II


Don Secundino fue zapatero, y luego rico (no se dice cómo) hombre. El deseo de figurar lo hacía gastar cuanto tenía en convites, tragos, etc. etc. Entre sus amigos contaba al doctor Braganza, político y filósofo, de quien recibía consejos y había aprendido la Lógica. Además, tenía por amigo a Facundo, discípulo del doctor, y libertino. Marta, mujer de don Secundino, bregaba por cuantos medios fuesen posibles, en llevar a su marido al buen camino, y por moderar sus ímpetus derrochadores; lo mismo que por persuadir a su hija de que necesitaba cambiar de hábitos, porque Aniceta era lo que puede llamarse una empedernida romántica; y porque moderara sus gustos, pues estaba más que enamorada del joven Facundo, á pesar de antiguos compromisos y amoríos con un artesano, del agrado de doña Marta, llamado Félix Tapia.
En esta situación, exhibe el autor a sus personajes. Va el desarrollo.
Para hacerse Senador y otras muchas cosas don Secundino necesita dar un banquete en el hotel Violet. Como no tiene ya dinero, hace que su mujer empeñe las joyas. Después de mil sermones de doña Marta, todo queda concluido, y se dará el banquete al día siguiente.
Mientras don Secundino piensa en más fiestas, los acreedores asedian a la familia y la fatigan: ya por el pan, por la leña, ya la lavadora; todos piden y a nadie se le da.
Durante los preparativos del banquete, Aniceta recibe de Félix una carta. Que la quiere mucho, que la recuerda mucho, que serían muy felices si se casaran; todo esto le dice. Aniceta se impresiona un poco, pero vuelve bien pronto a su orgullo natural y a sus acostumbradas ambiciones, y todo lo olvida. Eso si, recibe con puntualidad floreos de Facundo, y se los devuelve con creces.
Doña Marta no puede ya tolerar tánto, y por sobre todo, se resuelve a hablarle francamente a Aniceta. Ella, empero, no le escucha y se refugia en la alcoba. Acaba el primer acto con las imprecaciones de doña Marta:
"Los pies son hoy la cabeza
Y la cabeza la cola,"
dice, y cae el telón.
En el segundo acto, Braganza bebe con don Secundino y Facundo fine champagne, y hablan de la filosofía tudesca y de Ali-Kelim. Abandonan la escena, sola Aniceta-después de recibir unos recados de Félix-y como llovida del cielo, se aparece Teresa Valderrama, amiga de colegio de Aniceta, a hacerle una visitar Hablando de la felicidad del matrimonio estaban, cuando Facundo, que no se para en la primera copa entra y principia a tomarse libertades con Teresa y a filosofar contra las mujeres. Aniceta, acalorada, lo despide, pero él no se va, y continúa su tema impasible; entonces Teresa y Aniceta se alejan. Luego le da Aniceta las quejas a don Secundino. Son truhanadas-le responde éste. -Más perspicaz doña Marta, explota el malestar de su hija para hablarle contra Facundo, y casi la resuelve a enviarle la argolla, pero.... no se la envía. Sin embargo, mucho que la hace pensar la felicidad de Teresa, casada con un Juancho, que en la ciudad sembraba legumbres, y papas en la Sabana.
Aniceta, por chismes de cocina despide a Petrona, criada de la casa, no sin darle antes un cariño.
Y terrnina el acto segundo.
¿Por qué viene don Secundino de tan mal humor? ¡Pues qué ha de ser! Le han dicho sus comensales que es un majadero. Pobre don Secundino...
Un majadero. . . Pero ya se consolará, sobre todo conversando con Braganza.
Llega en efecto Braganza, y don Secundino le cuenta todo. -Pierda usted cuidado, que yo escribiré contra esos mandrias lindezas. ¡Pero tengo tánta sed!...
Mientras don Secundino voltea para hacer que le traigan agua al doctor, dice éste por lo bajo "es tan loco, es tan bestia." Y don Secundino le oye. Este es el último golpe para pobre aspirante á hombre público.
Furioso contra él, don Secundino no permite que le traigan chicha, y el doctor, impaciente por beber, se va a Los Portales, donde dice que la hay.
Mientras tanto van y vienen los recados de Félix. El pobre mozo no sabe qué hacerse para lograr un sí de Aniceta. Como es el asunto de más importancia de la casa, lo discuten Marta y Secundino. Marta estima á Félix. Secundino no niega que es trabajador, noble corazón, buen amigo; pero es artesano, y él no tiene su hija destinada sino para un magnate. Así, no se habla más del asunto. Don Secundino se viste y se va para el banquete.
Mientras tanto los acreedores invaden la casa con la Policía, dispuestos a pagarse con los muebles y la ropa lo mucho que don Secundino les debía. Los comanda Facundo.
Cuando todo iba a ser embargado y la familia arrojada a la pampa (o sea a la calle. . .), y la miseria iba a cernerse sobre sus cabezas, con todos sus horrores y con todo su cortejo, hay una voz que grita:
- ¡Yo pago!
Todos se vuelven y encuentran a Félix Tapia, el mismo, ni más ni menos. No tienen tiempo las señoras de darle las gracias, porque don Secundino entra en ese momento, y como todo le sabe, abrazando á Félix, le dice a Aniceta:
-"Hija de mi corazón, ve aquí a tu esposo y mi yerno!"
Aniceta se asusta, o así lo finge.
-"Pero papá, tú no debes anticiparte. . ."
-"No hay medio, le dice don Secundino. Este es un joven honrado, y que lo aceptes te ruego."
- ¿Qué más se quería Félix?
-Pues como no quería más, le responde vivamente:
-"Mil gracias, don Secundino."
Ya estaba todo hecho. Don Secundino les da buenos consejos, se arrepiente de haber sido derrochador y el telón cae.
"¿Y los demás, qué se hicieron,
Se casaron tal vez o se murieron?"
Ni nosotros sabemos, ni lo reza la comedia. Esto que apuntamos es simple y únicamente el argumento y el desarrollo que le da el autor.
-Pero ahí no hay argumento, se nos dirá.
-Pues es verdad, respondemos nosotros.

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