La Sabana de Bogotá.- Ubaté. -Fúquene.- Chiquinquirá.- Leyva.-Ráquira.- La Candelaria.- Infancia feliz.- El retorno años después.- Los frailes agustinos-La mansión señorial de Simijaca. - Desecación de Fúquene.-Esmeraldas.
 

 

Venga de donde venga el viajero; no importa que sea de la pintoresca Suiza, cuando desde una eminencia contem­ple la Sabana tiene que brotar de sus labios, de su alma entera, un grito de admiración. Triste es el paisaje, co­mo el de todas las altiplanicies andinas, pero espléndido.

Plana como la palma de la mano, teñida al verde oscuro se extiende la Sabana de Bogotá; para dónde pueden correr aquí las aguas ?  se pregunta uno ; esa mesa de bi­llar abarca leguas y leguas.

Enmarcado entre las serranías de los Andes Orientales, el que fue lago en el Cuaternario, semeja una elipse cuyo diámetro mayor son veinte leguas y el menor catorce. En la época de la desecación, allá en la prehistoria, el lodo del fondo conservó su nivel de reposo, ningún sismo influyera luego para alterar los lineamientos del nivel de la superficie.

Perezoso, sin corriente el Funza corta los terrenos a lo largo y enantes innundáralos totalmente en sus periódi­cas avenidas; limo precioso depositara sobre éllos el río- como el Nilo - antiguo y fecundante.

Obra egipcia han llevado a cabo los hacendados de la Sabana de Bogotá formando diques longitudinales sobre los dos riberas del curso de agua a fin de contener las innundaciones que, si benéficas para la tierra en sí, causan la ruina, por el momento, de las sembrerías. Cuántas veces, recorriendo un potrero, se sienten las aguas, entre diques, correr sobre nuestras cabezas a tres metros de altura.

Lento avanza y ,al borde meridional de la Sabana, cor­tada a pico, se lanza atronador, rugiente, ebrio en Tequen­dama cual si cansado de su lento paso y su molicie por le­guas de distancia, quisiera dar innegable muestra de acti­vidad y de violencia.

Así los hombres, muchas veces muelles, afeminados, indolentes por épocas, revientan de repente en turbiones de actividad y movimiento.

Al Oriente, la cordillera principal, los Andes, las moles de que dijo Olmedo que equilibran la tierra con su masa potente; moles son todas sobre bases de oro. Al Occidente, la cordillera secundaria de Suba. Al Norte, la reunión de las estribaciones orográficas. Al Sur, el precipicio.

Recostada sobre la falda de la serranía, al pie de dos cerros que se ahí en corno para dejar una puerta, está Bogotá.

                Cuando, hace años, se cruzaba la Sabana en un mal coche o a lomo de cansada cabalgadura qué lejos parecía todo.....!

La ciudad visible entre brumas desde un primer momento iba creciendo proporcionalmente al acorte de la, distancia; pero cuántas horas para llegar a San Victorino     

Cruza el tren bufando entre olas de vapor y de humo; desfilan a la vista los prados verdes y fecundos, los gana­dos magníficos, pero no se logra apreciar la belleza de aquello cual se apreciara antes; ni el olor de la tierra se recibe, ni el vaho de las majadas, ni el rostro rozagante de traviesa muchacha se alcanza a distinguir.

Valle de los Alcázares llamaron los conquis­tadores a la inmensa altiplanicie, fenómeno geológico úni­co en el órbe. La tradición registra que la población india era numerosìsima, degenerada indudablemente, pues no resistió un siglo a la conquista; perdió su idioma en los sobrevivientes casi sin dejar rastro ; los chibchas des­aparecieron no dejando tras si huella ninguna de su do­minación.

Al Occidente, Facatativá; al Norte, Zipaquirá, jalones que marcan los limites hasta dónde en el futuro se exten­derá la Capital de la Colombia del porvenir. Pueblecitos regados aquí y allí, alegres y aseados encantan al que los visita y hacen sentir la impresión del bienestar de sus ha­bitadores.

Sobre las carreteras, pesados carros se mueven lenta­mente al mesurado paso de las yuntas y el "orejón", con sus inmensos zamarros y descomunales espuelas monta brioso corsel, orgullo de la raza caballar en nuestra tierra.

La choza aquí y allí; por todas partes, el indio sumiso

y servil que no supo conservar el recuerdo de Nemequene o Tusquejusa; abyecto, astuto y mentiroso vive la vida estéril vegetativa dependiendo-del amo blanco que lo conquistara - sin recuerdos, sin tradiciones.

Atraviezan el valle del Funza dos carreteras princi­pales ; la de Occidente que va de Agualarga a la capital;  la que en su parte más difícil llevara a cabo el Oidor Anunciaba y por motivo de amor.

                ¡ Los Pantanos de Tres Esquinas, intransitables casi siempre, se convertían en laguna profunda cuando el Funza crecía; para ver a su amada con facilidad Anuncibay, con trabajo de indios, levantó la piloteadura o al­cantarillas, como hasta ahora se llaman, para formar el camino y sobre lo seco correr de noche a ver el alma de su corazón.

La otra carretera-la del Norte-quién la proyectó y qué motivo personal lo indujo a ello? No hay crónicas que lo narren. Terminaba en Zipaquirá, ahora años; en el día está proyectada hastá Cúcuta en los confines septen­trionales de la República; gran parte de las viejas carre­teras fueron utilizadas para el trazado de los ferrocarri­les de la Sabana y del Norte, allá cuando el General Da­niel Aldana gobernó a Cundinamarca después del 86.

Cuando se introdujeron a Bogotá las primeras bici­cletas se despertó por este ejercicio un entusiasmo frené­tico, Qué delicioso era correr sobre las carreteras, sobre todo en las épocas en que estaban bien conservadas, re­cientemente macadamizadas, afirmadas sólidamente ba­jo el peso de los potentes cilindros de vapor. Volar so­bre el biciclo a empujes del pedal, sentir el viento sobre la cara, la extensión desvanecerse y ágiles las piernas pe­dalear siempre para ir más ligero, tan ligero que no fuera posible ir más ligero. Qué importan las pendientes o las contrapendientes? Pedalear con furia cuesta arriba, sol­tar los pies y dejarse ir cuesta abajo; qué importa todo aquello?  Ir con velocidad, gozar de la velocidad, ir más ligero, más ligero !

 

Al Norte, donde se entrelazan las estribaciones y se forma la pequeña cuesta del Callao trazó, hace muchos años, el Ingeniero Enciso el proyecto de la carretera a Ubaté y Chiquinquirá; en Época más reciente tocóme a mí reformar y terminar tan importante trabajo. Venci­da la cuesta del Callao y siguiendo siempre al Norte, cambia el aspecto de los terrenos; de las fértiles llanuras se pasa a tierras de loma casi estériles. Vegetación y calidad del suelo, todo cambia, pero por breve espacio; al poco andar, el vallecito de Tausa de nuevo reconcilia la vista.

Paredón inmenso de rocas se levanta cerca a Tausa en el punto llamado "El Boquerón," altísimo, siniestro. En roca viva la arenisca forma un abrupto para el lado del valle.

Sitio de recuerdos americanistas, es famosísimo este lugar: allí los indígenas que se sintieron orgullosos huye­ron del español codicioso y lascivo, con sus esposas, sus hi­jos y tal vez sus tesoros. De la altísima cima del peñón de Tausa se lanzaron abajo, primero las hijas, luego las mujeres- tal vez con ellas los tesoros - y luego ellos, úno a úno danzando la danza de la muerte. Como el montón se hizo tan alto, los últimos cayendo sobre fondo muelle

-desgraciadamente para ellos-no murieron; esclavos fueron a pesar de sus deseos de líbertarse con la suprema y única libertadora; de los hombres; la Muerte.

Al poco andar, y bajando una pequeña estribación, se descubre el valle de Ubaté; la otra sabana, tal vez más magnífica que la de Bogotá, más pintoresca indudablemente, porque tiene el encanto que las masas de agua dan al paisaje. El lago de Fúquene, el de Cucunubá, el de Letrán y otros tantos animan el panorama; el verde intenso de los potreros se va desvaneciendo-a la proxi­midad de las aguas-en el pajizo amarillento del juncal y luego el agua, no azulada ni límpida como la de los lagos de suiza, sino de color sucio de lodo y apariencia de ma­sa profunda.

De la cuesta se columbran las tierras que van a Si­micaja la fértil, a Saboyá.... y en lontananza se pre­siente a Chiquinquirá - no diré la religiosa-sino la de las romerías.

Ubaté, llamada a un gran desarrollo comercial e industrial agrícola debe ser ahora muy diferente de cuando yo la visitara, por última vez, hace más de diez años. Es para todos bien sabido que aquellas tierras son las más fértiles que existen en Colombia; que su cría de caballos es la primera del país ;  que sus haciendas son las más va­liosas. Pero no es para ocuparme de esto aquí; son los recuerdos de mi primera infancia los que quiero evocar. cuando con mi padre, por primera vez fuimos a la Villa de Leiva.

En vez de seguir el camino de herradura a que lleva a Ráquira tomarnos canoa y, atravesando el lago de Fúque­ne, fuimos-no me acuerdo a dónde-al otra lado de tanta agua que, a mí me pareciera el mar.

Rizaba el viento la tranquila superficie de la laguna y la ola pequeña golpeaba contra la canoa.

Así es el mar le preguntaba yo a un padre. El me refiriera entonces las olas, las verdaderas olas cómo son ; el azul bello de las aguas del mar no comparable con el turbio, amarillento color de las aguas del lago. "En el mar, él me decía, tú puedes abrir los ojos dentro del agua y verlo todo tan claro como a la luz del día ;  aquí imposible." Y tantas cosas que yo le preguntara sobre profundidad, él me explicara inconcebibles para  mi infantil imaginación.

De los buzos me hablara, de los que él viera en Pa­namá cuando joven; cuando, maestro de escuela, anduvo con los chiquillos -sus pupilos-allá en las playas inmensas que deja en retirada el mar, que un día;  hace cosa de tres siglos, Balboa,  el primer blanco pisó con la cruz y la espada. De los fondos del mar tan llenos de cosas extraor­dinarias ; las esponjas y corales creciendo como árboles de la misteriosa vegetación submarina; los peces, habitado­res de esos mundos, corriendo como ratones sobré el fondo de arena tina y suave que no lastima el pie. y qué más me  contarla en aquellas horas de navegación por Fúquene? Yo no me acuerdo, sólo sé que alelado le oía, pendiente de sus labios.... Y la oleada suave de la laguna golpeaba la canoa murmurando algo como un arrullo.

Pasaron tántos años, tántos que no llevé la cuenta y, un día, antojado de ver los lugares donde corrió mi in­fancia, díjele a José María Plata "vámonos a veranear a la Villa de Leiva, a ese rincón del mapa que nadie conoce en Bogotá y que para mí guarda los más grandes recuerdos."

Nos Luimos a Simijaca, a la mansión señorial de los Uribe Buenaventura corno centro de nuestras escursiones por Leiva, Chiquinquirá y sobre todo, el desierto de la Candelaria, donde e sabíamos que frailes agustinos llevaban vida austera, tan sólo comparable con la de los Padres antiguos Pacomio y Eutimio.

Ignoro la crónica de quién fuera el feudatario o enco­mendero que dirigió para sí y los suyos la señorial mansión.; pero estoy seguro que fue hombre poderoso y atento a su bienestar. Los rasgos distintivos del carácter del hombre se encuentran en todo, en todo lo que hace y-fuera quien fuera-el que planeé la mansión de Simijaca, dejó en élla impresa su personalidad.

Dos torres cuadrangulares adornan la manoir; amplias, espaciosas, claras son las piezas de habitación en ellas. Diéronnos los Uribes ...tíos de José María para él y para mí uno de aquellos departamentos; querían dejar­nos en libertad; ellos tan religiosos, y si se quiere beatos, a nosotros, jóvenes turbulentos y bastante non sanctos.

Vivíeramos entonces Chepe y yo en la mas grande intimidad; la intimidad de jóvenes ligados en la carrera del placer y el derroche; sin pensar en nada que no fue­ra sino placer, fiesta, orgía, deleite material o espiritual. Buscar sensaciones, fueran las que fueran... pero sensa­ciones.

Montábamos, durante nuestra permanencia en Simijaca en los mejores caballos de los Uribes; rezábamos con los tíos de Chepe el rosario y lleváramos a nuestra to­rre la más regordeta sirvienta en seguida. Buenos y cariñosos tíos de Chepe, cuánto debimos hacerlos sufrir!

Más de veinte años se habían corrido desde que yo, un niño,  viviera en la Villa de Leiva con mis padres y hermanas, de donde fui enviado a la Universidad en Bo­gotá. Veinte años que se pasaron tan breves y tan cortos! Carrera hecha, porvenir lisonjero; yo, el Doctor, mirábalo todo fácil, sin dificultad, hacedero. El país que progresaba con rapidez maravillosa y yo un elemento de ese progreso, empresario fecundo y audaz. La noción de dinero era vaga para mí; teníalo, qué me importaba lo demás?  Parásito dé mis, antepasados que me legaron pingües caudales sabia gastarlos y, en el afán de aprender y sentir; derrochara una de las mejores for­tunas de Colombia. Empero, viene esto al caso?

Desde los primeros días de nuestra llegada a Simi­jaca emprendíamos, con José María, largas escursiones so­bre la laguna. Hábil como fuera yo en el manejo de las embarcaciones que mi padre me enseñara; practico además con la experiencia adquirida en el Hudson, el Schulkil y en otros ríos de la América del Norte; enseñado a manejar canoa en el Saldaña y en el Magdalena, piloteaba la nues­tra sobre el inmenso Fúquene con mi amigo un poco temeroso de tanta agua. Saliendo por un vallado de la hacienda, entrábamos a Letrán y de ahí a Fúquene, en es­cursiones que, con Plata llamábamos de los Argonautas:

Jasones éramos en busca del vellocino!

Por las tardes, montábamos los mejores caballos; aquéllos briosos, indomables brutos que en Sogamoso y Simijaca se crían. Aquí un episodio de nuestras andanzas:

Volviéramos una tarde del pueblo; Chepe y yo, ca­balleros en dos potros; de repente, un tranco caído en un vallado hizo asustar a mi caballería; templé la rienda y, al hacerlo, la cabezada del freno se reventó y éste traído por la rienda vino a dar sobre el pecho del caballo, que partió entonces, loco, desesperado. El aire me silbaba en los oídos durante la frenética carrera; al entrar al puente de Simijaca restallaron los cascos del bruto sobre el en­tablado y enfurecióse más. Allá distante, la puerta de la hacienda cerrada; era indudable que al dar contra élla el caballo ciego se mataría matándome.

Un "orejón" se da cuenta de las cosas; vuela salvando vallados y abre la puerta; mi caballo entra en la magnífica alameda de sauces y llega al patio de la señorial en donde sobrecogido se detiene. Al ruido de tan intempestiva entrada el buen Don Rafael suspende sus rezos y viene a ver qué pasa.....

Tras una corta permanencia con los Uribes resolvi­mos continuar la escursión y emprendimos nuestro viaje a Leiva-la villa de los recuerdos mìos y de otros-; aquí naciera el héroe de San Mateo ;aquí murió Nariño; pero qué me importaba todo esto si en ese rincón pasara yo la edad de tránsito entre la infancia y la pubertad?

Aquí la casa; el huerto de frutales y tanta cosa con que mi padre supo embellecer su retire; aquí el convento de carmelitas donde todavía se tuviera el recuerdo de la Madre Felicitas, la mayor de las Gambas; allá el conven­to de San Agustín, en donde las señoras Umañas recibieran las primeras visiones y el mandato celeste de fundar un hábito terciario de la Orden de Santo Domingo, y el Padre Saturnino Gutiérrez, predicador insigne, capellán de las monjas; el Cura, Dr. Mateus, fértil en horripilan­tes historias de aparecidos, de bandidos y de crímenes!

Todo eso iba a volverlo a ver tras más de veinte años de ausencia. Los caminos míos, tan conocidos, íbalos a ver de nuevo; los inmensos trigales en donde ban­dadas de tórtolas opacan el día también los iba a ver; todos esos campos, teatro de nuestras cacerías con Francisco, mi hermano mayor, habíalos de encontrar de nuevo; los pozos de la quebrada que tan inmensos me pare­ciera de niño los iba a encontrar ahora. Y cómo no en­contrar también a las señoras Flores, tan buenas, tan amigas ? Qué recuerdos! Caminábamos con Chepe hablan­do de todo eso, esperando maravillas, él por mis descripciones, yo por lo que llevaba adentro.

En Suta cambia enteramente el paisaje: una meseta ondulada se extiende hacia adelánte, árida en apariencia y semejante, según dicen todos los que conocen, a los e­riales campos de la Mancha por donde el de la Triste Fi­gura caminaba sobre su flaco rocín buscando andanzas.

Cactus espinosos constituyen la principal vegetación y el pimiento, casi árbol, gracioso y perfumado. El suelo, arenoso y calizo, está poblado de fósiles, testigos de su edad, el Jura, inferior al Cretáceo, rico en enormes ani­males de formas fantásticas y de cuyos esqueletos fosilizados surgió-- en los antiguos que los encontraron-la leyenda de dragones, quimeras y otros animales fabulosos. Allá en el confín, cerca a los cerros altos, la Villa de Lei­va se colige por la tupida arboleda de olivos casi negros, símbolo de paz.

Por fin llegamos al silencioso rincón término de nues­tro viaje. Pero qué desilusión!; las cosas no me dijeron nada. Quién habría cambiado, éllas o yo!

Pequeño todo y feo me pareciera; el pozo de la Colorada no me llegaba a la rodilla; el buen Padre Mateus hacia mucho que había muerto; las carmelitas, donde se recordaba a la Madre Felicitas, no me brindaron el suave bizcochuelo que en otros tiempos preparaban para mí; el Padre Gutiérrez me habló de política......

Qué horror!; todo era otro, inconcebiblemente otro, y para colmo de desgracias tuve que soportar las chanzo­netas del amigo, compañero de viaje, que en el triste rin­cón esperara hallar un paraíso con huríes y lo demás.

Desilusionados, qué podíamos hacer?  buscar sensa­ciones en Chiquinquirá o ir a buscar las de más altos qui­lates en el desierto de la Candelaria ?

-Vámonos donde los frailes, le dije a mi amigo, vá­monos a vivir con éllos unos días. Entre ellos viviremos la vida austera y temerosa que vivieron los Padres del desierto; vámonos allá.

José María quería irse para la ciudad de las romerías donde hay bonitas muchachas y mucho movimiento; pe­ro convencílo que mejor nos quedaba ir primero donde los agustinos y luego a otras partes.

En el erial manchego de esta altiplanicie se levanta el Convento, inmenso edificio que la piedad española fabricó un día para el retiro y la meditación; allí viven los Padres Recoletos, según la Orden del más atrevido-y si pudiéramos decirlo asì-el más científico Padre de la Iglesia, del insigne San Agustín.

Orden extraordinaria, los agustinos se han disputado el dominio de la fe; Calvino, Zuinglio, Melancton y Lu­tero, hombres de fe ardiente; fueron hijos del Patriarca de Hipona y muchos de éllos vistieron su hábito adusto y frío como la fe que predicaban.

AL lado del convento, inmensas hospederías sirven para aposentar a los peregrinos que, por épocas, concurren a millares a purificar sus almas-en este paraje solitario en dónde se venera milagrosa imagen de la Virgen en su advocación de la Candelaria.

Difiere el lugar de otros muchos de peregrinación en Colombia en algo que no sé cómo definir la Candelaria es absolutamente diferente de Chiquinquirá en el Norte, de Las Lajas en el Sur. Sea la severidad de la Orden monástica que maneja el Santuario, sea lo erial del pano­rama, sea lo que fuere, las peregrinaciones a la Candela­ria no se asemejan a las otras.

Como a las dos de la tarde arrimamos a la puerta del Convento, apeándome llamé. Un monje fla­co, casi esqueletizado, vino a la portería.

-Qué quiere Usted?

-Quiero ver al Padre Superior o al que manda en el Convento, respondíle.

-Está en el coro, contestó el portero.

-Pues dígale que dos jóvenes de Bogotá, conocidísimos como calaveras, desean hablar con él, para que les dé permiso de vivir unos días con los frailes.

-Ah, si vienen a peregrinación, ahí están las hospe­derías; vean dónde quieren alojarse.

                -Nó, repliquéle, queremos vivir adentro, con los frailes; vaya, buen hermano, hable con el Padre Superior.  Dele esta tarjeta mía.

Pocos momentos después el Padre Lanuza, entonces Superior de todos los agustinos de Colombia, vino al lo­cutorio.

-Querían hablar conmigo?

-Sí señor, deseáramos pasar unos días en el Con­vento, pero en el Convento, con los frailes; no venimos por devoción, nosotros peregrinos, somos buscadores de sensaciones y queremos experimentar la de lo místico;  por esta razón pedimos la hospitalidad adentro, no en las hospederías.

Mirábame el fraile sorprendido, no sé si disgustado por tal atrevimiento; pero ahora paréceme que un senti­miento inmenso de caridad lleváralo a hacer lo que hizo.

Trescientos años, dijo, tiene de fundado este Con­vento, jamás se ha recibido a nadie adentro; pero como Uds. lo desean, vengan a vivir con nosotros el tiempo que quieran. Entren.

Ordenó que nos abrieran la puerta y se nos preparase la celda del Padre Bustamente, ilustre bogotano, hijo de San Agustín, muerto no hacía mucho.

Ancha, espaciosa, blanca, la celda del Padre Busta­mante tenía ventana al frontis del edificio y del lado de adentro comunicaba con el amplio corredor del claustrado patio; a la izquierda, y pasando la ropería, se iba por el corredor al coro. Por la derecha, la ancha y elegante escalera de piedra que da al piso bajo, al otro claustro de magnífica construcción; de éste se pesa al huerto arbola­do, por en medio del cual el río corre cristalino, límpido y tranquilo cual la conciencia de los moradores del con­vento. Arboles frutales embalsaman el tibio ambiente de la huerta , aquí y allá, entre claros del boscaje, los cuadros de legumbres y hortalizas cultivadas con la más grande solicitud.

Cuatro días pasáramos, en delicioso recogimiento por mi parte, en la celda del viejo fraile bogotano que des­pués de la desamortización siguiera viviendo solo, alto tras año, en el convento, incansable pidiendo a Dios el regreso de sus hermanos. Y así consiguiéralo al fin. Día de infinito júbilo para el casi centenario monje fue aquel en que la puerta de la Candelaria se abrió gozosa para recibir a los que volvían tras largos años de ausen­cia. Después murió contento, según cuentan, cantando salmos de alegría....

Por las noches, paseándonos en el anchuroso corre­dor, el Padre Lanuza y yo disertábamos sobre temerosos puntos de doctrina: la gracia me preocupaba entonces tánto sin poder penetrar en el misterio. Cuando pasáramos por frente a la puerta de nuestra celda oíamos los atronadores ronquidos con que José María Plata pregonaba su complexión rubusta y su indiferencia por las cosas del cielo.

Por la mañana, al coro. Con qué placer me acuerdo de los sitiales antiquísimos de maravillosa talla y la pequeña iglesia al pie, sencilla, encantadora, en donde los pocos vecinos del contorno se agrupaban a las plantas de Madona Candelaria, la milagrosa.

Y en tanto que yo me dedicara a empaparme en la deliciosa atmósfera de misticismo y austeridad monacal que me rodeaba, Chepe destapaba botellas de cognac y ¡oía novelas francesas tendido en su cama, indiferente y aburrido.

Una noche, queriéndolo jugar una mala pasada, fuíme furtivamente a las roperías y acomodéme un hábito; entré silenciosamente a la celda apenas iluminada por una, mortecina vela y acerquéme con paso cauteloso a la cama del durmiente. Jamás hiciera aquello! Despertó Chepe y al verme llenó de terror. Trabajo me costa­ra convencerlo de que yo no era el Padre Bustamante.

 

 

Ráquira - pueblecico alegre y soleado como pocos -es famosísimo por sus locerías ordinarias y por las esplén­didas arcillas que, para todo orden de industrias cerámi­cas, se encuentran en sus contornos.

Mucho antes de que mi padre se retirara a la Villa de Leiva acostumbraba, con la familia, veranear en Ráqui­ra; allí me acuerdo haber pasado épocas deliciosas en mi infancia lejanísima.

Proseguimos a Chiquinquirá lugar en donde, entonces como ahora, se hacía el gran tráfico de reliquias auténticas y esmeraldas de contrabando, provenientes estas últimas de las minas nacionales de Muzo.

Comercial, activa, Chiquinquirá es un centro de primera importancia, como que afluye la mayor parte del co­mercio de Santander la enriquecen además miriadas de peregrinos que incesantemente concurren en grandes bandadas diarias y cada siete años (en tumulto, en oleadas) a la fiesta magnífica que se celebra en honor de la venerada Imagen.

Son típicos los mineros peregrinos a Chiquinquirá Van por partidas más o menos numerosas, hombres y mu­jeres. Adelante uno, a paso moderador sopla en la Chirrimía-especie de flauta chillona-sin descansar un ins­tante detrás, otros con capadores, tiples y panderetas lanzan una tonadilla monótona y triste luego los hombres de la caravana,  caballeros en toda clase de bestiaje,  con sus grandes zamarros de cuero, aire distraído y fatigado; en seguida las mujeres, cabalgando en bestias en­jaezadas a la antigua sobre sillón, las más veces ricamente bordado de plata; tras las hembras los peatones, los pobres que se apegan a un romero rico; y por último las cargas de equipaje, los bastimentos y otros bártulos del viaje. Así vienen desde lejos, de muy lejos, de Venezue­la, sabe Dios de dónde más ..... Y por los caminos, la chi­rrimía soñando incansablemente, avisa a las gentes que pasan hombres y mujeres en busca del milagro.

Aquí una anécdota grotesca: No hace mucho, una viejecilla principió a cegar de un ojo y resolvió ir a Chiquinquirá a pagar promesa, era la fiesta de los siete años; los cohetes rompían el aire, la pólvora se quemaba por hacer ejercicio. Llega la buena vieja a la plaza del pueblo y, en ese instante, un cohete mal disparado vino a reventarle el ojo que trajera sano; ciega entonces la infeliz mujer, gritaba desesperadamente llena de rabia y de dolor: "Madre mía de Chiquinquirá !, dejadme siquiera el ojito que truje!!!!

Por el río de la Balsa se comunica la ciudad con el gran lago de Fúquene y una parte del comercio se hace en canoas a Ubaté. Son negras estas canoas como las góndolas venecianas y en vez de trapo les acomodan ve­las tejidas de junco, quizás reminiscencias de los ancestros malayos de los indígenas.

Don Enrique Páris creo que fue el primero que pen­sara en desecar el lago de Fúquene para poner en valor los cientos de miles de hectáreas que su superficie repre­senta. En terrenos de la calidad de los de Ubaté y Si­mijaca, Fúquene significa un valor como de varias dece­nas de millones, la obra no es de costo exhorbitante.

El insigne hombre de ciencia, don Rafael Nieto Páris, ideó el primer proyecto canalizando el río Sarabia desaguadero de la laguna. No se llevó a cabo esta em­presa; más tarde el señor José María Sarabia la proyectó de nuevo, no ya por la canalización del río, sino por medio de un túnel que, atravesando la estrecha cordillera, formara desagüe sobre el valle de Tinjacá. Nada se ha hecho hasta el presente a pesar del halagador prospecto que brinda a los capitalistas esta empresa. En los últimos años, el malogrado ingeniero Pedro Defrancisco, tra­bajó bastante en la localidad.

Pero debemos consentir que una belleza natural cual lo es Fúquene se destruye en favor del mercantilismo en un país que tiene todas sus tierras desiertas! Es preferi­ble que en vez de desecar a Fúquene vayan las gentes a trabajar las tierras, feraces cual ningunas, de las márge­nes del río Minero, actualmente abandonadas e incultas.

Déjese Fúquene cubriendo con sus aguas amarillentas y profundas los millones en que se estima su fondo; déjese el bello lago para recreo de todos; déjese las bandadas de patos que por épocas vienen desde el lejano Norte. A la manera como otros gobiernos consagran y conservan las bellezas naturales y cuanto Dios hizo para encanto y dis­tracción de todos, conserve nuestro gobierno los bellos la­gos que dan a la sabana de Ubaté encanto y animación únicos y especiales en Colombia.

 

El pueblecillo de Fúquene situado sobre una peque­ña colina que domina la laguna es el asiento de los únicos aborígenes chibchas que tal vez conservan alguna tradi­ción, algún recuerdo de la cosa antigua; tal vez alguna remembranza desteñida y débil del gran Quemuenchatocha, el tremendo, el que desorejara a los emisarios de los Quezadas. Conversando un día con el Cura de Fúquene (cuando yo anduviera trazando la carretera de Ubaté) a propósito de los indios, le manifesté mí extraordinaria curiosidad por saber si ellos, en el fondo de su conciencia, conservaban algún recuerdo tradicional de su tiempo, alguna noción del perdido idioma qué millones hablaran en la época de Zaques y de Zipas ; manifestéle la creen­cia que yo tenía de que tal vez, entré ellos, por una espe­cie de masonería, se fueran trasmitiendo en señaladas fa­milias los recuerdos perdidos para todos de su raza y su idioma. La misma preocupación mía tuviera el Cura; él me contó, cómo investigando en el confesionario, había lo­grado adquirir el barrunto de que algo de eso existe, de que hay tradiciones conservadas pero que nada cierto se podía inquirir.

Si entre chibchas hay algo positivo en materia de leyenda tradicional es en Fúquene la única parte en don­de tales tradiciones y leyendas se han de conservar pue­de ser que ellos tengan algo guardado; algo por lo que los historiadores dieran..... que nó dieran por saber? Na­da de raro tiene que, en la forma de verdadera masone­ría, secretos históricos, de la más alta importancia, se ven­gan trasmitiendo de padres a hijos entre aquellos feos indios que pueblan los alrededores del lago y cuyo odio por los blancos es bien conocido.

 

 

Tribus feroces poblaron las márgenes del río Minero y del Carare cuando el superhombre Quezada subió de Santa Marta a la altiplanicie de Bogotá-no se sabe por qué milagro--conduciendo caballos. Los Muzos fueron el terror de la pequeña falange española ; ebrios de furor, de carnicería y de antropofagía estos demonios no se dejaron reducir.

Semejantes a los Gnomos, perversos y maléficos, guardan los muzos, los tesoros de la tierra. Guardaban la esmeralda, la piedra preciosa por excelencia, la irrepro­ductible, la infalsificable,  y la guardaron bien. Cuando dominaron al chibcha los españoles preguntáronse de dón­de vendría el oro que en Sugamuxi y en otras partes ofrecíase en profusión tan grande. Dónde no había minas de oro; cuál fue la fuente que al chibcha le llevara el oro? La sal en primer término; Zipaquirá dió a los súbditos de Nemequene-como ahora está dando a la República- el producto natural cambiable por oro u otras cosas y en segundo lugar, las esmeraldas, las piedras verdes que los muzos arrancaban a la tierra desde entonces. La sal de Zipaquirá y las esmeraldas de Muzo trajeron a los chib­chas el oro de Antioquia lejano, como a Salomón le lle­vaba Hiram las maderas preciosas y el oro de Ophir.

Así es la tradición; desde los tiempos bìblicos y los más remotos aún de las fábulas indias, la noción económi­ca de las corrientes comerciales se nos viene manifestan­do: un producto aquí es estimado allá y de allá viene en cambio, lo que se necesitara aquí.

Por el intercambio de la sal y la esmeralda llegaran a las tierras del Zipa el oro; las especias y las plumas de las aves raras, las aves de los climas en dónde el sol brilla y la atmósfera es tibia. La corriente comercial en la prehistoria chibcha se comprende fácilmente, es la misma corriente de todo tiempo, de todo país y de toda edad, de cuya observación Adam Smidh hizo una ciencia de observación como lo son todas las llamadas ciencias naturales.

En la historia de las minas de Muzo hay un misterio impenetrable que el hombre de estudio quisiera descifrar. Cuánto han producido las minas? Cuáles han sido las mejores esmeraldas? Desgraciadamente nuestros gobier­nos no se han preocupado nunca por llevar una estadísti­ca formal, ni conservar datos valiosísimos para la verda­dera historia en nuestra patria.

La formación geológica de las minas de Muzo se desarrolla dentro del inferior al Cretáceo y algunos pisos encima de él. Cuando las grandes intrusiones de granito moderno que determinaron el relieve de las cordilleras colombianas, hácia la terminación del período Cretáceo, la intrusión, en Muzo, determinó la liberación de algu­nos elementos-entre ellos el berilio -que se hicieron solubles en las aguas magmáticas, fueran eyectivas o fue­ran superficiales. Ellas llevaron en solución los silica­tos que gota a gota -en un lapso de tiempo que pudiéra­mos llamar infinito- se cristalizaron, por cristalización lenta, hasta formar la piedra verde. Cuántos millones de años transcurrieran para cristalizar una esmeralda? La esmeralda de Muzo es suigéneris, no puede confundirse con ninguna otra: no es la oriental- corindòn teñido de verde-ni es tampoco el beril hallado en algunas rocas ígneas en Francia y otras localidades. La esmeralda de Muzo es el producto del tiempo, la cristalización lenta en el gran laboratorio de la naturaleza, única que tiene el dominio de este factor inaccesible a la codicia humana:

la variación en la sucesión.

Por eso es tan bella la esmeralda colombiana, por­que fue hecha con el mimo más grande por la madre que tenía el tiempo a su disposición, fabricándola despacio en la sucesión de las miriadas.

Las esmeraldas de la calidad de Muzo que se halla­ron en tanta profusión en el Perú son el signo cierto de hasta dónde se extendiera el comercio del chibcha, en to­do caso no directo, pero de mano en mano; si las esmeraldas fueron conocidas al principio como del Perú débese a que el comercio chibcha las enviara hasta allá.

Las minas de Muzo no ha mucho estuvieron cons­tantemente dadas en arrendamiento por el Gobierno Na­cional a compañías explotadoras; entre estos arrendata­rios debe citarse a don José Ignacio Paria del cual se re­fiere una interesante anécdota. Dícese que buscando un venero rico gastó íntegra su principezca fortuna; cuando sólo le restaban unos miserables reales llamó a sus peones y les propuso trabajar con el mayor empeño el último día para que alcanzara el dinero. Un indio viejo indicó el sitio donde debieran trabajar este postrero día y, oh maravilla! saltó la verde en tan inmensa cantidad y buena clase que el Señor Páris, yéndose a Europa, remedió con creces el desastre de su fortuna figurando aún en la Corte Póntificia, corno el rey de las esmeraldas. Tántas llevara que por poco se vuelven comunes! Como muestra de su gratitud a la tierra-su patria querida por otra parte- que tánto lo enriqueciera, regaló a Bogotá la obra maes­tra de Tennerani : la estatua del Libertador que se levanta en la plaza Bolivar de la Capital.

Son las minas como las mujeres cuando quieren ser buenas no hay igual, pero ay del que las encuentre descontentadizas y esquivas !.... Los españoles trabaja­ron por socabón los delgados hilillos del venero irregular; más tarde se cambió el método por el tajo abierto que aunque envuelve un descomunal movimiento de tierras alcanza a penetrar en todos los senos de la formación. Los trabajos en la actualidad-llevados a cabo por el gobierno mismo-son de una magnitud bien considerable.

Encuéntrase la gema en hilos delgados y vénulas de calcita en el sedimentario dolomítico de los pisos inferio­res del Creta. Encuéntrase asociada la esmeralda con bellísimos cristales de calcita, cuarzo y pirita; de forma­ción posterior a esta última pues se hallan a menudo be­llas esmeraldas con inclusiones de pirita en su interior.  El raro carbonato de cerio (la Parisita) aparece también asociada con otros carbonatos del grupo.

Entre las más grandes esmeraldas se cita la que el Gobierno de Colombia regaló al de Francia en tiempos del segundo Imperio y que fue tallada en forma de copa; el Papa las ha recibido también buenas y grandes, pero no se tiene minuta especial de éllas.

Muzo ha sido explotado por el contrabando y el frau­de en grande escala en toda época, aún ahora, apesar de la severísima vigilancia, hay un gran trágico de piedras robadas cuyos principales mercados son Chuiquinquirá y Ubaté.

Distínguese Muzo por otra maravilla del reino ani­mal: sus bellas mariposas, insectos que uno imaginara tomaron los colores de sus alas en las fuentes mismas donde se cristalizan las gemas. Famosas han sido y sobre todo de gran valor cuando dentro del cuerpo del insecto se colocaba un lindo canutillo que salía con el entomologista fuera del radio de vigilancia activa; también las tominejas (colibríes) sirvieron para distraer piedras y sacarlas afuera.

 

 

No es en Muzo y Coscuez la única localidad en don­de existe la esmeralda colombiana, ni tampoco allí es el Gobierno nacional dueño exclusivo de todos los veneros; muchos particulares poseen minas en esta región  y la formación esmeraldífera parece ser extrordinariamente vasta. En Somondoco-región bien distante de Muzo-fue en donde los españoles encontraron los primeros yacimientos de esmeraldas; los indígenas de esta locali­dad no poseían ni el valor ni la ferocidad de los caníbales muzos. Dando tormento, a aquellos infelices, los codiciosos conquistadores se hicieron descubrir las minas de la localidad; después de agotar sus esfuerzos en explotacio­nes poco fructuosas en Somondoco y tras lucha encarniza­da con los Gnomos del río Minero lograron apoderarse de las minas de Muzo y comarcas aledañas; pero de sus - trabajos en la otra comarca dejaron recuerdos terribles. Los yacimientos demoraban en una altura a cuyo pie co­rre el río Somondoco; en la parte alta no había agua pa­ra la explotación del venero. Los españoles vencieron la dificultad formando con minadas de indígenas una cadena-especie de noria humana-desde el río hasta la cumbre, de mano en mano se pasaban de unos a otros los pobres indígenas, las vasijas llenas de agua, las que una vez vaciadas en la altura, regresaban para llenarse de nuevo en el río; por la una fila de indios subía el agua, por la otra bajaban los trastos vacíos. Bajo el látigo de implacables cómitres las pobres bestias racionales traba­jaban hasta caer muertas de fatiga. La tradición conserva el recuerdo de más de doce mil víctimas en menos de una semana!

Cuando tenía mi Oficina en Bogotá-muchos años después de la excursión sentimental - que efectuamos con Chepe Plata a Leiva y otros parajes de recuerdos-fui lle­vado al Valle de Tenza (a Guateque) a una consulta relacionada con minas de esmeraldas: en una estratificación semejante, pero no idéntica, a la de Muzo se había encon­trado un nido de soberbios cristales (de tamaño extraordi­nario) de aguamarina (esmeralda incolora), diáfanos y de perfecto brillo. Entonces tuve ocasión de visitar el pintoresco Valle de Tenza, el cual en realidad no es valle pues el terreno es bastante accidentado, lo que no significa na­da, ni quita un pelo al primor de la localidad. Fogonera de pueblos agrupados, mejor diría ciudades: aquí Guateque; al frente Garagoa; por más allá Manta; más allá Somondoco, etc. Población densa, activa y laboriosa; te­rrenos en los cuales no se ve uña sola pulgada desperdi­ciada, con además cultivo de árboles frutales tan extendido y bien hecho que es todo aquello bendición de Dios. Se producen aquí las mejores chirimoyas del mundo tanto por su tamaño como por su dulzura y calidad; manzanas que sólo en Duitama se ven mejores; duraznos y cuánta cosa puede imaginarse de las que, en materia de frutas, produjera aquel jardìn delicioso que nuestros primeros padres tuvieron que abandonar por una majadería según se nos enseña en la escuela.

Fuíme a bañar al río Somondoco; sus aguas límpidas, verdosas y profundas me atraían; sentado sobre una piedra a la orilla pasaban mis ojos del río al alto cerro minero en donde demoraran las antiguas explotaciones; con la imaginación pensaba en la miseria humana; en los pobres somondocos que caían exhaustos bajo el látigo cruel de los cómitres.

 

Miraba distraído hacia el lado de arriba, río arriba, e hirió mi vista una blanca casita que se destacaba en medio de un potrero.

- Quién vive ahí?, preguntéle al mozo que me acompañaba.

-El señor N N***.

-           N N*** ?, repliquéle admirado.

-Sí señor, me contestó el muchacho.

Una inmensa amargura me invadió; era mi amigo el que viviera allí solitario, lejos de todo sér humano y de toda compañía, víctima, el pobre, del Rey de los Espan­tos ; me lo imaginaba ya deforme - él tan buen mozo, tan alegre y jovial en otros días -por la cruel ulceración de la más temida de las enfermedades. No me atreví a visitarlo porque comprendía que la visita de un antiguo ami­go sería para él el peor de los suplicios.

Distraída mi fantasía tras la imagen del pobre elefanciaco que en la flor de la vida y en el hervor de todas las esperanzas se veía en aquel rincón apartado del mundo, nuevo Job, en el podridero, fuíme por las campos del ensueño hasta - la lejana Agua de Dios-leprosería nacional bien descuidada entones- acordéme de Adriano Páez, poeta insigne, enamorado de la Patria cual pocos ; creí ver lo más horrible del dolor humano y oír el grito inmenso que al cielo se alza y que no puede distinguirse sí es una súplica o una blasfemia ! Piedad inmensa llenó mí corazón y, desde entonces, por la más singular asociación de ideas, la esmeralda - con su brillo suave y amable su sonriente color-despierta en mí los más nobles pen­samientos, el sentimiento de amor y caridad por toda la creación.

Los antiguos astrólogos colocaban sobre el mes de Mayo la esmeralda, vendrá mi simpatía por esta gema de la circunstancia de haber nacido yo en Mayo?

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