Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

© Derechos Reservados de Autor

 

CAPITULO  I

LA PREHISTORIA – I
  Tierra sin Huellas

 

  Los anales de Manizales y de su pueblo son de una limpia sencillez. Ningún lance extraordinario horada su pre-historia. Quienes se acercan a su desarrollo esperan encontrar la leyenda cruzando los planos de su creación. Y que la novela se ensarte en sus comienzos, obligando a la imaginación a suposiciones fantásticas. Y que sus fundadores tengan una biografía que no concuerde con el discurrir tranquilo de sus contemporáneos. Que ella se entrelace con mágicos conjuros; con ricas hileras de sucesos irreales.

Es tal la autonomía espiritual que ha alcanzado la ciudad, que solo así quieren verlas surgir en el panorama nacional. Y que se apoye su actual empuje y realidad, y su contenido cultural y social, en relatos que permitan augurar el futuro. Que para nadie sea un misterio o una simple sorpresa lo que ella representa actualmente, pues venía el hilo de la epopeya tejiendo su ambiente de grandes hazañas desde que llegaron los primeros colonos. Que el país no tenga que volver inquieto su mirada hacia la contextura contemporánea de su sociedad, porque ya estaba predeterminada por ese camino de singulares actos que no podía conducir a otro desenlace.

Pero no es así. Y mejor que no lo sea. La ficción sale traicionada; el capricho sufre torceduras en su afán de que la realidad se acomode a su fantasía. La grandeza va surgiendo más enhiesta en el transcurso de los años, al prodigio de la propia realización de patronos y descendientes. Sólo continuando la brega que impulsó a quienes llegaron hasta esa colina del Ruiz. Dándole amplio sentido a ese fuerte deseo de labriegos que se comprometieron contra la naturaleza y contra los títulos reales para imprimirle una nueva fisonomía a las fundaciones de la república. Y conservando su perfil democrático, que se hereda en el momento en el cual unos hombres, en el sentido más pleno de la palabra, buscan sitio para su comunidad de intereses. Por lo tanto, no tiene blasones impuestos por la invasión agresiva y codiciosa; ni su emblema lo forjaron sobre recuerdos peninsulares; ni fueron decretos regios, ni ordenanzas virreinales, los que abrieron las alas de las puertas de su escudo.

Para muchos seria mejor que la prehistoria estuviese cuajada de tribus indígenas y de españoles que hubieran exterminado su magnificencia. Que mil tumbas repletas del oro mágico de los aborígenes, todavía permitiesen hablar de la riqueza de los antepasados. Que muchos nombres se uniesen a vinculaciones españolísimas, para sentir un hervezón mágico en la sangre. Pero la realidad contraría esas aspiraciones. Por ello es Manizales tan original en la colonización colombiana, que aún no se ha estudiado con el detenimiento sociológico que exige proceso de tantas resonancias en la formación de la nacionalidad. Sin pensar en lo que hoy es y vale la capital de Caldas, sin detenernos al examen de quienes le han dado trascendencia espiritual, Manizales ya valdría por su génesis y por el valor que ella tiene en la organización económica de la república. Pero ella, además, agrega todos los días nuevos motivos para la admiración de todos los sectores del país. Más adelante se verá cómo nuestras afirmaciones iniciales tienen un amplio respaldo.

El criterio con el cual se ha mirado la historia es extraño. Sólo queremos lo que hiere la emotividad y la mantiene en vigilia. Es más interesante en nuestros estudios un héroe de opereta, que todo un proceso social. Pues lo importante en este caso es que al escribir su evolución, tenemos que pensar en sugestiones diferentes. Ni su establecimiento, ni su colonización nos van entregando esos campeones o esos actos culminantes, que ponen al lector en suspenso. Lo particular es que sin esos reclamos vivos para la inteligencia, sobre todo como la han educado en nuestro medio, el lector tiene que seguir atento el proceso porque obedece a causas profundas de nuestra transformación. Porque ellas solas son capaces de ponernos en facultad de ver cómo un pueblo que se mueve a través de la selva, es el personaje central. Que vuelven pues a ser las montoneras las que hacen la historia. Que no sólo las individualidades punzantes son las que precipitan los sucesos fundamentales. Que, también, cuando una raza resuelve caminar a través de la creación patriótica, lo logra con resultados plausibles.

  Hay otra enseñanza fecunda. Por muchos años se habla predicado la liberación económica. Ya por otras veredas colombianas había viajado la revolución social. Una y otra vez había sido traicionada. La Independencia nos puso con facilidad no sólo de arrojar al español, sino de cancelar esa ansia popular, ese vehemente impulso soterrado de la masa. Era la hora de la reivindicación, pensaron todos los del común. Pero no se alcanzó a tánto. Después del brillo de las armas, principió el refulgir de las discusiones ideológicas. Mientras tanto las multitudes criollas estaban perplejas. Hasta que unos campesinos, sin antecedentes de gesta, sin blasones, sin curvadas espirales en su interior, resolvieron crear. Y no de cualquier manera. Sino de una muy original. Haciendo algo para ellos, en atención a sus propios intereses, liberándose económicamente por su propio empuje.

  Pero de todo se irá hablando lentamente. Volvamos a Manizales y a sus orígenes, si es que realmente hemos salido de ellos. Nosotros consideramos que no, pues nos encontramos señalando cómo nació el caserío, cómo fue emergiendo su perfil legendario. Pero aún no hemos dado un dato erudito y puede mortificar a quienes gustan de las reminiscencias con criterio de rigor enumerativo. También puede sacrificar a quienes anhelan muchas crónicas en su comienzo. Para ello nos apoyaremos en sus historiadores, quienes nos han de dar más de una oportunidad de puntualizar nuestras afirmaciones.

  Hasta el momento, ningún archivero se ha atrevido a afirmar que se hayan descubierto en Manizales grandes antecedentes de la vida indígena. Claro que han sido halladas algunas sepulturas pero no han revelado que existiese una comunidad de asiento, que perteneciese a una clase rica y creadora de objetos primitivos. Hacia Chinchiná, estaban los quimbayas, artistas y trashumantes. Para ratificar esta aseveración basta recordar que entre Andes y Jericó, que pertenecían a los Caramantos, los sepulcros y algunos aspectos de su arte hallados allí tenían muchas coincidencias con los de aquéllos. Por el otro lado, se encontraban los pácuras y carrapas, que tampoco fueron los más inclinados a la quietud y al estatismo. Vero lo único cierto es que ninguno de sus primeros habitantes nos habla de que allí hubieran visto una agrupación permanente. Las referencias de los comentaristas, que son tan breves, no hubiesen olvidado esa mención, que tenia trascendencia capital. Claro que la cercanía de tribus tan numerosas hace presumir que hasta allí llegaron en correrías, o en sus luchas guerreras. De suerte que la tradición no podemos buscarla entre los primitivos, porque las comprobaciones serias han sido muy deleznables a través de los estudios que se han realizado.

  Pero entonces, se preguntarán amargados muchos de aquellos que anhelan que reviva la colonia con su feudalismo, los españoles tampoco moraron por allí? Pues no podría afirmarse con énfasis. Las narraciones de la conquista no hacen menciones especiales. Cieza de León en la “Crónica del Perú” nos habla del Ruiz. Pero en ningún momento podemos concluir que lo recorrió solo o detrás de sus jefes. En cuanto a las demás referencias, todas ellas permiten algunas conclusiones, por aproximación. Porque don Manuel María Grisales —que fue el único fundador que dejó parte de sus memorias escritas— solo afirma que un minero Rentería habitó en lo que él llamó posteriormente “El Plan”, fundo de su pertenencia. Ello le permite aseverar que en tiempos muy anteriores fue habitado este suelo por los conquistadores”. Y don Rufino Gutiérrez también sostiene con empeño que Jorge Robledo pisó territorio de Manizales. Y quizás esto último haya sucedido, si nos ponemos a seguir la huella del Mariscal y concluímos que estuvo en lugares que luego fueron adjudicados al Municipio de Manizales. Pero no parece que haya estado en el espinazo andino sobre el cual se edificó posteriormente la ciudad.

  Como lo recuerda don Luis Londoño O., en su libro “Manizales”, los doctores José Tomás Henao y Emilio Robledo aprovecharon los estudios de Juan B. Sardella y Pedro Sarmiento, quienes viajaron con Jorge Robledo. Parece que en 1540, siguiendo las aguas del Cauca, que siempre fue eje de la conquista, por la simple razón de que en sus márgenes estaban los mejores yacimientos auríferos, don Jorge Robledo llegó hasta el sitio por donde actualmente quedan los campos de Santágueda. Y que uno de sus capitanes, Hernán Rodríguez Sosa, hizo una travesía hasta el “Alto de la Sierra”. Algunos presumen, entre ellos el doctor Henao, que debe confundirse tal sitio con lo que hoy se llama la cuchilla de Manizales. Otros cavilan y creen que quizás su exploración estuvo más fácilmente orientada hacia los lados de Palestina. Lo valedero del hecho es que el Capitán después de su incursión vino declarando que no estaba habitada la región. Nosotros no tenemos intención de agotar el estudio de esos informes en todos los detalles, siguiendo mapas y dimensiones longitudinales. No es ese nuestro empeño. Pero lo que destacamos, es porque lo hemos escudriñado hasta el exceso, con comprobaciones de los más eruditos y severos críticos de los problemas de la colonización y fundación de nuestras ciudades.      

  Ni indígenas en la pre-historia ni españoles en la conquista y la colonia. Por eso al principio afirmamos que la altura de esta creación depende de los propios sucesos que ella va incubando. De las fuertes irradiaciones que todos los días va proyectando y que ponen a la república a admirar su historia, que es la de las gentes del común, que nacieron con ambición de su propio enaltecimiento.

  Siempre se ha hablado de que antes de 1848, multitud de personas pasaron por allí, con distintos objetivos. Con el propósito de establecer la significación geológica del Ruiz, unos; con el afán de conocer su abundancia mineral, otros. Casi todos detrás del empeño de atrapar el ganado cimarrón que estaba en las cercanías del páramo y que había dejado abandonado una congregación de Mariquita, en uno de nuestros tantos conflictos religiosos del siglo XIX. En otras oportunidades los individuos habían venido detrás de una parcela, buscando refugio para su pobreza. Tratando de que la heredad fuese amable con quien no había podido gozar de ningún bien. Era un recóndito impulso económico el que daba bríos a esa expansiva tendencia. Todo estaba cubierto de monte, donde solo predominaban el silencio y el terror de las cosas majestuosas de la naturaleza. A los terrenos de Manizales llegaron gentes, pobladores que lograron en el transcurso de los años, convertirse en sus precursores. Labriegos humildes; campesinos a los cuales golpea todos los flancos de su figura lo mismo el machete que la honradez y el buen vivir. Agricultores de sencillo ademán, que entre su analfabetismo y su devoción por la parcela, lograron construir algo que ya es símbolo nacional. Los seres rústicos que le fueron dando perfil a esas estancias, las incorporaron lentamente al proceso que desde el sur de Antioquia venía invadiendo territorios nuevos. En un momento de su ascensión por estas lomas, parece que gritaron el verso mágico: “Tierra buena! Tierra buena! Tierra que pones fin a nuestra pena”. Guillermo Degenhardt, en compañía según relato de J. M. Restrepo Maya, pasó por lo que se ha conocido como el antiguo cementerio, en dirección al Ruiz. El alemán trabajaba en las minas de Marmato. De allí arrancó su interés por el conocimiento del Páramo del Ruiz, ya que había producido una serie de explosiones que llegaron a cubrir distancias insospechadas. En alguna ocasión sus lavas cayeron en Toro y en otra, sus cenizas fueron hasta los primeros ranchos pajizos de Anserma. Eso detuvo la inteligencia de quien se preocupaba por ciertos fenómenos geodésicos. Hay densos y serios estudios acerca de la participación del Ruiz, con sus elementos, en la formación del humus caldense. No es raro que un alemán vinculado a Marmato se haya venido detrás de una pasión científica pues sabemos que tal municipio, desde tiempos inmemoriales, por la producción de oro, ha sido asiento de individuos destacados que han jugado gran papel en la historia política, técnica, y literaria del país.

  El alemán Degenhardt llevó de compañero a Marcelino Palacio, que amplio papel va a jugar después en Manizales. Ya había intervenido con Elías González en la erección de Neira. Ahora que ha ampliado su visión del paisaje, con Nicolás Echeverri se viene detrás del metal precioso, del señuelo dorado que le dio armazón a toda la conquista. Que aún, como una fantasía se prolongaba sobre la mente de nuestro agricultor. Por la quebrada de Olivares “mazamorriaron” y excavaron para dar con la veta. Después viajaron hacia otro arroyo, en el cual hallaron la piedra de “mani”, que sirvió a don Nicolás para completar el nombre de Manizales. En fin, en ese año del 43 llegaron ambos hasta lo que fue la parcela de Fermín López, en años anteriores.

  Pero la locura del oro y el moro, volvía sobre muchos aventureros. El padre de Joaquín Arango, en Abejorral, también habla de ella y de su leyenda de atracción y de misterio. Porque quien cae en su malla nunca vuelve a soltarse de tan sutil y mágica prenda. Yo que viví la experiencia de un pueblo minero, conozco su encanto y su majestad. El oro tiende sus redes de esperanza hacia el hombre. Este al arrancarlo se siente descubridor de algo que no puede compararse, en el juego ensoñado, a ningún valor. El ser entonces se siente prisionero de ese metal, pero paradójicamente se convierte en el más libérrimo de todos. Porque a pesar de que los andrajos le cubran sus carnes, siempre hay un destello que le ilumina de gracia y de fortuna el universo. Nada tan patético para la sensibilidad como el mundo del minero. Nada que despierte más poderes interiores. Nada que dé mayor seguridad. Por eso él siempre es franco y duro en su actitud humana. No tiene combinaciones secretas sino con el conjuro de su mina. El minero se endurece, en su ademán, pero cuánta prodigalidad hay en su diario transcurso. Donde los socavones se vuelven mensaje de importancia de la vida municipal, hay un generoso amanecer de alegría en cada hora. Cuando menos se piensa, el minero irrumpe con sus monedas libres, arrancadas a la tierra, y corre detrás del amor fugaz y complaciente, de la botella mágica del licor; y caen sus sonidos en las mesas de la ruleta con gracioso derroche. Nada tan embrujador como ese ambiente. Y la parla del minero es la mas atrayente, la mas brillante, la que mayores rutas de esperanza y de fantasía abre al interlocutor. No hay minero silencioso ni melancólico. Ni hay cortedad en sus frases. Siempre como que los adjetivos se contagian de ese presagio de opulencia inmediata, de bienestar anticipado que les entrega el corazón anhelante. Porque solo eso lo puede explicar todo: esa sensación de fortuna presentida que les hace mantener en vigilia de gracia y de humor, de valentía y de indiferencia, en todos los instantes, aun cuando el oro no llegue a sus bolsillos menesterosos de dinero. Ya veremos al llegar al estudio económico de Manizales y de Caldas, cómo este metal también le ha dado a ese municipio un brillo inusitado que no necesitaba, pero que la naturaleza le otorgó para darle las dimensiones completas en su nacimiento.

  Por los años de 1845 los Arangos y Echeverris, acompañados de Manuel María Grisales y de Agapito Montaño, hicieron dos o tres viajes hacia el Páramo del Ruiz. Hasta allí caminaban detrás de la caza de ganado salvaje, como lo recuerda Grisales en una de sus breves notas, que tanto han servido para reconstruir, en la sabrosa y rudimentaria precariedad de su estilo, la orientación crítica de la fundación de la ciudad.

Luego se vino la inmigración lentamente. De Abejorral, de Sonsón, de Marinilla, de Rionegro, los aventureros viajaban por la montaña, buscando un descanso para su miseria y su angustia de tierra. Que es una de las más amargas y crueles inquietudes que nos puede atenazar. Gentes de bien por sus actos y por la reciedumbre de su esfuerzo, pero castigadas inclementemente por el latifundio y la expoliación económica. Aún subsistía la colonia para esos agricultores. Para quienes venían a fundar su labranza, y en ella sembrar su amor y su reivindicación. Manuel María Grisales y Joaquín Antonio Arango principiaron a cultivar. Así lo recuerdan los testigos o lo afirman ellos en otras ocasiones. El ejemplo cundió. De suerte que entre todos, ellos forman la jerarquía de los primeros pobladores. No la oligarquía de los fundadores todavía, pues esto sucede por los tiempos de 1843, cuando ningún plan sobre caserío tenían en la imaginación esos simples campesinos que venían a dominar la selva, con serena tranquilidad, dando una batalla por su personal peculio, que tan debilitado estaba en Antioquia por la incapacidad de llegar a tener el dominio de lo mío, de la pertenencia. El esfuerzo principia, después de la Independencia, a dar derecho de posesión, titulo, seguridad en la vida económica personal y familiar. Ese es el gran significado de esta jornada.

El doctor Juan Pinzón ha recordado en su estudio a quienes allí llegaron como primeros colonos. Para que todo sea minucioso en este recuerdo, es necesario no omitir la traslación de esos apelativos. Ellos son:

  “Don Antonio María Arango, llamado como por segundo apelativo “El Rico”, para distinguirlo de un homónimo muy pobre que se situó a continuación de D. Joaquín Arango R. en “Rastrojos”; cerca a los anteriores, don Nicolás Echeverri; hacia el mismo lado pero más hacia el actual “Carretero” los señores Antonio y Cecilio Muñoz (el fundador Grisales en vez de Antonio dice Nicolás); en lo que entonces llamaron “Morrogacho” y que hoy comprende parte de la población (Serranía del Parque del Observatorio y barrio Santa Ana) y las “mangas” de Campo-Hermoso, don Manuel María Grisales: en el alto de “La Palma” (La Linda) José Hurtado, pariente de Grisales y el mismo que acompañó a Fermín López en la excursión del año de 1834; cerca al anterior en “Barro-Blanco”, Antonio León; junto al anterior y hacia la vertiente de Olivares (propiedad hoy de don Luis Gómez Rico) don Vicente Gil, en el paraje llamado entonces “Plan de Morrogacho” (hoy La Francia, de propiedad de don Jenaro Mejía), José Maria Giraldo (a. Sabroso); en “El Tablazo”, Antonio Quintero y José Maria Correa; en la vertiente derecha de la quebrada de Olivares, punto llamado hoy ‘La Tolda”, y terrenos adyacentes, Escolástico Arango, suegro de don Vicente Gil, que vivía al frente, quebrada de por medio; en el “Alto de Olivares” (mangas hoy llamadas “Puerta del Sol”), José Trujillo; hacia las vertientes del río Guacaica, Anselmo Valencia; en “El Arenillal” (hoy dicen El Arenillo) José María Osorio; en La Linda, parece que al norte de José Hurtado, Antonio Arboleda; en parte de lo que es la población (salida de la Aldea), Mario Ceballos; en La Enea, lugar donde se halla la capilla, Patricio Martínez”.

Ellos son augurio de lo que vendrá detrás en esta odisea por el pan.                                               

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