III
Se vuelven los ojos actualmente, en toda obra literaria, con mayor
razón cuando es de algún aliento, más a la idea que encierra que a
la belleza de la forma que la cubre. Y esto, puede decirse, porque
la perfección estética ya está dada por los grandes poetas, pero
aún los problemas de la vida permanecen en pie, preocupando á
todos.
Como un medio, sobresaliente por supuesto, se tiene la forma, para
hacer más agradable la enunciación de la verdad o de la mentira, de
la fe o de la duda del siglo actual.
Legítimo es aspirar a que, en cuanto sea posible, vaya el adorno al
nivel de la idea; pero es estrafalario concederle supremacía sobre
ella.
Como las techumbres moriscas, cargadas de arabescos y de minaretes,
sin sólidos cimientos no pueden resistir el empuje de las edades,
así las composiciones literarias, por más bella que tuvieren la
forma, si al mismo tiempo no tienen la fortaleza en el fondo, jamás
alcanzarán a vencer los rigores del tiempo.
Pide el siglo que se investigue, y se lo pide a todos, y no en
segunda línea a los poetas. Pueden los genios impenitentes no
escucharlo, pueden oponer su esfuerzo a esa llamada; revuélvanse
heridos y ataquen a su turno; cuando más alcanzarán a presentar el
espectáculo de una grande agonía, así como la de un cachalote
clavado al arpón. Pero nada más. Y ¡guay! de los nenés;
que también retroceden y se encaran y dan por hincar el
dientecillo. . . De ellos será el reino del desprecio.
Y si es misión de los poetas, en su esfera, luchar por algo, pensar
en algo, preocuparse de algo, no puede ser ese
algo otra cosa que la verdad, y para ella deben ser, así las
primicias de la juventud como los frutos de la edad provecta.
Y aquí hay, necesariamente, que reconocer como enemigo a la
mentira.
Ya planteados estos principios, el uno en presencia del otro, cabe
estudiar las escuelas que a ambos sostienen respectivamente. De
otra manera, desconociendo el objetivo de cada uno, sus medios de
acción y sus leyes regularizadoras, todo trabajo sería infecundo
porque esa condición y no otra tienen las labores emprendidas sin
criterio.
Como en filosofía, en literatura se han empeñado los hombres, unos
en resolver todas las cuestiones por medio del examen, otros en
resolverlas por medio de la autoridad. Se examina para creer, dicen
los unos; cree porque se manda, dicen los otros. Empeñada la lucha,
ningún campo ha sido vedado para ella, y al teatro, con
especialidad, se le ha encomendado mucha parte de la obra; de aquí
que siempre en las tablas se planteen los problemas que están sobre
el escenario del mundo.
Para suplir con la fuerza del espectáculo la debilidad de la
realidad, en la comedia y en el drama se los ha recargado con
excesivos colores. Así que las luchas, las exposiciones de
doctrina, las tendencias, todo se presenta en sus últimas
consecuencias, como que de allí se ha de sacar el convencimiento o
la repulsa del público.
La escuela de la autoridad, que odia la República, los
derechos del hombre; que es dogmática en filosofía; autocrática en
religión; monárquica en gobierno. Que con la revelación y el
milagro pone de presente á Dios; que con una orden implacable,
inapelable y absoluta, señala la excelencia del Papa o del Rey. Que
dice que no estamos organizados para conocer la naturaleza. Que la
verdad es palabra de los ministros del Altísimo, y enigma
impenetrable para los libres profanos. Que el hombre vive para
sufrir y llorar aquí, porque la tierra es apenas una estación en la
carrera milagrosa del hombre hacia el cielo. Que la virtud es la
continencia; el honor, la bajeza; el heroísmo, la desidia. Que
asegura que sólo ella tiene resortes para dar los grandes impulsos,
recompensas para las grandes fatigas, esperanzas para los grandes
dolores. La que niega que el hombre se perfecciona y que las
sociedades progresan. La que perdona las grandes iniquidades
históricas y ora por los mandatarios afrentosos de los pueblos. La
que todo lo malo y todo lo inicuo y todo lo ominoso inventa para
explotar y aniquilar las naciones. Escuela atroz, por último, que
no tiene corazón ni inteligencia, pero sí ancho bolsillo y codicia
ilimitada.
Todas las pasiones bajas y los intereses mezquinos los pone en
juego la escuela autoritaria, en todas partes. En el teatro, ella
tiene siempre algún desenlace trágico para los ciudadanos, y una
corona para los nobles. El cadalso o el manicomio para los que
aspiran a mejorar sus hermanos. La burla cruda y desazonada para
los que hablan de libertad; para los que gritan orden y respeto, la
servil alabanza. La calumnia para los gobernantes populares, el
hosanna para los tiranos.
Y hacen su parte, y así trabajan por el retroceso los escritores de
esa escuela. Más profundamente acaso en la comedia de
costumbres.
El hábito, que es el lazo que más duramente ata, lo explotan ellos
para empedernir a los hombres en las malas costumbres. La calma en
los hogares que tánto halaga, les n encomios altísimos cuando es
viciosa. Suspiran eternamente con la vida pastoril, para la
sociedad la mujer a la rueca, y el hombre a la labranza. No creáis
que permiten que una hija del pueblo aprenda a leer: se vuelve
romántica; que aprenda a escribir, gasta mucha tinta. Un pobre no
debe aprender geografía: así llegará a creer que el mundo no tiene
por linderos los mojones de su campo. Y si aprende gramática ¿quién
le aguanta esa retahila de frases redondeadas según la sintaxis
precisa? ¿Cómo ha de ser que un pobrete llegue a saber que hay más
verdades de las que predica el señor Cura, y más libertades de las
que concede el señor Alcalde? ¡Eso sería horrible! Eso sería mucho
perder para la escuela autoritaria, y no puede consentirlo. En el
teatro se consagra a presentar como absurdos afrentosos e
inmoralidades supinas las más inocentes fruiciones de la
inteligencia y los más honestos actos de la vida.
A esta escuela aberrante y absurda ha servido el señor Obeso con su
comedia, que por galantería así la llamamos.
Esas inquietudes, esos profundos odios y eternas recriminaciones
contra nombre de ciertos grandes hombres, allí tienen lugar, como
vemos, con los de Béntham y Tracy, en quienes ceba el autor su rudo
chiste. Podría caber aquí un proverbio que callamos, pero en el
cual va por mucho la luna y la saliva.
No sólo el señor Obeso tiene por tarea maldecir de ciertas obras y
execrar a ciertos autores; ella es y ha sido y será obra la más
importante necesaria del partido conservador. Los escritos de
Béntham y de Tracy han fecundado la libertad en Colombia; han
mecido, digámoslo así, la cuna de nuestros derechos. Lo comprendió
el General Santander cuando hizo obligatorio su estudio, y lo han
comprendido de esa manera los gobernantes más eminentes y los más
notables hombres del liberalismo.
Pero no así el partido conservador, que tiene como fuerza motriz el
catolicismo. Obras que les dan a los individuos la conciencia de su
derecho y de su fuerza, que les señalan distintamente su posición
en el mundo, y los descargan del peso de las alas de ángel que
tanto los abruma, y les muestran desierta la vasta extensión de los
cielos, esas no pueden ser miradas siquiera con compasión por la
trahilla de explotadores de los pueblos. Viven de negar la verdad
los ultramontanos, y allí está la verdad. Allí está la fórmula de
los libres, y los conservadores, necesariamente, quieren plantear
la fórmula del despotismo. De manera que apenas hacen su deber los
enemigos de la ciencia y de la república.
Y si en esto convenimos con respecto al enemigo, no con poca
extrañeza podemos mirar cargos para tan excelsos redentores,
salidos de labios de los redimidos. Hay en esto ingratitud y
perfidia.
Tánto preocupó al señor Obeso el pensamiento de atacar a Béntham y
a Tracy, que no nos equivocamos al afirmar que eso constituye el
fondo de la comedia, no siendo la delineación de ciertos caracteres
otra cosa que un ensanche de la pertinaz idea indicada.
Don Secundino, porque ha aprendido Lógica, es un disipador, y
Facundo un pedante, y el doctor Braganza un borracho. Cree, en
consecuencia, el señor Obeso, que la Lógica es un índice de
licores, cosa que es bien original.
Todos, en la casa de don Secundino, son infelices, porque el pobre
viejo halló por ahí quien le leyera á Béntham y a Tracy. La misma
cocinera parece que desde que el amo sabe Lógica no acierta con las
asas de las cacerolas.
Aniceta es romántica porque don Secudino sabe Lógica.
Los únicos que tienen la cabeza en su lugar son doña Marta, porque
ella no ha estudiado los malditos libros, y Teresa, que está casada
con un calzonazos de los alrededores. Félix Tapia también es bueno
por la razón muy sencilla que se desprende del relato: porque no es
malo.
¿Qué quiere decir un libro así de desbarajustado?
Pues mediten y vuelvan a meditar, que damos por perdida nuestra
alma si se descubre algún mérito en tamaña palabrería.
Esta comedia es como esos arbustos de las llanuras abrasadas, sin
hojas, sin frutos, sin flores, sin el enhiesto tronco y el hermoso
copo, o como esa perrilla de que habla Marroquín, entre perras
protoperra.
Y tanto es pequeña que se escurre a la pluma de la crítica, porque
esa es la condición de los alumbramientos medianos del
ingenio.
Las altas cumbres las busca el rayo, a las hondas simas se llega el
ojo abismado, pero no esperéis ni un golpe de los cielos ni una
mirada de los hombres para el oscuro y retirado yermo.
Libro es el del señor Obeso, que no fija siquiera un momento la
atención. En las obras buenas, de costumbres, la humanidad se mira
retratada; parece que se duplica y se entretiene con este juego, a
modo de espejismo.
Buscad ideas nobles, conceptos elevados, profundas enseñanzas,
estudios del corazón, en cualquier parte, menos en la comedia del
señor Obeso. Y asimismo, íd lejos de la dicha comedia por hermosos
giros de lenguaje, por entonación robusta y sostenida.
Decía Larra de Dumas y Víctor Hugo, que aunque se creían
originales, eran meros plagiarios de la sociedad en que
vivían.
¿Es siquiera Secundino el Zapatero un reflejo de lo que
pasa en nuestro pueblo? Ni aun eso.
Aquí es verdad que hay enormes fuerzas al servicio del terror, que
se trabaja incansablemente por hacer nula la obra de 1810; pero
también es cierto que hay una resistencia poderosa contra esos
elementos viciosos, y que se les combate a menudo de continuo se
les vence.
Cierto que hay algunas inquietudes y algunos extravíos, pero ellos
mismos dicen que hay savia exuberante.
No negamos que la ambición salve el límite de la prudencia, pero
eso sólo es el ejercicio de un santo derecho.
Nuestra sociedad no es un querubín, pero hace mucho por no ser el
diablo.
Y mejoraremos. Mejoraremos, si, porque en sesenta años hemos hecho
la mitad del camino.
Ya vemos esa aurora, o ya la verán los hijos de nuestros
hijos!
Entonces el teatro será entre nosotros lo que es en los países
civilizados apoyo de la ciencia.
Y de seguro que entonces esas generaciones ni se dignen volver los
ojos a Secundino el Zapatero sino para meditar en cuánto
va de los vivos a los muertos.
1880. 28 Julio, Bogotá.
NOTA-De una vez por todas advertimos los escritos en que no se
indique la publicación de donde han sido tomados, es porque son
inéditos, como éste. El autor y C. Obeso eran amigos
cordialísimos y jamás tuvieron la mínima querella. Pero Obeso era
un liberal laxo, de oído para quien la filosofía emancipadora no
tenía mayores atractivos. Se había batido por el partido liberal y
en sus filas vivió y murió; pero sus aficiones literarias y un
cierto orgullo que él se fingía de que, aun siendo negro y humilde
por su cuna, era aristos por la excelsitud de sus dotes mentales,
la llevaban a coquetear con las tradiciones y enseñanzas añejas de
los feudatarios de la Colonia entre nosotros. De allí el que
habiéndole prestado nosotros las comedias de Moratín-clásicas si
las hay y bien liberales para su época, por cierto-se pusiera a la
obra de fabricar una comedia en ese estilo y patrón y en cosa de
una semana abortó á Secundino el Zapatero, que se apresuró
a publicar en folleto, según quedó pagado de su hijo. Por supuesto
que lo aplaudieron mucho los periodistas clericales que vieron en
la comedieja una sátira más o menos fina, pero traslúcida,
agresiva, contra el partido liberal y sus enseñanzas por entonces
ya cuestionadas por la reacción nuñista que había de sepultarlas
bien pronto. No fue preciso otro empujón para poner la pluma en la
mano al autor y zurrarle á Obeso la pavana, cual queda expuesto.
Por entonces-1880- todavía Juan de D. no escribía para el público,
ni tenía periódico, ni había compuesto sino la llamada Hoja
blasfema, contra el General Payán, y alguna otra cosa de poco
aliento, pero siempre, eso sí, en su estilo prodigioso, que aquí va
mostrando. La hoja susodicha, lo primero que dio a luz, fue
atribuida por don José Joaquín Ortiz en La Caridad, por
los redactores de El Deber y otros papeles conservadores,
a Rojas Garrido, a Felipe Zapata, a los Pérez, a una cualquiera de
las primeras plumas de Colombia, pues todavía no era conocida de
nadie la que había de ser la primera. Inesperables como éramos
entonces el autor y nosotros, corrió a nuestra pieza una mañana y
leyónos las cuartillas de esta crítica esperando nuestra opinión
sobre ellas. Se las aplaudimos cual lo merecen, pero le observamos
que Obeso, sensible como una entraña, sufriría mucho con su
publicación. Eso bastó para que nos las entregara diciendo:
-"Guárdalas, pues, para evitar la tentación de darle un
mal rato al Negro." Treinta y dos años han dormido esas
pequeñas hojas de papel de carta-vueltas de carta algunas- y si hoy
las imprimimos, ya muertos ambos nuestros dos amigos, lo hacemos en
obsequio de los lectores de la obra de Uribe, que hemos ofrecido
completa, y como un testimonio del amor celoso del autor a las
ideas liberales, al propio tiempo que de su consecuencia
inalterable en la amistad, prenda suya de carácter apenas igualada
por la elegancia y majestad de su estilo-(El Editor.)
