¡FRAILE!
Comedia instantánea
Personajes
Cucufato, fraile, Antonio, lego.
Manuela, mujer del pueblo. Francisco, Capitán.
Soldados.
La escena pasa en la celda de un fraile, a las nueve de la mañana,
en Quito, bajo la revolución.
(Un lego se ocupa en arreglar baúles y maletas de viaje; el
Reverendo Padre, mofletudo y barrigón, da muestras de la mayor
zozobra.)
ESCENA PRIMERA
Cucufato y Antonio
CUCUFATO- Antonio! ¡Antonio!
ANTONIO- Qué manda su paternidad?
CUCUFATO-Deja, hijo mío, eso así; hay tiempo todavía. No, espera:
mete con cuidado en un rincón de los baúles estos naipes, que nos
servirán para entretenemos en el viaje. (Saca de la manga unas
barajas que le da al lego). Aguarda, y estas botellitas de
mistela para el camino. (Abre el escaparate y le entrega cuatro
litros de aguardiente.) Ahora, corre a la portería, infórmate
de lo que sucede y avísame. (Sale Antonio.)
ESCENA SEGUNDA
Cucufato (solo)
CUCUFATO- (Cerrando la puerta con llave.) Lo veo y no lo
creo. Parecía que el bellaco de Alfaro no quebrara una teja, y de
la noche a la mañana nos planta de patitas en la calle. ¿En la
calle? ¡Nos manda al extranjero, como si tal cosa! Y este pueblo
estúpido no resuella: nos ve partir como quien oye llover. ¡Tan
melosos en el confesionario: su reverencia por aquí, su
paternidad por allá, disponga de mi vida su merced!...
¡Cochinos! Lo mismo les daría que nos llevaran a la horca.
Paciencia y un trago. (Se sirve de una frasquera medio vaso que
se echa al coleto.) Esto conforta; dejémonos de lamentaciones
y ganemos tiempo, Cucufato amigo, antes que venga el hermanuco
Antonio. (Se dirige a un ángulo de la pieza, separa los
muebles, alza la alfombra y una trampa en el suelo, de donde va
sacando, una par una, hasta doce mochilas con diferentes
objetos) Doce, cabal. (Metiendo la mano en una bolsa llena
de onzas de oro.) Estas son las verdaderas amigas de los
frailes, las hilas del Espíritu Santo, la cena de los Apóstoles,
las once mil Vírgenes. Dulce y sabrosa es la vida del convento, sin
otro afán que el de pesar una arroba más cada seis meses. La
indolencia del claustro, el refectorio, el juego, el vino, las
mujeres, ¡ay! es triste dejarlo todo abandonado; y aquellos días
del campo, el placer con que uno cuenta sus rebaños, cobra sus diez
y primicias y las... Pero, qué cosa! un recuerdo trae otro,
tratándose de las hijas de Eva. Veamos esos papeles que comprometen
mi honestidad y buena fama. (Saca del fondo del agujero un
abultado legajo de cartas, que hojea a la ligera. Lee) L.,
mujer casada: "Padre mío, lo espero esta noche a las
once." Otra: "No puedo conciliar el
sueño sin usted, Cucufato." Ladina era la
bribonzuela; al fin encontró marido. "Le participo que
tenemos un huahua muy hermoso." Puff! ¡Cómo me dio
qué hacer esta señorona con sus melindres y su aristocracia; al fin
desenredé la madeja con cien sucres. "Ya estoy
resuelta: hágase la voluntad del Señor: a las doce en
punto." ¡Real hembra! ¡Cómo me come la carne! Tenía
corazón y me quiso, pero se volvió monja... Basta. (Tira las
cartas a la cueva y acomoda alfombra y muebles) Sepultemos los
malos pensamientos. Ja! ja! ja! y acabemos pronto. (Coloca las
mochilas en los baúles, los cierra y guarda las llaves.) Con
cuarenta mil sucres en letras y onzas de oro, que vengan trabajos;
item más, veinte mil que tengo en poder de un curuchupa, muy mi
amigo, y los auxilios de marcha del Gobierno. Bien visto, esto
merece una copa. (Se manda al estómago medio vaso de cognag, se
relame, se limpia los labios con la mano y se sienta. Llaman.)
¿Quién va? ¡Ah! ¿Eres tú Antoñito? Ya voy; espera, hombre.
(Abre y entra Antonio.)
ESCENA TERCERA
Cucufato y Antonio
CUCUFATO- Qué traes de nuevo, hermano?
ANTONIO-La manzana del convento está rodeada de tropas; el pueblo
grita por todas partes: ¡Abajo los frailes! ¡Mueran los pícaros!
Los indios circulan por las calles en asonada con voces de ¡Abajo
los ladrones! ¡Viva el General Alfaro!
CUCUFATO-No más, no más Antonio.; eso me pone la carne de gallina.
Hermanito, ¿crees tú que saldremos con el pellejo sano?
ANTONIO- (Distraído de la pregunta.) Muchas mujeres con
sus chiquillos solicitan hablar a los reverendos padres. Dicen que
les asiste derecho que han sido engañadas y que sus hijos no pueden
quedarse en la miseria. El pueblo las apoya; mientras tanto el
convento es una algarabía; los padres van y vienen asustados como
sabandijas, y los legos hemos resuelto... pero ¿para qué contarle?
Ya lo verá... ya lo verá su reverencia.
CUCUFATO-Es para volverse uno loco. (Se echa otro
trago.)
ANTONIO - (Aparte.) Borrachos e ingratos: bien merecida se
la tienen. (Dirigiéndose al fraile) Me olvidaba decirle
que una señora tiene permiso del Gobierno para entrar en la celda
de su paternidad.
CUCUFATO- ¿La has visto, Antonio?
ANTONIO-Sí, hablaba con un oficial que está de guardia en la
portería.
CUCUFATO- ¿Y quién es él?
ANTONIO-Un joven como de veinte años: le oí llamar Francisco;
abrazaba a la señora como si fuese su madre.
CUCUFATO- (Aparte.) ¡Si será ella! Me dicen que el mozo
está en servicio... (Tocan a la puerta.) ¡Adentro!
