FELIPE ZAPATA
(Senador por Santander)
Cuando Zapata pide la palabra y se incorpora, su busto se alza
apenas dos palmos sobre la mesa de trabajo que tiene en frente. Es
pequeño como Thiers y como Luis Blanc. Ya tiene el cabello
entretejido con hebras de plata, en la frente arrugas y la carga de
los años, al andar, se nota sobre su cuerpo pequeño, pero
recio.
Sea él el primero en esta galería que apenas retratará, de un
golpe, á los miembros del Congreso actual, porque su inteligencia,
que le da puesto de honor en Colombia, se lo fija indiscutible hoy
en las Cámaras Legislativas.
No es orador, ni por la voz, ni por la prontitud, ni por los
ademanes. Cuando el auditorio se ha se parado algunos metros de su
banco, ya no se escuchan sus palabras. Parece que él solo quisiera
oír sus discursos. Habla con gran convencimiento, como que jamás
razona sin dar tiempo a la meditación. Hay en esto el cálculo y la
prudencia del que respeta su altura. No creáis que las exigencias
del público, las flechas de los enemigos, el momento grave, la
atmósfera encendida, lo hacen perder su serenidad. Si los aplausos
asordan el recinto, si el adversario truena, si la cuestión oscila
entre el triunfo y la derrota, Zapata está allí en su cómoda silla
de resortes, las manos enlazadas y puestas sobre las rodillas,
contraídos los pliegues de la frente sobre los párpados, con la
mirada fija, que entonces tiene un poder de concentración educado,
indispensable para el acierto. Si el toma un periódico de pronto
para leer o se vuelve a decir una palabra al oído de los vecinos
que ocupan la sillas cercanas, es porque la claridad se ha hecho en
su cerebro, la cuestión ha surgido en su inteligencia, nítida,
dilatada, sin contradicciones. Podrá no hablar entonces, pero su
voto mudo significa una serie de rápidos trabajos mentales que
constituyen el valor intrínseco de la convicción. Para tener
convencimiento respetable no basta la buena voluntad, sino que es
menester talento que recoja los elementos de los juicios que pone
el estudio al servicio de las facultades de la inteligencia. No nos
habléis del sentido común en contraposición del talento y de los
conocimientos, si no queréis que os llamemos sacerdotes de la
imbecilidad.
Solamente hay un día en que Zapata se levanta del asiento con mayor
equilibrio, en que su voz tiene más firmeza y alcanza mayor
distancia, y es cuando va a leer al Senado lo que ha escrito y
quiere que sus colegas escuchen. Todo murmullo se acalla en el
auditorio, las palmas de todas las manos se aprestan para romper en
estrepitoso aplauso a las primeras palabras, porque, amigos y
contrarios, saben lo que pueden la tinta y la pluma al servicio de
este pensador.
La Fama gusta más de la palabra y la Gloria de la pluma. Zapata
conoce todos los recursos del estilo, y así en sus cartas sobre la
Responsabilidad del partido conservador, pudo meterse
dentro del hábito de un jesuita y causar envidia a los
ultramontanos; en el folleto sobre el Empréstito
Núñez-Koppel, ser preciso como una fórmula algebraica, y en su
carta del tiempo de la Evolución Otálora comprender todos
los intereses, con frases generales, cuando la discordia los
apartaba más que nunca airada y rencorosa. Depende este dominio
sobre el pensamiento escrito, de su educación literaria, porque
Zapata por simpatía, que nace de su propio mérito, ha buscado para
divisar la extensión del arte y de la ciencia, no los collados,
sino las cimas. Sabemos que le son familiares Bacón, Pascal,
Montesquieu, Béntham, Shakespeare, Victor Hugo y Balzac. Hay
generalmente en sus escritos, -bien que no se convenga con su
propósito, -claridad, verdad y belleza. Lo suficiente, en
consecuencia, para hacer una reputación literaria.
(Ha sido el señor Felipe Zapata, Senador, Representante, Ministro
Diplomático, Secretario de Estado, Diputado a Legislaturas,
Convencionista, etc., etc.)
(La Actualidad, 1884)
