LA IRACA

Comunidad artesanal de Sandoná

Pablo solano

La iraca

La iraca o paja toquilla, particular y socorrida fibra vegetal de nuestras zonas templadas, se utiliza en Nariño y otras regiones del país para la elaboración de múltiples artículos. De ella se hacen sombreros, cestas, escobas, tapetes, palmetas, individuales, bomboneras, cigarrilleras, bolsos y adornos. Sin embargo, es la manufactura de sombreros —modalidad inicial—, la que indiscutiblemente predomina dentro de la explotación del material y cuya minuciosa técnica ha dado pie para una amplia diversificación de sus productos.

La especial hechura del sombrero de paja toquilla, que algunos llaman también "jipa", "suaza" o "Panamá" y originaria muy seguramente de la localidad de Jipijapa al occidente del Ecuador, se instaló y proliferó con enorme facilidad y rapidez en nuestras regiones del sur, donde los tejidos hechos en formas muy diversas —con los que se lograban las más finas y apretadas texturas—, estaban ampliamente difundidos y desarrollados en la tradición artesanal aborigen desde las lejanas épocas de la pre-conquista.

Fig. 1 Tejedoras y mercaderes de sombreros nacuma en Bucaramanga. Acuarela de Carmelo Fernández. Comisión Corográfica 1850.

Aprendida la particular técnica del sombrero jipa que nos llegaba del Ecuador, el oficio fue prontamente adoptado y difundido por los artesanos de Nariño, que lo comunicaron a tierras vecinas, convirtiéndolo en corto tiempo en una de las más florecientes industrias de numerosas zonas del país. En el Huila, Caldas, Cundinamarca, los Santanderes, surgieron y se conformaron a su vez: variedades específicas de cada región. Desde los más tempranos años del siglo XIX, viajeros y cronistas dan cuenta de la existencia del jipa y lo señalan como elemento definitivamente adoptado por el atuendo de gran parte de nuestras gentes.

La implantación de esta modalidad tuvo, sin duda alguna, diversos impulsores y utilizó distintas maneras y rumbos para su penetración.

En cuanto al sector nariñense que concierne a la presente monografía, la versión más difundida y aceptada relativa al nacimiento y desarrollo del oficio, parece ser aquella que atribuye al ciudadano ecuatoriano Don Juan Vivanco su iniciación por el año de 1847, en el municipio de La Unión al nororiente del Departamento y su posterior propagación a localidades vecinas, como el Tambo, Yacuanquer y Sandoná. Para esa época sin embargo y a juzgar por numerosos testimonios, el oficio se hallaba ya bien instalado y su técnica había llegado a distintas y apartadas zonas colombianas.

En efecto, Don Manuel Ancízar nos relata en su pormenorizada "Peregrinación de Alpha" publicada en 1853 como aporte a los textos de la Comisión Corográfica, que por los años de 1820 a 1822 el presbítero Felipe Salgar, virtuoso cura de Girón, conoció a un pastuso que pasaba de viaje y supo de él "que en las cercanías había innumerables palmas llamadas nacuma, cuyos cogollos preparados convenientemente, suministraban a los neivanos el material para tejer sus afamados sombreros jipijapa". Prosigue el relato diciendo que "el buen sacerdote concibió al punto la idea de proporcionar a las mujeres de su feligresía este nuevo medio de ganar la subsistencia y en efecto logró que el pastuso permaneciera en Girón hasta dejar enseñadas algunas jóvenes". De éstas pasó la ciencia a otras y otras, salvando en breve los límites de la parroquia y extendiéndose prontamente a las comarcas vecinas. En la misma obra nos habla Don Manuel del auge que tenía esta industria a mediados del siglo pasado en otras zonas de Santander: "...cerca de 3.000 artesanas emplean sus manos en tejer anualmente 83.000 sombreros de calidades diversas en solo el cantón de Bucaramanga, los cuales vendidos les dejan 59.000 pesos de utilidad neta, deducidos 20.000, valor de los cogollos de nacuma y palma ordinaria. La mayor parte de esta cantidad la ganan las tejedoras de la villa, habiendo mujer que realiza una renta de 200 pesos anuales, suficientes para cubrir los gastos de existencia, en un país en que la manutención abundante no cuesta más de 92 pesos al año". Y agrega más adelante, que visitando la localidad de Barichara, encontró que se habían abierto las puertas de ocho talleres gratuitos, donde 100 jóvenes aprendían a tejer sombreros de nacuma, "cuya venta semanal les aseguraba la subsistencia independiente y honrada. Había además otra maestranza de sombreros establecida por un particular, como empresa fabril y como escuela, puesto que no sólo concurrían obreras ya instruidas en la preparación y el tejido de la nacuma, sino aprendices que ensayaban las fuerzas de su ingenio al amparo de la tolerancia del empresario". Y al paso por Zapatoca dice también: "... las mujeres viven en sus casas tejiendo sombreros de nacuma, en cuya industria son tan hábiles que no hay labor que no imiten, ni forma de gorra extranjera que las arredre".

Fig. 2 Tejedoras de sombreros de jipijapa en Neiva. Acuarela de Manuel María Paz. Comisión Corográfica 1857.

Otros testimonios de esta misma época dan cuenta del oficio y su arraigo en otras partes del país: los dibujantes de la Comisión Corográfica lo muestran en Bucaramanga, en Vélez, Piedecuesta, Suaza y Neiva. El inglés Eduardo Mark nos ofrece una acuarela de una sombrerera de Guaduas (1846) y dibuja en su amplia serie a numerosos personajes colombianos ataviados con el popular sombrero. Refiriéndose al atuendo de gentes antioqueñas de los primeros años republicanos, Don Tomás Carrasquilla escribe: "...los campesinos acomodados gastan capisayo de bayeta catalana, pantalones de paño de Segovia, camisas de lienzo fino y sombrero de Panamá". También en los relatos sobre nuestra Independencia es frecuente encontrar alusiones a los "jipas" que usaban próceres y militares de aquel entonces.

Estos hechos no demeritan sin embargo en manera alguna al hacendado ecuatoriano Don Juan Vivanco, quien efectivamente inició y fomentó la industria en las regiones más densas y activas del nororiente nariñense en la época ya mencionada, cuando recién fundada por él y por Don Agustín Guerrero la población de La Unión en el antiguo caserío de La Venta, viajó al Ecuador y trajo de allí, junto con una familia de expertos en la fabricación del sombrero, de apellido Sánchez y natural de Manta, la planta misma de iraca para implantar su cultivo e iniciar su aprovechamiento. *(1)

El oficio se desarrolló y fue adoptado por un considerable sector campesino, que lo convirtió en fuente muy importante para su sustento a tiempo que transmitió su aprendizaje a los pobladores de tierras vecinas. * (2)

Se convirtió así La Unión en el núcleo de una importante producción sombrerera que daría enorme empuje a los mercados del Sur, que desde finales del siglo pasado mantuvieron un crecido comercio, que sólo vino a mermar en épocas de la segunda guerra mundial, cuando las transacciones con sus principales importadores sufrieron un considerable descenso.

Comenta Sergio Elías Ortiz en su monografía del municipio de La Unión, que en el año de 1896 la industria, que daba ya trabajo a un buen número de hombres y mujeres proporcionaba a esta población más de tres mil pesos de entradas mensuales y el artículo se exportaba a los departamentos del norte del país y al Ecuador. En 1906, las entradas por concepto de la venta de sombreros no bajaban de los diez mil pesos y la actividad no dejaba de prosperar con los esfuerzos de nuevas y pujantes agencias, talleres y compañías exportadoras instaladas en ese municipio, que habían logrado establecer comercio con los Estados Unidos, Panamá, Cuba, Francia, Inglaterra y el Japón.

Hacia el año de 1860 el jipa traído del Ecuador había comenzado a usarse en los Estados Unidos y Europa. Por estas fechas la mayor producción venía de Manabí y Jipijapa y se concentraba en el puerto de Manta, que adquirió nombre con la creciente exportación del artículo. A finales del siglo pasado y comienzos del presente, la producción colombiana en la que participaban activos núcleos de Nariño, se integró a este voluminoso comercio. El mercadeo y la exportación en gran escala se ubicaron en Panamá, de donde provino el nombre que lo haría famoso en América y los países de Europa. Para esta época, la hechura del jipa era una manufactura principalísima de Nariño, que llegó a producir más de cien mil unidades anuales y se constituyó, por los años veintes, en el primer renglón de exportación del puerto de Tumaco con un volumen superior a los treinta mil kilos de sombreros de paja. * (3)

Desafortunadamente, pocos años después, el consumo del artículo comenzó a mermar debido a una primera disminución surgida a raíz de la crisis mundial de 1930 y al grave descenso de los años cuarenta cuando, como ya lo hemos anotado, la segunda guerra mundial frenó las importaciones de los más importantes compradores internacionales.

No obstante, el oficio ha permanecido arraigado entre las gentes de varios sectores de Nariño como Sandoná, La Unión, San Pablo, La Cruz, Guatarilla, Túquerres, Briceño o El Tambo, donde hoy en día, a pesar de constituir una actividad de escasa recompensa, continúa siendo el insustituible complemento de una agricultura de baja productividad con características eminentemente empíricas y tradicionales.

Actualmente la producción de artículos de iraca más importante y voluminosa del departamento y muy seguramente del país, está localizada en el municipio de Sandoná, donde el oficio, que se ha explotado ininterrumpidamente desde hace largos años, ocupa a más de 7.000 artesanos —un 25% de su población total—, y alberga en su casco urbano a numerosos talleres, fábricas y comercios especializados.

Es en este núcleo artesanal, donde la manufactura se ha aferrado con tenacidad a sus gentes, donde la diversificación de productos ha sido más prolífica y donde afloran mayores expectativas en el que se ha efectuado la recopilación de información y los elementos que han hecho posible la elaboración de la presente monografía sobre el tradicional oficio.

*(1) Sergio Elías Ortiz: Monografía del Municipio de la Unión, Pasto, 1945.

* Por estos mismos años (1847), y según relata Alberto Montezuma en su obra "Nariño, tierra y espíritu", funcionaba ya en Pasto un taller para la enseñanza del sombrero jipa.

*(2) Un testimonio de M. E. André, viajero y cronista francés que visitó la región en 1884, citado por Ortiz, sugiere razones que muy posiblemente influyeron en la fácil adopción del oficio: "... en vez de labrar la tierra, los hombres preferían tejer sombreros de paja de carludovica. Uno, a quien pregunté lo que ganaba con ello, me contestó inocentemente que un buen obrero empleaba seis días en tejer un sombrero de valor de un peso, pero que prefería esta ocupación sedentaria a tener que fatigarse cultivando la tierra, aunque con ello ganaría diez veces más".

*(3) José Rafael Zarama. Geografía del Departamento de Nariño. Pasto, 1927.

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