LA SAYONA

Había una vez un par de ancianos que tenían solamente una hija, a la cual adoraban y se plegaban a sus más exigentes caprichos. Era una joven muy hermosa y se llamaba Sarona. A Sarona le gustaba ayudarle al cura en los quehaceres de la casa cural. Fue así como en cierta ocasión, la joven limpió la sacristía, la iglesia y terminó demasiado rápido, se puso a ver que podía hacer para matar el tiempo, pero no había nada más que hacer. De pronto Sarona se quedó viendo los hábitos ornamentales del cura que estaban colgados en un perchero, algo cruzó por su mente, una idea maléfica. -Voy a hacerle una travesura a este cura, se dijo. Buscó presurosa una tijera hasta que la encontró, cogió las prendas, se aplastó en el piso de la sacristía y comenzó a cortar en pedacitos todas aquellas prendas sagradas. La tarea la divertía a medida que miraba crecer el montón de retazos y más retacitos que al fin terminó soltando una risotada. Más tarde llegó el cura corriendo a celebrar la misa y cuando buscó sus prendas ornamentales, no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Allí en el suelo y hechas pedacitos yacían sus ropas del santo oficio. El sacerdote montó en cólera y gritó preguntando:¿Quién ha hecho esto? -Yo, respondió la joven con una sonrisa retozándole en los labios. El sacerdote la interrogó de nuevo: -¿Y por qué ha hecho usted eso? -Simplemente porque me dio la gana, respondió ella, con una frescura intolerable que irritó demasiado al cura. El religioso hincó rodilla en tierra y la maldijo una y otra vez: -¡Eres un engendro demoníaco, eres un horror de mujer que asustas!, dijo el cura en sus últimas palabras contra la autora de aquella ofensa que consideraba imperdonable.

La linda joven salió de allí sintiendo que algo pesado se apoderaba de su cuerpo y de su alma y en efecto, estaba sufriendo una transformación. Empezaron a crecerle los dientes, las uñas de las manos y su lindo rostro se tornó apergaminado Los padres al verla quedaron espantados. Ella se escondió en su alcoba y no dejaba entrar a nadie, pero había algo impresionante que no podía calmar, un hambre desesperada por comer carne cruda, se comía las gallinas, los marranos, los perros, después las reses, los burros, los caballos, era insaciable noche y día. Así que por las noches salía de cacería y comenzó a devorar a las personas. Las gentes del pequeño caserío aterrorizadas se preguntaban, qué fiera sería aquella, porque Sarona se convertía en fiera, atacaba como un tigre, como un león, como un oso y en poco tiempo su pequeño vecindario desapareció, almorzándose al señor cura de último, después de haberse comido a sus padres y a sus hermanos, solamente faltaba uno que se encontraba ausente. Pero un día llegó el hermano y cuando miró a lo que supuestamente era su hermana Sarona, lanzó un grito con la palabra atragantada en la garganta que sonó algo así como: -¡Sayona...!.

-Si hermanito, respondió, te esperaba porque me estoy muriendo de hambre. El joven preguntó por sus padres, ella le respondió: -De ellos nada queda, solamente la calavera de mi papá que hace días me estoy royendo para no morirme de hambre, pero llegaste tu hermanito y tendré comida, primero me comeré tu caballo, luego tu serás mi sobremesa. El joven quedó paralizado de terror viendo como aquella mujer horrorosa se convertía en fiera. Lo agarró y lo metió en la alcoba que fuera de sus padres, donde habían huesos humanos por todas partes y le ordenó: -Coge la guitarra que está colgada en la pared, toca todo el tiempo mientras me como tu caballo, no pares de tocar para oírte y saber que estás ahí. Le puso un candado a la puerta y se dispuso a devorarse el noble bruto.

-¡Dios mío!, clamaba el joven, ¡ayúdame! Ella le gritaba, -¡Sigue tocando la guitarra hermanito, no pares de tocar! En esto salió un ratoncito por un hueco de la pared de la alcoba y le dijo al joven: -¡Corre buen hombre!, escapa rápido porque te comerá apenas acabe con el caballo. -¿Pero cómo puedo escapar, ratoncito querido? Dijo el joven, si dejo de la guitarra, ella entrará enseguida y acabará conmigo. -Yo tocaré la guitarra por ti, se ofreció el ratoncito. Por donde me viste salir, empuja con fuerza la pared y se abrirá un hueco por el cual puedes salir, eso sí, corre con todas tus fuerzas, escapa y corre sin parar.

Un momento después, el joven hermano de la Sayona iba corriendo por el campo, ella gritaba que tocara más fuerte que casi no lo oía, y era que el ratoncito se paseaba de punta a punta por el encordado de la guitarra arrancando con sus patitas una extraña melodía con un solo sonsonete, churrinnn, churrínnn... La Sayona se apresuraba y el ratoncito tocaba sin parar. Churrínnn, churrinnn, churrínn. Hasta que la Sayona no se aguantó y vino a la alcoba. Cuando abrió la puerta y miró al ratoncito corriendo sobre las cuerdas de la guitarra, ahí finalizó el primer concertista ratoniano que haya tenido historia en los llanos. Pero a la Sayona no se le iba ninguna presa, así corriera y se escondiera. Ella era un felino de larga carrera, de movimientos elásticos y persistentes. Entonces corrió siguiendo el rastro del fugitivo, hasta que lo encontró trepado en un árbol delgado pero muy encumbrado. Una vez localizada su presa, se tendió a descansar la llenura del banquete del caballo, aunque su apetito jamás se saciaba. -¡Baja de ahí hermanito!, le ordenó. ¡No, se negó el joven! -Baja, baja, porque si no bajas, yo te bajaré. -No bajaré fiera maldita, le dijo.

-Bueno, llegó tu hora. Y la Sayona usó sus largas uñas y sus largos y agudos dientes sobre el tronco del árbol hasta derribarlo y acabar con el único ser viviente de aquel pequeño vecindario. Cuentan que Sarona, después de haber devorado al último miembro de su familia, se echó a morir y murió lanzando alaridos de hambre. Tiempos después de su muerte, su esqueleto se irguió y salió a espantar a todos los borrachos que se quedan tomando hasta después de la media noche. Y dicen que al mirarla por la espalda, su belleza es cautivadora, es una beldad que hechiza a los hombres, es la belleza de la joven Sarona, a quien su hermano atragantado de horror la nombré Sayona.


 

Comentarios (0) | Comente | Comparta c