EL SUICIDIO DE C.A. ECHEVERRI
La Estrella de Panamá estaba mal informada cuando, á
última hora, dio cuenta de este acontecimiento infausto, como
proveniente de un pistoletazo. La muerte de Echeverri fue producida
por envenenamiento voluntario.
La escena final del drama complicado que forma la vida de Echeverri
sella con extremada originalidad una larga historia, toda llena de
peripecias y excentricidades. Nuestros lectores agradecerán un
relato somero de la triste nueva.
El domingo, 17 de Septiembre, por la tarde, recibió Federico
Jaramillo Córdoba una carta que en la cubierta tenía, además de la
dirección, esta palabra: Urgente. El poeta rasgó el sobre
con curiosidad y leyó
"Federico:
"Te intereso. Me lo has probado.
"Aburrido, quiero darle la espalda al mundo.
"Es una hora grave esta en que quiero cerrar para siempre
mi ojo único. Vén pronto a hacerle antesala a mi soledad y a mover
tu pañuelo de despedida cuando yo empuñe los remos de lo
desconocido.
"Además, el rato será agradable.
"C. A. E."
Federico pidió su caballo, y sin demora partió a galope para El
Guayabal. Queda este caserío a media legua de Medellín, hacia el
suroeste, y era la habitual residencia de Echeverri. Días
agradables pasó allí con Marina, su esposa, y Bermúdez, su hijo
querido. Al doctor Manuel Uribe Angel le decía, pocos días hace,
mostrándole la campiña verde:
"Manuel: la naturaleza me ha vuelto otra vez joven. Marina
y mi hijo me volverán poeta."
En menos de un cuarto de hora Federico estuvo en El Guayabal.
Gruesas gotas de sudor calan de los flancos del caballo. Aquel
Antar que conocemos todos sus amigos y del cual ha dicho
Jaramillo con mucho ingenio:
"Es tan bueno mi alazán, que merece que lo hubiera
fusilado Mosquera."
Camilo Antonio lo aguardaba en la puerta. A la derecha, Marina, con
su hermoso rostro de líneas seguras y suaves, severa y bondadosa;
inteligente y cándida.
"Entre palmera y entre torcaz,".
como dijo de ella Epifanio Mejía, el pobre poeta loco; y enfrente,
jugando con las piernas de su padre, Bermúdez, el chiquillo
travieso pero serio, que ríe corno Echeverri, más con una
contracción nerviosa que con espontánea alegría, porque Camilo
Antonio al reír recuerda el tictus que de Maistre
encuentra en Voltaire, y ríe bien poco porque su alma ha estado
bañada siempre en una atmósfera de tristeza combativa.
Jaramillo se desmontó listo y presto, saludó a Marina, hizo una
caricia al niño, y volviéndose a Camilo, después de apretarle la
huesosa mano como otras veces, le dijo:
-Tendremos un buen día hoy, ¿no es así?
-Sin duda, respondió Echeverri, feralia! (día de
difuntos).
Federico miró Camilo de pies a cabeza. Comprendió algo más la carta
de su amigo, y corno allí estaba Marina, usó de la misma precaución
y le preguntó en latín:
- ¿In quas angustias adducti sumus? ( ¿A qué extremo hemos
llegado?)
Lentamente contestó Echeverri:
-Non longe dies ille abest, qui mihi vitam finest. (Cerca
estoy ya de la muerte).
Era preciso más explicaciones, y Echeverri entró á su escritorio
seguido de Federico. Una vez adentro, dio vuelta a la llave de la
cerradura, y los dos se instalaron cómodamente en sabrosos sillones
cerca de la mesa de escribir, sobre la cual había, en unión de
muchos manuscritos legajados, dos grandes botellas de
Vermouth y dos copas anchas y brillantes.
-No comprendo lo que pasa, Camilo, dijo Federico.
-Lo sabrás en breve. Oye: he resuelto acabar Estoy viejo, y me
falta el brío, que ha sido mi fuerza. Soy un granadero ametrallado.
La vida en esta miserable sociedad tiene todos los desencantos y ni
una cuerda sonora. Marina, es verdad, me cubre corno un ramaje,
pero la pobre deja penetrar a veces los rayos del sol canicular. Mi
niño, es cierto que engalana mi vida, como esos querubines
esculpidos en los arcos de las viejas catedrales, pero lo he de
dejar mañana... que lo deje hoy!
Jaramillo iba a replicar atónito.
-No me observes nada. Es resolución definitiva. Y, por otra parte,
tu pensarás que hago bien cuando te diga esto otro. Acércate.
El poeta se acercó
-Más todavía.
Cuando estuvieron cabeza con cabeza, Echeverri le dijo unas pocas
palabras que, seguramente, produjeron en Jaramillo un grande
efecto, porque se irguió, y con resolución y en alto, le
dijo:
-Bien, Camilo. Eres un hombre honrado. Si así crees cumplir tu
deber, vé hasta el fin!
-Gracias, mi buen amigo. Eso esperaba de ti y por eso te llamado,
Ahora, encárgate de los pobres hijos de mi inteligencia. Aquí
tienes-dijo, tomando los manuscritos, -aquí tienes esta obra: es
fruto de largos años de vigilia; cuida de que se publique con
esmero. Jaramillo leyó el titulo: La riqueza mineral de
Colombia. -Toma esto. En la primera hoja tenía escrito:
Cuadros al natural. Sucesivamente le entregó: Los
hombres públicos, Mis confesiones, Teodicea, Jorge Robledo
(drama), Un bastión de la Historia (estudio sobre Lord
Macaulay), Los cuatro vientos del espíritu (traducción de
Víctor Hugo). Contradicciones morales, etc., etc.
El Vermouth había pasado de los vasos al estómago de los dos
personajes. Un par más de botellas de rosado vino siguieron a las
primeras; y les cupo la misma suerte. A las cinco, un criado les
anunció que la comida estaba en la mesa.
En el comedor reinó el contento propio de los hombres de mundo.
Terminó la comida cuando la noche empezaba a oscurecer la sierra y
el valle.
Los dos miraban perderse en el confín las últimas claridades.
Jaramillo tomó un lápiz y escribió en una hoja de papel:
"Tiende la sombra el ala cariñosa
Sobre la humilde choza,
Y alivia al labrador de su tarea.
¡La muerte, que es la noche de la vida,
Cure tu honda herida,
Y dulce y blanda y amorosa sea!"
Echeverri, a su turno, escribió:
"Que venga el mal! Que lágrimas y duelos
Nunca anublen el sol de mi esperanza.
¡Véla, Diablo, mi sueño, y cuando muera
Lleva mi ser sobre tus negras alas!"
Todos saben que Echeverri había tornado a ser materialista y
prudhoniano. El cólico aquel tan caprichoso lo abandonó, y con él
la fe postiza de 1877. Además, los conservadores de Medellín, que
nunca creyeron en su conversión, procuraban, por cuantos medios
tenían a la mano, insultado y escarnecerlo. Esto ayudó a la
reacción filosófica.
A las ocho de la noche montó para regresar a Medellín, ya menos
contristado, porque Echeverri le había prometido no atentar contra
su vida en los dos días siguientes, y conferenciar antes con sus
amigos íntimos, los doctores Pedro O. Estrada y Manuel Uribe Angel.
Su asombro fue inaudito cuando al otro día leyó en cartelones, en
las esquinas, la invitación a los funerales civiles de Camilo A.
Echeverri. Esto probaba que había muerto en su ley; y, en efecto,
él había ordenado en un codicilo que lo llevaran, en derechura,
"de la cama al hoyo; que nada de latines, nada de
campanas, nada de preces, porque los clérigos que estorban a los
vivos, explotan y perjudican a los muertos, y el hombre liberal y
filósofo debe morir como liberal y como filósofo."
La autopsia probó que habla un envenenamiento por arsénico.
El día de los funerales concurrieron al cementerio las dos terceras
partes de la población de Medellín. El doctor Mariano Ospina,
enemigo político, ocupó la tribuna fúnebre. El discurso, severo en
mucho, no por eso fue menos justo, lo que indica que el Padre
Rodín es á veces honrado".
Calificó el carácter de Echeverri "de audaz unas veces, de
versátil siempre.
Dijo de su vida: "que había sido
infecunda."
De su estilo, "que al principio fue enérgico y vigoroso
como un torpedo y después desfalleciente e
insustancial."
La muerte de Echeverri, como se ve, tiene todo el interés de un
drama Federico Jaramillo Córdoba es el guardador del verdadero
motivo que abrió trágicamente esta tumba; empero, él nada puede
decir a la sociedad hasta después de un año, por especial
prevención del difunto.
(La Batalla, octubre de 1882)
