ELSA
"El profesor Nieman hacía largos años que estaba agregado a la Universidad de Hildelberg. Había enseñado sucesivamente la literatura griega, la historia y la filosofía con incomparable brillo. Laureado por las facultades francesas, autor de un estudio sobre Lucrecia, que es una obra maestra de elegancia y de erudición, el profesor Nieman se había recreado algunas veces en la novela. Había publicado cortes romances melancólicos y castos que aparecían en francés en la Revue des deux Mondes, en inglés en la Ilustrated Review, en alemán en la Kolnische Zeitung , y era maravilla ver con cual instrucción del genio de las lenguas el profesor escribía sus exquisitas novelas.
Con la distinción de su espíritu y la reputación adquirida antes que la juventud hubiese muerto, Nieman habría tenido derecho a aspirar a una situación eminente en la prensa, en la diplomacia, en la política. En varias ocasiones habíasele ofrecido un asiento en el Reichstag y misiones brillantes en el extranjero. Pero había rehusado todos estos honores con una voluntad tranquila que ninguna solicitud pudo vencer.
Era un hombre sin ambición, sin impaciencia de ver por levantarse el mañana más bello que el día presente, y había dicho en más de una ocasión que esperaba envejecer y morir en la ciudad universitaria donde había crecido y donde había llevado, antes de ser profesor, la gorra del estudiante.
No recuerdo, sinembargo, haber encontrado un hombre que tuviera menos que él el físico de su profesión.
Nieman no era en ninguna manera el sabio mal vestido y ceñudo que llevaba sobre si el olor de las bibliotecas. Su talla era elegante y su ropa blanca de irreprochable frescura. Tenía las manos blandas y largas, manos de mujer, y sus facciones delicadas iluminábalas una mirada que había permanecido joven después que en su rubia cabellera se veían algunos hilos de plata.
El profesor Nieman llevaba una existencia muy tranquila. Desde la época ya lejana de sus estrenos había conservado siempre el mismo pequeño aposento en la Friedsstrasse, modesta morada en donde algunos antiguos gravados, un piano y una magnífica biblioteca recordaban al artista y al literato. Nieman recibía allí a muy pocas personas. Se mostraba con cada cual afable y cariñoso, pero parecía tener poca prisa en hacerse de amigos. Se le había conocido refractario al mundo, y rehusado cortesmente toda invitación a las tertulias y a las partidas de placer. Si a veces se conseguía llevarle a alguna reunión íntima, hablaba de todo con el encanto de un hombre que sabe mucho, y con la reserva de un espíritu delicado que no quiere fastidiar a los demás con la exhibición de su ciencia.
Durante los primeros años de su permanencia en la Universidad, cuando estaba en todo el brillo de su juventud y ya en toda la madurez de su talento, Nieman había sido solicitado en distintas ocasiones para que se casara. Se le habían presentado jóvenes ricas y bellas; pero, sin dar jamás explicaciones el profesor había declarado que su intención era permanecer celibatario, y había persistido en esta actitud con tanta firmeza que los suegros más encarnizados habían concluido por dejarlo tranquilo.
No se le conocía, por lo demás, ninguna relación femenina. Estudiante, había formado parte, decían, de una de esas sociedades de castidad que florecían en Alemania hasta ahora veinte años. La sociedad se había disuelto, pero sin duda Nieman había continuado fiel a su voto.
Sin embargo, el profesor recibía cartas, a raros intervalos, que parecían venir de una mujer amada. Varias veces tuve oportunidad de ver entre los sobres la letra fina y delicada de la dirección; un perfume aristocrático se exhalaba del papel elegante, blasonado con una corona y timbrado de Roma o, de alguna otra gran ciudad de Italia.
Los días en que el profesor Nieman había recibido alguna de esas cartas, se convertía en otro hombre. Su latitud habitual daba lugar a un buen humor pasajero. Y, cosa maravillosa, en esos días Nieman parecía interesarse por la vida.
Pero, transcurridas una o dos semanas, su semblante recobraba su expresión de tristeza, y las facciones del profesor se animaban sólo con los buenos versos o la buena música; y todavía escuchaba con penosa impresión los cantos de amor y las poesías ardientes de ternura. Era algún recuerdo? Acaso eran remordimientos de no haber amado? Era quizá el sufrir vago de un hombre que oye hablar ante si un idioma desconocido? Nadie habría podido decirlo, y cada cual tenía el derecho de comentar a su antojo.
En el invierno de 187.... el profesor Nieman pareció más abatido que de costumbre. Sus mejillas se hundían, sus ojos tenían una expresión de fatiga y desaliento. Observé que hacía largo tiempo no le llegaba ninguna carta de Italia y, lleno d compasión por desgracias ignoradas, me dediqué tiernamente al pobre enfermo. Llegué, así, poco a poco, a hacerle salir de su soledad, a sacarlo en la tarde del vacío aposento donde nadie le aguardaba, donde nadie debía amarle. Pasábamos la noche al lado de mi chimenea, con los pies sobre los morrillos, fumando largas pipas, hablando de mil cosas.
Una noche, alentado por una intimidad ya larga., le pregunté de improviso :
-Nieman, jamás habéis tenido un amor desgraciado?
Retiró su pipa, movió la cabeza, y respondió sin ninguna emoción:
-No, ni amor desgraciado, ni amor afortunado. Jamás he tenido amores.
-Cómo exclamé, ni novias, ni caprichos?
-Ni caprichos!
-Ni prometida?
-Nunca.
-Entonces, proseguí yo, no habéis amado jamás a ninguna mujer? El profesor se recogió un instante. Parecía vacilar en responder. En fin con su palabra grave y suave dijo:
-Bien puedo referiros mi juventud.
Y comenzó.
Cuando tenía diez y siete años se apoderó de mí un gran cansancio de la vida. No me conocía ninguna pena; mis padres, ricos comerciantes, me hablan hecho dar una buena educación y se consagraban a hacerme muy feliz. Habíame sentido muy embarazado para definir mi mal e indicar la causa de mi melancolía. Estaba cansado......cansado como el viajero que pensando desde el amanecer en lo largo del camino, se sienta desalentado al borde del sendero..........
No me parecía que la vida pudiera tener para mí el menor atractivo, y en vano había buscado el medio de interesarme por alguna cosa. Todo me fastidiaba, y se apoderó de mi un violento deseo de dormir, de dormir siempre.
Cerca de la casa de campo de mi padre hay en Eisheim un antiguo castillo rodeado de un parque inmenso. Una extensa laguna límpida y profunda como el cielo, extiende su sábana azulada bajo la sombra de los olmos sauces ; allí florece la miosotis.
Amaba esas flores, amaba esas aguas, amaba esa calma y esa paz. Con frecuencia, llegada la noche, salvaba la pared del parque, y me sucedía permanecer allí hasta la llegada de la aurora, envuelto por los rayos de la luna o humedecido por el rocío. Era ahí, si, era ahí donde algún día iría a buscar el reposo.
Cierta noche, habiendo deliberado conmigo mismo, y habiéndome convencido del largo fastidio de la vida, me resolví a concluír. Era en Otoño : era la estación maldita en que las flores se deshojan; en que el ángel de las bellas noches extiende sus alas hacia cielos más suaves. Mi lasitud me condujo hacia el parque del castillo y salvé sin pesar la antigua pared que me separaba de la eternidad.
Seguí suavemente la gran avenida que conduce a orillas del lago. Un pálido rayo de luna, a menudo cubierto por las nubes, filtraba a través de las ramas ya deshojadas. Vínome a la memoria una frase de Schubert, la frase melancólica del Adiós.
Ya se me presentaba en medio de su corona de juncos el hermoso lago tranquilo y solitario. Corrí, corrí..... tenía prisa de sepultarme en esa serenidad, en ese olvido, y arrojando en la orilla mi gorra de colegial, me dejé caer cerrando los ojos......
Experimenté una vivísima sensación de frío; después un grito seguido de otro rasgó la noche, y una pequeña mano cayó sobre mi, estrechándome muy fuerte y manteniéndome en la superficie del agua.
Cuando hubo pasado el primer instante de estupor, oí una voz fresca y joven:
-Sosteneos bien, tomad el borde de la barca.... Tenéis fuerzas?
Instintivamente levanté los brazos y me encontré asido a una pequeña embarcación que se inclinó con mi peso.
La claridad de la luna me mostró entonces distintamente, las facciones de la que me había salvado. Era una joven alta, esbelta, de apariencia muy delicada, y, sin embargo, sus manos oprimían mis brazos con sorprendente vigor; otra mujer sentada en medio de la embarcación, hacía fuerza de remar hacia la orilla. Muy pronto toqué el fondo con el pie y sentí que tendría fuerzas para llegar hasta el ribazo. Lo conseguí como pude asiéndome de las cañas que forman al lago como una cintura verde; pero apenas había dado dos o tres pasos en la ribera, cuando caía desmayado.
Recobré mis sentidos delante de un gran fuego, en medio de una sala muy alta con tableros blasonados. Mi padre, el Doctor Vogel y el Conde Albretcht de Schoenfeld en persona me rodeaban solícitos; el Doctor con una rodilla en tierra me friccionaba con fuerza; mi padre sollozaba.
-Desgraciado niño, me dijo; has querido morir ; acaso yo te he causado alguna pena ?
--Oh padre mío, ni vos ni nadie!
-Sin embargo, tú sufres.
Profundamente.
_Y por qué sufres Franz, por qué sufres hijo mío ?
-No lo sé, estoy muy cansado de la vida. El Conde Albretcht levantó los brazos al cielo.
-Qué blasfemia, exclamó, cansado de la vida, a vuestra edad; pero hijo mío, si apenas tenéis diecisiete años!
-Sin embargo, estoy muy hastiado, ,nada me interesa en el mundo, nada para qué vivir ?
El Dr. Vogel sacudió la cabeza.
-Vamos, dijo, creía que había querido jugar a las Werther. Esto es más grave. Lo que mata a este niño no es el mal de amor sino el spleen. Sr. Nieman será preciso vigilar de cerca a vuestro hijo.
-Sí, sí, interrumpí con una especie de rabia, porque volveré a comenzar.
Mi padre quería que me trasportaran inmediatamente a casa, pero el doctor se opuso formalmente.
--Prevee, dijo, un violento acceso de fiebre. Vale más que Franz no salga de aquí.
Quedé, pues, en el castillo de Eisheim, y el Doctor no se engañaba, porque durante ocho días estuve entre la vida y la muerte. Por fin pude levantarme y el médico autorizó algunos lentos paseos en el parque. Entonces fue cuando vi por segunda vez a la joven que me había salvado.
Se llamaba Elsa; era hija única del Conde y no tenía más que quince años.
En cuanto me vio se dirigió hacia mí, y me hizo sentar a su lado.
-Señor Franz, dijo con gravedad, estáis curado?
-Estoy enteramente fuera de peligró señorita; os doy las gracias.
- es eso lo que quiero decir; estáis curado de vuestras negras ideas?
Hice un gesto indefinible; la joven continuó sin mirarme.
-Sin embargo ha sido una gran suerte que se me haya ocurrido dar un paseo nocturno sobre el lago! Sin mí dormirías ahora.
-Si, repuse; dormiría, seria feliz.....
Me asió una mano con indecible melancolía.
-Señor Franz, continuó en vos muy suave, no quiero que muráis. Seré vuestra amiga y cuando vuelvan los días de hastío acudiréis a mi lado. Vamos, apoyaos en mi brazo. No es cierto que es extraño ver a una muchacha como yo sostener a un gallardo mozo como vos?
Estaba tan bonita y tan graciosa al hablarme así, que no pude dejar de sonreír.
-Ya veis, dijo, la curación empieza.
Preguntóme afectuosamente las causas de mi gran pesar. Tenía vergüenza de no poder encontrar ninguna; me fastidiaba y nada más; la vida me era pesada; cosa ninguna de este mundo podía inspirarme interés.
-Os receto, dijo, que trabajéis mucho, que leáis muchos librotes y que vayáis seguido a ver al eminente profesor Elsa Sohoenfeld para que conjure al espíritu del mal. El tratamiento empesará mañana, y para principiar, el doctor prescribe que se dé con él un largo paseo todos los días.
La convalescencia se operó rápidamente. El Dr. Vogel me habla entregado graciosamente a la que él llamaba su eminente colega. Pasaba con la señorita de Schoenfeld la mayor parte de mis días. Se ingeniaba en variar las recetas y en distraer al enfermo de todas maneras. Ya teníamos que leer juntos una poesía de Goethe, ya debía ayudarle a descifrar una mazurka de Chopin. La joven era de un carácter muy franco, muy perseverante, muy activo.
-También tengo mis días malos, decía; suelo estar muy aburrida, y entonces me siento al piano y trabajo.
Puedo decir que esas palabras me han salvado. Hasta entonces había tenido muy poca afición al estudio.
La señorita Schoenfeld me inclinó insensiblemente a adorar la poesía, la música, la bella literatura, y por impulso propio llegué, poco a poco, por una progresión insensible, a ocupar mi ocio.
En estas excelentes disposiciones salí de Eisheim, para ir a seguir a la Universidad de Hiedelberg los estudios de historia y de filosofía. Me encarnicé en profundizar los problemas más insolubles, en agotar las más áridas cuestiones. Pero cuando fatigado de vivir en el mundo sobrenatural de la ciencia, volvía a la vida real, mi hastío, mi inconmesurable hastío, recobraba su imperio.
Entonces el alivio me llegaba en una dulce y gozosa carta de Elsa. El mal no resistía a ese tratamiento de pura amistad. Cuatro páginas de puño y letra de la señorita Schoenfeld discipaban el hastío por cuatro semanas.
A veces cuando conocía que la crisis sería más violenta-al acercarse el otoño, por ejemplo-recurría a los grandes remedios. Dejaba la Universidad, volvía a Eisheim, y el doctor recetaba de nuevo los grandes paseos de brazo. Juntos veíamos marchitarse las últimas hojas, y cogíamos juntos las Últimas flores de No me olvides. La joven estaba a mi lado, el lago, el hermoso lago, tranquilo y puro no me atraía ya a su seno fatal.
Tres o cuatro anos transcurrieron así. No era feliz, pero estaba mucho más tranquilo. La vida no me interesaba, pero conseguía matar los malos días sin sufrir demasiado. Una sonrisa de Elsa, una carta, una chanza dulce y encantadora me consolaban do mis semanas de spleen.
Elsa tenía entonces veinte años. Un día, una hermosa mañana de octubre, me llamó aparte y apoyándose dulcemente en mi hombro:
-Franz, me dijo, muy pronto me casaré. No os causa pena eso?
Recibí con mucho gusto aquella noticia. Jamás había sentido amor por la señorita Schoenfeld. El sentimiento que me unía a ella era una tierna y agradecida amistad. Siempre había pensado con alegría en el momento en que diera su corazón a un hombre digno de poseerlo. Poro temía que se hubiese engañado, que su matrimonio no fuese la obra de amigos demasiado oficiosos. La habrán consultado? Amaría a aquel cuya mujer iba a ser?
Mi amiga me tranquilizó completamente. El barón Cristian de Leuze era su prometido desde varios años atrás. Era un joven diplomático, pariente bastante lejano de su familia, a quien yo no había visto nunca, porque varias misiones confidenciales en el extranjero lo habían tenido constantemente alejado de nosotros. Pero la fe jurada había sido respetada por ambas partes y, de vuelta a Alemania, el Barón venía a reclamar del conde Albrechet la ¡recompensa de su fidelidad.
Al día siguiente, por la mañana, lo vi en el castillo de Eisheim.
- El Barón se dirigió a mi teniéndome la mano,
-Sé, me dijo, que sois grande amigo de Elsa;. queréis permitirme que sea vuestro camarada?
Tenía una sonrisa leal y bondadosa.
- Amáis mucho a la señorita Schoenfeld, le pregunté.
-Le he sido fiel durante largos años, dijo. La habla visto muy pequeñita. Un día peleamos por una porfía, por una disputa de juego, por una nada. La pobrecita se puso a llorar. Me parecía que esas lágrimas caían sobre mi corazón, y desde entonces juré no casarme con ninguna otra mujer. La señorita Schoenfeld ha sido el sueño de mis altos juveniles y, rarísima felicidad, puedo decir, que me caso con la joven a quien siempre he amado.
Elsa había acudido durante esta conversación; abrazó tiernamente a su prometido y tomándome la mano:
-Cristian, dijo, este es un pobre enfermo que os encomiendo. En adelante. seremos dos para amarlo, para sostenerlo en la vida. Es un salvamento en que os cedo la mitad.
Celebróse el matrimonio pocos días después. Ese fue uno de los pocos días felices de mi vida. Veía a Elsa radiante y transfigurada. No se dirigía al templo como tantas jóvenes casadas a un pesar, que guardan en su corazón un nombre querido; que se adelantan hacia el altar como las víctimas antiguas, todas pálidas en su traje nupcial, y con una corona de espinas debajo de las rosas. No, su amor era profundo, era fiel y correspondido. Di las gracias a Dios por haber dado la felicidad a la joven que habla sido mí ángel guardián !...................................
Qué más os diré querido amigo? Los años que han seguid. no han producido en mi vida ningún incidente nuevo. Como los pueblos felices, puedo decir que no tengo historia. Acaso los hombres desgraciados serían a veces semejantes a esas naciones venturosas?
He querido permanecer en la Universidad do Heildelberg; para qué buscar la felicidad a lo lejos ?
Kant, nuestro pensador, murió sin haber salido de Koenisberg, en cuanto a mi, me basta mi pequeña cátedra de profesor. He cumplido mi deber social, instruyendo a los jóvenes de mi generación; creo haberlo hecho con una grande imparcialidad y un sincere deseo de serles útil. Moriré en mi ciudad universitaria, cuando haya sonado la hora impacientemente esperada por mi melancolía. Y no habré perseguido a través de lo desconocido la felicidad, esa rosa azulada de la vida terrestre.
No me he casado. Elsa llena todo mi pensamiento; aun cuando el sentimiento que nos une a una mujer sea pura amistad, nos es imposible dividir nuestro corazón.
Elsa! Durante los primeros años que siguieron a su matrimonio, tenía la felicidad de verla a menudo. El barón Cristian desempeñaba un empleo en la Corte; pero llegado el Otoño, venía a cazar en los grandes bosques que rodean el Castillo de Eishion. Entonces nos reuníamos los tres y pasábamos las noches sentados junto a les primeros fuegos de leña en la estación fría, llamas gozosas y locas como las ilusiones de la juventud. Nos agradaba pasearnos en las alamedas ya sembradas de hojas marchitas. Elsa soltaba el brazo de su marido y me rogaba, me mandaba que me apoyase en el suyo.
-No soy para siempre vuestra amiga, vuestro sostén? decía.
Será mi gloria de mujer velar por una pobre alma martirizada como la vuestra.
Yo quiero Franz, que siempre vengáis a buscar valor a mi lado.
Ay! la provisión de valor que había hecho se había agotado El barón de Leuze salió de Alemania; fue nombrado Secretario de la Legación en Roma y Roma está muy lejos.
Elsa partió, prometiéndome escribirme a menudo. Durante un año he recibido muchas largas cartas que me confortaban y disipaban por algunos días las tinieblas de mi alma.
El tiempo siguió su curso. Las cartas se hicieron cada vez menos frecuentes y hoy ha cesado del todo.
Con frecuencia reflexiono con tristeza, pero sin amargura, en este abandono: no me quejo de la señora de Leuz . Acaso la vida no se compone de olvido, de amistades que se dejan morir en el corazón, sin maldad, sin ingratitud, solo porque no se piensa en ello y porque la corriente de cada día nos arrebata hacia otra parte? Además, no desanimé yo a ese corazón tan perseverante? Elsa hubiera querido curarme y solo ha conseguido hacer de mi un pobre melancólico que arrastra su vida. Pienso amenudo en ella, y reconozco que ha dado pruebas de un gran valor, de una paciencia tierna y sublime. Si después de tantos años la han separado de mi las preocupaciones del mando, no por eso sea menos bendecida!
Al terminar su triste relato, el profesor Nieman se levantó y de un cajón de su secreter un paquete de cartas cuidadosamente amarradas.
- Aquí está su correspondencia, me dijo. Me agrada releer estas buenas y gratas páginas, tan llenas de consejos y de estimulo afectuoso. Sé de memoria cada línea, cada signo, cada acento; el único descanso de mis interminables noches es posar mis ojos sobre esas líneas que ella ha trazado. Ay! ya no aumentará el número de sus letras.
Durante los días siguientes, nuestro pobre amigo se sintió peor. Veía que se acercaba el invierno y decía que no tenía valor para ver la nieve, para oír gemir el cierzo entre los grandes árboles. Sin embargo, se empeñó en terminar su curso. Quería concluír el brillante estadio que había comenzado sobre la teoría de la "Segunda Reminiscencia de la Escuela Platónica", estudio que había atraído a Heidelberg a un gran número de estudiantes extranjeros.
Hubo que sacarlo cargado al terminar la última lección y el pobre maestro cayó a la cama para siempre.
Los médicos fueron impotentes para diagnosticar una enfermedad clasificada.
Nieman moría de una afección mal definida; se extinguía porque ya no tenía fuerzas para vivir.
Prodigáronsele los más solicitados cuidados pero en vano.
El enfermo los recibía con agradecimiento, pero con la amarga satisfacción de un desesperado que sabe que por fin ha llegado la hora de dormir, de dormir sin cesar.
Nieman no pronunció jamás el nombre de Elsa, pero cuando llegaba el correo se incorporaba en su lecho, y miraba con avidez hacia la puerta. Y cuando le había puesto a su alcance las correspondencia, ninguna de las cuales volvía del país soñado, caía de nuevo en su abatimiento acostumbrado.
El 5 de Noviembre, los doctores me previnieron que eso día sería sin duda el último; el enfermo se debilitaba de hora en hora. En la mañana, las corporaciones delegaron tres miembros elegidos entre los alumnos que más hablan amado al maestro, y en nombre de todos fueron a darle el eterno adiós.
Cuando lo. jóvenes salían de la pieza del moribundo, fui prevenido de que una señora extranjera deseaba hablarme con instancias.
Me encaminé al hotel donde me aguardaba la viajera. Era una mujer de treinta y cinco a treinta y ocho años, alta, muy bella, de que soberana distinción. Se dirigió calorosamente a mi; sus ojos profundos estaban velados par las lágrimas.
-Señor, me dijo, he sabido que el señor Nieman estaba peligrosamente enfermo. Podríais llevarme a donde está? Soy una antigua amiga; me llamo Elsa de Leuze.
Algunos momentos después, entrábamos en la pequeña cama del profesor. Entró solo a su pieza; al verme, Nieman se incorporó penosamente.
-Amigo, le dije, traigo noticias de Italia!
Pero su mirada de enfermo buscó a Elsa en el hueco de la puerta donde se mantenía oculta.
-Gracias, contestó débilmente el profesor, Dios es bueno para conmigo; porque no son noticias las que me traeis. Es Elsa que viene; aquí está..... me alegro mucho de volver a verla.
Corrió hacia él: le tomó la mano derecha entre las suyas, y ella se arrojó sollozando al pie del lecho.
Nieman parecía haber recobrado algunas fuerzas; hablaba muy distintamente:
-Os doy las gracias; sentía partir sin deciros cuanto reconocimiento llevo en el corazón. No es culpa vuestra, agregó en voz triste, si era sobrehumana la tarea que habíais emprendido.
Franz, dijo en tono suplicante, Franz, perdóname ha sido criminal. La vida me ha encadenado con sus placeres de cada día. Estaba embriagada de triunfos, de alabanzas, del perfume de las flores de baile, y olvidé a mi pobre enfermo, olvidé mi misión. Ya no me atrevía a escribirlos.......Ya lo veis...... pasaron semanas que seguida meses, después años: tenía saber que no habíais podido soportar la vida sin mí.
Franz diseñó nuevamente su sonrisa entristecida.
La joven comprendió su terrible significación.
-No, exclamó, no, todo no ha terminado! Viviréis, puesto que estoy aquí. Cómo podréis morir, Franz, cuando estoy a vuestro lado, cuando os hablo, cuando estrecho paternalmente vuestras manos? Os llevaré al castillo de Eisheim. Todavía quedan días agradables; los pasaremos en el parque, a las orillas del lago azul; y, cuando venga el invierno, iréis conmigo a gozar un poco de los hermosos rayos del sol de Italia.
El profesor escuchaba con el aire indulgente de un hombre que ha puesto el oído a sueños infantiles.
-Gracias, dijo, gracias. Es demasiado tarde. Suena la hora del reposo.
En seguida miró a la joven con inexplicable sentimiento de gratitud y afecto, y en voz más fuerte le dirigió todavía estas palabras que fueron las últimas:
-Adios Elsa; adios querida amiga mía!!
Alberto Batille.
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La atmósfera política se ennegrecía con densos nubarrones desde el 82; la efímera presidencia Zaldúa, las evoluciones de Otálora, el peligro Núñez que los radicales veían con ojos de profetas y tánto y tánto signo de los tiempos, anunciaba cosas que estaban por venir.
Los estudiantes de Derecho se preocupaban por todo eso, nosotros-los de Ciencias Naturales y Matemáticas- estábamos seguros que las cosas seguirían como iban, siendo nuestro único afán estudiar, estudiar, estudiar.
Dos figuras notabilísimas brillaron entonces como astros de primera magnitud en la Escuela de Ingeniería Civil: BRAULIO RENTERÍA y ROBERTO VILLARUEL; en el ramo analítico el uno, en el geométrico el otro; si no hubieran muerto tan jóvenes hubieran sido orgullo-como lo fueron en la Escuela-de la Patria Colombia. Cuál es el destino de los hombres? Por qué sobrios y fríos se lanzan luego en el torbellino de violentas pasiones? Por qué luego, en la carrera de la vida, las cosas cambian tánto? Preside acaso el Fatum sobre el desarrollo de todas las cosas? O es que es cierto lo que Valencia dijo: "La mujer es el cruel enemigo del hombre?"
En la clase de Algebra superior presidía Braulio, el estoico, el abstemio, el que solo se tomara un vaso de helados y al que nadie pudiera convencer de ir a ver muchachas. El nos explicaba, haciéndonoslo entender, aquel horror didáctico, que se llama el teorema de Sturm; la serie terrorífica de donde viene, e, la base de los logaritmos neperianos y otras tántas ferocidades algebraicas que, en esos tiempos, se enseñaran con muy poco mètodo.
Graduado con los más grandes honores, esperanza cierta de la ingeniería nacional y orgullo patrio en ciernes, fuése a su tierra la ardiente Cartago donde el sol brilla implacable, caldeando la sangre y retemplando los nervios.
Cerca a Cartago está el pueblecito de El Zarzal donde parece que Dios, desde el cielo, arrojara a la tierra ramilletes de flores para hacer sus mujeres. Y allí el abstemio, el frío...........
Cómo murió? No se sabe bien; encontráronlo, al amanecer, roto el cráneo contra un árbol, caballero muerto sobre caballo muerto.
Corriera, me imagino, en noche oscura por el inmenso llano en busca del amor; frenética carrera, prisa por llegar pronto al lugar ansiado-caballero del amor y la muerte- ciegos corrían caballo y jinete.
La Muerte en forma de árbol no previsto se interpone en el camino, implacable y fatal.
Que Huríes te hayan recogido en el cielo, Braulio; que éllas te hayan vendado la destrozada cabeza y con lienzos embalsamados hayan curado tu macerado cuerpo !
Roberto Villarruel murió tristemente en Fusagasugá; tan bueno, tan merecedor de un largo porvenir !:
"Danza todas las danzas que ha tejido el Oriente,
las que prenden hogueras en la sangre liviana
y a las plantas deshojan, de la déspota humana
o la flor de la vida, o la flor de la mente?"
Soplo de castidad sensual de la casta Alemania, llegáronnos las traducciones que Pérez Bonalde virtiera, en rima sugestiva y extraña, del Cancionero y las otras poesías de Heine. Sobre almas de adolescentes cayera aquello como lava encendida, oscura y sin luz; el calor opaco de lo que se siente y no se ve.
"La mano apoya contra el pecho mío.
Sientes de un duro golpe la inquietud!
Es que hay adentro un carpintero impío
que labra mi ataúd."
y todo el Heine de Pérez Bonalde quedó en nuestra memoria.
Más tarde, años después, mi esposa, mi idolatrada Lile, arrullaba a sus hijos con tonadas de cuna, inolvidables por lo tiernas; la rima de Heine se repitiera corno
ritornelo que nunca podré olvidar:
" Levántate amado, levántate Enrique,
ya el día infinito radioso despunta;
sacuden los muertos sus blancos sudarios,
entreabre sus puertas la eterna ventura"
Así, desde mi adolescencia hasta ahora, Heine, representó para mi, papel muy grande en la vida interior y, en los momentos de tristeza grande del presente, tarareo el arrullo de cuna cual en tiempos felices lo oyera:
"Alzarme no puedo, no puedo amor mìo,
profundas tinieblas sin fin me circundan,
que a fuerza de llanto perdieron mis ojos
la luz que a las almas alegra y alumbra."
De los viejos tiempos y las buenas épocas de días mejores sacó, mi tía Mercedes, la idea de establecer en su casa de San Victorino una tertulia semanal de adolescentes; romántica como élla lo era, dióse el gusto de fundar un "Parnacillo" en donde los jóvenes tuvieran ocasión de pulirse con el trato de las damas dando pujo a sus bríos literarios. Ella, que enamorada de la obra musical de Ponce, bautizara a su última hija con el nombre de Florinda, quiso también que la futura sociedad de jóvenes llevase un nombre romántico: La Trinitaria, nombre de flor. Hétenos aquí bailando todos los sábados donde mi tía Mercedes.
Conocía el amor por los libros y, aunque García me hubiera llevado ya a los lupanares nunca sintiera cosa en mi alma semejante al amor; creílo encontrar aquí y allí; mas sólo lo sintiera luego, mucho más tarde. Amor de libro vana fantasía; pero, asì y todo, obsecante y dominador.
Que nos enamoramos? Claro que si: Laureano de una de mis primas, yo de una de las suyas; no podía ser de otro modo.
TERESA!, tú no has envejecido; el tiempo sobre tí no puede pasar. Agua corriendo sobre un lecho de diamante cómo puede gastarlo ?
Tu belleza desafía al tiempo, desafía a las penas, desafía a la vida. Y tú ahora-tras tantos años que han pasado-has de ser la misma: magnífica, opulenta, perfecta!
Sí, yo te veo ahora niña de quince años; tan bella, ilusión para todos. No alegre, meditabunda tal vez. Frìa tal vez, pero excelsa. Minerva te llamara mi fantasía de adolescente estudioso; Palas magnífica. Nos quisimos, dime?
"......yo no lo sé; mi vida,
de la tuya hace tiempo desprendida
se demuestra rebelde a la pasión;
pero hay horas, hay horas en que al verte
no pudiendo ya unir a ti mi suerte
prefiriera vivir sin corazón! "
Oh mi Palas tan bella. Por qué no nos casamos? Tus hijos serian los míos. Juntos viviéramos en la ciudad querida; la brisa fría de la Sabana acariciara nuestras viejas frentes. Juntos subiéramos la falda del cerro y, desde el atrio de la Capilla de Egipto, miráramos el espléndido panorama que, para nosotros se extendía, hacia abajo. Allá, en el confín del horizonte, las blancas cumbres del Tolima y del Ruiz, eternos testigos de todas las mudanzas; más acá, nuestro valle tan bello-liquida esmeralda la Sabana- al pie de la Ciudad; desde los altos campanarios, hasta nosotros llegaría el repique alegre de las campanas de Bogotá, las únicas que suenan llevando al alma toda la vibración de su metal. Luego, bajar despacio la empinada cuesta, hablando sabe Dios de qué!
Tu hado y mi funesto hado forjaron las cosos de otro modo; de aquel amor primero dejáronme el obsecante recuerdo.... , a ti qué te dejaron ?....
Con sorprendente talento musical, mis primas sabían organizar exquisitos concertetos que amenizaban extraordinariamente las reuniones de la Trinitaria, desenvolviendo en todos el amor, la pasión, por la buena música. Lola Forero, adolescente, más que para su edad crecida, bella y ardiente a lo odalisca, dejaba correr su voz suave y espléndida-elemento de la orquestación-haciéndonos entrever entonces lo que viéramos mucho después en nuestro teatro Colón: la segunda manera de Verdi, el divino Meyerber de Hugonotes y el Profeta.
También el viejo Vargas contribuyera, en mucho, a despertar en mí el sentido de la verdadera música ; él no comprendía sino a Bethoven, y, horas enteras sentados cerca al magnifico piano de cola, el mejor adorno de su casa en Santa Inés, hacía que sus dos hijas mayores tocaran a cuatro mano las óperas numeradas del Genio de la Música; comentando, para los adolescentes de la familia , la sinfonía magnífica
Puede decirse que, factor eficiente de la formación del gusto musical en Bogotá, fue el doctor Antonio Vargas Vega, como también maestro modelador de las inteligencias. Que una ola de justicia venga sobre este hombre ilustre!
Con los primeros vuelos en la sociedad los adolescentes, que principian a ser jóvenes, cambian puntos de vista e ideales más precisos se van entretejiendo por dentro; la trama de la vida váse delimitando en contornos y figuras; deseos precisos, formas mejor definidas que en la infancia.
La mujer aparece en la escena, vaga, indecisa al principio, después cierta. Por un sentimiento de la innata enemistad de los sexos deseamos dominarla.
Será cierta la tesis de Schopenhauer de que en el recóndito odio de los sexos entre sí está la aspiración de la humanidad al aniquilamiento ? Será cierto que existe el deseo innato en la criatura de hacer ver al Creador la inutilidad de su obra ?
Sea lo que fuere, en la primera juventud la idea que tenernos de la mujer es muy diversa de la que luego, la experiencia nos enseña. En esa edad deseamos vencerla, dominarla, aniquilarla. Presiente acaso nuestro organismo que más tarde seremos los esclavos de la hembra? Queremos defendernos? Para el futuro remoto que la vida abre delante de nosotros, somos débiles y queremos escudamos contra nuestra debilidad ?
Tenerlas todas, prostituirlas todas, someterlas a nuestro capricho a todas, tal es el feroz sentimiento que nos domina, velado es cierto, pero en el fondo esta es la cruel verdad.
Leyéramos entonces, con Laureano, libros de otro orden de los que leíamos. Leíamos asiduamente las cartas de Lord Chesterfield; aquellas cartas que habían de transformarnos en perfectos hombres de mundo; La Bruyere, La Rochefocauld que nos enseñaran a conocer los caracteres, a penetrar en el oscuro fondo interior de hombres y mujeres al travez de la máscara de su fisonomía; y Machiavelo luego-el Maestro insigne que enseñó a gobernar-el Florentino suave y fácil que pusiera en libro
-con candidez de niño-los secretos siempre reservados de la política de todos los tiempos.
Lleváramos, entonces, minuta diaria de nuestras sensaciones, de nuestros avances, de nuestras conquistas en este ramo del saber; el vencimiento de la hembra, El vencimiento de aquello que, en nuestras casi infantiles imaginaciones, se nos apareciera como la meta digna, la única.
Cuánto semejantes lucubraciones nos llevaron a descuidar los estudios formales universitarias clases no asistidas, cuadernos descuidados, condiscípulos que se nos iban adelante, sonrisas malévolas de los profesores y tal cual admonición cariñosa del doctor Carrasquilla. Cómo remediar el mal ? Frenéticos cojíamos los libros, los cuadernos, las notas que nos prestaran nuestros amigos y ciegos, como locos, a estudiar. En mi cuarto en Santa Clara, sobre papeles, apuntamientos y libros de texto cuántas veces mí tía Trinidad entrara a las cinco de la mañana, horrorizada al vernos con la vela encendida, estudiando.
Surge aquí la figura de uno de aquellos que en la miriada de preclaros talentos colombianos viene a mí memoria en estos momentos, llenando mi alma entera de amor, de respeto y de cariño. Es la alta y distinguida figura del doctor Juan de Dios Carrasquilla L. la que enfoca en este instante el telescopio de mi imaginación; si a algún apelativo glorioso quisiera anteponerse a su nombre, deberla llamársele el Sabio. Fue el doctor Carrasquilla el tipo perfecto del hombre de estudio; sus trabajos condujéronlo a la fatua mundial. Nada puedo agregar novedoso a este respecto, cuanto puedo hacer es llevar a su tumba, jamás olvidada por los colombianos, la modestia ofrenda de mi cariño casi filial.
Viva él en la patria memoria la vida eterna de los benefactores y su carácter y su amor al estudio sean imitados por todos!
La experiencia de la vida que pone a nuestros ojos de patente las mentiras vitales nos lleva también a descubrir, al cabo de los años-cuando los sucesos aparecen como tamizados al travez de una fina criba-en cuanto hemos hecho qué es lo que nos sirve y lo que nos es inútil o malsano. Aplicando la crítica engendrada por la edad seríame imposible negar que el fundamento de todo mi sér futuro se generó en la pequeña estancia en donde tánto leíamos con García. Bendigo aquellos libros, aquellas horas de conversación y todo cuanto entonces hicimos!
Bastante despecho de la vida y de las cosas envuelve el lema que se dió para si propio Silva: "Ante omnia ridere"; no hay que gastar despecho con lo inevitable ; es mejor estar con Montaigne y que en nuestros labios se pronuncie, ante todas las cosas, una bondadosa, pero escéptica sonrisa.
Si jóvenes me preguntaran ahora qué es mejor entre tener ideales o no tenerlos, a todos les diría sin vacilar:
"viajar por los campos de la existencia con ideales es la única manera de justificar el viaje." Los buenos autores que devoré allá en las postrimerías de mi adolescencia hánme servido de manjar nutricio que me ha alimentado por años y años. Ellos han sido los fiambres intelectuales en la peregrinación.
