Prólogo
Bogotá, zona húmeda patrimonial

En el nuevo milenio, cuando se teme que las guerras mundiales serán por el agua, en la capital colombiana todavía hay miles de personas que libran una batalla diaria por acceder a este derecho indispensable. Cuando se creían superados los problemas de abastecimiento de agua potable, en los barrios periféricos de Bogotá todavía hay
gente que se tiene que bañar con totuma y está lejos de ahorrar un recurso del que carece. Aunque la Carta Constitucional de 1991 declaró el derecho de todos al agua, en los últimos años varias organizaciones ciudadanas han intentado sacar a flote un referendo por el agua. Ante estas paradojas, con el agua al cuello por el invierno y con la creciente contaminación de las cuencas hidrográficas, urge conocer este patrimonio para aprenderlo a respetar. Conocimiento que empieza por la memoria de nuestra relación con el agua como individuos y como sociedad.

Tras la exitosa experiencia con Talleres de crónicas barriales, realizados en el marco de “Bogotá, capital mundial del libro 2007”, tres de las entidades convocantes — la Subgerencia Cultural del Banco de la República, la Facultad de Comunicación y Lenguaje de la Pontificia Universidad Javeriana y la Secretaría General de la Alcaldía Mayor de Bogotá DC / Archivo de Bogotá— decidimos retomar el proyecto bajo el título de Memorias del agua en Bogotá, con el fin de recoger historias que reflejaran las relaciones cotidianas de los capitalinos con este recurso indispensable. Historias sobre lugares, personajes, oficios, prácticas, ritos, leyendas y usos del agua en el pasado y en el presente.

Durante dos meses, ocho sábados consecutivos, se realizaron los talleres de capacitación en seis sedes de la Bibliored: bibliotecas Luis Ángel Arango, Julio Mario Santo Domingo, Suba, Virgilio Barco, El Tintal, El Tunal y el Archivo de Bogotá. Asistieron los 129 seleccionados y 60 de ellos concluyeron el proceso de escritura. De Talleres de Crónica ² Memorias del Agua en Bogotá 14 ese material se tomaron las 40 crónicas que conforman esta antología, enriquecida con fotografías ―otro componente de los talleres―, para darles el correlato visual a las historias y mostrar el antes y el después, con apoyo en las fotos del álbum familiar.

A diferencia de la anterior convocatoria, cerrada para jóvenes menores de 25 años, en esta ocasión se invitó a todas las personas interesadas y sensibilizadas por el tema, sin límite de edad. Se trató entonces de un público heterogéneo por edad, ocupación, estrato social, pero igualado por un mismo interés: el agua. En la mayoría de los talleres se entabló un diálogo generacional entre los mayores y los más jóvenes, que aprendieron de sus experiencias en un ambiente de cordialidad y de respeto.

Allí alternaron empleados de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá, profesionales especializados en medio ambiente, líderes barriales que han dado la pelea por el recurso hídrico en sus comunidades, estudiantes universitarios (con amplia participación de los futuros comunicadores-periodistas), amas de casa y maestros, entre otros. Hasta un guardián del Inpec participó en la Biblioteca Virgilio Barco y luego el tallerista llevó los talleres a La Picota.

Dado que el objetivo del proyecto era fomentar la lectura y la escritura en torno al agua, para avivar una conciencia ambiental entre los habitantes de Bogotá, se leyeron historias de los acueductos de Bogotá, de ríos, lagos, puentes, humedales, pilas, fuentes, chorros, prácticas, ritos y oficios, fuentes bibliográficas imprescindibles que los participantes consultaron en las sesiones realizadas en el Archivo de Bogotá y en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Y más allá de los libros de referencia, algunos autores indagaron acerca de las leyendas indígenas sobre el agua, entrevistando a representantes de estas etnias, ecologistas por naturaleza.

Todas las crónicas se ubican en el perímetro urbano de Bogotá; sólo una se desmarca: la de Tocancipá, precisamente sobre un cartógrafo que levantó un mapa ambiental de riesgo de la zona. Sumapaz, la localidad 20, quedó en este inventario, aunque no figure en el mapa distrital por encontrarse en el sector rural.

Nunca fue mejor usado el término de “fuentes” en la reportería de estas historias, ya que los jóvenes buscaron las voces de la memoria mediante la realización de entrevistas en un notorio esfuerzo por recrear un mundo insospechado; mientras los adultos rebobinaron sus recuerdos para dejar testimonio. La mayoría de los autores cumplió a cabalidad el proceso de inmersión en el tema hasta zambullirse en ese hondo pozo de la memoria para emerger con historias insospechadas de Bogotá, contadas desde los hechos festivos y conflictivos relacionados con “el precioso líquido”(expresión recurrente en este volumen).

Se podría afirmar que el “tubo madre” que conduce estos relatos es el testimonio, la autobiografía, la memoria individual que multiplicada se vuelve colectiva y crea vínculos de identidad y de solidaridad. La fuerza de estas crónicas está en las vivencias de los autores que las narran ―al menos en la mitad de las piezas―, por lo que entramos en terrenos de la microhistoria urbana. De igual forma, se aprovecha el potencial del género periodístico más ligado a la mirada personal, a la vivencia, a la observación, al detalle revelador y al estilo literario: la crónica.

Aquí se reconstruyen sucesos y se recomponen pequeños mundos del agua ignorados por quienes no los habitan, y descubiertos gracias a estos talleres. Incluso hay revelaciones como la de los 19 monolitos que desde los tiempos prehispánicos estuvieron enclavados en el humedal Jaboque, a manera de observatorio astronómico, pero 17 de ellos quedaron sepultados por un tubo del Acueducto; una crónica de denuncia que recoge el legado ancestral muisca. O la noticia sorprendente de que en el Parque Bavaria, del Centro Internacional, se encuentra una fuente de aguas termales desconocida hasta para los vecinos del conjunto residencial.

Al igual que en la primera antología, aquí resurge la identidad barrial porque la memoria está demarcada por la vivencia del barrio, como lo demuestra la historia del agua en Las Ferias, originalmente una hacienda con dos lagunas que la gente fue contaminando con el paso del tiempo, según el investigador y docente Néstor Camilo Garzón. Otra habla del Timiza y de cómo los timicianos intentaron descontaminar su lago; y del J.J. Rendón, de la localidad de Usme, donde se celebra el festival anual del agua. Los personajes de estos relatos tienen un hondo arraigo en sus barrios y junto con sus vecinos sacan adelante causas medio perdidas. De hecho, se podría decir que en los barrios más pobres, las historias sobre el agua son más ricas, lo que da cuenta de una historia comunal de lucha y de supervivencia.

Aparecen también viejos usos del agua en la memoria de los abuelos, que la iban a buscar en los nacimientos de los ríos y la transportaban en múcuras sobre mulas por caminos destapados para destinarla al consumo y la producción de chicha; y los que también la cargaban por lomas embarradas de la periferia de la ciudad para cocer los ladrillos en los chircales. Y no faltan los lavaderos, que subsisten en la Bogotá cosmopolita del siglo XXI, como los del barrio Lourdes y el Diana Turbay, donde las mujeres van a restregar la ropa al aire libre aprovechando los nacimientos de agua
pura.

En estas crónicas, ‘La Niña’, que trajo las más intensas precipitaciones de agua en Bogotá y los desastres que encabezaron la agenda noticiosa, dejó su marca en muchas de las crónicas, como en la última pieza, donde un motociclista hace arriesgadas fintas por transitadas calles de la capital para llegar a su sitio de trabajo.

En honor a la paradoja, para los pobres que atesoran cada gota de agua lluvia porque no pueden pagar las facturas del Acueducto, la lluvia pasó de ser el recurso natural más preciado al más temido; el enemigo impredecible que arrasa con todo.

Muchas historias rinden homenaje o contienen testimonios de líderes populares de alto y bajo perfil, vivos y muertos, que lucharon en distintas épocas por conseguir agua potable para sus barrios, como la crónica sobre el ‘Loco del sombrero’ ―Jorge Zamudio―, defensor del humedal Capellanía, escrita por su hija; o la “giganta” de un barrio de Cazucá que hace esfuerzos titánicos por conseguir la ración de agua del día. Hay relatos de tono épico sobre las vicisitudes de quienes compraron lotes a plazos en urbanizaciones ilegales y tuvieron que sortear todo tipo de obstáculos para acceder al servicio del agua. Un lugar común en la historia de la urbanización de Bogotá, y un derecho que en pleno siglo XXI todavía no disfruta parte de la población capitalina, como los habitantes del barrio Puerta del Llano, al sur de la ciudad, donde muchas familias recogen agua lluvia para bañarse con totuma porque no tienen para pagar las facturas del Acueducto.

A propósito, esta empresa centenaria es protagonista de varios relatos, o está ahí detrás, odiada y anhelada por los ciudadanos que exponen hasta su vida por defender su derecho al agua. En algunas crónicas empleados y contratistas de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá registran su experiencia y atestiguan la aventura de llevar el agua a barrios recién legalizados, de desalojar y reubicar poblaciones en peligro por situarse en las rondas de las lagunas.

Entre los lugares encontramos no sólo las reservas de agua naturales, también hay artificiales que brindan el efecto de sosiego, como el lago del Cementerio Jardines del Recuerdo. Para las nuevas generaciones este capítulo puede resultar sorprendente porque su idea de Bogotá es la de una metrópoli. Les costará imaginar la vida pueblerina en Fontibón, Bosa, Suba o Engativá antes de que fueran anexadas como localidades a Bogotá, y creer que Kennedy o Lijacá fueron un remanso de paz hace treinta o cuarenta años, porque no vivieron el proceso de urbanización descrito en varias de las crónicas. Si acaso tenían referencia de esta memoria por sus abuelos. La Bogotá de ríos, monolitos (¡monolitos!) y cauces limpios no está en su geografía. Pocos jóvenes de hoy han tenido que salir a buscar el agua y llevarla en canecas. El agua sale del grifo y punto. En el imaginario, todos los ríos son caños y botaderos y el Tunjuelo nunca fue un lugar sagrado, sino un río miserable en el sur profundo.

Como se puede percibir desde los títulos, esta colección de crónicas se mueve en una gama de tonos que cubren lo trágico, lo tragicómico, lo irónico y lo indignante; tonos bien ajustados que anuncian una mirada inteligente sobre el tema. Los símbolos que acompañan esta historia son las mangueras (para hacer las conexiones “hechizas”, que a medida que eran cortadas y conectadas a otras iban formando extrañas redes de araña), las ranas (que tienen su hábitat en los humedales y en las tapas de las alcantarillas), los peces (de ríos, estanques y peceras), las tuberías, los carrotanques, los tanques y las pilas de agua, los hidrantes, los timbos para recoger agua y, por supuesto, los paraguas (“para-aguas”, como los llama la autora más joven de la antología, con 17 años), enaltecidos como objeto desde la crónica modernista a finales del siglo XIX (como “El paraguas del padre León” 1, del poeta José Asunción Silva, quien recrea ese apéndice del brazo en la lluviosa Bogotá), hasta la crónica contemporánea.

Pero sin duda la pobreza es una de las claves de lectura de estas crónicas porque hablan de un derecho por años escamoteado a los marginales. Y aunque en muchas de ellas es evidente la intención de denunciar desde la ironía ninguna cae en el “miserabilismo” ni en la “porno miseria”. En la crónica que abre esta selección, “Carrera de gigantes”, encontramos la descripción más conmovedora de la pobreza cuando la cronista pregunta por la calidad del agua de la motobomba en un barrio de Altos de Cazucá: A veces llega sucia, pero esperamos a que se asiente y luego la tomamos. Entonces pregunto si no les da miedo enfermarse y ella, con una sonrisa, afirma: ‘¡Nos enfermamos si la hervimos!’ ”.

Otras crónicas de tonos tragicómicos nos muestran, como en “Los hijos de las ranas”, que los burócratas y los constructores del siglo pasado confundieron los humedales con pantanos y por eso desconocieron el mito muisca según el cual descendemos de los batracios sagrados. Y debido a esos procesos descontrolados de urbanización y de contaminación en los últimos cincuenta años pasamos de tener 50.000 a 700 hectáreas de humedales en Bogotá.

Nos pasean estas crónicas por la geografía del agua en la ciudad, por quebradas como Limas, Yomasa, La Vieja, hasta llegar al reconocido Eje Ambiental, con sus espejos de agua empañados por la suciedad que tanto desilusionaron a Evangelina, personaje de una de las crónicas.

En fin, los sumarios de los textos, escritos a la manera de los antiguos cronistas ― “De cómo…”― para meter de entrada al lector en la historia, dan cuenta de la biodiversidad temática de esta antología.

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Los talleristas, seis jóvenes periodistas profesionales vinculados a medios escritos, formados en la Universidad Javeriana y en la escuela de la revista Directo Bogotá, no sólo enseñaron los rudimentos del lenguaje periodístico a sus pupilos, sino que después de las sesiones presenciales continuaron con ellos el proceso de escritura y la revisión de los textos. Para casi todos los participantes era su primera publicación y tenían la ansiedad de los autores noveles. Un séptimo tallerista dictó la sesión final sobre fotografía para que los autores registraran la otra memoria visual.

Prueba del ambiente de camaradería que se vivió en los talleres está en el paseo que armaron los de la biblioteca Luis Ángel Arango a la quebrada La Vieja. Así lo cuenta el tallerista, Pablo Correa: “Luego de leer la crónica que escribió Andrés Plazas sobre la comunidad que se ha ido creando alrededor de la quebrada La Vieja ―’Los amigos de la montaña’— en los cerros orientales, todos quedamos provocados y con ganas de conocerla. Así fue que uno de los talleres decidimos cambiarlo por una caminata quebrada arriba. Nos encontramos a las 6:00 de la mañana en la carrera 7ª con calle 72. Bajo la guía de Andrés, ascendimos por la montaña. Fue una caminata de casi cuatro horas. Sobre el mediodía nadie quería irse. Todos quedamos enamorados de ese rincón verde de la ciudad y añorando que existan más quebradas tan sanas como esta micro cuenca”.

Esta céntrica sede también tuvo un personaje, don Edgar Díaz, un pensionado que a sus 70 y pico de años fue el participante más entusiasta. No concluyó su historia sobre sus paseos de infancia al acueducto de Vitelma (quizá por su poca familiaridad con la tecnología), pero haciendo uso más de la oralidad que de la escritura mantuvo al grupo unido y animoso.

Para la tallerista Camila Peña, los talleres en la biblioteca El Tunal se convirtieron en un espacio de encuentro para compartir escritos y lecturas. “Cada sábado los mayores nos encantaban con sus historias sobre cómo era Bogotá antes, cuando en lugar de redes de acueducto eran los burros los que transportaban el agua a los barrios más lejanos ―la popularmente llamada Flota del Rebuzno en Altos de Cazucá― y cuando alrededor de las pilas de agua era común ver a grupos de mujeres chismorreando. Los más jóvenes aprendimos de los mayores y ellos a su vez se esforzaron por entendernos, y pese a las diferencias había algo que nos unía: la pasión por escribir historias. Recuerdo especialmente los relatos de doña Blanca ―una de las líderes más reconocidas del sur de la ciudad— o el humor de Oscar Garzón y su prosa poética”.

Martín Franco volvió a tener como sede la biblioteca El Tintal, donde dictó los talleres de crónicas barriales en el 2007. Para él, lo más importante, además de compartir lecturas y ejercicios, fue conocer los problemas del agua en el suroccidente de Bogotá. “Creo que muchas de las historias aquí consignadas reflejan una realidad que aún hoy es complicada para muchos. Sobra decir que las ganas y el empeño que pusieron los estudiantes del taller hicieron la experiencia mucho más valiosa. No queda más que un consejo: seguir escribiendo”. Seguir narrando historias urbanas, con o sin tutores.

Melissa Serrato, de la biblioteca de Suba, cuenta que una de sus alumnas quería escribir la crónica sobre su hijo; otra sobre su padre y una tercera resultó ser la madre de uno de los asistentes. “¡Mejor dicho, estábamos en familia!”.

Del lado de los asistentes llegaron mensajes de agradecimiento, sobre todo de los seleccionados para esta publicación. Reproducimos el de Marisol Leal, quien asistió al taller de la biblioteca Julio Mario Santo Domingo: “Me pareció súper pertinente el tema del taller, la metodología y el carisma de nuestro maestro Simón Posada. Su capacidad pedagógica para encontrar la voz de cada uno, en el complejo universo de creación escritural a través de la crónica (¡espectacular!). También el acceso a la biblioteca Luis Ángel Arango y al Archivo Nacional como lugares de aprendizaje y disfrute. Por otra parte, quiero resaltar la oferta de una Bogotá incluyente, creativa y amorosa. Ojalá continúen con esta labor de construir cultura ciudadana. Fue una experiencia tan especial, que me gustaría seguir participando en proyectos como estos, donde un grupo heterogéneo de habitantes de Bogotá vivimos con alegría y disciplina un proceso de producción personal, en el que aprendimos de nosotros mismos, del otro y de la ciudad […] Resultado: un milagro de convivencia, conciencia ambiental y logros... ¿para qué más?”.

Quedaron en remojo, quizá para futuras antologías, historias sobre el celebérrimo Mono de la Pila —depositario de quejas y reclamos durante años que fue instalado en la fuente de la Plaza Mayor cuatro siglos atrás—; la fuente del barrio Las Cruces, traída por Ramón Jimeno de Francia a finales del siglo XIX; el parque de Los Novios o de El Lago; el barrio Las Aguas, entre muchos otros escenarios húmedos conocidos o desconocidos por los bogotanos.

Igualmente, faltó explotar el filón de crónica policiaca, como los vándalos del agua (los que rompen los tubos del acueducto, los que abren los hidrantes por diversión, los que se roban las tapas de las alcantarillas y los contadores de agua, etc.), carteles de larga data en la ciudad. Así como los usos oscuros de los caños, botaderos de escombros y de cadáveres. En la Antología de crónicas barriales (2008), se publicó la crónica titulada “Bajo el concreto, bajo la luna”, sobre la muerte de varios habitantes de la calle que vivían en el túnel del río Arzobispo, a la altura de la carrera 7ª.

En cuanto a las reservas forestales que hacen parte de este patrimonio húmedo, quedaron pendientes historias sobre la parte rural de Bogotá, que ocupa un 70% del mapa bogotano, pero fueron vivamente documentados los humedales Capellanía, Córdoba, La Vaca, Torca-Guaymaral (partido de un tajo por la Autopista Norte), La Conejera, Jaboque, Chorrillos (que no figura en el inventario de la Secretaria de Medio Ambiente). Y retomamos la crónica sobre el humedal El Burro de Kennedy, que se publicó en la anterior antología de crónicas barriales y que los lectores pueden leer en la versión digital del proyecto (http://www.banrepcultural.org/cronicas-barriales/pdf/memorias-del-agua.pdf).

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Desde el siglo XIX, los cuadros de costumbres y las crónicas de viaje estuvieron pasados por agua. Los cronistas contemporáneos bebieron de esta tradición para revisitar lugares de la cartografía húmeda de Bogotá —humedales, lagos y ríos— y hasta revivir escenas en el siglo XXI de gente haciendo cola para recoger agua de los carrotanques, preludio de grescas y alborotos frente a las pilas de agua de las principales plazas.

Sirvieron de inspiración desde José María Cordovez Moure, con sus Reminiscencias de Santafé y Bogotá, viajeros y cronistas costumbristas del siglo XIX ―el diplomático argentino Miguel Cané, la inglesa Rosa Carnegie-Williams y Salvador Camacho Roldán―, quienes coinciden en las descripciones de los caños malolientes que corrían por las calles de la ciudad y los pésimos hábitos higiénicos de sus habitantes, pasando por escritores colombianos del siglo XX que ilustraron el paradójico cruce de la modernidad con la premodernidad en los usos del agua.

La mayoría de las haciendas sabaneras tenían lagos, ríos y humedales. Cuenta Daniel Ortega Ricaurte que la parte oriental de la hacienda Rosales “hacía las delicias de los santafereños, por tener una magnífica alberca rodeada de altas y bien protegidas paredes, para que las niñas pudieran nadar con sus floreados chingues de tartán, sin ser vistas por los caballeros, quienes impacientemente esperaban su turno en el potrerito, ya jugando al pite, o comiendo diabolines […]”2.

J.A. Osorio Lizarazo escribió una de las crónicas más extensas y detalladas sobre los ríos y primeros puentes de la Bogotá colonial (“Ciudad vieja y ciudad nueva”)3. Concluye Osorio Lizarazo que cuando el general Rafael Reyes y Ernesto Duperly trajeron los dos primeros automóviles de la ciudad a comienzos del siglo XX, expidieron la sentencia de muerte contra los ríos.

En esa misma época, cuando las familias bogotanas de clase alta comenzaron a instalar en sus quintas de Chapinero baños de inmersión, sanitarios, aguamaniles, bidés y tinas de agua caliente, el famoso cronista antioqueño Luis Tejada, contrario a la corriente ―como era su estilo―, escribió contra la detestable costumbre del baño4.

En los años cuarenta y cincuenta, las casas de los pobres carecían de servicios sanitarios. En una crónica titulada “La miseria en Bogotá”, el autor admite que aunque el baño no era un hábito que los sedujera, miles de personas carecían de medios para lavarse. Por ello era común ver a los gamines y a los adultos bañándose en la fuente de la Rebeca, situada a la sazón en el Parque San Diego. Como en los inquilinatos no había baños, y los baños públicos eran inaccesibles a los pobres, éste era el estanque ideal (hoy la mujer de mármol se inclina sobre la plaza de cemento, sin más agua en su fuente que la que cae del cielo)5.

Otro reportaje del semanario Sucesos6 demuestra que la capital en 1958 tenía más del millón de habitantes y la misma infraestructura sanitaria de comienzos de siglo: “La población ha aumentado, el agua ha disminuido y no hemos podido conseguir un alcalde que nos invente un río”. Cuatro años antes, el 17 de noviembre de 1954, hubo un memorable aguacero en Bogotá, registrado por los cronistas y reporteros gráficos, que se conoció como “el cordonazo de San Francisco” e inundó gran parte de la ciudad. El centro quedó tan anegado que una lancha de motor navegó por la avenida Jiménez hasta San Victorino. Fue entonces cuando se canalizaron los ríos Arzobispo y el Salitre.

Pero los cronistas también hablaron de los usos festivos del agua, como Germán Arciniegas, quien recordaba las zambullidas de su infancia en el agua helada de las albercas y de los ríos. En otra de sus crónicas, Arciniegas evoca un personaje irlandés, Mr Cocklin7, quien en la primera mitad del siglo XX “descubrió algo que nosotros sabíamos de memoria: que no hay agua más pura en el mundo que la del Chorro de Padilla”.

J.A. Osorio Lizarazo8 cuenta en la citada crónica que “los grandes paseos de nuestras familias y el recreo de nuestra infancia era subir hacia la Quinta de Bolívar, erguida en un recodo del camino, casi colgada sobre la profundidad del río, y llegarnos hasta el Chorro de Padilla, fuente de recursos de una muchedumbre de miserables, y símbolo de higiene, de aseo, de pulcritud de aquellas gentes, que ofrecían en sus medias agua de Padilla con más orgullo que champaña o vinos caros”9.

Era costumbre desde el siglo XVIII ir de paseo al Salto del Tequendama, a unos 30 kilómetros de Bogotá. José Manuel Groot, periodista y pintor bogotano, tiene una colorida crónica sobre una excursión al Salto del Tequendama que realizaron el virrey y su corte en 178910. En el siglo XX, y sobre todo a partir de la construcción del Hotel del Salto, en 1928, las familias pudientes disfrutaban de los servicios del hotel turístico del Salto del Tequendama, con restaurante, bar y pista de baile, además del mirador incomparable. Los menos ricos disfrutaban por igual de la visión de postal de la catarata (calificada como la octava maravilla del mundo), con sus piquetes y su música. Y los desesperados se arrojaban a la otrora caudalosa caída.

En los albores del siglo XXI, el cauce seco del Salto quedó convertido en caño de alcantarilla y ya no sirve ni a los suicidas de los que tantas crónicas escribió José Joaquín Jiménez (Ximénez), antes de pescar una mortal pulmonía en 1946.

En la segunda mitad del siglo XX, Francisco Leuro publicó una antología de sus crónicas titulada Siempre llovía en Bogotá11, en la que se remonta a las pilas públicas de finales del siglo XVI y hace un recorrido por las costumbres bogotanas asociadas al agua hasta finales del siglo XX.

Ortega Ricaurte también narra la historia del Parque Gaitán o Lago de Chapinero, que fue resultado de las corrientes subterráneas del norte de la ciudad. “Este extenso lote fue adquirido por José Vicente Gaitán, en compañía de sus hermanos. Para regocijo de los chapinerunos y diversión de los niños, inició la construcción de un parque, con muchos atractivos, semejantes al Coney Island de los Estados Unidos, a fin de que en tan agradable lugar se pudieran pasar ratos de esparcimiento tan necesario y tan escaso en esta metrópoli […] Todos los bogotanos disfrutamos de ratos muy agradables en aquel sitio; y creo que ninguno se quedó sin remar en aquel lago, donde había regatas [...] Hasta hace pocos años el Parque Gaitán era el sitio predilecto del paseo dominical de todas las empleadas del servicio doméstico y de los policías en vacación”12. Hoy se encuentra allí el centro comercial Unilago.

Esta historia del agua en Bogotá también da cuenta de las luchas “a tubo partido” por el derecho al agua, y las relaciones conflictivas de sus habitantes con las administraciones locales. Se podría decir que casi la mitad de los barrios que surgieron en el siglo XX en la capital eran ilegales, razón de más para organizar brigadas comunales con el propósito de construir redes clandestinas de acueducto y alcantarillado. Además, muchos de los barrios del sur se construyeron sobre lagunas que los urbanizadores piratas rellenaron como si se tratara de vulgares pantanos. Y detrás de esas aventuras siempre hubo líderes comunales que dejaron su testimonio en libros como Bogotá historia común de memorias urbanas13.

El autor de la crónica “El Libertador a los cuatro vientos”, José Oscar Garzón ― quien también participa en esta antología con una crónica nostálgica sobre el ríoTunjuelito―, recuerda que alrededor de los chircales había numerosos charcos y en sus salidas al monte atravesaban los trigales para irse a bañar a las aguas cristalinas y frías del río Tunjuelito. Pero sus problemas llegaban en invierno, porque cuando llovía se desbordaba la quebrada La Albina, inundaba todas las casas y tenían que llamar a los bomberos.

Don Luis Ortiz, conocido como ‘El viejo bucanero’ ―fundador de Isla del Sol―, recoge en el mismo libro testimonios de sus vecinos, que padecieron como él los barriales del barrio, porque “aquí cuando llueve mucho se derrite el pavimento”. A falta de servicios públicos y de recolección de basuras, les tocaba salir de noche a tirar la basura al río Tunjuelito; pero cuando tuvieron acceso a los servicios se sintieron bien servidos, sobre todo por el agua, que surtía el acueducto de Vitelma14.

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A partir de la lectura de estas crónicas, sobre todo los más jóvenes comenzarán a valorar ese patrimonio húmedo de Bogotá que se les está escurriendo de las manos, y los mayores a evocar otras épocas que se les habían evaporado en la memoria, cuando el agua era un medio de subsistencia, conflicto y diversión. Quizá quien mejor representa este sentimiento es un cronista bogotano que murió joven (1963-1995), y que recuerda en la crónica titulada “Adiós a las ranas”: “Se fueron para siempre las ranas, las tardes de viento, las cometas, las botas pantaneras y los pantalones cortos […] El lugar donde hoy se levanta el Bulevar Niza era el espacio de los safaris acuáticos de los niños de Niza. Desde muy temprano salíamos a la calle para iniciar la cacería de ranas y sapos […]”15.

Invitamos a los lectores a hacer su propio ejercicio de memoria en el curso de la lectura, porque podrían haber tapado la mayoría de los ríos que corrían libremente por Bogotá, pero no los recuerdos de sus habitantes.

Maryluz Vallejo Mejía
Coordinadora académica
Memorias del Agua en Bogotá
 

  

1 Pizano, Daniel, Antología de grandes crónicas colombianas, Aguilar, Bogotá, 2003, Tomo I, pp.254-25
2 “Apuntes para la historia de Chapinero”, en Miradas a Chapinero, Archivo de Bogotá, Planeta, 2008, p. 51.
3 Revista Eco, Bogotá, vol. 34, marzo de 1971, pp. 493-500.
4 “La tiranía de la higiene”, en Gotas de Tinta, Colcultura, 1977, p. 268-270
5 Clarín, Bogotá, 16 de noviembre de 1950
6 Octubre 31 de 1958.
7 Míster Cocklin, El Tiempo, 6 de agosto de 1998.
8 Revista Eco, vol. 34, marzo de 1971, pp. 493-500.
9 Op. cit, p. 496.
10 Samper Pizano, Daniel, Antología de Grandes crónicas colombianas, Aguilar, Bogotá, 2003, Tomo I, pp. 120-123.
11 “Las pilas públicas” (29 de abril de 1975) en Siempre llovía en Bogotá, 2001, p. 323.
12 Ídem, p. 110-111.
13 Bogotá, historia común, Concurso de historias barriales y veredales, volúmenes I y II, Acción Comunal Distrital, Imprenta Distrital, 1997 y 1998.
14 “Relatos de la Isla del Sol”, en Bogotá historia común, volumen 1, pp. 88-8.
15 Chaparro Madiedo, Rafael, Zoológicos urbanos, Universidad de Antioquia, 2009.

 

Título: Prólogo: Bogotá, zona húmeda patrimonial
Lugar: Bogotá


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