Andes Centrales

 

Cómo principié mi carrera profesional.-La fiebre minera en Tolima.-Confusión de ideas.-Randolph versus White.La ilusión del progreso.-EI Cinabrio-Carlos de la Torre. Dulce amistad.- Visitación: un idilio en la montaña!

 

En 1888, después de haber pasado una época de trabajo duro en la ferrería de La Pradera, resolví establecer oficina en Bogotá y dedicarme a la consulta. Nunca tuve-pero menos entonces-lo que se llaman ideas prácticas; deseara el progreso, el desarrollo del país, pero de una manera dijérase romántica. El negocio, y hasta la palabra me chocaba, causándome repugnancia. Vender los conocimientos parecíame sacrilegio; las ideas de Schopenhauer sobre esto habían calado hondo, muy hondo en mi conciencia. Las violentas frases con que el ideólogo ;alemán fustiga a los vendedores de la filosofía eran el non plus ultra de mi sentir.

Me daba vergüenza cobrar honorarios, en regla ge­neral cuando despachaba una consulta y el cliente me preguntaba " Cuánto le debo ?" no sé por qué esa frase se me hacía insultante y no podía dejar de contestar "Eso no vale nada" causando la sorpresa del interesado y en mi interior el amargor de mi majadería.

Los amigos me aconsejaron no fuera tan tonto; mi pa­dre mismo-a pesar de ser tan desinteresado como lo era- me increpaba suavemente y me hacía ver la mina, verdade­ra mina q' yo poseía con mis conocimientos. Y aunque esto venga fuera de propósito tengo que convenir que si hubie­ra seguido los prudentes consejos del autor de mis días otro hubiera sido mi destino; él me decía: "No entre nunca en negocio, trabaje profesionalmente, cobre su tra­bajo y conserve la buena fortuna que ha de heredar un día." En otra parte de esta narración se vió el resul­tado que para mí tuvo el no haberme guíado con la sabiduría de la experiencia; como otro Robinson embarqué­me por mares procelosos y del naufragio quedóme sólo la conformidad altiva de aquel de quien nos refiere Quinto Curcio, que jamás los dioses o el destino pudieron arran­carle una queja. Mas esto es de ahora, que entonces pensaba de otro modo y ante mi vista se habría espléndi­da la lontananza del porvenir en cuyo fondo brillara atrayente, fascinante el Lago Encantado.

La ciencia de la vida, que ya la poseo, me ha hecho condensar en un aforismo toda la sabiduría que la serpien­te haya puesto en mì en estos tantos años de trajineo por el sér "La conciencia de haber sido majadero es una de las peores formas del remordimiento." Y basta, esto, sigamos con la narración .

Al escribir estas páginas me detiene el temor de que ellas solo sean interesantes para mí y que escriba yo un libro para mi propio entretenimiento ; sinembargo las cosas vividas despiertan el interés general, mi fe en ciertas doctrinas psicológicas es bastante para vencer el desfallecimiento que me domina en ocasiones. Continúo dictando, el golpeteo de la mecánica hace cosquillas en mi cerebro; los hechos pasados vienen en tropel a mí memoria; con­tinúo dictando y me resigno a que, salga lo que saliere, he de concluir el libro. También la imaginación ayuda, ella alienta, veo el libro impreso precisamente de forro amarillo como los de caballerias que se vendieran en la Librería Nueva. Quizá bien recibido, quizá olvidado llenando, como un estorbo, los anaqueles de las librerías, pero impreso, un esfuerzo hecho que no será perdido por­que "Toda palabra tiene su eco en la eternidad."

Del mes no me acuerdo, cualquiera del 87, recibí un día en mi oficina al emprendedor  caballero D. Joaquín Campusano, venia a proponerme me fuera al Quindío a explorar unas minas de azogue, recientemente descubiertas rastreando una antiquísima tradición española ; gracias al perseverante y sistemático trabajo de D. Eliseo Torres de Ibagué. Cerramos el trato en pocas palabras, la suerte estaba echada, mi vocación decidida ;  había dé ser en lo futuro un ingeniero de minas.

                "En nuestra tierra-decía Silva-todos tenemos que estar etiquetados; ay del que quiera hacer cosa diferente del rótulo que se le ha puesto !" Qué verdad tan profunda la que contiene esta ,metáfora de José Asunción. El criterio simplista de los nuestros ahoga, muchas veces.

          Mi contrato con Campusano fue el primero que firmé en mi vida; primer pliego de papel sellado en cuyo pie estampara mi larga rúbrica de nombre completo con los dos apellidos y ahora me acuerdo del día, pues fué él veintisiete de Mayo de 1887, día de mi santo; cuando ajusté veintiún años. Rubricado  aquello, que me obli­gaba a un trabajo extraordinario a cambio de mezquinísima remuneración,  sentíme sinembargo tan contento que no me cabía. Envidiárame a mí mismo como el chiquillo aquel que parándose delante de un espejo de cuerpo entero, se miraba y decía "Quién fuera yo!"

Principia a trabajar la imaginación, la voraz, la in­cansable. Me iba a las montañas, y verdaderas montañas auténticas; vastas soledades pobladas de fieras y de cacería de toda especie. Me iba a sumergir en seno profundo de la Naturaleza, allí donde planta humana jamás había hollado el suelo virgen de la selva milenaria. En fin; iba al Quindío que mi fantasía engrandecía con las relaciones tradicionales de mi familia.

 Ibagué, mil veces descrito por los míos, donde mí a­buelo José Francisco Pereira enantes poseyera la más bella finca: El Vergel.  Allá pasaba la familia-cuando mis tíos y mi padre eran apenas niños-épocas deliciosas de las que siempre hablarán con el calor intenso q' la rememoración de la infancia feliz trae a los viejos, llevando sangre al cerebro y haciendo vibrar las células de la memoria con increíble actividad. Y el Quindío! La mole potente por donde un camino lleno de peligros y de contingencias cruza la selva primitiva, adusta e implacable, en donde todo es impropicio al hombre. También allí recuerdos familiares: el éxodo de las familias caucanas que huyeran de Cartago a Ibagué en la época de la independencia. Los Gambas, los Buenaventuras, Piedrahitas y tantos otros que atravesaron la montaña a pie y llenos de miseria por no caer en manos del feroz Calzada. Casi todas mujeres, matro­nas venerables, ayer familias acomodadas hoy reducidas a la miseria por la confiscación de sus bienes hecha por los tenientes de Morillo. Entre los pocos hombres que acom­pañaran a estas pobres señoras iba el Dr. Ramón Gamba, sacerdote patriota cuyo feliz ingenio-jamás menguado por las contrariedades-fué el mejor apoyo, el único bálsamo para tanta miseria. Cuánto hubiera oido contar en mi casa, fuese ya de las miserias del éxodo caucano o de las alegrías del Vergel se me venia a la mente fatigándome con la ansiedad de ver pronto lugares que ima­ginaba sagrados para mi. De balde me hubiera ido !

              Preparativos de viaje. Ropa a medidas; las indispensables botas que daban el diploma de ingeniero, armas, cartuchos, municiones, ;instrumentos de ingeniería y el equipo fotográfico,  una de mis grandes aficiones. Cuanto siento haber perdido los millares de negativos que durante mi vida impresionara, aquí y allí por todas partes, mí inseparable Kodac!

 

                   Si hubieran de bautizarse con adjetivos las ciudades dé Colombia, llamaría yo a Ibagué la incomparable; la Capua deleitosa de mi tierra.  Indescriptible es el encan­to de Ibagué, donde reside? Es la localidad?; son sus mujeres?; es el conjunto general? Todo concurre allí para hacer de la capital del Tolima algo insuperable:

la situación topográfica, el clima delicioso, el Combeima cristalino y torrencial que envuelve a la perla del Tolima como collar de diamantes. Sin mucho movimiento comercial, ahora treinta años, era Ibagué sinembargo, el lugar de tránsito obligado para los viajeros al Norte del Cauca y de aquí un movimiento que si bien era activo no era propio.

El ibaguereño era indolente, como el lazzarone se sentía satisfecho con su cielo esplendoroso y su clima más  a propósito para las delicias que para la actividad.

La creciente invasión antioqueña en el Quindío ha cambiado las cosas recientemente; por otra parte, la continua cruza de los ibaguereños con la potente raza de Antioquia ha operado una transformación completa. Pero no es el antioqueñizado activo Ibagué del presente de la que quie­ro ocuparme sino de la otra, la soñadora e indolente, la alegre y risueña.

De Ibagué a las minas que íbamos a explorar se tenía una jornada a caballo a Ibagué viejo y de ahí para adelante dos a pie en la montaña.

Preparada la expedición por D. Eliseo Torres salimos una mañana de la ciudad caballeros en poderosas mulas y con toda nuestra impedimenta sobre robustos bueyes:

toldas, víveres, herramientas y explosivos, cargas do equi­paje, etc. Unos pocos peones antioqueños, alegres y decidores y una mujer de Cundinamarca-la Mercedes, la

buena y atenciosa corno pocas- para la cocina. Y andar cuesta arriba por el potente Quindío que por primera vez Viera.

Torres me entretenía con su charla animada, con sus exquisitas historias y sobre todo con la relación animadísima de sus aveturas montañeras. Cuánto me en­tretenía y cuánto envidiara pasar las experiencias de aquel hombre encantador. Todo era nuevo para mí: la montaña, la vida de trabajo que iba emprender, la misma libertad plena que soplaba como aura desconocida.

Hicimos una jornada corta a la casa de Salazar, cerca de Tapias, vivienda de un colono antioqueño, talvez de los primeros que emprendieran la conquista del Quindío.

En el frontis de la bien blanqueada  casa había una pintura al fresco que representaba a nuestros primeros padres en el acto de comerse la manzana del engaño, con estos curiosísimos versos al pie:

 

"Por qué comiste Adán y Eva

La manzana?

Por qué dejarte engañar de la serpiente?

                Esa fruta tan funesta y tan insana

             Que nos prohibió el Creador Omnipotente?"

 

    Del camino principal, bastante adelante de Tapia y cerca al punto que llaman el Moral, se desprende una senda que bajando a un abismo atraviesa el Coello por el puente de San Lorenzo y trepa luego a la meseta de Iba­gué viejo. Esta meseta está formada por un conglome­rado y bordeada y definida por dos ríos; el Vermellón de un lado y el Anaime de otro. Allí fundaron los españoles la ciudad de Ibagué, la primera que fué destruida por los Pijaos con bárbara degollina, violencias y demás; la ciu­dad fué trasladada al lugar que ahora ocupa; de la vieja no quedan ni vestigios a pesar de que se sabe que fué muy importante.

Esta hermosa planada era poseída por D. Manuel Gómez, santandereano, primer colono que se estableciera por allá. Más adelante me ocuparé de él con detenimiento tu, pues nunca he visto tipo más digno de mención.  En la casa de Gómez debíamos dejar las caballerías y emprenderlas a pie, monte adentro hasta el término de nuestro destino.

Amplia era la casa de aquel viejo colono, ricacho ya pero trabajador como nunca a los sesenta y cinco años y fuerte cual ninguno; amplia, espaciosa y aseada en extremo, ocupaba casi el centro de la meseta, rodeada de algunos árboles augustos y en la posesión más pintoresca que sea dable imaginar; el río Vermellón corría más cer­ca, llamado asi por los españoles a causa de la gruesa pin­ta de cinabrio que dejara en la batea proveniente de la erosión de las aguas sobre los ricos yacimientos que existen en sus cabeceras. El Anaime más lejos, al otro extre­mo de la mesa, rico en oro y de curso apacible. Los dos unidos van en seguida al Coellos.

         Siguiendo el curso del Anaime, aguas abajo y ya en­grosado por el Vermellón, como a dos leguas de Ibagué viejo, los colonos antioqueños tenían abiertas algunas fin­cas y estaban formando la población de Anaime; también minas de oro se descubrìan en la localidad.

En el trayecto entre la finca de Gómez y el incipien­te caserío de Anaime, el río forma extensas vegas casi planadas y de una fertilidad extraordinaria. Dispersas sobre estas planadas las casas de madera de los colonos animaban el panorama, en todas ellas brillaba el aseo que caracteriza al antioqueño y que diferencia su morada de las demás de las clases pobres en el resto del país.

La aldea de Anaime, toda en madera, era el centro de reunión de los colonos en los días feriados y teatro de escenas violentas, pendencias y crímenes que son inseparables de toda nueva fundación cuando ésta se afectúa por una raza activa y pujante.

            En el año de 87 se declaró la fiebre minera en el Tolima; algunos buenos descubrimientos hicieron creer a las gentes que las minas de oro los enriquecería a todos fácilmente; que los yacimientos metaliferos son tesoros de inmediata, fácil extracción. Y como en todas partes el criterio se maleó, vino la ofuscación y con ella la confu­sión de ideas. Ya habrá ocasión de continuar sobre esto; volvamos a la casa de Gómez donde nos espera la expedi­ción lista para entrar a la montaña. Larga fila de cargueros con todos nuestros bártulos a la espalda desfila fatigo­samente por la estrecha trocha que se abre ante nosotros, cuesta arriba, dentro del bosque secular. Algunos trocheros adelante limpian y amplían los puntos más cerrados. Se habla poco concentrando todas las energías en vencer la pendiente.

Atrás de todos, guardando una corta distancia,  Gómez, Torres y yo cerrábamos la marcha. En el primer alto volví la vista atrás: ante mi se extendìa la vega del Anaime, en primer termino, con sus alegres casas y entre ellas una, la más pintoresca que más tarde me dió ocasión par no olvidarla nunca. Más allá el camino del Quindío extendiéndose como una serpiente blanca sobre el monte negro hasta donde la vista alcanzara.

A las cuatro de la tarde el ancho en la montaña cerca de algún arrollo; Ir a fogatas que se prenden; la actividad de todos para la comida y luego la deliciosa charla de los peones antioqueños. Entre ellos siempre hay alguno que sabe contar cuentos, narraciones como sólo pueden oírse en Oriente por la vivacidad e ingenio del narrador: el cuento de "Sebastián de las gracias " que ocupa varias noches, que como las narraciones orientales lleva intercalaciones rítmicas en forma de melopea y otros tantos.

Después el silencio lleno de ruidos de la montaña, el canto augusto de la Naturaleza; los ruidos insólitos que ­interrumpe la magestuosa sinfonía del bosque y  que a veces hacen estremecer: la caída de un árbol, el chillido agudo de una bestia o de una ave nocturna; el apresura­do y bestial paso de las partidas de dantas que atraviesan rompiendo la maleza, la ficción de un rugido que trae la imagen del tigre el más temido de los habitantes de Quindío y otros tantos ruidos que hacen comprender la vida nocturna,  incansable animación de las selvas primitivas.

Y a la hora de los cuentos, los peones han conversado-en voz baja y temerosa- de los seres maléficos siem­pre enemigos del hombre, que pueblan las montañas nuevas la madre de monte, el hojarasquín y otros tantos seres fabulosos y malos que son el terror del montañero.

Para quien oye por primera vez estas cosas no dejan de causarle impresión, como impresiona profundamente todo lo de esta vida nueva, desconocida en absoluto para el habitante de las ciudades. Mi alma se abría a las im­presiones, como siempre se ha abierto, para recibirlas del medio en que vivo; favorable condición de mi idiosincrasia que me ha permitido la más completa adaptación a los cambios de lugar y de ambiente.

 

Al otro día temprano llegamos al lugar de nuestro destino el Cinabrio, las minas de azogue que Torres ras­treara sobre viejas tradiciones españolas primero y sobre el río Vermellón,  aguas arriba, en seguida. Allí era don­de yo iba a vivir en lo sucesivo; la montaña la inmensa montaña sin horizonte alguno se extendía por todas partes. Con profundo pesar me acordé de la cosa en Santa Clara, su patio lleno de flores, las comodidades y el cariño que allí me rodearan y verdaderamente me arrepentí de la lo­cura que había hecho cambiando, sin necesidad, todo mi bienestar por este monte frío, horrible y suelo. Los des­fallecimientos en la juventud son, afortunadamente, de corta duración; el ánimo vuelve pronto , se rehace gracias al exeso de fuerzas sobrantes y no decae; la ilusión del trabajo, la mentira vital de nuestra aspiración a la gloria y al renombre. Pero más que todo, el recuerdo de Teresa que tan lejos estaba y con la cual una sola vez hablé de amor; fue la víspera de mi partida; fui a despedirme, de aquella casa en que todos me querían tanto y vencien­do- por la fuerza de mi pena -la timidez que mil hablar con ella me sobrecogía, .díjele todo lo que había en mi alma. Emplazóme para dentro de un año y tal vez se sor­prendiera ella al considerar la absurda necedad que come­tiera yo al irme lejos a vivir como salvaje cuando nada de eso necesitaba. Romántico por extremo, un práctico y si se quiere tonto - joven D. Quijote-me imaginara que para merecerla debía irme lejos a bregar y hacer cosas. Lleno de sus recuerdos vivos en el Cinabrio riéndola, mi interior, el culto más solemne; mí espíritu especialmente religioso completó en ella todas sus aspiraciones llegando a confundirla con todo lo que me rodeaba.

Días de actividad siguieron; atormentaba el hacha el bosque, caían los árboles, las sierras partiendo las tablas rugían y una activa animación  fecunda nos llenaba. Las cosas principian a tomar forma: se delineaban las viviendas y restallaba la dinamita en las obras de mina. Pocos meses después se levantaba cómoda vi­vienda para el alojamiento mío y de los trabajadores. Con qué gusto abandonamos la toldería para instalarnos en la espaciosa casa de madera que habíamos construido!

 

Queda el Cinabrio muy cerca de la cima de la cordi­llera central divisoria de aguas entre el Magdalena y el Cauca y geológicamente sobre los terrenos primitivos del Cámbrico que fueron levantados y puestos a descubierto cuando la intrusión sienítica del Cretáceo modeló la orografía del territorio colombiano. Inexplorada era toda la comarca hasta la cordillera, estoy seguro que el prime­ro que se aventuró a doblarla-descubriendo la depresión de Calarcá, punto obligado del trazado para ferrocarril que una las hoyas del Magdalena y Cauca-fui yo cuando, le­vanté los planos de las concesiones mineras del Cinabrio; mas esto no viene al caso.

                Trabajaba con los peones, como jornalero, y por la noche, rendido de fatiga escribía. En esa época escribí los primeros artículos técnicos que vieron la luz pública firmados, desde entonces, con las tres iniciales de mi nom­bre y también escribía al amigo querido que en Bogotá era el confidente de mi Dulcinea.

         En la para mí irreparable pérdida de los negativos fotográficos de esa época, lo que más siento es la vista de las casas del Cinabrio, la torrecilla de madera donde yo vivía más elevada que los otros edificios. Allí tenía mis li­bros, el laboratorio portátil de ensayos y allí, hasta tardes horas de la noche, a pesar del cansancio, estudiaba y leía.

        Vida de actividad extraordinaria, de castidad perfec­ta, porque el recuerdo de quien llenaba toda mi alma me hacía incapaz del más insignificante pensamiento que mancillara el purísimo espejo de mi conciencia.

                Coleccionaba helechos-familia botánica en que  es tan abundante la cordillera-y los más bellos iban a Bogotá en paquete especial para entregarse a aquella a quien le gustaban tanto.

 

El furor por las minas de oro crecía en el Tolima; la fiebre llegaba al último extremo. Por todas partes se descubrían minas y los cándidos creían que un mero pros­pecto era una riqueza, sintiéndose millonarios. La fiebre del oro, la fiebre de la codicia, el delirio de hacerse pronto ricos sin trabajo que ha sido la historia. de todas las fiebres mineras en todos los países de la tierra y en todas las épo­cas. En esta exitación de ansia de oro se encontraba Iba­gué cuando salí por primera vez del Cinabrio, como al a­ño de entrado.

No me había cortado el cabello durante este tiempo y me caía sobre los hombros a lo Manrique; también ha­bla desdeñado mucho la indumentaria y cuando salí a la Incomparable imagino que mi figura era bastante estrafa­laria. Muy bien recuerdo que la misma tarde que llegué a la ciudad se me habló, en el hotel, de un joven ingeniero de minas que trabajaba en Anaime y del cual yo no tenía noticia como vecino, pero sí lo conocía de nombre por haberlo oído mentar mucho en Bogotá. Si que lo había oído nombrar, el Secretario intimo del Bayardo colom­biano-el Gral. Sergio Camargo-el hombre de valor im­pertérrito, en suma, el que acompañara a Camargo en to­das las peligrosas jornadas del 85: CARLOS DE LA TORRE. Nos conocimos en la plaza de Ibagué y puede decirse que desde ese momento fuimos íntimos. Dulce amistad que ha perdurado en todo el lapso de nuestra vida, que no se di­vidió como las ramas que parten del añoso tronco y que sólo la muerte podrá interrumpir.

En esta primer salida de la montaña tuve ocasión de informarme cómo estaban las cosas en relación con la in­dustria minera. Es claro que todos estaban alucinados; la cosa era en realidad una locura, después he visto otras fie­bres de esta clase pero como aquella ninguna.

Había un al Mr. Willamson-hombre que pudo saber algo en sus mocedades-que el alcohol había embrutecido por entero. A éste se le concedían facultades hasta de mago, se creía en su palabra como en la Biblia, aún más seguían sus desatinados consejos como siguen las gentes sencillas el consejo de un brujo.

Había D. Roberto White, ingeniero de nota que trabajara y que que hiciera cosas buenas; pero que deseaba desarrollar las minas en el Tolima aconsejando que se montaran todos los prospectos y se pusieran molinos en ­todas partes, único modo-en su sentir-para diferenciar lo bueno de lo malo, y todo mundo metía sus caudales en molinos de palo donde quiera.

El Gobierno del Tolima regido entonces por el Gral. Casablanca tomó una medida -magnífica en  principio-a fin de evitar el malgaste de la riqueza pública, fue hacer venir de Norteamérica un ingeniero connotado que diera opinión. Al efecto vino Mr. Randolph primer graduado en minas del Columbia College de New York;  hombre de buenos conocimientos a quien traté mucho; mas no sé qué ideas guiaron el criterio de Randolph. Fuera  emula­ción con White, fuera envidia es el hecho que él se propuso dar informes contrarios a los de D. Roberto, Si el uno hizo mal lanzando a las gentes a la contingencia, el otro obró peor llevándolos a la desilusión. De esta controversia no se sacó nada en limpio.

Los fracasos mineros vinieron en seguida causados por la confusión de ideas, alma mater de todos los desastres colombianos en industria y en política.

Recibiera yo entonces una carta llamándome a Bogotá: el año del emplace se cumplía  mis asuntos iban mal según me escribiera el amigo confidente. Partí como rayo a las tres de la tarde para galopar durante la noche las trece leguas que separan a Ibagué de Girardot, el llano, en pajonal amarillo que el sol caldea con rayos de fuego y que se extiende  interminable en apariencia.  Apesar de su aridez aparente cuán bello, cuán fértil, cuán fecundo es el valle del Alto Magdalena.

De Ibagué a Girardot, la primer mesa se extiende hasta Gualanday; un corto descenso en  cuesta sobre la arenisca triásica y luego, pasado el río de Gualanday, si­gue el llano en suavísimo declive hasta la orilla del Mag­dalena, apenas si Coello interrumpe-como línea sobre un pizarrón-la plana superficie.

En estas tierras, en donde el sol domina, es mejor andar de noche; de día es casi imposible a veces vencer la soñolencia que la radiación atmosférica y el calor tórri­do producen sobre los sentidos. En las marchas forzadas de los ejércitos, en nuestras guerras civiles, se cuentan por millares los hombres muertos porque el sol les derritió los sesos como pudiera derretirse un poco de manteca en un pote; tal es la creencia vulgar.

Forzando bestias y buscando remudas donde Dios me amparara llegué a Bogotá, me acuerdo bien, un día como a las dos de la tarde; peluqueado y listo fuíme de visita a la casa querida donde todos me querían. Pero, oh dolor!  todo lo hallé cambiado...

Al otro día, muy de mañana, emprendí el regreso a las montañas; ya no las vería horribles y sucias; veíalas de otro modo. Tras una grande desilusión el hombre, en general, toma uno de dos caminos: o el de los Intereses materiales o el de la especulación pura en el estudio y en los sentimientos pero en puridad de verdad la primera desilusión en amor, acarrea grandes cambios en el organismo interno.

Como si la mano poderosa de mi amor primero me hubiera detenido, libre ya de ella y más aún libre por su inconstancia, salté fogoso la valla q' me separaba entrando de lleno en el predio vedado, para mí, del amor carnal, del amor fisiológico como el hombre sano debe experi­mentarlo; al poco, niñerías me parecían mis escrúpulos y mis romanticismos. Afrodita venció a la casta Anafrodita trayéndome con su triunfo nociones más claras, más pre­cisas y ciertas de las que hasta entonces hubiera tenido sobre estas cosas.

Vuelto al Cinabrio continué con mayor actividad al obra emprendida, pro mi reclusión no fué como antes; salí a Ibagué viejo, a Anaime y frecuentaba los centros mineros de la localidad.  Me llamaban de unos a otros en consulta.

Carlos de la Torre dirigía la mina Las Venecias, prospecto de las mayores esperanzas. Había establecido montaje racional y vivía con cierto refinamiento muy de admirar en las montañas. Anaime, apenas en fundación, lo poblaban verdaderos bandidos, sólo en Segovia -en Remedios-se vieran escenas tales; baste decir que el Corregidor, los días de fiesta, era un arsenal andante. Qué figura aquella! Pequeño, con gran sombrero de paja, pendíale del cinto un enorme chafarote; por los bolsillos de los pan­talones asomaban las culatas de dos S & W. calibre 44 y en la mano llevaba una carabina. Con todo esto costábale trabajo sostener a los transgresores q' por lo general no se rendían sino a tiros o cogidos con horqueta corno se coge una sierpe ponzoñosa. Por lo demás, y no habiendo aguardiente, los colonos eran tan suaves como ovejas a semejanza de aquel personaje de D. Pedro Antonio de Alarcón quien en tanto que respetaran sus usos, vicios y costumbres no se disgustaba con nadie.

De las otras poblaciones del Quindío, sólo Salento estaba fundada y Calarcá en proyecto. De lo que es al presente esa incomparable región del próspero Departamento de Caldas, en el Quindío, mi soñación.

Para vernos más fácilmente hicimos una trocha del Cinabrio a Las Venecias y con frecuencia la traginara para ir a visitar al amigo querido. Con él hablamos de tantas cosas, proyectábamos tanto. Ni él ni yo obtuvi­mos en la vida lo que merecíamos porque fuimos desinteresados, y en el mundo, donde todo lo gobierna el interés, espíritus de nuestra clase son entidades insólitas, en discor­dancia.

Descubriérase en Anaime una mina de oro que por los cogollos se mostró sorprendente-La César-- en la cual tomó acciones y metió dineros el nunca olvidado en  nuestra tierra Sr. Cologán -que creo fué el primer Minis­tro acreditado por España-; manejaba la propiedad un viejo andaluz de apellido Tejeiro, hombre simpático y fácil, casado con una muchacha ibaguereña, linda como ninguna en su tierra. En la mina de Cologán se daba buena vida con los dineros de los accionistas, ya se sabe que el furor  minero estaba, como dicen algunos, en su período álgido. En La César se comía pavo real roseado con los buenos vinos de la madre patria. Llegó el momento en que la compañía se sintió mal del hígado, síntoma grave; para saber qué había de cierto escribióme el ministro Cologán una carta en la que me pedía fuese a La César a rendirle un informe y al efecto fui pero haciéndoseme tarde pedí albergue en una casita de colonos, pintoresca en extremo, en la vega del río. Al ver la casa se comprendía que adentro había algo más que el aseo natural del colono antioqueño, y cierto, allí vivías tú VISITACIÒN!

No puedo imaginarte, VISITA, sino corno nos veíamos a orillas del Anaime en nuestras horas de intimidad. Oh mi adorada! Bajo los altos árboles; joven yo entonces y fuerte-el Señor y tú tan bella, tan sumisa y tan buena. Te imagino muerta joven, tu cadáver no infundiera re­pugnancia ninguna; pero no te puedo imaginar vieja a ti VISITA a quien - cuando nos separamos - nunca volví a verte. Ni poseída de otros, ni pasando de mano en mano entre los hombres. Tal vez vendieras tus encantos, qué puedo saber yo ? Si en el inexorable destino de las cosas tu suerte fuè esa ? A quién culpar!   A la fatalidad de Dios o de los dioses que hizo las cosas así?  A mì tal vez podrías culparme y si ingrato fué alguno, ese fui yo. Pe­ro delante de la fuerza de las circunstancias la humana voluntad no tiene empuje. Víctimas somos de un destino fatal ; mas yo seguro estoy que tû moriste en plena juven­tud; que tu orgullo te hizo librar de las miserias anejas a la vida de la carne: la enfermedad y la vejez. Tú no llegaste a vieja, VISITÁ, porque tenias el orgullo de tu cuerpo, el orgullo soberbio de legar a la tierra aquello que de ella recibimos, en plenitud.

         Tú tan bella, oír mi adorada, volviste a la tierra sana y fuerte corno a ella volviera el poeta a quien nadie olvida. Cuando nos separamos nunca pude saber de ti nada más y sinembargo, lo averigüé insesantemente como loco. A todos escribí, ausente en las tierras de la América gran­diosa, a mis amigos escribía preguntando de ti y de tu suerte. Nunca pude saber nada. A ti quise volver pero me fué imposible, la vida había forjado cadenas poderosas para mí y al nido de nuestros amores ya no pude volver. Y ahora, viejo, qué puedo pensar!

A mí te me presentas diáfana cristalización del en­sueño juvenil; forma perfecta que me enseñó el amor; tus gracias son las que encontré después en todas las mu­jeres y en mí vives como vive el sacramento detrás del velo, eternamente, en el santuario de mí corazón. Nunca te he olvidado--tal vez ni un solo día he dejado de acor­darme de ti y en las vigilias de las noches oscuras, en el invierno frío de la vida, te pienso, oh alma mía, y te re­cuerdo como entonces eras; ágil, esbelta y única entre todas; la virgen antioqueña que subía la cuesta de Ibagué viejo para buscarme y de la que  todos hubieran podido decir: "Quién es aquella que sube tan esplendorosa como el sol?"

Cuando estábamos juntos y las hojas caían, nos estremecíamos creyendo que fueran los pasos de algún envidioso de nuestra felicidad; sobrecogidos mirábamos al rededor medrosos. Ahora, dime qué nos importa todo eso?  Donde tú estés, oh alma mia, verás las cosas como son y si solamente desvanecida entre los elementos del Inmenso Unico no puedes percibir la vida, en el ambiente que me rodea y en todo lo que existe te respiro y nuestra unión es más íntima que antes. Yo también pronto iré al Orcus que mal se llama oscuro; llamáralo el clarísimo, y cuando el tiempo venga de mi disolusión yo estoy seguro VISITA, que nuestros atomos han de buscarse afines pa­ra una unión más íntima; la unión de las cosas en el Todo Universal.

Quien lea este libro tiene que perdonarme, bondado­samente, la tirada anterior, al tratar de recuerdos, la ima­gen de la joven que me quizo tanto y a quien yo quise tanto se viene en primer término. En los amores no convencionales -el amor como se entiende en el pueblo- hay algo superior a todo. Aquí no entra la convención sino la voluntad, es la tendencia imperiosa de la natura­leza la que habla, no la ley social de la conveniencia. Po­demos casarnos-y muchas veces por amor -pero qué es esto delante del amor invencible que experimentamos li­bremente!

En la marcha de las sociedades modernas se ha esta­blecido el canon del amor legal y se persigue el amor natural. Qué horror ! Si se miran las cosas por el lado de la selección, la humanidad se está seleccionando en el sentido desfavorable, síntoma es la degeneración que se observa; no me imagino, empero,  cómo es que al escribir estas páginas pierdo tan a menudo el hilo y me meto por los cerros de Ubeda en disquisiciones que no vienen al ca­so. Cuento la narración de un hombre que ha vivido en nuestros Andes; refiero sus experiencias, sus amores, sus desastres; pero el filósofo que hay en mi interviene, a ve­ces, y digresiona. Cómo puedo evitarlo?  Hay que tener benevolencia para quien escribe a esta edad y acordarse del tratado de Séneca "De senectute" y de los "Ensayos" de Montaigne y mil cosas más que suelen escribir los que, sin ambiciones de aquí abajo miran, más bien, lo que hay de para adelante.

Tengo que hacer, de nuevo, referencia a mis escri­tos técnicos para los que quieran detalles de esta natura­leza respecto de las minas del Tolima y demás asuntos de información al respecto; limitándose aquí a decir que por la falta de experiencia industrial, por las imprudencias y más que todo por querer elaborar minas pobres, en el Tolima, por los métodos antioqueños - buenos únicamente para yacimientos riquísimos - todo vino a la ruina. EL decaimiento fue necesariamente tan grande como la ilu­sión. Pero el desastre minero-si bien fuera ruina de muchos--trajo la consecuencia de desarrollar la agricultu­ra y gracias a la fiebre de minas del 87 se colonizaron inmensos territorios, Las minas volverán porque bis hay buenas; trabajadas, sistemáticamente, por los procedimientos modernos han de dar resultado. Falto de información reciente, cuando escribo esto, es bien posible que al presente algo se haya realizado.

Al hablar de la fiebre minera me refiero a las minas de veta de oro, no a las aluviales, ni a las de plata que des­de tiempo inmemorial se trabajaran con éxito: Malpaso y todos los aluviones del norte del Tolima produjeron siempre valores de mucha consideración lo mismo las minas de plata del grupo de Frìas.

El detenido estudio que tuve ocasión de efectuar en el Tolima cuando comencé mi carrera profesional me per­mitió llegar al principio general de que un país minero está dividido en zonas o familias metalíferas ; mis publica­ciones al respecto tienen sin duda la prioridad mundial. Más tarde reduje el fenómeno a la influencia de las rocas eruptivas fundando la teoría- hoy aceptada por todos- de las rocas generadoras, esto es: de la venida al exterior de los metales sirviendo de vehículo una lava volcánica; teoría esta que hice extensiva a los diamantes y muchos años después pude verificar para los coridones en el Departamento de Nariño.  Para el fracaso minero de que me ocupo contribuyó, muy eficazmente, la imprudencia en los gastos personales; halagados con la ilusión de los tesoros que se iban a encontrar prontamente, los jefes de los establecimientos vivían a toda leche, sin reparar en costos. Años mas tarde observé el mismo fenómeno en Nariño y la frase que se estiló aquí es bien sugestiva: "la mina da para todo," en la cual se encierra un sentido que no necesita comentarios.

Dejaría incompleto este relato de la fiebre minera en el Tolima si no mencionara el último esfuerzo que hizo el General Casablanca para encausar la corriente de entusiasmo y metodizarla; por consejo mío pidió lo que se lla­ma un tren de prueba para el examen de las minas, es decir una planta metalúrgica pequeña a la cual los interesados llevaran sus minerales para ser examinados y recibir instrucciones sobre tratamiento. Las buenas in­tenciones de Casablanca fueron ahogadas por los intereses de la política, se envió a Norte América a un político pro­fesional en calidad de comisionado, gastó el Departamento ingentes sumas y al fin no resultó nada. La política! el cáncer de nuestra tierra, su ruina y su oprobio.

En mis frecuentes salidas a Ibagué tuve ocasión de hacer muchos amigos, frecuentar su sociedad y darme gusto, gusto como se lo diera el Raposón  de que nos habla Queiros en su famosa "Reliquia", con la diferencia que fui un Raposón estudioso.

Fundamos un Club que se llamó EL CLUB MINERO frecuentado por una saciedad de ingenieros, interesados en minas, prácticos, etcétera páribus, dónde nos divertíamos de lo lindo.

Casi todos muertos ya !.....

        Gabriel Solano de genio tan jovial, tan alegre, tan suave, gloria positiva de la ingeniería nacional; hombre que realizó obras y murió en la trinchera trabajando en favor del progreso nacional ; Joaquín Buenaventura (el tuerto) tan buen ingeniero corno empedernido pecador; Jaramillo, recién desempacado de la vieja Alemania ; Pachito Restrepo que tanto hiciera luego en Muzo y cuantos mas. Pero no puedo dejar pasar desapercibido a D. Jesús Cuer­yo, el hombre de imaginación ardiente con quien luego me ligaron vínculos de estrecha amistad Era entonces Cuervo hombre arrimado a los cuarenta, el más viejo entre cuantos nos reuníamos en amplio salón del Club Minero y llenábamos el recinto con nuestras voces, voces de juventud y de alegría-- emprendía en todo: en minas, en tierras baldías, en plantaciones de café, en proyectos de obras públicas, siendo factor bien importante del progreso entonces. Con èl proyectábamos el trazado del camino por Santa Isabel y el ferrocarril por la depresión de Calarcá.

Ratos agradables eran los que, de tiempo en tiempo, nos pasábamos en nuestro club cuando salíamos de las montañas, fatigados del trabajo constante, para darnos un resuello en la "Incomparable."

Acabemos aquí este capítulo que ya se han echado afuera muchas cosas y reflexionemos, por un instante, cuál fué la ilusión del progreso, hace treinta años en el país La misma de ahora diez; la misma del presente. el Lago Encantado.

Cuando uno es joven, el futuro remoto de treinta años le parece una cantidad inmensa de tiempo.  La vida anda a su paso maravillosamente rápido, y los treinta años se pasaron como un soplo. En los treinta años, qué se hizo? Nada o casi nada. En otras tierras, treinta años....cuántos son ?  Siglos para nosotros. En menos de treinta años se conquista para la civilización todo el Oeste en el norte de América y también la Argentina se transforma; Colombia, empero, permanece estacionaria. Quizá en algunos centros hay cierto progreso que pudiéramos lla­mar nucleal, pero en el resto del país nada. Esta resis­tencia del medio quitó el ánimo a muchos; el desconsuelo vino y con él las tres viejas que trataron de entrar por la puerta del Doctor; la Angustia, la Deuda, el Hambre.

Comentarios (0) | Comente | Comparta