"SECUNDINO EL ZAPATERO,"
POR C. OBESO
I
Escribía Bretón de los Herreros comedias anónimas, y el pueblo
español, admirado, buscaba un nombre tras de esas inmortales
producciones; se revolvía, se agitaba, interrogaba a la prensa
pedía luz a los literatos, y cuando la investigación y el continuo
bregar producían el desaliento, otra nueva obra avivaba la
curiosidad, y el trabajo de investigación seguía más, vivaz y más
constante, repitiéndose durante años y años. No podían conformarse
con que el misterio envolviese magnificencia de gracia y de
naturalidad tan grande; con que corrientes tan puras no tuviesen
fuente conocida.
En 1849 se conoció al picante escritor, viejo ya, doblegada la
frente al peso del trabajo y de los años, y todavía con cierto
recelo, dio su nombre. El pueblo, al despejar la incógnita
literaria, lo encontró sentado sobre un monumento de imponderable
altura y de belleza inspirada. ¡Ciento treinta y seis abras
dramáticas!
Curioso sobre manera, fue este rebozo del ilustre poeta;
inexplicable, si se tiene en cuenta que por entonces había decaído
el teatro español, y que sus obras, desde el primer momento, fueron
saludadas como una bendición de las Musas.
Mas este rehusar la frente a la corona de mirtos que con mano
liberal le tendía la fama; este esquivar los agasajos de la gloria,
colocaron a Breton así tan alto como ejemplo de prudencia, que como
maestro y rey de la escena.
Y esto porque va el genio mezclado ya en lo uno ya en lo otro.
Porque para que la obra viva no es preciso que la alimente un
nombre si merece vivir, y para que un nombre muera basta que la
obra no tenga condiciones de existencia. Camino derecho al
desengaño va la precocidad si no tiene alas prematuramente
regias.
La juventud, sin embargo, marcha por ahí; ella se finge un porvenir
riente y lo que es apenas panorama de la fantasía, ya lo da por
conseguido. Allá en lontananza mira cómo descubren sus ojos
encantados jardines; y de esos jardines, mira cómo ellos son las
flores; marmóreos palacios, y ellos son los amos; cielos radiosos,
y ellos son las estrellas de esos firmamentos. En ese tiempo
fragante ellos son todo, y todo es ellos. Pueden decir, y dicen sin
encogimiento, lo que el Dante en una apurada situación de
Florencia: "Si yo no voy, ¿quién va? Si yo me voy ¿quién
queda?"
De este torcido rumbo- de la inteligencia ¿qué puede resultar
bueno? ¿Qué perfecto?
Lanzáos al Sahara sin viandas para la larga travesía, sin agua para
las sedes fatigantes, y a las primeras jornadas-el desierto no
recogerá su longitud inmensa - sobre la arena rendidos a la ira de
la sed y del hambre. Y rendidos tienen que caer en el campo de la
literatura los que al cruzarlo se lanzan apoyados en endeble
caña-que es un nombre- y llevando por únicas provisiones entusiasmo
y orgullo.
Afirmar esto no es negar la ley del progreso; ella es de
cumplimiento eterno; y no se nos diga que hay que principiar a
andar para seguir por que nosotros responderemos que es necesario
antes que todo buscar el camino
Sientan abrumada la frente con el peso de grandes concepciones
genios aún niños tomen la lira y arránquenle, para agrado de los
hombres, notas de altísima belleza, ellos tendrán la admiración y
el aplauso de todos; no por lo niños, sí por lo genios:
ellos serán Byron, serán Schiller; pero esto es de contado número,
y cuidado como lo hacen los que no tienen ni esa lira ni esa
concepción, porque cosecharán indiferencia y rechifla por triunfos
y hosannas.
Rebasar el limite fijado a las facultades intelectuales,-querer ir
a todas partes indistintamente porque han ido otros-es tarea más a
propósito para un chasco que para un triunfo.
Las más de las veces esto da golpe de gracia a nacientes
reputaciones, que en otro campo pudieran tener un mérito legítimo.
Queda el recurso de la contrición, que si no fuera así, perdidos
andarían la mayor parte de los inexpertos, que en literatura se han
lanzado a la heredad ajena.
Recalcamos sobre el poco tino para escoger el sendero a propósito,
y para valuar las propias fuerzas, porque ahí está el todo en la
república de las letras.
Poetas, los hay que encantan con una letrilla, que tienen habilidad
particular para un romance, que componen madrigales y acertijos a
pedir de boca, pero que engolfados en una oda dan lástima y que
jamás logran terminar una elegía. De esos que se cantan a la gloria
hacen dar miedo, y que si lloran la pérdida de un ser querido
provocan la hilaridad.
Otros, los hay magníficos cuando tratan asuntos elevados y en
metros nobles; arrastrados, por demás, cuando bajan a la letrilla y
se agitan en lo común.
Y ésto, cuando los unos y los otros tienen talento; que en no
teniéndolo, lo mismo les da con tiple que con arpa.
Si el cambio en cosas fugaces-relativamente- produce resultados tan
esenciales, ¿qué será cuando la dislocación es cardinal? Así, por
ejemplo, cuando de principiante en billancicos se pasa a autor de
comedias, o cuando de esto se blasona habiendo sido apenas
parafraseador de poetas extranjeros...
De notables poetas españoles pudiéramos hablar, que extraviados de
sus naturales tendencias y condiciones, no encontraron aliento allí
donde en mala hora lo buscaban. Por no levantar polvo de muchos
años venga-verbi gracia-el señor D. Gaspar Núñez de Arce que es
hoy, para los que hablan español, el favorito de Helicona. Pues
este señor, de seguro, con el mismo estro que tiene ahora, no podrá
inmortalizarse en el teatro; y ni en los dramas ni en las comedias
de su pluma, se siente la misma inspiración del autor del
Idilio ni de Las Lamentaciones; muy al contrario,
parece que de la musa de Arce se hubieran hecho dos ediciones, una
a la rústica para las tablas, otra de filetes dorados para las
entonaciones líricas.
Y por no aislar este ejemplo, venga el del primer poeta español, a
nuestro sentir y uno de los grandes de todo el mundo, el señor D.
Manuel José Quintana, de el Pelayo, en cuya obra no hay ni una
sombra leve de la lira que cantó Al Escorial, La Invención de
la Imprenta, y A la Batalla de Trafalgar.
La naturaleza no lo deposita todo por junto ni en los cerebros más
bien constituidos, y cuando se la quiere forzar, se violenta uno
mismo. Menos, pues, dará de todo a los que sin genio triscan en
todas partes, a la ventura, haciendo de sus cabezas unos mosaicos
desordenados.
Estas reflexiones hemos hecho al leer la pieza en tres actos,
original y en verso por C. Obeso, intitulada Secundino el
Zapatero.
