Manuel Gómez.-Los mineros antioqueños.- Bailes en el Guayabal .-Recuerdos einegéticos -El Saldaña.- Las vaquerías. -Mi cuñado Leyva.-Natagaima.- El cobre nativo.-La fábula de Mohan- Los Parissots.-Compañías inglesas.-Una noche en Frías.
En el 87 el minero antioqueño era, sin duda, el personaje más
importante - mejor dicho, el más conspicuo- en Ibagué con el afán
del oro, con el ansia por el amarillo que invadía todas las
imaginaciones, él-el minero antioqueño era el único que lo sabía
encontrar buscándolo en la tierra y el único que conocía el arte
de minear, el de eregir molinos y todas las demás cosas
relacionadas con el oro. Gentes de ambición, de agresividad en el
sentido que se da a esta palabra en América del Norte, los mineros
antioqueños, son trabajadores excelentes, superiores tal vez a sus
congéneres que se ven en Colorado, Nevada o California y semejantes
a ellos en todo; capaces corno ellos de abandonar una mina porque
se sepa que en las aguas potables de la localidad hay sales de oro
en disolución que producen en el estómago la repugnancia por los
licores. No se vea en esto una exageración, es bien sabido que en
una localidad en Nevada los mineros desertaron porque el químico
de la empresa halló rastros de cloruro de oro en el agua potable
que se bebía, y, dejaron de trabajar por no perder su afición al
aguardiente a causa del antídoto que la naturaleza infiltraba en
las aguas de uso diario.
Más tarde se ha reaccionado en Antioquia-como se reaccionó en
América-contra el licor; pero tan benéfico movimiento no se había
iniciado aún en el 87.
Cuando salían de la montaña, los mineros bebían en la ciudad -como
el hombre de mar bebe en el puerto-hasta quedar sin en centavo y
aquí las escenas, las violencias y los crímenes que hicieran temen
la salida de los buscadores de oro en todas partes.
La progresiva invasión del elemento antioqueño sobre el Tolima era,
además, mirada con recelo; el ibaguereño que no pudo conquistar las
montañas de su territorio miraba con malos ojos ese otro elemento
agresivo qué con el hacha al hombro y la mujer siguiendo sus
huellas, cargada con los utensillos del megaje, sé entraba al
monte, lo descuajaba y lo abría; ese elemento activo que con el
sudor de su frente fecundara la tierra propicia. La ineptitud de
los tolimenses para la colonización de las tierras, en presencia de
la aptitud antioqueña para dominarlas; produjo en el débil el odio
contra el fuerte, de aquí rencillas y escándalos a cada momento
cuando los maiceros se emborrachaban los pueblos.
En la sociedad Tolimense-lo mismo que en la del Sur de Colombia -hay una clase en el pueblo que ocupa una posición especial-llámanse aquí ñapangas, allá cintureras-pero se corresponden. Es esta clase la superior del pueblo que forma, digámoslo así, una aristocracia. Cintureras o ñapangas prefieren, con sobra de buen sentido, ser cabeza de ratón que cola de león ; estar más bien a la cabeza de la entidad del futuro, el pueblo, que a la cola de la exigua minoría. Tanto en el Norte como en el Sur de la República la clase ñapanga es respetable y respetada, goza de influencias viniendo a ser algo- en su posición social-como el verdugo ennoblecido en la vieja Alemania; el último de la aristocracia, el primero del Estado Llano. De la clase cinturera para abajo sigue el pueblo analfabeta, masa que pertenece a quien manda sin ideales y sin ambición.
Pues bien, los bailes de cintureras en Ibagué han sido siempre famosísimos, se come el lechón-el puerco pequeño de leche asado en horno-manjar digno de la mesa de Lúculo; empanadas las más deliciosas que en todo Colombia se puede producir, empanadas aliñadas por manos femeniles con el mayor amor, y, se rocía toda esa bucólica con el buen ocañero, puro de caña no aromatizado con los sintéticos con que la química industrial ha envenenado todos los licores.
Dos barrios eran los principales para estos bailes de la clase ñapanga, siempre los sábados, y antagónicos: el de arriba en la ciudad alta- el Guayabal-el otro abajo en la salida para Girardot. El de arriba llamárse cosmopolita, concurríamos todos, los más antioqueños; el de abajo miraba con malos ojos al forastero, era, dígase así, un barrio de exclusión. Muy amenudo los de uno u otro barrio invadían al contrario y aquí el pujilato, el garrote y la barbera que los mineros manejaran con tan grande maestría.
Todos lo saben que en el bajo pueblo antioqueño- reminiscencia de la falca andaluza, gitana o vasca--es la navaja de afeitar, la barbera, el arma preferida, y nadie ignora que gradúan con los dedos el corte que el arma tenebrosa inferirá al contrario..... a toda hoja mortal, pero limitada entre el pulgar y el índico, modera los estragos. "Le doy para quince días" dice el maicero cuando da el corte o lo gradúa para más o menos.
Cada sociedad tiene sus trajes propios, sus elegancias y sus reparos. Los que de arriba miran al pueblo-cual desde la torre de Eiffel-y apenas si lo distinguen como hormiga, por esto no pueden comprender que en el sencillo traje de nuestras clases pobres hay tantas elegancias y tantos refinamientos como los hay en los de arriba entre enfracados caballeros y sobrevestidas damas. Pero cuando uno vive con el pueblo aclimata el ojo y distingue detalles que para otros pasan desapercibidos. Yo he llegado a tanto en esta materia que aprecio las elegancias aún para la horrenda vestimenta con que ocultan sus formas las bellas campesinas y las ñapangas en el Sur de Colombia.
Para los bailes en el Guayabal; para sentirme pueblo entré el pueblo adoptaba, con verdadera fruicción, su indumentaria: alpargata nueva, calzón blanco, camisa roja, poncho de hilo y el sombrero de paja nuevecito; convertido en uno de tantos y no un caballero embotado, bailaba la noche entera el melancólico bambuco, el arrobador torbellino o la difícil caña. La calla es el baile por exelencia, el baile popular en Ibagué entre la clase ñapanguera y..... que donaire sueltan las mujeres y cuánto ingenio todos! Es una especie de zambuco, pero con versos, versos improvisados que se dispara entre el hombre y la mujer como un chispazo eléctrico. Entre pobres trabajadores he visto fluir la improvisación que envidiara César Conto Pobres genios perdidos, perdidos en la faena diaria, en el esfuerzo muscular de bestia, en su propia vida sin aspiraciones y sin más allá!
Acompañóme durante los últimos meses, de mi permanencia en el Cinabrio mi primo Próspero Pereira. que murió tan joven, mas en el corto lapso de su vida dejó. entre cuantos lo conocieron, imperecederos recuerdos. Jamás regaló Dios tanta bondad al corazón de un hombre ni tanta lealtad. Fue mi compañero inseparable y al recordarlo ahora, tengo que convenir que nadie me ha querido en el mundo tanto como él, con afecto tan desinteresado y adhesión tan completa.
Cazador infatigable rondaba los montes y siempre traía buenas piezas, para el trabajo también era exelente Dios se lo llevó antes de tiempo y me viene a la memoria un recuerdo conmovedor: tenía una novia la que murió en pena pocos meses después de la muerte de Próspero - pero durante los pocos días que le sobreviviera-ella pobre, vendía todas sus cosas para comprar flores y cubrir con ellas, diariamente la tumba de su amado. Raro ejemplo en la vida!
Volvamos ahora sobre e hilo de la narración: los domingos en el Cinabrio eran animadísimos, teníamos más de ciento veinte peones y a as tres de la mañana estaban listos para echarse por partidas monte adentro a levantar las piezas. El sábado por la tarde venía sin falta- D. Manuel Gómez, entre él y Próspero organizaban la cacería .
Era D. Manuel Gómez un viejecito bajo de estatua, un poco grueso y completamente blanco de cabello; se arrimaba a los setenta pero ninguna de sus facultades se había menoscabado un ápice. Agil cual ninguno y de una fuerza física increíble ; en sus mocedades dejó el estado de Santander, donde naciere, y se trasladó a Tolima, entro él primero con el hacha a hombro y estableció en la hermosa planada de Ibagué viejo en ese tiempo cubierta, de bosques seculares; con su trabajo de colono, año tras año, fundó bellísima hacienda que mencioné en otro lugar.
Tenía pasión, verdadera pasión por el negocio de fletes; pero su placer era arrear las cargas personalmente. Poseía inmensas bueyadas , y trajinaba con ellas, compañero de los otros arrieros y no como patrón; no hacía esto por miseria, pues era generosísimo, sino por placer. Su otro apasionamiento era la cacería. La relación de sus aventuras en las montañas ocuparía un libro, lo cual se comprende, pues, metido en las montañas del Quindío, ahora cincuenta años , tuvo que vérselas, a diario, con goda clase de fieras y animales de monte, baste saber que el tigre era tan abundante entonces, que en el camino los cargueros eran asaltados no en raras ocasiones.
Entre los héroes del trabajo la modesta figura de D. Manuel Gómez debe ocupar un lugar preferente y doy gracias a Dios de que me permita hacerle esta justicia. Conversar con él era estar divertido, sus relaciones tan variadas, su vida tan fértil en aventuras! Cosa rara en un hombre que había pasado toda la existencia con el hacha en la mano o remendando aparejos de carguío; su trato era excelente y su educación perfecta. Tal era el jefe de nuestras cacerías en el Cinabrio.
Unas veces subíamos hasta los parámos en donde pululaban los venados blancos; pero más comunmente se alzaban dantas en la montaña que todos caían a la quebrada abajo del establecimiento minero.
En dos ocasiones pude admirar el arrojo de Gómez: un día estábamos de parada, él y yo, en la quebrada al bordo de un horrible precipicio; sentimos el ruido de la presa y momentos después apareció la inmensa bestia hirsuta y jadeante, atemorizado me hice detrás de un tronco; pero Gómez se le fué encima le echó mano a una oreja y como un rayo la hirió en la cabeza con el machete, la danta forcejeaba, lo arrastraba pero él con agilidad increìble se mantenía en pie hiriéndola hasta instaría. Todo fué rápido, el asombro me tenía paralizado atreverme a hacer uso de mi carabina.
Otro día persiguiendo un león bastante crecido logramos que los perros lo encaramaran a un árbol; Gómez trepó detrás con el machete para matarlo en las ramas mitad de su ascenso el león se le descolgó cayendo juntos al suelo, afortunadamente los que estábamos allí pudimos favorecerlo matando la fiera a lanzases. Así era el buen viejo.
No creo que en Colombia haya habido localidad más rica en cacería cual el Quindío; además como nunca había sido perseguida no era recelosa y en un día de corrido se hacían milagros. Varias clases de esos, bellìsimos leones de la más fina piel, ciervos blancos en los páramos y venados comunes abajo ; fuera de esto las dantas enormes que andaban en manadas considerables; cuanto a caza de pluma, cantidad increíble principalmente en el género pavas desde el gran paujil hasta una pequeña suma- mente parecida a las gallinas domésticas y que he creído sea decendiente de las gallinas españolas que pudieran volverse montaraces cuando la destrucción cíe la ciudad (Ibagué antiguo) por los Pijaos. En ese tiempo todavía habla en los páramos ganado alzado, esto es ganado que en épocas muy remotas había huido volviéndose salvaje; en su aspecto cambiara bastante del tipo doméstico y era una cacería peligrosa, pero bien divertida. La profusión de caza en estas montañas explica fácilmente la abundancia de fieras que durante mucho tiempo fueron el terror del Quindío y una de las mayores dificultades con que tropezaron los colonos para la cría de ganados.
Al presente los bosques impenetrables de ahora treinta años están en haciendas y cultivos; ciudades importantísimas se han levantado con admiración de todos: Armenia, Calarcá..... todo esto está dando la muestra de lo que una raza activa puede hacer. El colono antioqueño lo transformó todo en tan corto tiempo. Por qué? Porque éllos- como los pioneers en Norte América- se asfixian en la atmósfera sedentaria de los pueblos ; cogen el hacha y la mujer, únicas cosas que necesitan y se van monte adentro lejos de las convenciones sociales, de las autoridades y de sus trabas. Tumban el monte, siembran el maíz, crìan puercos y ahí esta la finca fundada. Fecundos se procrean, al corto tiempo los hijos también hacen sonar el hacha en la montaña; crece la familia y con ella la prosperidad.
Qué diferente es este cuadro del que se presenta a la vista al estudiar las clases pobres de nuestras ciudades! Qué esperanza tienen? Ninguna. Cada hijo que les viene, una preocupación, una boca más para su pobreza, una nueva carga y tanto es esto así que los pobres desean no tenerlo. Cuántas veces ay! van al infanticidio!
Algo más de un año viví en Cinabrio y ya fundado aquel y floreciente quise salir a ver otras cosas y andar por otras partes; vínome la añoranza por mi vida de Bogotá, la idea de que malgastaba mi juventud concretándome a vivir en una sola localidad y no tener más horizonte que una sola empresa. Provocóme ser ingeniero consultor, andar de arriba para abajo, verlo todo y no estar radicado en sólo un punto, esclavo de la rutina. Arreglé mis cosas con la compañía y fuíme a Ibagué a ejercitar la consulta profesional.
El ingeniero Buenaventura (el tuerto) estaba encargado del trazado de la carretera entre Ibagué y Girardot, cuyo único tramo difícil era el alto de Gualanday. Ayudéle en algunos trabajos de oficina y cuando me ocupaba en eso recibí una propuesta de mi inolvidable amigo el Profesor, Dr. Nicolás Sàenz para ir a Natagaima a estudiar los yacimientos de cobre que tan nombrada hicieran aquella localidad. Acepté, pero tomándome una vacación de algunos meses para pasarlos en la hacienda de Saldaña en donde al presente vivía mi hermana Margarita, recién casada con Lisandro Leyva, arrendatario desde entonces de la inmensa extensión territorial que forma el legado de la familia Caicedo.
Unido por estrechos vínculos de parentezco con los descendientes de los Caicedos, Lisandro, había podido conseguir, en buenos términos, la tenencia de la inmensa finca y allí trabajara entonces.
Es bien sabido que Saldaña fué la hacienda de mayor extensión y de mejores condiciones en todo el país; lindaba con cinco Municipios y en dos sentidos se delimita artificialmente por los ríos Magdalena y el que le da su nombre a la hacienda Todo terreno plano y fértil, asombra que semejante extensión (tal vez quince o veinte mil hectáreas) nunca hubiera sido puesta en efectivo valor por los antiguos feudatarios, pues en realidad la hacienda Saldaña, en tiempos anteriores, fué un Leudo con villas, derechos de gleba y pernada.
Allí vivieran los Caicedos, raza ilustre y fuerte que degeneró
pronto, pero antes produjo ilustres ciudadanos de los mejores, y,
mujeres excelentes y caritativas que fundaron claustros para la
enseñanza y ejemplo dieran de todas las virtudes. Otros se
dedicaron al dolce farniente llevando vida oriental, entregados a
la molicie y los divertimientos como sátrapas asiáticos. Fueron
famosísimos tanto por la cantidad de hijos naturales que dejaron
como por su afición a las chanzas pesadas que vulgarmente se
llaman
" pegaduras." Libros podrían escribirse a propósito de este
divertimiento de los Caicedos que en ocasiones rayaba en lo brutal
; el infeliz que caía en sus manos era la víctima de las más
pesadas burlas y para colmo tenían una magnífica mula enseñada a
devolverse de cierto punto del camino; cuando ya habían agotado
toda su malicia y el pobre burlado estaba en el ûltimo grado de
desesperación, ofrecìanle bestias para el viaje y como atención
personal le hacían ensillar la famosa mula montaba el infeliz y
quedábase admirado de los movimientos y bríos del animal, pero cuál
no sería su terror al ver que a poco andar la mula se devolvía sin
que fuera posible detenerla y al galope entraba a la mansión
señorial. Allí era recibido con aclamaciones de alegría y con
grandes festejos.
Vivía esta gente sin preocupación alguna comiéndose el ganado que, casi en estado natural, se criara en la inmensa sabana y los frutos que los arrendatarios-especies de siervos de la gleba-produjeran con el sudor de su frente. Mas de cuatro mil de tales villanos representaba el feudo. Empero, en la época de esta relación todos los viejos Caicedos habían muerto, quedando sus descendientes legítimos degenerados y los naturales robustos y activos. Como dato curioso puede registrarse que D. Francisco vivió-como aquel famosísimo Augusto de Polonia -en el mejor concierto con su numeroso serrallo y como él dejó más hijos que los dìas que trae ,un año bisiesto. Bajo tal régimen, la hacienda de Saldaña vino a quedar para los descendientes, prácticamente arruinada, y tocóle a mi cuñado Leyva restaurarla, mejor dicho rehacerla.
El llano del Tolima se dilata sobre las amplias vegas del río Magdalena, por una extensión como de ochenta leguas desde Honda y Mariquita hasta más arriba de Neiva, variado en su anchura, tiene donde menos catorce leguas. El río lo divide longitudinalmente recibiendo, por ambas bandas, numerosísimos afluentes que en forma torrencial bajan de las cordilleras y al entrar al llano moderan su paso y perezosamente se acercan al Padre de los Rìos.
Al Oriente, la cordillera de los Andes Orientales se levanta con declive escalonado que, para el que conoce la fisonomía de las rocas, le indica inmediatamente la presencia de potentes masas de arenisca y las formaciones cretáceas; al Occidente, la mole pesada de la Cordillera Central cuyos remates, ya dómicos, ya abruptos manifiestan las rocas primitivas, tal vez del cámbrico, y los eruptivos de diversas naturalezas.
Las dos cordilleras son el marco que la naturaleza puso a este cuadro magnifico del valle del Alto Magdalena. Pajonal amarillo, en apariencia, calcinado por el sol, se extiende ante la vista en todas direcciones y sobre él resaltan aquì y allí verdes, pequeñas extensiones de boscaje que señalan, ya el curso de los ríos, ya los lugares donde brota alguna vertiente de agua. El suelo está formado, en regla general, por cenizas volcánicas, testigos de la actividad de los focos eruptivos en una época casi reciente; terrenos de la más grande fertilidad y a los cuales solo les falta el regadío para ser de incomparable producción. Siguiendo el Magdalena aguas arriba, el llano se extiende con suavísimo declive ascencional; pero está interrumpido por pequeños alterones que, sobre las líneas transversales, corresponden a los raudales del río. Pudiera decirse que se avanza sobre trayectos planos escalonados unos sobre otros en gradas sumamente suaves.
Bajo el calor tórrido de este valle caldeado por el sol, por las mañanas y por las tardes, se alcanzan a divisar los picos nevados de las grandes alturas con que se corona la cordillera central: allá el Tolima, núcleo aislado del eje de la serranía, y detrás de él-siguiendo hacia el Norte por veintenas de leguas-los picachos abruptos del Santa Isabel y luego la redondeada mole del Ruiz. Aquí el sol, dueño y señor de todo, el sol que calcina nuestro cerebro y hace correr la sangre con ritmo apresurado; allá el frío polar, la paralización de todo, la muerte por soñolencia y el anonadamiento de la vida en la naturaleza.
Las poblaciones, en el Tolima, están diseminadas a distancias considerables, casi todas a orillas de algún río y su aspecto, en general, es alegre y risueño; la esbeltez es el rasgo característico de hombres y mujeres. La franqueza, la abierta alegría y la facilidad en las costumbres, el rasgo social. Cuanto a raza paréceme blanca con muy poca mezcla india, enervada, es cierto, más que por las influencias climatéricas por costumbres ancestrales de ocio y negligencia. Tal vez los primeros colonos-andaluces o granadinos- trajeran de allá, su falta de ambición, su amor a la hamaca e indiferencia morisca.
La principal industria en el valle es la ganadería; la propiedad estaba sin dividir y el fierro o marca era- como en Casanare-el título que acreditaba la propiedad de los ganados. En los lugares en que la vegetación arbórea formó una capa de mantillo y, sobre todo, donde la humedad coadyuva naturalmente a la fertilización del suelo se establecen chagras o plantaciones de tabaco.
De las poblaciones del Tolima, apartando a Ibagué, cómo no recordar el Espinal en donde no hay una mujer fea, y el Guamo de donde salen todos los cantares populares que después se dispersan por el ámbito de la República? Es algo característico en la vida en el Tolima el canto; en ninguna parte fluye la armonía como en esta sección de Colombia. Todos son poetas natos y cantores; como el pájaro canta con la naturalidad del instinto se canta en el Tolima en la gran fiesta del sol esplendoroso, de la belleza de la hembra y más que todo se canta la libertad ese suelo propicio. He vivido en casi todas las secciones de la tierra colombiana, dentro de los convencionalismos de la sociedad y libre en las montañas, creo haberlo visto todo y al recorrer el inmenso pasado de mi vida ya larga, se me aparece el Tolima como el lugar encantado de delicias, como el paraíso perdido.....
Cantaba Abel Santos en casa de las Riveras, en el Guamo, cuando llegara yo a pedir hospedaje, camino para Saldaña en visita a mi hermana; detúveme extasiado, jamás en teatros, ni entre cantantes finos oyera semejante voz, salía del pecho y corría como el agua corre en los arroyos murmurantes que bajan de la sierra. Toda la noche lo tuve cantándome, logré conquistarlo y el jilguero cantó por dar gusto al joven que lo oía fascinado:
"Que alegre que canta el ave
Cuando sabe
Que a su nido ha, de volver.
Gracias mi bien.....
Qué triste de ti me alejo cuando no sé si te dejo
para no volverte a ver.........."
Eran las Riveras -Elvira y Elisa-las muchachas más célebres de la ciudad, y el pobre Abel enamorado de una de ellas hacía fluir de su garganta el torrente armonioso de su canto, sintiera élla la belleza de aquel arte supremo, pero no lo quería y se entregaba al rico ganadero, estúpido y brutal, que dominaba el lugar. Pobre Abel! murió tísico algo más tarde a causa de las trasnochadas, tal vez también a causa de su dolor.
A orillas del Luisa y sobre la insolada pradera, se levanta la antiquísima ciudad del Guamo, sin edificios vistosos ni reliquias de vejeces españolas; no tiene la magnificencia de otras ciudades, pero tiene la simpatía, el nosequé que muchas veces encontrarnos en la mujer vestida de harapos y que falta, tantas veces, a la sobrevestida.
Como dos leguas dista el Saldaña del Guamo; se atraviesa el Luisa cobre un puente y al poco andar se penetra en el bosque de palmeras. Nada igual a esto, sobre una considerable superficie se extiende el palmar-la palma real magnífica que dió con su tronco y fronda, al arte griego, la columna y el capitel corintio--.Cuentan que el Libertador Bolívar extasiado contemplando la belleza de este bosque único en su especie, no quizo pasar de allí y pernoctó tendiendo su hamaca entre dos palmeras y pasándose el día en admirar el magnífico espectáculo de la espléndida columnata más perfecta que la del más perfecto Partenon....después, de nuevo el llano. Derepente al coronar un barranco, el Saldaña, limpio, transparente, azulado, el más diáfano, el más cristalino de los ríos de Colombia; ancho, corno de una buena cuadra, arrastra su corriente, algo apresurada, casi a flor de tierra y va a entrar más adelante en el turbio Magdalena cambiando durante un largo trecho el color amarillento de sus aguas. Descendiendo el barranco se está en la ancha playa formada por guijarros redondeados y cuyo estudio enseña toda la historia del curso del río; ellos representan el conjunto de las formaciones geológicas que el río, en su carrera, ha atravesado robando aquí y allá fragmentos de las rocas que encontró a su paso. Es interesantísimo para el geólogo examinar estos detritus que la acción secular de las aguas depositara en los playones.
La falta de puentes obligaba al paso en canoa de todos los cursos de agua no vadeables, peripecia siempre exitante y no escasa de peligro en muchas partes: desensillar y descargar las bestias, arrumar todo en la canoa, meterse luego en ella tirando las bestias del ronzal y luego fuerza de palanca para desatracar. Las bestias forcejean, se encabritan, pretenden no entrar al agua profunda, mas al cabo son vencidas a latigazos, pierden pie y echan a nadar arrimadas a la canoa; dale al canalete, dale al canalete los bogas, y pocos minutos después en la otra orilla. Aquí ensillar, cargar y andando.
Cuando las bestias son muchas, siempre hay sus peripecias : unas quieren meterse a la canoa, otras se enredan; algunas veces, un caballo o mula se hunde y se pasa por debajo de la embarcación, pues siempre hay que llevarlas al lado de arriba para favorecerlas en caso necesario. Las bestias prácticas, sobre todo las mulas, son admirables, empuntan adelante y cortan el agua con tal maestría y tanta fuerza que da gusto verlas: cabeza y todo el lomo afuera, cuello y cola tendidos, nadan a veces con tal rapidez que hay que soltarles el ronzal, pues de detenerlas se correría el riesgo de ahogarías; a las muy practicas se las hecha sueltas ; otras por el contrario son pesadas, se hunden fácilmente y precisa levantarles la cabeza para sostenerlas contra el borde de la canoa. En el paso del Magdalena en la villa de Purificación en donde el río es muy ancho da gusto mirar- los días de mercado-el paso de la multitud de gentes que se vuelven a sus casas, al otro lado; canoas verdaderamente rellenas de hombres y mujeres con veinte o más bestias tiradas; se sorprende uno de que el número de accidentes sea tan pequeño como lo ha sido por lo general. Cuánto deseara tener algunas fotografías de estos pasos !
El caserón de la hacienda de Saldaña, antiquísimo pero sin arte alguno, ni idea del más elemental confort, esta situado a rocas cuadras del paso real y rodeado de cauchos seculares cuyas raíces adventicias forman una tupida maleza. Enormes iguanas pululan en todos ellos. Dos tramos fronterizos, el uno más largo que el otro, forman la residencia. En el más largo; espaciosos salones en serie uno al lado de otro se rematan por la Capilla- colocada en sentido trasversal- que alguna vez, me lo imagino, fue adornada pero que estaba en ruinas. El otro tramo era un vasto aposento, la biblioteca de don Francisco Caicedo, rodeado de estantes sobre los cuales -ya bien apolillados-se amontonaban los libros típicos de las bibliotecas colombianas del primer tercio del siglo XIX, he visto docenas de estas bibliotecas que todas parecen haber sido enviadas, sobre un mismo pedido, por el mismo librero el Diccionario Filosófico, las obras de Volney, las de Helvetius, etc., etc.
En Saldaña me esperaban las finas atenciones, el cariño de mi hermana y mi cuñado y algunos días de plácido descanso tras las duras fatigas que soportara en el Quindío. Diéronme para vivienda uno de los amplios salones desnudos y escuetos pero bien aireado y fresco, con buena hamaca que es lo más apetecible en tierras tan ardientes como las de las cercanías del Guamo ; apesar que el manoir de Saldaña se refresco con las brisas del río no por esto deja de ser intolerable la temperatura en las horas del sol. De las diez a.m. a las tres p.m. la atmósfera se torna asfixiante.
Al otro día de mi llegada díme a rodear por todas partes; curiosear los libros de la biblioteca-mi afición- buscando entre ellos algo raro ; inspeccionando la vieja colección de escopetas de los Caicedos que en sus tiempos debió ser maravilla de lujo y que todavía estaban muy servibles; visitar la arruinada Capilla y el Cementerio familiar en donde tantas gentes antes, habían rezado y luego ido a descansar en el hoyo de arena caldeado por el sol, Algunas cosas me llamaron la atención: la señorial estaba rodeada por un muro de mampostería aspillerada, y preguntando se me informó que esas trincheras habían sido construidas-no sé en que guerra civil-para defenderse los de Saldaña de los valerosos lanceros de Campo Alegre que los amenazaban,
En el comedor quedaran algunos muebles antiguos, sin arte pero de una solidez mayor que lo que se requiere por lo común, y entre ellos un gran aparador con puertas enrejadas que por la inscripción que lleva compredí estaba destinado a depósito de licores:
"Aquí Baco incita a la bebida
Pero esta, con exceso, está prohibida.
Activísima era la vida de mi cuñado en su trabajo de ganadería. Eran èpocas de rodeo y de saca de partidas para otras partes; como sobre 4 000 reses se estaban haciendo las operaciones de la hacienda. Antes de las tres de la madrugada principiaba la brega en los hatos, la que se suspendía durante las horas de mayor calor y se reanudaba por la tarde como hasta las seis. Qué animado espectáculo! Cuarenta o sesenta vaqueros a caballo-con el enorme rejo de enlazar de treinta brazas de largo o más en el arzón de la silla-desfilaban para principiar el rodeo ; los patrones, así como ellos, en camisa, daban las ordenes del caso, jefes de ejército.
Los cornupetos ariscos y rebeldes y siempre enfurecidos se debatían para no dejarse reunir en manada, y aquí ver el correr de los vaqueros tras la bestia bravía, silvar el lazo y no marrar nunca al sentirse cogida, la res, partía sobre el caballo que, amaestrado a la lidia, sabe correr para donde conviene suelta la rienda porque el vaquero ocupa ambas manos en recoger el rejo. Entre los mejores enlazadores de la tierra ninguno como mi cuñado Leyva, causaba pasmo verlo: a todo escape tras de la res boleaba la enorme lazada de tres brazas y a larga distancia, al arrojarla se abría por el aire y caía al suelo abarcando todo el cuerpo del animal que huía, en seguida por rapidísimo movimiento del brazo la hacia saltar a los cuernos de la bestia que así quedaba presa.
Para quien no haya visto vaquerías es imposible hacerlo comprender la inmensa exitación que esto despierta; es como una batalla, como una gran cacería en la que los caballos se colocan al mismo nivel de entusiasmó que los jinetes y los nobles brutos, que aprenden admirablemente el oficio, hacen la mitad del trabajo.
Tras larga brega, carreras y percances se logia encorralar el ganado Gira éste mujiente en los corrales pero ya está reunido. A examinarlo entonces, marcarlo con el fierro candente, curar los que estén engusanados y darles sal para que aprendan a civilizarse un poco.
Cuando hay que sacar partidas, el espectáculo continúa interesantísimo mas que todo cuando las partidas son crecidas. Nuevo trajín de los vaqueros para empuntarlas en la dirección conveniente, cuidado inmenso para que no vuelvan a dispersarse por el llano y, por las noches, donde se pernocta encerrarlas, cuando no hay corral, dentro de un cerco vivo de hombres a caballo a cada instante un toro arisco quiere volverse a su majada, salta el jinete a detenerlo con la garrocha porque tras de él se salen todos. Arremete a veces el cornupeto al vaquero pero éste lo detiene con una certera puntada en los lomos. Ay! si hierra el golpe irá a rodar bajo su cabalgadura destripada!
Pero lo más exitante de estos episodios, de la vida vaqueril en el Tolima, es el paso a nado de las partidas en Ida míos Saldaña y Magdalena. Los aprestos son varios, partida de nadadores para que cacheteen las reses si quieren enfilarse aguas abajo ; partida de canoas para atender a todo y los vaqueros arreando la partida. Llega ésta a la orilla del río, se arremolinan no queriendo entrar al agua. Gritos, algazara inmensa, latigazos y piquetes de garrocha a las reses que al fin entran, Echan a nadar, la superficie del agua aparece entonces como una floración de cuernos, pues el ganado al nadar no deja ver simio la punta de la nariz y los cachos. Cuando alguno de los animales se enfila aguas abajo allí está el nadador listo que agarrándolo por uno de los cuernos lo obliga, golpeándolo en el cachete, a que se ponga transversal a la corriente Qué reses tan bravías hay algunas, embisten en el agua!
Al otro lado una partida de vaqueros espera la punta para no dejarla dispersar ; puesto peligrosísimo porque los toros salen del agua enfurecidos como demonios.
Para solaz después de tan rudos trabajos, mi cuñado se divertía en no menos rudos ejercicios deportivos: las cacerías, a veces, pero más generalmente la pesca nocturna en el río. Qué divertido es esto! Congrégase la gente, para estas pesquerías, por centenares. Por la noche todo está listo : las canoas, las redes, los nadadores. Los sitios convenientes son bien conocidos y a ellos se boga silenciosamente, de otro modo los ruidos espantarían la pesca, pues en el agua el sonido se trasmite con extrema facilidad y violencia.
Llegados al remanso, donde se va a maniobrar, se prenden fogatas en la proa de la canoa para despertar la curiosidad de los silenciosos habitadores del agua. Las redes son muy largas y anchas, generalmente se manejan entre dos canoas; pero también las hay pequeñas (chinchorros) para una sola embarcación. Se tira la redada y se alza, qué placer cuando en sus mallas queda aprisionado un grande pataló, el pez por excelencia comparable solamente con el escasísimo sàbalo que se coge en otro río muy bello, muy lejos del Saldaña: el Telembí en Bambacoas. Hay épocas en que la pesca es aburridísima, se llenan las canoas de bagres, bocachicos, nicuros y otros tantos de estos animales cuya clasificación zoológica es el matadero de los estudiantes de primer año en Ciencias Naturales.
Tanto el Saldaña como el Magdalena están plagados de la venenosísima raya, cuya picadura causa el dolor más intenso imaginable y es frecuentísimo en las pesquerías que dos o tres de los aficionados reciban la ponzoña de este asqueroso escorpión del agua, único animal -que yo sepa-que mestrua como las mujeres.
Al otro día de la pesca viene la gran comilona en la playa: el exquisito viudo, preparación culinaria genuinamente tolimense. En la ardiente arena del playón se abre un hoyo como de un metro cúbico y dentro de él se prende una hoguera que lo calienta a temperatura de cocer pan; cuando está de punto se barre y luego allí en vasijas convenientes se coloca el potaje compuesto de trozos de plátano, de yuca, revueltos con los mejores de los peces más escogidos; se tapa todo con hojas, sobre ellas arena y luego fuego por encima. No sé como sabrán que la cosa está de punto, pero es lo cierto que la sacan cocida en el momento conveniente y..... aquí quisiera convidar a Brillant Savarín para que me diera su opinión.
Cuánto hubiera deseado quedarme para siempre acompañando a mis hermanos y viviendo la vida activa del trabajo de la tierra ; pero el destino me empujaba a otras cosas y la que entonces fue para mí una mentira vital me arrastró muy lejos : quería ser un ingeniero de minas y adquirir renombre, el estudio de la geología me apasionaba y-con vergüenza lo digo ahora -despreciara a los agricultores. No tenia ideas claras de Economía general ; creía en la ciencia aislada-la ciencia pura, un fin-sin entender ni el valor, ni la importancia de la riqueza. Los años me han cambiado, si no en el sentido de hacerme hombre de negocios, si en el aspecto general en que se me presentan los problemas de la Economía Política. No hay mejor escuela que la experiencia de la vida para aprender a pensar; pero ninguna tan inútil para aprender a obrar. La experiencia- desgraciadamente para su aplicación-siempre nos llega tarde.
En la vida trashumante que he llevado me gustó poseer bestias de primera calidad y estar acompañado de buen paje a quien tratara no como un sirviente sino como un amigo, el que compartìa mi mesa y compañero fuera en los peligros y las aventuras. Andaba conmigo en la época de este capitulo, un antioqueño (qué buen muchacho era) llamado Federico, por varios años me acompañó sabiendo dejarme gratos recuerdos y buena dosis de agradecimiento.
De Saldaña a Natagaima una jornada sobre el llano, el mismo llano de pajonal amarillo, cruzado a cada paso por ríos, por riachuelos que hay que vadear cuando secos o atravesar a nado cuando crecidos. Preguntábale yo a alguno por qué en Autioquia todos los ríos tienen puentes y en el Tolima hay que vadear o nadar, y contestóme el tolimense "No ve Ud. las cosas claras, los antioqueños no saben nadar," espléndida razón que justifica la falta de progreso en el Departamento. Para hacer comprender bien la idiosincracia mental del pueblo tolimense, vaya esta anécdota: Caminara una vez yo para Neiva perdido en el llano, encontréme un campesino al cual le pregunté: "Amigo, dígame si este camino va para Neiva ?" El rústico miróme y respondió: "Ni lo uno ni lo otro, porque ni yo soy su amigo ni el camino que lleva va para Neiva."
Los alrededores de Natagaima fueron siempre temidos por las cuadrillas de malhechores, que desde tiempo inmemorial los infestaran. Contábanse mil cosas : los asesinados a quienes los bandidos desollaban la cara y arrojaban luego al Magdalena; cadáveres que aparecían luego abajo irreconocibles. El sitio de Barandillas sobre todo infundiera temor; corre el camino muy estrecho, entre una barranca de un lado y del otro el río que forma allí un horrendo remolino, u olleta como se dice entre nosotros. Nunca en las experiencias de mi vida he tenido que vérmelas con salteadores, recorriera el país de día y de noche, por otras partes, sin haber tenido que sufrir en lo mínimo por causas de gentes non sanctas. Pero he oido contar cosas y allá va un cuento.
Entre los muchos bandidos de que se habla en Natagaima ninguno tuvo más fama como un tal Baena- especie de José María España, o de los bandidos italianos que aparecen en algunas obras de Dumas-muy protector del pobre, gallardo y valiente, era sinembargo el terror de las comarcas. Caminara una vez, camino de Neiva, un buen señor bogotano llevando caudales- del Fisco o propios eso no importa- pero atemorizado con la idea de los salteadores y sobre todo de Baena que las estaba haciendo buenas; la tarde se le venía encima, deseaba el buen hombre allegarse a compañía. Dios se la deparó misericordioso.
Caballero en buena mula encontróse con un simpático viajero que caminara en la misma dirección; unióse con él y contóle sus cuitas. "No tenga Ud. cuidado, camine conmigo y vamos a mi casa que allí estará muy seguro." Huésped espléndido fue el caminante para el atribulado bogotano, Al otro día acompañólo un trecho y ya llegando a la ciudad quizo informarse el buen señor a quien debìa tantas finezas para darle las gracias "A Baena, señor, y reciba un buen consejo: a nadie le cuente que anda cargando caudales, eso no es prudente."
Natagaima está ubicada en una posición muy pintoresca, al Oriente y muy cerca del pueblo corre el Magdalena, bastante estrecho allí y de corriente rápida; por el Sur el Anchique baja de la cordillera sobre un lecho de diablas típica que muchos han llamado melafiro. La diablas, la roca generadora del cobre en todas partes.
Pequeña población y alegre, Natagaima es una de las más simpáticas del Tolima. Hospedéme en la casa de la señora Bustos, buena y amable huésped, e inmediatamente principié los aprestos necesarios para la larga correría que iba a emprender, el estudio que me encomendara la Casa Sáenz Hnos. de Bogotá. y que valga decirlo de una vez, uno de los mejores trabajos que he llevado a cabo en mi vida.
No se me tache de inmodesto cuando digo que en las conclusiones en geología económica, que rendí entonces en informes, me adelanté a la época.
Desde tiempo inmemorial los yacimientos de cobre nativo en Natagaima fueron conocidos; hallazgos se hablan hecho de ponderosas masas de metal nativo de peso de muchos quintales. En los tiempos de la Colonia, los españoles beneficiaron el metal rojo para las campanas de sus templos y sus utensilios de menaje; ya antes los indios lo aprovecharan en armas y herramientas. Parece que los aborígenes-según tradición del Padre Velasco, en su historia del Reino de Quito -habían logrado formar una aleación dura o templar el cobre para darle dureza de acero; el citado historiógrafo designa este metal con el nombre de " Anta."
El servicial amigo, D. Fabio Carvajal -prohombre entonces y gamonal del pueblo- me ayudó del modo más efectivo para llevar adelante la empresa: había que alistar indios, remisos en extremo, a que los blancos se informaran de las riquezas de la localidad. Indios los más astutos y malignos entre aquellos que pueblan los contornos; se dice que descienden de los Pijaos y representan su raza porque los conquistadores airearon esta tribu indomable del norte al sur del Tolima y que los últimos vástagos de tan pujantes gentes se establecieron a orillas del Anchique. Qué habrá de cierto en esto? no lo sé; pero estos indios son esbeltos, fortísimos y de color rojizo bien diferente del amarillo o aceitunado que caracteriza a otros.
Conocedor del viejo refrán de que "el que anda con indio anda solo " arreglé las cosas para que, aparte de mi paje Federico, fueran algunos blancos con nosotros, previsión fue ésta que nos salvó más tarde de un fatal desastre.
La primera parte del estudio era fácil: ver todo aquello cercano a la población y tomar informes de la localidad. Los mejores hallazgos se habían hecho en tierras de un tal Bedoya que se creía-o tenia tradiciones que lo acreditasen-jefe, cacique o cosa así de toda la indiada. Receloso en extremo y enemigo de los blancos cual ninguno, Bedoya, tenía otro iterun; era casado con una bellísima trigueña del pueblo y la celaba como tigre. Creyera él, por lo común, que quien arrimaba a su casa mas iba en busca de su esposa que en busca de informaciones, no pudiendo aceptar que a otra cosa arrimara alguien a sus contornos. Con sobra de diplomacia me anduve para tratar con el indiano y de tal manera me capté su voluntad que prestó decidido, valioso, apoyo a la expedición. También la mujer contribuyera y con Federico me mandara cariñosas razones y envoltorios de pan de maíz- el bizcocho neivano tan sabroso-que bien caía a mi estómago joven en aquellos peladeros.
En la diablas, deseminados, sin orden ni ligación alguna de hilos o vetas, se encontraban por todas partes depósitos de cobre nativo de mayor o menor entidad; por el examen del metal llegué a comprender que soluciones de sales cupríferas se habían depositado en las oquedades de las rocas y que allí por un proceso electrolítico había tenido lugar el depósito metálico. Era, pues, de juzgarse que en las partes altas existían vetas de minerales de cuya descomposición se produjeran las soluciones cupríferas que habían servido para el depósito inferior y resolvime tomar el curso del Anchique, aguas arriba, en busca de los depósitos primarios.
Debidamente organizada la expedición, emprendimos nuestra marcha un día que no me acuerdo, a fines del 88: larga partida de indios cargados con los víveres y algunos blancos con utensilios, armas y herramienta.
Corre el río sobre un lecho de diablas enteramente pulimentada y las riveras son escasas de vegetación, la roca desnuda y pulida no ofrece apoyo al pie. No es continuo tampoco el curso del Anchique: está formado por saltos sucesivos semejante al ascenso por una escalera, de donde ha venido el nombre de trapeanas a estas formaciones, por la etimología de la palabra sajona trapp, escalera.
Cada salto cae en un gran charco-en la parte plana del peldaño-y el otro, a otro; así ascendiendo entre intervalos relativamente planos y abruptos se vence la escalera.
Inenarrables son las dificultades que se presentan para trepar por las chorreras ; visto aquello mandé a Natagaima a Federico, con algunos otros, para que me trajera unos cuantos rejos de enlazar, con ellos se nos facilitaron las cosas.
Repugnan los charcos del Anchique por el color negro de sus aguas que manifiestan con ello su inmensa profundidad ; parecen albercas limitadas en dos sentidos, con dimensión indefinida en el otro. Al verlos se comprende la tradición antigua que horroriza a los indios: el MOHAN que vive en las cavernas subterráneas de estos charcos.
A los pocos días de andar aguas arriba y a medida que las dificultades aumentaban, el ánimo de los indios desfallecía "tentamos al Mohan con este andar sobre su tierra," decían, agregando "El Mohan es malo." Entonces una noche en que rancháramos al pie de abrupto peñasco sobre la roca limpia y pulimentada, a la luz de la hoguera formada con los escasos chamizos que se crían en las anafructuosidades, yo logré que los indios me contaran la historia maravillosa del Mohan, el dueño del río y de sus tesoros aledaños: vive el Mohan en los grandes charcos, espíritu de carne, toma diversas formas y su malignidad es solamente comparable con la de los caciques antiguos, muy superior a la de los españoles que si bien son crueles no son astutos, el Mohan es cruel y astuto. En tiempos muy remotos propúsose un cura de Natagaima domesticarlo, enseñarle la religión y obligarlo a que no fuera malo; vió el buen cura, en sueños, que si lograba cogerlo le pusiera una mordaza de cobre y no lo dejara beber; de este modo lograría catequizarlo. Y dióse trazas el buen padrecito-y no sabe como él cogió al Mohan. Púsole la mordaza de cobre que tenía preparada y amarròlo en el patio de la casa cural con una soga tejida con pelo de mujer, que ésta también lo había visto en sueños.
Al pobre Mohan, tan triste, amarrado del caucho que creciera en el centro del patio, tuviéronle lástima todos; no parecía malo, era una pobre bestia muerta de sed. Y así fue corno una chiquilla sirvienta del cura, compadecida del Mohan, que pedía agua, llevóle un mate de beber. Bebiendo, claro es que se fué. Se fué al río cogiéndoles odio a todos los que buscan el cobre, metal con que el Padrecito pensó aprisionarlo y desde entonces defiende los tesoros y no los deja encontrar "Y señor si seguimos buscando estos cobres estamos mal, volvámonos antes de que el Mohan se ponga bravo."
Mi pensamiento se fue, en esa noche, a recordar todas las fábulas que había oido recitar en las montañas del Quindío y otras que leyera referentes a otros países: la madre del monte, tan pérfida siempre y tan mala, la que tomando la forma de seres queridos, o la de aparición femenil de soberana belleza, lleva al montañero a los precipicios o a los abismos, idéntica a la bella del lago, que sedujo-en inmortal narración de Bequer-al atrevido cazador que empañó, la fuente tradicional, con el lodo que levantara el casco de su corcel; el forastero del monte, no menos malo que la otra, pero algo más estúpido, que lleva a los hombres a la muerte por medio del terror y el Patasolo, misterioso engendro de la selva, del cual sólo se conoce el rastro, un pie humano algo deforme, pero uno solo de donde le viene su nombre.....
Hay algo en esto ? Hay en los parajes solitarios algo distinto de lo que es la pura naturaleza?
Dos versiones se presentan al espíritu: la una pudiéramos llamarla naturalista, acepta que algunos anímales pertenecientes a faunas casi extintas se hayan recluido en los parajes no invadidos por el hombre y vivan allí causando sorpresa y cobardía en quienes alcancen a distinguirlos; la otra sobrenaturalista, acepta la existencia de estas cosas que sólo viven en el campo de la imaginación; donde esta reina de la vida humana entra a ejercer, todo es posible.
Los blancos que íbamos en la expedición nos convencimos que pronto los indios nos abandonarían como que, día tras día, se mostraban más remisos y cobardes. El trabajo de andar río arriba era cada vez más penoso. A medida que avanzábamos en la cordillera los saltos se hacían más abruptos, más elevados, más difíciles de trepar ; los charcos más pavorosos y oscuros.
Al fin nos vimos en una posición dificilísima: las rocas que enmarcan el curso del río se unen muchisimo, un charco inmenso-especie de laguna-llena completamente el espacio que dejan los acantilados; hay que volver atrás o pasar esta charca a nado, o de otro modo, para buscar accesos por la chorrera. Propúsele a un indio nadara al otro lado para buscar la salida; horrorizado contestóme "No señor, esta es la verdadera cueva del Mohan, él se ha venido adelante de nosotros para esperarnos aquí; nosotros nos volvemos." Sentéme sobre una piedra con la cabeza entre las manos. Qué hacer ? Volvernos? Subir era relativamente fácil, bajar casi imposible por donde habíamos venido. La chorrera parecía dar salida a tierras fáciles por encima; por ahí podríamos salir del cañón del río a tierra abierta. Nuestra imprudencia había sido grande; pero en todo caso una imprudencia no se remedia sino con otra mayor: pasar la negra alberca y libertarnos, como pudiéramos, del par de murallas que nos aprisionaban.
Siguiendo la costumbre de pescar en el río, Federico echó el anzuelo; apenas caído al agua prendió el peje y sacó algo horrible que no puedo imaginar a que familia pertenezca: especie de anguila o culebra de color púrpura con inmensos bigotes carnosos y aspecto general repugnante. "El Mohan" gritaron los indios y en un instante desaparecieron como cabras, dejándonos abandonados.
Volví a mirar el cargamento.....los que quedábamos que por todo éramos seis; contemplé las caras despavoridas de mis compañeros y el peje aquel tan feo y repugnante. Al alzar la vista, el charco negro, profundo y al frente la cascada diáfana y limpia cayendo de lo alto como lluvia de perlas. "Muchachos, les dije-a los que quedaban mirando los bártulos abandonados por la indiada-tenemos que ver como salimos de este apuro; de para abajo me parece imposible, más de diez y seis días llevamos de jornada. Echemos de para arriba que la cosa parece fácil y que Dios nos ayude". Federico que se reía del Mohan y de lo demás, pegó un gran grito, clamando como se acostumbra en Antioquia: "Si mi Doctor.... en el nombre de Dios no hay nada malo," exclamación con la cual volvió el ánimo a todos los compañeros. Entramos a decidir què era lo que debíamos llevar y lo que debíamos dejar abandonado a orillas del feo charco -el charco de la desesperanza, como lo llamara yo entonces: los vìveres y armas lo más importante de llevar, lo secundario, instrumentos, herramientas y utensilios.
El resto del día se empleó en recoger maderos de los que las crecientes arriman a las orillas de los ríos, buscando por todas partes reunimos algo con que hacer la más débil y miserable de las balsas amarrada con lazos y rejos de enlazar de los que nos había servido para subir la impedimenta y aún a nosotros mismos en esta peligrosa aventura. Medrosos atravesamos el albercón de dos en dos temiendo a cada instante que el Mohan se nos apareciera en forma de horrible serpentòn cual lo hubieran predicho los indios. Tirando la balsa de un lado a otro con rejos y bejucos añadidos logramos pasar a la otra orilla lo que nos fuera útil ; el resto quedó abandonado en aquel paraje y allá estará todavía porque otro no creo haya pasado por allí.
Mis previsiones se realizaron porque subiendo el acantilado, con grandes dificultades, nos encontramos en tierra abierta; el punto preciso no importa, muy arriba en las cabeceras del Anchique. Tuviera yo la facilidad de Barret o de Connan Doyle para escribir, de esta sencilla aventura formaría un libro....
Las observmiciones en lo que interesaba, durante la travesía fueron numerosísimas. Por todas partes encontramos la diabasa claveteada, digámoslo así, con el cobre nativo y en algunas partes los diques intrusivos del dialaga completamente impregnados de metal. Riqueza dispersa difícil de someter a una explotación sistemática.
En lo alto y ya fuera del cañón del río principiamos a descubrir-lo que tan ardiente esperaba encontrar-las vetas. Aquí hilillos y reticulaciones de chalcosina, más allá potentes filones de chalcopirita y otros minerales del rojo en formaciones primarias no en el sentido de que fueran singenéticas con la diabasa pero sí primarias en relación a los cobres nativos depositados electrolíticamente más tarde.
La excursión debió terminar aquí, mas la curiosidad irme llevó a ver lo une había a la vuelta de la cordillera. Estábamos en el divortio aquarum, entre el Magdalena y el Saldaña; de donde veníamos las aguas corrían al primero, para donde queríamos ir las aguas al segundo. Después de consultar resolvimos pasar adelante, salga donde salga, ir a curiosear por allá donde nadie había a andado.
Pobres compañeros míos los que quedaron a medias sepultos en el descenso de la cordillera; a medias digo porque ya nuestras fuerzas eran pocas para cavar la tumba de los que enfermos y extenuados nos fueron dejando. Casi sin víveres, acosados por el mosco de cabeza colorada, especie de tse tse en nuestros climas, nuestro cuerpo se ulceraba y nuestras energías desfallecían en esos cortos pero largos días del descenso a las fuentes del Saldaña. Tres compañeros nos dejaron y los demás cavamos en la tierra Ias casas en donde siempre han de dormir sin necesitar nada. Los que quedamos, tres, agobiados de fatiga y de miseria llegarnos a la orilla de un río grande que supusimos fuera alguno de los afluentes principales del Saldaña. Algunas chozas de indios con sus plataneras al rededor nos dieron a comprender que llegáramos a una especie de caserío. Compadecidos los indígenas ofreciéronos cuanto tenían, algo repuestos resolvimos seguir adelante río abajo- hubiera lo que hubiera-porque no podíamos caminar. Los buenos indios habláronos de los grandes peligros de la navegación del río Pero qué hacer? El mosco de cabeza colorada nos tenía hechos una pura llaga, las botas me habían magullado los pies de tal manera que prefiriera andar sin ellas, y manos y cara eran una pura lástima. Cuanto a Federico y el otro sobreviviente su condición era peor que la mía, estaban los pobres ulcerados más que yo, padeciendo por sobrecarga unos horribles fríos o calenturas de la peor especie. Pensando las cosas, lo mejor era echarnos al río y así lo hicimos.
Prácticos dos indios en pasar el estrecho del Saldaña-mejor dicho el Pongo-nos aventuramos sobre la corriente en balsas apenas de dos maderos, únicas que pueden manejare en el torrente de la angostura.
Cuando Victor Hugo describe con tanta minuciosidad los escollos del canal de la Mancha en la maestra obra "Los trabajadores del mar," prepara al lector al drama que ha de suceder en aquellas peñas, que me las imagino peladas y enhiestas; que Victor Hugo describiera las tres peñas tremendas que se presentan al que baja el río en la angostura del Saldaña, iglesia, las más grande, en medio del horrendo remolino. Me acordaré del nombre de las otras cuando las pasábamos casi ahogados!
El indio ágil y atento metía la palanca donde era de mejor conveniencia y no sé como entre el delirio de la fiebre y el dolor de mis llagas pasé los raudales,…. recuerdos claros no tengo.
Ameno el río y suave se arrima tras el Pongo al pueblo de El Ataco, punto donde al fin vinimos a vernos Entre cristianos, Federico y Ortega-muchacho saldañero que se había ido conmigo-estaban tan enfermos que tuve que dejarlos bajo custodia de la piedad caritativa de mujeres del pueblo y yo en la balsa seguí Saldaña abajo- enfermo y ulcerado-hasta el paso real que pocos meses antes cruzara tan alegre y campante a recibir cuidados en la hacienda de mi hermana querida. Pero al travez de tan dura travesía llevé intactos los apuntamientos de mis observaciones; los datos que importaran a quienes en mi pusieran su confianza.
Para terminar este bosquejo de la vida en el Tolima agregaré unas pocas palabras de la que se hacía en las campañas extranjeras de minas. Los gringos vivían siempre con todo el confort apetecible, sobre todo en las grandes empresas del norte del Departamento; en Frías, por ejemplo, la esplendidez del superintendente Mr. Green, era proverbial. En el sur no había empresas de tanta magnitud como las otras; pero se estaban llevando a cabo algunos descubrimientos de importancia que atrajeron a empresarios extranjeros; entre ellos vinieron los Parrisots, verdaderos aristócratas, a tantear un lance de suerte para rehacer su desmedrada fortuna, en las minas.
El mayor de ellos, hombre en plena flor, fue uno de los tipos de la más perfecta corrección que haya visto en mi vida; en cualquier parte donde él se hallara se distinguía por la elegancia en su vestir, su belleza varonil y sus maneras; a leguas se sentía el perfecto gentleman del más refinado Londres, Contrajimos una amistad bastante estrecha y pude apreciar que por dentro era mejor que por fuera. Su resolución inquebrantable fue la de hacerse rico de nuevo o saltarse la tapa de los sesos, lo último puso fin a su existencia.
Invertidas las migajas de su patrimonio ancestral en unos aluviones cerca a Miraflores no logró lo qué esperaba y con toda calma, parándose en una barranca que da al río, se pegó un tiro, asegurando el suicidio doblemente. El paje que lo quería entrañablemente se arrojó al agua, no se sabe si a salvarlo o a perecer con él.
La empresa minera de Frías, una de las más importantes del país, está ubicada en el Distrito del Guayabal y a no muy larga distancia de la ciudad de honda. Las minas se trabajaron desde el tiempo de la Colonia con extraordinario éxito: son minas de plata y a diferencia de las otras de la región, en Frías no se encuentran ni rastros de oro. Mr. Green logró vencer ciertas dificultades y doté a la empresa con una planta up to date para la época.
Frecuentemente pasárame temporadas de algunos días en la casa de la dirección, gozando de la exquisita hospitalidad del jefe de la empresa. Mucho hizo Mr. Green en bien de la clase trabajadora: fundó escuela, buen hospital y trató, por todos los medios posibles, de procurar distracciones a los jornaleros para retraerlos del estanco en donde todos, en nuestra pobre patria, dejan en todas partes el monto íntegro de su jornal.
