina benigna, que dejaba al soldado libre de cierto modo; y por tanto, menos preocupado con lo que es querido y se abandona por los afanes de la guerra. Tenía mucho valor y gran dominio sobre sí mismo, como conviene al que es Jefe de un Ejército. Cuando triunfaba, no era simplemente su vanidad la vencedora, sino una gran causa.


Manuel Briceño


En el Partido conservador Miguel Antonio Caro es el firme cimiento y Manuel Briceño la veleta que chirría sobre su varilla mohosa: si viento norte, ruido; si viento sur, ruido; si viento del este, ruido; si viento del oeste, ruido. No pierde su centro, pero gira tánto que seria inútil capricho buscarlo mañana donde está hoy. Trabaja en la prensa, pero su huella será efímera, porque se paga más de la nomenclatura de las cosas que de lo que ellas son en el fondo; lo que indica poco método en sus conocimientos y poca profundidad en sus ideas. Su causa le debe mucho, sin embargo, porque es de inaudita perseverancia, y su trabajo es fruto de bendición, si se quiere, porque acrecienta el granero de una familia pobre y numerosa.


Diógenes A. Arrieta


Puede compararse a una floresta, llena de aguas que saltan, de pájaros cantores, de rumor de hojas, de arroyuelos, de flores, de nidos. En verdad, su prosa, su palabra y su poesía son una no interrumpida canción bulliciosa, bien que se mezcle a veces en ella la tempestad horrísona o los sollozos profundos de un alma de hombre. Su canto es un perpetuo desafío al pasado, un clamor doctrinario, un apóstrofe a los viejos ídolos, un valiente paso de carga; y es también el amor apacible que se refugia en el feliz hogar, y el amor tormentoso, tan lleno de tristes mudanzas, de incansable sospecha y de olvido. Si buscáis una imagen que sea la de Diógenes, llamadlo: el salterio.


José Joaquín Ortiz


El Redactor de La Caridad es ya un anciano, a quien es fácil reconocer por su alta frente coronada de un montón erguido de cabellos blancos; su rostro con surcos de arrugas; sus ojos aún vivaces; su nariz recta sobre el labio superior y en él, cano e indócil, el mostacho. Va por la calle vestido de negro riguroso: ancha franja de seda da vueltas al cuello de su camisa; todos los botones de la levita abrochados, y al andar, su espalda hace hacía adelante una visible curva y la mano derecha está continuamente en el bolsillo del pan talón. Los años no debilitan sus ideas, cosa natural, porque hombre de un tiempo viejo, a medida que adelantan sus días, se va identificando más a su época.

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