LOS CANTARES TRADICIONALES DEL BAUDÓ
Andres Pardo Tovar
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1. LA PRIMERA EXCURSION DEL CEDEFIM

A mediados del año de 1959, y apenas iniciadas las labores de organización interna del Cedefim, surgió la posibilidad de integrar una comisión que viajara al Chocó con fines de compilación y estudio del folclor regional. La iniciativa culminó gracias al decidido apoyo de las directivas de la Universidad Nacional de Colombia, y en especial del doctor Jaime Jaramillo Uribe, secretario académico de a misma; a la comprensión de Darío Achury Valenzuela, director de la Radiodifusora Nacional, y al interés de Luis Duque Gómez, director del Instituto Colombiano de Antropología. El respectivo itinerario fue preparado por el profesor Rogelio Velásquez, colaborador de la última de las citadas entidades, y se cumplió del 1 al 15 de octubre de 1959, visitándose las regiones de Quibdó, Istmo de San Pablo, Alto San Juan y Alto Atrato (Yuto, Lloró, río Capá y parte inferior de dos de sus afluentes, el Mumbaradó y el Guachiradó).

La comisión que viajó al Chocó se integró con profesores y alumnos avanzados del Conservatorio Nacional de Música y con representantes de las ya mencionadas entidades, así: por el Conservatorio, Fabio González Zuleta, Jesús Pinzón, Horacio Gallego y Andrés Pardo Tovar; por el Instituto Colombiano de Antropología, Rogelio Velásquez y José María Enríquez Girón, y por la Radiodifusora Nacional, Guillermo Díaz. Y el trabajo se distribuyó en la siguiente forma: González Zuleta y Jesús Pinzón se encargaron de las anotaciones ritmo-melódicas; Gallego y Pardo Tovar de las fichas organográficas; Guillermo Díaz, de las grabaciones (equipo Ampex portátil); Enríquez Girón, de las filmaciones y fotografías, Velásquez, de las relaciones públicas y asesoría y Pardo Tovar de las fichas coreográficas, del diario de la excursión y de la dirección general de la misma.

Desde luego que el campo de trabajo se concretó al folclor musical y que nuestros principales contactos se hicieron con la población de raza negra: sólo a título excepcional entraron algunos miembros de la comisión en contacto con núcleos aborígenes. El itinerario de la excursion se realizó como sigue: 1. de octubre: Salida de Bogotá, por la vía aérea de Medellín, y llegada a Quibdó; 2 a 4 de octubre: trabajo en Quibdó; 5 de octubre: salida de Quibdó, remontando el río Atrato, hasta el puerto de Yuto; por carretera, y atravesando el Istmo de San Pablo, hasta Istmina; 6 de octubre: por el río San Juan hasta Andagoya, centro de la explotación de las concesiones mineras de oro y platino; llegada, por carretera, a Condoto; 7 de octubre: trabajo en Condoto; 8 de octubre: regreso a Istmina; 9 de octubre: viaje a Yuto y luego, remontando el Atrafo, hasta Lloró; una subcomisión sube por el Río Capá en busca de las comunidades indígenas de los ríos Mumbaradó y Guachiradó; 10 y 11 de octubre: trabajo de las subcomisiones en Lloró y en el Alto Capá, respectivamente; 12 de octubre: descenso por el Atrato, hasta Quibdó; 13 y 14 de octubre: trabajo en Quibdó; 15 de octubre: regreso a Bogotá por via aérea.

A manera de recuento de labores, y a fin de puntualizar el ambiente folclórico de la región visitada, consignamos en seguida algunas datos y observaciones sobre los distintos aspectos que tuvimos oportunidad de conocer y de estudiar en el Chocó.

Los conjuntos instrumentales

En los principales centros de población, no falta en tierras chocoanas un conjunto típico: la chirimía. Parece que la base melódica de estos conjuntos fue antaño la flauta de carrizo (flauta travesera), instrumento que hoy sólo fabrican y usan los indios, y que fue reemplazado por dos instrumentos cultos europeos, llegados al Chocó en época relativamente reciente: el clarinete y el fliscorno barítono. A los que se agregan la "tambora" y un par de platillos de lámina de hierro, de fabricación local por cierto.

Los aires o ritmos regionales que interpretan estas chirimías tienen un carácter autóctono muy acusado y un evidente interés ritmo-dinámico: algunos sugieren, al menos por razón de sus nombres genéricos, un origen español, como la "jota" y la "contradanza"; otros, un origen cosmopolita, como la "polca picada’’, y algunos, como el "maquerule" y el "aguabajo", son de innegable estirpe vernácula.

Es interesante anotar el hecho de que al escuchar un conjunto instrumental formado por ejecutantes jóvenes, pudimos comprobar como la influencia de la música antillana comienza a deformar la tradición nativa. Incluso el instrumental de esta agrupación (acordeón, "timba", "bongoes" etc.) visualiza este proceso de paulatino olvido de una tradición y de transformación del sentimiento local en eco o imitación de lo foráneo.

Las danzas tradicionales

Fue en Condoto donde presenciamos los bailes típicos más interesantes de la región. Espectáculo emocionante, por la belleza casi ritual de algunas coreografías espontáneas.

En las respectivas fichas encontramos, por ejemplo, que el "aguabajo" se bailó allí por parejas aisladas, inicialmente, y luego en un juego trenzado de hombres y mujeres. Una pareja femenina, mientras tanto, integró un centro de graciosa serenidad en medio a la continua aceleración de los movimientos rítmicos del conjunto.

En la "jota", las parejas iniciaron un sugestivo encadenamiento de movimientos de avance y retroceso, en doble "fila india". Al acelerarse el ritmo de la música, los bailarines volvían a unirse dos a dos -hombre y mujer- y entraban poco a poco en un verdadero trance hipnótico, dentro del cual la danza tendía al tipo convulsivo atenuado de la clasificación de Curt Sachs.

En otro "aguabajo", un bailarín sexagenario -valiéndose de su sombrero a manera de batea- imitó estilizadamente el trabajo del minero, del buscador de oro de los grandes ríos del Chocó. Sus movimientos rítmicos, iniciados en cuclillas y a ras del suelo, lo llevaron en una suave espiral ascendente hasta un climax emocional en que, elevando ambos brazos, con el negro y ancho sombrero entre las manos, pareció ofrendar a dioses desconocidos el áureo é imaginario fruto de su labor.

En la "contradanza", los hombres hacían girar a sus parejas, vertiginosa y suavemente. Y al cambiar el ritmo de la música -ternario a binario- volvían a danzar frente a frente y eran entonces las hembras quienes dominaban a los hombres con sus cadenciosas insinuaciones.

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  Miembros dela comision con Francia Oliva Vega, en Yuto (Alto Atrato).

El repertorio vocal de los ‘‘velorios’’

Está constituido por "romances", "alabados" y "salves" que se entonan por los asistentes, en estilo antifonal. Una mujer de edad provecta inicia el canto, y las demás le responden a coro. El carácter de estas oraciones cantadas, de un acusado arcaismo, recuerda a la vez las inflexiones modales del canto llano y los melismas ornamentales del cantejondo. Las respuestas corales, además, se realizan polifonalmente, en intervalos paralelos de cuartas y quintas, a la manera del organum medioeval. Cabría anotar que estos repertorios varían de acuerdo con el tipo de ‘‘velorio’’ que se esté celebrando: velorio ‘‘de muerto", velorio ‘‘de niño" (gualí) o velorio "de santo’’ (alumbramiento).

Nada más sugestivo, por lo demás, que el ambiente que se vive en estos "velorios", en los que no falta de ordinario la intervencion de un decimero -vale decir, de un declamador e improvisador- que participa en los ritos con un repertorio de arcaico y castizo sabor. A uno de éstos escuchamos en Quibdó, la noche del sábado 3 de octubre: Manuel Mosquera Cossio es su nombre. Una de sus loas al Santísimo Sacramento nos transportó al siglo XVI: creíamos estar presenciando un auto sacramental, no sólo por el énfasis de la declamación, sino por la arquitectura de las imágenes poéticas y la simbología del contenido.

Las canciones tradicionales del Baudó

De regreso de Condoto e lstmina, y cuando la comisión se encontraba en Yuto disponiéndose a remontar nuevamente el Atrato rumbo a Lloró, se nos presentó una muchacha de tipo casi gitano y personalidad atrayente y simpática. Así conocimos a Francia Oliva Vega, originaria de la región del Baudó, quien conserva de memoria el repertorio de cantares tradicionales que entonaba su madre. Francia Oliva, dueña de una muy hermosa voz natural, esperó en Quibdó nuestro regreso e interpretó, en una de las últimas sesiones de grabación efectuadas allí, tres de esos admirables cantos tradicionales de su tierra: dos auténticos romances del siglo de oro español -"Catalina, Catalina" y "Se levanta un corderillo"- y una antigua seguidilla -"Una niña en palacio".

Esta vez, letra y música nos transportaron, en un viaje retrospectivo de cuatrocientos años, a los reinos de Asturias, de Castilla y Aragón. Esas muestras del cancionero tradicional del Baudó, a más de los datos que nos facilitó la informante, señalan al Baudó -comarca geográficamente aislada- como una de las regiones de América más interesantes desde el punto de vista folclórico. De donde nuestro proyecto de efectuar algún día un viaje de estudios al citado distrito chocoano, para continuar comprobando -entre otras cosas- cómo sigue vivienda en América la España que fue.

 

 

 

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