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NO VUELVO A
BADILLO
Invitado por los
badiileros que celebraban sus fiestas patronales, fue a Badillo donde le hicieron un
parrandón de cuatro pisos. Al día siguiente, con la fiesta todavía prendida, Luis
Gregorio intentó salir disimuladamente de la casa donde estaba para montarse en su mula y
regresarse a Patillal. Pero Félix Sierra, Rafael Teodoro Montero, Pedro y Gregorio Díaz
se percataron de lo que iba a hacer y se pusieron de acuerdo para impedirlo. Dos de ellos
fueron al patio donde descansaba el animal y lo soltaron mientras los otros dos
entretenían al invitado que ya daba muestras de impaciencia por irse. Cuando éste se dio
cuenta les dijo que de todos modos se iba aun cuando fuera a pie; pero los otros estaban
dispuestos a que no lo hiciera y entonces, mientras él alegaba y discutía, Fidenciano
Sierra y Nicolás
Guerra le escondieron el revólver, el sombrero, el pellón con sus objetos personales y
le embolataron definitivamente el viaje. Duró dos días más parrandiando y ello le
costó quedar mal en un negocio y el tremendo disgusto de Rosarito. Para
vengarse de los amigos hizo esta composición a los baduleros:
NO VUELVO MAS A
BADILLO
Tal vez ni a
comprar guineos
vuelvo yo mas a Badillo
si hubieran tenío cuchillo
me habrían cortado los deos.
Fidenciano y
Félix Sierra
mi revólver me robaron
éstos son unos malvados
Ladrones en esta tierra
voy a ver si los destierran
esos serian mis deseos
voy a dá un denuncio feo
y a levantá un memorial
yo no vuelvo a ese lugar
tal
v
ez ni a comprar guineo.
Nicolás y Juan
María
que quisieron explotarme
y no hallaron qué robarme
porque ya nada tenía
el pícaro Pedro Díaz
es el más ladrón y pillo
altual se roba un novillo
con José Vicente Guerra
mejor pierdo yo la tierra
y no vuelvo más a Badillo.
Se robaron mi
sombrero
Gregorio Díaz y su mujer
y lo hizo aparecer
la suerte de un atanquero
costumbre del badillero
desde la época de Quillo
todo lo que tenga brillo
y que contenga riqueza
me habrían cortado la cabeza
si hubieran tenío cuchillo.
Rafael Teodoro
al momento
que vio robar, le gustó
y con él se contagió
tocayo Goyo Sarmiento
Pedro Áñez estuvo atento
dijo: si no aprendo, veo
como tengo buen deseo
más aprende el que se fija
si hubiera tenío sortija
me habrían cortado los deos.
EN MI TRISTE
SITUACIÓN
Esta
composición forma parte de las que se pudieran llamar décimas del desencanto
en las que el autor se quejó con amargura del abandono y la soledad que padeció cuando
se separó de su mujer, y amigos y familiares le dieron la espalda.
EN MI TRISTE SITUACIÓN
En mi triste situación
con certeza es que lo digo
conocí a mi solo amigo
y a los tantos que no son
:
No hay más
amigo que Dios
porque fue mi compañero
por eso es que en Él venero
a su madre que lo amó
y que al mundo lo arrojó
para sufrir la prisión
mas una gran decepción
y para ser perseguido
así a mí me ha sucedido
en mi triste situación.
Cuando solo me
encontraba
tan triste y desamparado
sólo estaba acompañado
de mi Dios que me rodeaba
allí con su madre estaba
y los dos estaban conmigo
y donde quiera que sigo
Dios conmigo y yo con él
y es mi único amigo fiel
con certeza es que lo digo.
Mi esposa me
aborreció
mis hijos no me querian
pero la Virgen María
me acompañaba
con Dios
conmigo dormían los dos
y ellos eran mis testigos
yo andaba como un mendigo
y sólo Dios me acompañaba
y en el caso que yo estaba
conocí a mi solo amigo.
Yo allí no
tenía un hermano
ni tampoco tenía esposa
mucho menos otra
cosa
junto a mí, como cristiano
todo el mundo fue tirano
y allí me hicieron traición
ya me tenían de risión
como triste prisionero
y vi a mi amigo sincero
y a los tantos que no son...
ÁNGEL SILVA
MARTÍNEZ: A diferencia
de Luis Gregorio, Ángel Silva sí podría considerarse un hombre instruído. Su padre,
oriundo de Pivij ay, llegó a Patillal muy joven y allí convivió con Rosa Manuela
Martínez con quien tuvo ese único hijo. Su madre volcó en él todo su afecto y procuró
darle educación. Ella misma le enseñó las primeras letras
y luego lo envió a
San Juan, Villanueva y Valledupar donde hizo todos los cursos académicos que se podían
hacer en esos tiempos. Era aficionado a la lectura y ello contribuyó a destacar su
inteligencia natural y a formarle la personalidad que sobresalió entre sus paisanos que
siempre lo respetaron como persona culta y preparada. Fue varias veces Corregidor de
Patillal y en dos ocasiones Prefecto de Valledupar donde adquirió los libros que lo
acompañaron el resto de su vida y que, al decir de quienes bien lo conocieron,
contribuyeron a moldear su carácter.
Ángel era un
hombre jovial, buen conversador, con el mismo buen sentido del humor irónico y mordaz de
los patillaleros, pero cuando se enamoró de una sanjuanera con la que nunca pudo casarse,
se tomó huraño, introvertido, se apartó de todos y comenzó una vida diferente a la que
siempre había llevado. Su frustración era más profunda por cuanto no tenía cómo
cobrársela a la única persona responsable de su fracaso: su propia madre, que se opuso
rotundamente a las relaciones con la sanjuanera y con cualquiera otra muchacha de aquí o
de allá a la que Ángel Silva mirara. Esto lo amargó. Y en el retiro voluntario que
escogió, aprendió a conocer las necesidades y costumbres de los indios koguis de Cherúa
y Surimena con los que estableció una amistad tan profunda, que ellos no creían en más
nadie que en ágele (como le decían) y él, ante ellos, oficiaba de amigo,
consultor, médico, sacerdote, policía y compañero. En la casa de Ángel se posaban
todos los koguis que llegaban a Patillal y allí dejaban sus obsequios y recibían toda
clase de ayuda.
Los pocos amigos
que lo frecuentaban decían encontrarlo siempre, cuando los indios no estaban, leyendo o
escribiendo. Décimas y sonetos de cuyos textos apenas si alguien recuerda las primeras
cuartetas, se acumulaban sobre la mesa
del comedor donde pasaba largas horas de la noche
iluminado por la luz de unas velas. Convivió con una india de nombre Pascuala, a la que
el pueblo, en una tardía venganza, le encasquetó el apellido Martínez como ironía con
el apellido de la madre dominante y posesiva. Con ella tuvo su único hijo, también de
nombre Ángel.
Un día el indio
Francisco Gil, gran amigo de Ángel, siguiendo la costumbre que él mismo se había
impuesto en cada cosecha, llegó a Patillal con la carguita (un mochilón
lleno de bastimento y verduras) que le traía desde Cherúa. Se sorprendió de encontrar
la casa cerrada y gritó por la cerca del patio: Ágele. .., ohhh ágele y nadie
le contestó. Fue a la puerta y comenzó a tocarla tan duro que Petra Díaz y Graciela
Daza, dos vecinas de Ángel Silva, se asomaron. Entonces le dijeron que Ángel había
muerto hacía tres días y que en la casa no había nadie.
Francisco Gil se
sentó en el suelo y comenzó a llorar. Después de un largo rato se levantó, alzó el
mochilón y se lo echó al hombro. Graciela y Petra le propusieron que en lugar de
regresarse con la carguita, se la vendiera a ellas, que él hacía más con el dinero que
con volverse con ese peso en el hombro, pero el indio dijo rotundamente que no; que esa
carga era pa compare ágele y él se la iba a mandá.
¿ Y con quién se la vái a
mandá? preguntaron ellas sonriendo.
Yo mando con Ro barillo
dijo el indio y se marchó.
Por la tamdecita
de ese mismo día llegó Beltrán Hinojosa a Patillal comentando que al pasar por La
Angostura había encontrado a un indio apostado sobre las rocas llorando y vaciando un
mochilón llenito de bastimento a las aguas del río Badillo.
Era Francisco
que se lo mandaba a Ángel Silva.
Antes de morir, de casi 70 años, Ángel le hizo prometer
a su hijo Angelito que no tenía edad
para discernir que una vez él muriera, agarrara todos esos papeles que había ahí
en el baúl de tapa cóncava y les metiera candela. Angelito cumplió la orden al pie de
la letra y lo quemó todo.
Doña Sara Daza,
cuya memoria ha sido fundamental para este trabajo, recuerda la décima que a
continuación presentamos y que fue la crítica de Ángel a otro (¿o al mismo?) cura que
andaba haciendo de las suyas en la región de Marocaso, en épocas en que todavía Silva
no había caído en la depresión sentimental que le cambió la vida.
El gustadero es el nombre de las décimas, pero
es también un hueso de la rodilla del ganado, especial para darle gusto a los sancochos,
sopas y caldos. Como su único objetivo es sazonar y después de haber hervido se retira
de la olla, el gustadero no sólo duraba largo
tiempo guindado en las varas del techo de las cocinas sino que hacía un beneficioso
recorrido por las demás casas donde lo solicitaban en préstamo para los mismos fines.
Ángel Silva hizo un símil crudo pero afortunado para su queja contra el cura.
EL
GUSTADERO
Rejieren en
Marocaso
siempre los marocaseros
que estando el ganado escaso
se prestan el gustadero.
Sea godo o sea
liberal
sea liberal o sea godo
cada cual busca a su modo
la manera de chupar.
Chupa el cura en el altar
el niño allá en el regazo
Eloy Quintero en el vaso
Norberto en la sastrería
Luisito en la platería
refieren en Marocaso.
Allá llegó un
franciscano
símbolo de la humildad
y con generosidad
a todos tendió su mano.
Pues bien, este noble hermano
con espíritu sincero
jamás exigió dinero
lo cuenta Pepe Mejía
y lo refiere Mandía
siempre a los
marocaseros.
Pero aquí otro
es el cuento
y no lo llamen censura
me cuentan que el señor cura
tiene una serie de inventos:
pide plata para el templo
que quiere forrar en raso
y tiene el gran proyectazo
de hacer la Casa Cural
y el cura nos va a fregar
¡y el ganado tan escaso!
Pide para una
campana
pide para un
crucifijo
pide para los guajiros
y pide pa una sotana
y nos pedirá mañana
aunque nos encuentre encuero
a los hombres el dinero
y a las viejas la pepita
y a las muchachas bonitas
les pedirá el gustadero.
ÁNGEL SILVA
MARTÍNEZ.
Parece que el
anticlericalismo, más que una actitud, hubiera sido una moda que estuvo muy en boga
durante esa época. Sea porque la conducta de algunos sacerdotes no guardaba
correspondencia con los votos que debían cumplir; sea porque los autores de coplas y
décimas encontraban fácil poner a los curas como sujetos pasivos de sus versos, lo
cierto es que en casi todas las coplas populares hay un cura de por medio. Así hemos
visto en las anteriores y vemos ahora en estas de Nicolás Reales y de el
ciego Martínez quienes, al igual de Luis Gregorio y Ángel Silva, se van, a golpes
de rima, contra la humanidad de aquellos benditos del Señor, bebedores,
sancocheros, pedigüeños, polígamos y sensuales que, para mal de sus pecados, tuvieron
la desgracia de atravesárseles en el camino.
A lo mejor,
quién quita, era uno solo que suelto de madrina y sin Rey ni Roque ni quien lo azote
anduvo dando fraterna por estas tierras lejanas sin sospechar siquiera que algunos hombres
de su grey iban a censurarlos duramente a través de su capacidad para hacer versos.
CONTINUAR
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