CUATRO CABALLOS DEL TIEMPO
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Más allá de donde nace la noche, mucho más allá de donde comienza la persecución de las sombras tras la fugitiva luz de la esperanza, muchísimo más allá, me cuenta mi amiga Paulina Encinosa, la hija del gran maestro Cuchuco, heredera de sus leyendas y de sus poesías, que por allá en esas tierras aconteció la historia de los Cuatro Caballos del Tiempo, que eso fue en un país tan lejano, tan lejano, que verdaderamente no me acuerdo y mejor pongo a esos caballos a volar por los parajes del Llano.
Había un hogar campesino formado por dos ancianos, padres de tres hijos varones.. Esta humilde familia vivía de las cosechas de pequeños cultivos y una mínima empresa de carbón vegetal, que dos veces al año llevaban a vender al mercado del pueblo más cercano para suplir sus más apremiantes necesidades. Fue así como al hijo mayor lo comisionaron los padres para ir al pueblo a vender la cosecha. La madre se esmeró preparándole el bastimento al hijo, le fritó una de las gallinas más gordas, doró tres arepas con abundante queso y envasó en una tapara el guarapo que estaba en su punto y todo lo metió en el porsiacaso que entregó a su hijo para que comiera durante el camino.
Muy de mañana cogió camino el muchacho con una mala gana que le pesaba mucho más que las cargas que los burros llevaban sobre sus lomos. Renegaba el fulano a diestra y siniestra, pues jamás había estado conforme con ser campesino, soñaba con ser rico, viajar por todo el mundo, gozar de las mejores comodidades y disfrutar de las mujeres más hermosas. Casi nada deseaba nuestro amigo que llevaba para el pueblo a vender una modesta cosecha de plátano, yuca, auyama, ñame, cambures y algunas fruticas que se dan en los solares de las casas. A eso del filo del medio día, se detuvo el joven en un fresco arroyo, dejó que los burros saciaran su sed, porque él se dispuso a merendarse el fiambre. Pero algo desagradable le sucedió. ¡Qué contrariedad! Se presentó en medio de aquellas soledades, una ancianita bastante andrajosa y por añadidura muy preguntona, porque inmediatamente le preguntó: -¿Qué traes en ese talego, hijo mío?, y le señaló el talego del fiambre. El muchacho lleno de disgusto le respondió con aspereza: -Piedras, puras piedras. -Anda hijo, dijo la viejecita, -¿Y qué llevas en esa tapara?, volvió a preguntar ignorando la irritación del joven. Este respondió con una grosería: -Ahí traigo miaos, vieja preguntona. -Anda hijo, volvió a decir la anciana. -¿Y qué llevas en esos burros? -¡Piedras, vieja preguntona! Y lárguese de aquí que no pienso darle ni a oler mi comida, si eso es lo que pretende. La ancianita le dijo sentenciosa: -Anda hijo mío, en piedras se te convertirá la comida, lo mismo la carga que llevas en los burros y el guarapo se te convertirá en miaos y hasta el agua del arroyo te sabrá a eso. Dicho esto la anciana se marchó. El joven soltó una estruendosa carcajada al tiempo que mordía con toda gana una presa de gallina que le hizo saltar en pedazos dientes y muelas, pues aquellas presas estaban convertidas en piedra sólida, exactamente pasó lo mismo con las apetitosas y doradas arepas. El muchacho tiró su bastimento al arroyo seguido de un rosario de maldiciones se empinó la tapara para beber guarapo y de inmediato lo escupió. -Maldita vieja; debe ser una, bruja...!, gritó regando el contenido de la tapara en las aguas del arroyo. Y como tenía tanta sed, se agachó a beber agua, pero también el agua sabía a miaos.
Por fin llegó el malhumorado joven al pueblo y voceó anunciando su mercado. La gente de inmediato vino a comprar la verdura fresca, pero cual no sería la sorpresa, que solo había entre los bultos piedras, puras piedras. ¡Esto es una burla!, gritaron -Ahora mismo te enseñamos a no venir a vendernos piedras. El fulano corrió cuanto pudo para escapar del agraviado pueblo. Apenas se calmó la gente, el muchacho fue al basurero y tiró todo aquel montón de piedras, dejó en libertad a los burros y juró que no regresaría nunca a su casa, se iría a recorrer el mundo como siempre lo había soñado.
Así pasaron uno, dos, tres y muchos días más, los ancianos se afanaban y se lamentaban de que el hijo no regresara, pensaban que algo malo le había sucedido. Pero el hijo mayor no regresó. Entonces tomó el turno el segundo. La madre se esmeró nuevamente en prepararle el bastimento, igual que al anterior. Recogieron las pasillas de las cosechas, los últimos bultos de carbón, y enrumbó al pueblo. Pero vea que nuestro amigo era por el mismo porte del hermano mayor, malcriado, grosero y repelente como él solo. Y los sucesos se dieron exactamente igual. La viejecita preguntona se le presentó en cuanto se disponía a saborear su gallina frita acompañada de tres doradas arepas rellenas de queso y para sentar la comida, llevaba la tapara de guarapo hasta los bordes. El muchacho vio a la anciana y se dijo, -Lo que faltaba, - de dónde saldría esta vieja que debe venir con las tripas en ¡a espalda, pero si cree que le voy a dar de mi merienda, se equivocó. La anciana hizo las mismas preguntas, el joven respondió de igual manera que lo hiciera su hermano mayor y otra vez la gallina frita, las arepas y el guarapo fueron a parar en el fondo del arroyo y la gente del pueblo más furiosa que antes lo corretearon lanzándole piedras. El joven tiró la carga en el basurero, dejó en libertad a los burros y se juró que no volvería al pueblo al lado de sus padres, que se iría a recorrer el mundo.
Pasaron los días, salió el sol una y otra vez, se restregó los ojos, atisbó muy bien por el camino del Llano que venía hacia la casa de los ancianos que lloraban sin consuelo la pérdida de sus dos hijos mayores, pero el sol no los miró por ningún lado, luego dijo entre rezongón y rabioso. -Ojalá no vuelvan más, desgraciados, tantas veces que les alumbré el camino y ni siquiera se despidieron de mí.
-Yo quiero ir, yo quiero llevar al pueblo lo poco que nos queda, déjenme y verán que les traeré lo que tanto necesitan, rogaba Juan, el menor de los hijos del matrimonio de ancianos. -Pero Juanito, tu eres el menor el que nunca ha salido de casa, nada sabes de ir a vender, ¿y vender qué?, ya no tenemos nada. -No importa rogaba Juan, llevaré los plátanos biches, las auyamas, la yuca y las fruticas verdes que hay, cortaré unos palos y haré carbón. Tanto insistió Juan, que los padres le dieron el permiso, además Juan les había prometido buscar a sus hermanos. Estando Juan cortando la leña para sacar el carbón, se le presentó nuestra conocida anciana, siempre igual de preguntona. -Hijo, ¿qué estás haciendo? Juan que era un pozo de ternura, le respondió con dulzura: -Aquí madrecita, cortando estos palos para sacar carbón para vender en el pueblo, es que mis padres están muy necesitados de dinero y mis hermanos mayores se fueron con lo mejor de las cosechas y no regresaron.
-Ya lo sé hijo mío, dijo la anciana. Pero no cortes madera ni hagas carbón, vete con esas vituallas que recogiste en la sementera y no te preocupes por comida, que en el primer arroyo que encuentres camino al pueblo, ahí hallarás comida. Vete Juan, que te va a ir muy bien.
Los padres de Juan se quedaron asombrados que el joven no quisiera llevar algo para merendar en el camino. Juan llevaba el único burro que les quedaba y lo trataba muy bien, apenas llegó al arroyo, le quitó el bozal para que bebiera agua y cual no sería su asombro, que abajo en el fondo del arroyo, entre sus cristalinas aguas, esta tirado intacto todo el fiambre de sus dos hermanos. Juan se metió y todavía quedó más perplejo, pues las aguas no lo mojaban, las gallinas fritas y las doradas arepas, estaban tan bien conservadas como si estuvieran al rescoldo del fogón de su casa. Qué gran banquete se dio Juan, empacó lo que no se comió y enfiló hacia el pueblo. Apenas entró en las calles, le salió una multitud gritándole agresivamente: -¡Llegó otro de los que vende piedras!, ¡llegó otro de los que vende piedras! Démosle un escarmiento para que no vengan a burlarse de nosotros. -¡Un momento!, dijo Juan, no se de que piedras me están hablando, vengan a ver lo que traje para venderles y destapó la carga que traía; Juan tuvo que contener un gritó de asombro, pues aquellos platanitos biches que había recogido en la sementera, se miraban en su punto, todas las frutas verdes habían madurado.
Nuestro amigo Juan le fue a las mil maravillas, vendió cuanto trajo al pueblo, luego cuando fue a botar las hojas que traía envolviendo la carga, encontró que en el basurero estaban las cargas del mercado que sus hermanos habían botado convertidas en piedras, estaban tan bien conservadas e intactas como si hubiesen estado guardadas en una bodega. Juan no lo pensó un segundo, regresó al pueblo y pregonó su mercado por las calles y todo fue comprado a buen precio. Nuevamente Juan enrumbaba el camino hacia su hogar con el burro cargado con las mercancías que sus padres estaban necesitando. Pero resulta que Juan se volvió a topar con la viejecita preguntona. -Hijo mío, ¿cómo te fue? -Bien madrecita, muy bien respondió Juan. -Bueno hijito, me alegro, pero ahora pon buena atención a lo que voy a decirte, -Seré puros oídos, madrecita, afirmó el joven. -cuando llegues a tu casa, anda y busca detrás de ésta en el basurero, busca entre la tierra hasta que encuentres una lanza, esa lanza será tu gran fortuna, porque tú, querido hijo mío, vas a tener que luchar con Cuatro Caballos del Tiempo, son caballos alados y temerarios, pero tendrás que luchar, para que se abra en tus manos la gran fortuna de tu felicidad y tendrás que vencer a esos cuatro caballos. Para ello tienes que construir una enorme tarima, una tarima con troncos resistentes para los combates, pero no temas hijo, si tienes el suficiente valor, la lanza te dará la victoria. Y como siempre, dicho esto, la ancianita se marchó.
Juan llegó a su casa fatigado de emociones, le entregó el dinero de la venta a sus padres y las cosas que compró, les dio la mala noticia de que sus hermanos habían sido corridos a piedras en el pueblo por vender piedras en lugar de verduras y que no los había visto por ninguna parte. Luego les narró el encuentro con la anciana, que ya había tenido uno antes de irse y que de regreso le dijo que buscara una lanza en el basurero de la casa. Los padres pensaron que el pobre Juan se estaba volviendo loco. El muchacho atercaba con más empeño, tanto que decidieron ayudarle a buscar la tal lanza y la encontraron; era una lanza de oro puro. Ante este hallazgo ya los padres de Juan optaron por creerle y le ayudaron a construir la tarima en el centro de la sementera. Así que en una tarde quedó listo el gran escenario donde Juan combatiría con los cuatro caballos del tiempo.
Aquella misma noche, cuando la luna venía retoñando como una hostia sangrante, el joven se trepó sobre la tarima, empuñó bien su lanza de oro y se encomendó a la viejecita, a Dios y a su lanza. Y se quedó quieto recordando las últimas palabras de la anciana: -Tendrás que vencerlos Juan, de lo contrario ellos te matarán, pero yo se que tu vencerás, porque yo se que tu eres una obra buena del destino, y te voy a dar un consejo, no busques a tus hermanos, ellos son seres de mal corazón y te harán mucho daño.
A eso de las diez de la noche, escuchó Juan, un sordo y bronco trueno que pareció correr por entre la piel de la tierra. Luego se desató una especie de huracán que avanzaba a una velocidad increíble, Juan se repartió sobre el pecho muchas bendiciones, empuñé la lanza y esperó. -Juan se quedó helado viendo como a la cabeza del huracán venía volando un caballo tan blanco como un bellón de nube, se miraba tan fiero como un tigre y tan temible como la muerte. Pero no echó pie atrás. El caballo blanco se posó junto con el huracán sobre la gran tarima y le embistió a patadas y a mordiscos, el joven le sacaba quites y lo rechazaba con la lanza, Juan parecía haber estudiado esgrima, pero aquel poder se lo había dado la lanza de oro. De pronto el caballo se detuvo y le habló así:
-Detente Juan, me has vencido, no pelearé más contra ti, seré tu amigo y cuando te encuentres en grandes dificultades, grita: -¡El Caballo Blanco aquí!, y allí estaré yo para ayudarte. El Caballo Blanco emprendió vuelo y se alejó.
Juan esperé nuevamente con el corazón palpitante. Al momento se escuchó otro trueno en sentido contrario de donde había llegado el primero. Otro trueno más potente que retumbó sobre el lomo de la tierra y se anunció el mismo huracán y a la cabeza del huracán venía un caballo Bayo tan fiero y temible como el caballo Blanco. Se posó sobre la gran tarima acompañado de su huracán y arremetió contra Juan, pero Juan era ya un experto y cargó con valentía a su atacante, fue una lucha feroz, pero Juan no se había dejado alcanzar ni con los filosos dientes, ni con las patas del caballo que parecían un torbellino. Así hasta que el caballo Bayo se detuvo y le dijo a Juan las mismas palabras que le dijo el caballo Blanco: -Juan cuando tengas un problema grave, llámame, di con toda fe, ¡el caballo Bayo aquí!, y allí estaré para ayudarte. Luego se fue volando.
Juan esperó sobre la tarima al tercer caballo, que también se anunció con un trueno tan potente que atronó los huevos que empollaban las gallinas a tiro de nacer. A la cabeza del huracán venía un caballo Zaino derribando los árboles con su relincho. -iMadrecita!, clamó Juan invocando a la viejecita que lo había metido en aquellos tremendos líos. -¡Madrecita, ayúdame a salir con bien en estos combates con estos caballos voladores, traedores de tempestades, fieros y temibles como la misma muerte! Pero no había tiempo para encomendarse más, porque allí sobre la gran tarima se había posado el caballo Zaino y le arremetía con furia terrible. Sin embargo, Juan era para este momento un combatiente diestro que sabía a la perfección desquitarse y enterrar el filo de su lanza sobre los lomos de los caballos atacantes. Y de igual manera que sus antecesores, el caballo Zaino se detuvo. -No peliemos más Juan, le dijo. Seré tu amigo, cuando te encuentres atropellado por dificultades insalvables, llámame: ¡El caballo Zaino aquí!, y yo estaré allí para ayudarte. Juan se quedó viendo la partida de su nuevo amigo, pero al momento se escuchó el trueno anunciador del cuarto caballo.
Juan se dio ánimos y lo esperó con la lanza en ristre. Si señor, allí venía a la cabeza del huracán un caballo tan negro como tiniebla sin fondo, sus relinchos hacían caer los pájaros con infartos de miedo. Se posó, y se formó la batalla entre caballo y hombre, entre dentelladas y patadas, Juan con su lanza de oro, amedrentaba la furia de los alados. -Detente Juan, dijo el caballo Negro. No luchemos más, me has vencido, seré tu amigo, cuando te encuentres en peligro de muerte, llámame, di con toda confianza: ¡El caballo Negro aquí!, y allí estaré para ayudarte. Juan dejó escapar un suspiro de alivio, había pasado todo, había vencido a los cuatro caballos del tiempo.
Aquella misma noche después del combate, Juan tuvo que calmar a sus padres, pues éstos estaban tullidos de miedo y una sorpresa más les esperaba. Al entrar en el cuarto a descansar se encontró con que todo el piso de la estancia estaba tapizado de monedas de oro. Así que Juan se convirtió en un joven sumamente rico, pero no podía ser feliz porque sus padres continuaban entristecidos por la ausencia de sus hijos, sin saber si habían muerto en qué graves aprietos se encontraban. Juan con aquel corazón bueno que tenía y que no sabía que hacer con él, decidió ir a buscar a sus hermanos, iría a buscarlos y no se vendría sin ellos. Le dejó toda su riqueza a sus padres y antes de que menudearan los gallos, Juan emprendió camino, así lo sorprendió el sol cuando abrió sus ojos al Llano y localizó a Juan. ¡Ajá! Se dijo, este tonto va a buscar a sus hermanos, veamos lo que le va a pasar. Así que lo siguió y el sol fue testigo de las aventuras del pobre Juan. Aquellos días y meses fueron de puro verano, pues ¿habían visto ustedes un sol más curioso...? Y presenció el primer encuentro de Juan con sus hermanos. Los encontró en un pueblo donde habían ferias. Apenas Juan los vio corrió gritándoles lleno de alegría: -¡Hermanitos, hermanitos, he venido a buscarlos para llevarlos a casa!. Los hermanos lo miraron con desprecio. -¿Qué estas diciendo bobo desgraciado?, nosotros no volveremos más nunca por allá a esos campos. -Hermanitos, insistía Juan, ahora no somos pobres, somos inmensamente ricos. A esto los hermanos rieron a carcajadas. -Este mequetrefe se volvió loco. Por más que Juan hacia esfuerzos para convencerlos, los dos jóvenes se irritaban a cada momento más y más. -¿Ahora qué hacemos con este bobo loco?, se preguntaron. -Pues llevémoslo lejos de aquí y lo dejamos donde no pueda regresar.
-Vamos pues, le dijeron. Juan alborozado de alegría iba contándole a sus hermanos los acontecimientos que habían sucedido en su ausencia, éstos a cada momento se convencían que además de bobo su hermano estaba chiflado de remate y qué vergüenza sería para ellos que los llamara hermanos había que eliminarlo y así lo decidieron. Cuando estuvieron lejos del poblado, le cortaron una pierna dejándolo tirado sin conmoverse ante sus lamentos. -Hermanitos, ¿por qué me hacen esto?, les preguntaba Juan, yo vine a buscarlos y tengo que llevarlos para que mis padres sean felices. -Bobo, pendejo, decían los otros poniendo oídos sordos a sus súplicas.
El sol fue a ocultarse temprano para mañanear al día siguiente y continuar a la expectativa de las aventuras de Juan. Pues bien, Juan pasó toda aquella noche sufriendo y cuando amaneció se decidió a llamar a su primer amigo, el caballo Blanco. -¡Caballo Blanco, aquí!. El caballo Blanco apareció de inmediato. -¿Qué te pasa Juan?, ¿qué te han hecho tus hermanos? -Eso te pasó por bobo y buen corazón, bien claro te lo dijo la anciana, que no buscaras a tus hermanos. Mira lo que te han hecho. El caballo Blanco recogió la pierna que estaba tirada, la lamió amorosamente hasta ponerla tibia, mordiéndola por la parte del tobillo se la colocó a Juan, luego continuó lamiéndole la pierna hasta que quedó completamente pegada. -Estás bien nuevamente Juan, ¿y ahora en qué piensas? Juan respondió sin vacilar: -En mis hermanos, salí a buscarlos y debo llevarlos. El caballo lleno de furia le reprochó: -Pero Juan, ¿tu por qué eres tan porfiado?, ¿no ves lo que hicieron tus hermanos? -Pero ellos son mis hermanitos, y yo salí a buscarlos y debo llevarlos. El caballo pegó un relincho y se fue volando. Otra vez Juan recorrió lejuras y más lejuras y el sol más interesado que nunca lo seguía, lo tenía quemado de tanto ponerle los ojos encima, así hasta que llegó a otro pueblo. Allí estaban los malvados hermanos. Cuando Juan los descubrió salió a la carrera gritándoles: -Hermanitos, que bueno que los encuentro, vine a llevarlos a nuestra casa, ahora somos muy ricos. Los malvados se asustaron al verlo corriendo con sus dos pies, tan sanos como si nunca le hubieran cortado uno. ¿Qué sera lo que tiene este loco?, ¿será que lo protege el diablo? Ahora si que va a tener que protegerlo muy bien, porque vamos a acabar con él. Y se convidaron los dos perversos para asesinar al hermano bueno.
Esto que relatamos nos lo conté el sol confidencialmente, nos dijo que lo volvieron pedazos, y lo dejaron tirado en un lugar árido a la intemperie donde se lo comieran los gallinazos. Pero el caballo Bayo se apareció y con sus babas fue juntando pedazo por pedazo, hasta que logró armarlo. Luego con su respiración le infundió calor hasta traerle la vida nuevamente. Cuando Juan le daba las gracias al caballo Bayo, éste le preguntó: -¿Y ahora en qué piensas Juan? -En mis hermanos, respondió tan frescamente como la vez anterior, yo salí a buscarlos y debo llevarlos. -Condenado Juan, dijo el caballo, eres más porfiado que la mujer de Garabato, ¿no ves lo que te han hecho esos caines? -Pero son mis hermanitos, salí a buscarlos y debo llevarlos. Ante esto el caballo Bayo se fue enojado también.
Y ese y otros días más el sol anduvo sin perderle paso a Juan. Fue así como se pilló la otra maldad de los hermanitos malvados. Juan los encontró en otro pueblo en medio de una gran feria, donde les gustaba permanecer tomando y apostando en juegos de azar. Al ver al hermano bueno, quedaron paralizados, pero ésto fue tan solo un momento, luego maldiciendo juraron acabar con aquel engendro como lo llamaron. No dejarían ni el rastro. Y por más que Juan les suplicaba y les decía que por qué eran tan malos con él, se lo llevaron lejos del pueblo y dejaron un pedazo de su cuerpo tan distante del otro que sería imposible que se volvieran a juntar. Allí aparecieron los dos caballos, el Zaino y el Negro. Buen trabajo les costó reunir de nuevo los miembros de Juan, pero llenos de amor lograron armar al joven con las babas de sus bocas y con sus respiraciones le metieron otra vez la vida en el cuerpo. Así que Juan volvió a sonreírles agradeciéndoles. Los caballos le preguntaron en qué pensaba. Juan respondió con su misma terquedad: -En mis hermanos, salí a buscarlos y debo llevarlos. -Este no tiene remedio, dijeron los caballos alzando el vuelo y perdiéndose en la lejanía.
En esta forma el sol se olvidó de algunos lugares donde el invierno estaba causando estragos, pero no quería perderse el final de las aventuras de Juan. Así que lo acompañó hasta un reino donde el monarca de allí estaba realizando unas olimpíadas tan sonadas, que el gran premio era su hija, la princesa. Pues bien allí estaban los malvados hermanitos de Juan, quien al verlos salió corriendo y gritándoles: -Esperen hermanitos, siquiera que los encuentro, porque yo salí a buscarlos y debo llevarlos. Los hermanos que lo miran y arrancan a correr, -Ese es un demonio, aunque lo despedacemos vuelve a aparecer, -¿y ahora qué hacemos con él? De pronto se pusieron de acuerdo, -Dejémoslo y llevémoslo a la cocina como ayudante, así estará ocupado y nos deja en paz mientras pasan las olimpíadas; porque ellos eran unos de los más fervientes aspirantes a ganar el gran trofeo, la mano de la princesa, así serían inmensamente ricos.
Juan se puso muy contento que lo aceptaran aunque tuviera que estar en la cocina. Los hermanos para tenerlo lo más alejado posible, el día de la primera competencia, le dijeron que fuera a pescar, porque el rey quería cenar pescado. Juan se fue a pescar y estando en el río tire y tire el anzuelo y no pescaba nada, se le presentó el hermoso caballo Blanco. -¡Hola Juan!, ¿qué haces pescando ahí donde no hay peces? -¿Por qué mejor no participas en las competencias? -¿Yo?, dijo Juan riendo. -¿Cómo podría hacerlo?, no tengo caballo ni ropa para presentarme. -Eso piensas, mira, ahí colgado de ese árbol hay un rico traje a tu medida y yo seré tu corcel, un corcel jamás soñado por nadie. -Anda Juan, arréglate, que aquí estoy yo. Juan se arregló y quedó asombrado, qué bello traje y el caballo Blanco lucía sobre sus lomos una silla con aparejos de oro y piedras preciosas. Y se montó Juan que ahora parecía un príncipe salido de los cuentos de fantasías. Entró en la competencia inscribiéndose como un príncipe de un país muy lejano, como se lo había dicho el caballo Blanco. La competencia consistía en una carrera de caballos, el más veloz y que subiera toda la escala de la torre más alta hasta llegar donde se encontraba la princesa, quien entregaría al vencedor una nota para llevársela al jurado. El caballo Blanco no tuvo ni dificultad ni contendor para ganar, puesto que más que correr volaba.
Este acontecimiento formó el gran revuelo en el reino, el mismo rey y la princesa estaban deslumbrados por aquel desconocido príncipe. Los hermanos de Juan llegaron aquella tarde alicaídos y comentando la presencia de ese príncipe y sobre todo del caballo tan maravilloso.
Al terminar la competencia, el caballo Blanco salió tan veloz que nadie pudo precisar por donde se había ido. Todos se hacían preguntas que quedaban sin respuestas. Solamente Juan, el bobo, como le decían sus hermanos, era el dueño del secreto. Haciéndose el tonto quiso entrar en la conversación preguntándoles a los hermanos. -¿De qué hablan?, ¿de qué caballo blanco?, ¿de qué príncipe?. Los hermanos lo regañaron: -Vete bobo a la cocina, esto es para personas entendidas, anda a ver las ollas. ¿Y si pudiste pescar algo? -Claro que traje los mejores peces, dijo Juan. En efecto, cuando regresó al lugar, el caballo Blanco le dijo que encontraría colgado de un árbol, los mejores peces de ese río. Así que Juan regresó triunfante con una cantidad de peces de muy buena calidad. Nadie podía sospechar que aquel insignificante muchacho, hubiera sido el príncipe de ropas esplendorosas, el dueño del caballo más fabuloso que se hubiera visto en esos tiempos.
En aquellos días de competencias en aquel reino, el sol estaba afanado porque el invierno abusaba de su ausencia. Al segundo día los competidores prepararon los mejores caballos del reino, entre ellos se contaban los hermanos de Juan. Antes de irse, enviaron a éste a pescar nuevamente para mantenerlo alejado del público y que no pudiera llamarlos hermanos. Juan se fue a pescar al mismo río, la misma simpleza, tira el anzuelo, vuelve a tirarlo y nada que sacaba ni sardinas. Otra vez volvió a ocurrir lo mismo, pero esta vez fue el caballo Bayo y no el Blanco el que se presentó. -Deja de pescar hombre, y ven a participar en las competencias. -Bueno, respondió Juan, y puso sus ojos sobre el árbol donde el caballo Blanco le dijera que dejara el vestido del día anterior y allí había otro mucho más fino y rico en adornos de oro y de piedras preciosas y sobre los lomos, el Bayo lucía los más ricos aparejos de montar. -Móntate Juan y vamos a echarle tierra en la cara a los otros competidores, le dijo el Bayo. Y así fue. Casi que no pudieron ni verlos bien, subieron en un abrir y cerrar de ojos los largos escalones de la alta torre, recibió Juan de manos de la princesa una carta para el jurado, esta vez ella estaba de pie para poder ver mejor al joven de los caballos fabulosos, el príncipe bello y desconocido.
Nuevamente los comentarios y los envidiosos no paraban de hablar sobre aquel príncipe y sobre todo de los caballos que parecían no tocar con sus cascos la tierra. Juan trajo otra vez el mejor pescado que se hubiera comido en la cocina del rey y los hermanos lo insultaron cuando preguntó sobre lo que se comentaba.
Así que el sol apremiaba al tiempo para que pasaran las noches rápidamente y poder saber el desenlace de las aventuras de Juan. A la tercera competencia, todo aconteció exactamente igual, porque en las historias de las viejecitas preguntonas de los años no me acuerdo, todo se repetía exactamente igual. Juan fue a pescar, nada sacaba, se le apareció el caballo Zaino, igualmente vistió un traje de piedras preciosas, los aparejos del Zaino eran nunca vistos y el caballo como era tan majestuoso dejó a todos con la boca abierta. La princesa quedó más deslumbrada que el día anterior y el rey estaba tan intrigado que no podía dormir haciéndose preguntas sin respuestas.
Los hermanos de Juan cada día estaban más desencantados y hasta le estaban echando la culpa a él. -Este desgraciado debe ser un pájaro de mal agüero, porque desde que llegó comenzamos a perder con ese fulano príncipe que a lo mejor será Lucifer.
Y por último, el día final, el día más esperado, el ganador bajaría a la princesa desde lo más alto de la torre del castillo y la entregaría al jurado y se fijaría la fecha de la boda. Juan madrugó a bañarse con yerbas aromáticas, brilló sus dientes con carbón, peinó su melena con baba de guacimo y se perfumó con pepas de sarrapia. Y que bello se veía Juan sobre el caballo retinto, con una silla reluciente de diamantes, las ropas de Juan eran tan blancas y deslumbrantes que el sol se quedó encandilado. Condenado campesino, gruñó frotándose los ojos.
Los hermanos de Juan estaban dispuestos a hacerle trampa al príncipe para hacer resbalar el caballo cuando fuera subiendo las gradas de la altísima torre, pero no supieron en qué momento pasó el caballo Negro y cuando lo vieron, venía de regreso con la princesa. El caballo Negro les metió un par de patadas y los tiro lejos. -No me digas que son tus hermanitos, que viniste a buscarlos y debes llevarlos, le dijo a Juan. El sol estaba que se iba y no se iba y como una dádiva a Juan, le concedió un día más con su deslumbrante imagen como regalo de boda. Pues al siguiente día se celebró con una gran pompa el matrimonio de la princesa más bella, con un joven príncipe desconocido. Y fue así que el curioso sol, pudo enterarse que apenas Juan estuvo desposado con la princesa, los cuatro caballos del tiempo se convirtieron en cuatro palomas blancas, que se fueron volando y cantando canciones celestiales.
Y me aseguró mi narradora, que aquellos caballos voladores, eran cuatro ángeles venidos a la tierra en cuatro tiempos diferentes, para hacer cuatro obras semejantes.
CONTINUAR

