Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

© Derechos Reservados de Autor

 

CAPITULO XIII

VISION ECONOMICA –I
Realidad y Dificultades del Café

Don Antonio Pinzón y don Eduardo Walker sembraron en Manizales los primeros cafetos. Sus nombres, en tal virtud, merecen devoción en el recuerdo patriótico. Porque detrás de esas semillas primigenias se ha ido concentrando la economía del país. El café produce el mayor número de divisas para el comercio internacional y en ellas se apoya el desenvolvimiento de la república. Por lo tanto, su importancia tiene una nueva dimensión, pues allí está en gran parte, la fuente de la moneda extranjera, que regula nuestros mercados. Todos los municipios de Caldas señalan al Departamento como al primer productor del grano.

  La Federación Nacional de Cafeteros, en cartograma publicado en 1947 —el último que editó— trae los datos de producción por municipio, en sacos de pergamino de 621/2 kilos. De este cuadro el lector deducirá cómo es de intensa la preocupación por este cultivo y cómo, inclusive las regiones de tierra caliente, lo han desplazado hacia las laderas más altas. Los datos en mención son los siguientes:

 

1   Manizales                              140.000
2   Aguadas                                 48.000
3   Anserma                                  60.000
4   Apia                                       60.000
5   Aranzazu                                40.000
6   Armenia                                120.000
7   Balboa                                    44.000
8   Belalcázar                               56.000
9   Belén de Umbría                       50.000
10 Calarcá                                 186.000
11 Circasia                                  46.000
12 Chinchiná                                71.000
13 Filadelfia                                 26.000
14    Filandia                                  20.000
15    Guática                                  16.000
16 Génova                                  50.000
17 Manzanares                           26.000
18 Marquetalia                            12.000
19 Marsella                                 64.000
20 Marulanda                               1.400
21 Miatrató                                  8.000
22 Montenegro                            28.000
23 Marmato                                   1.500    
24 Neira                                     42.000
25 Pácora                                   32.000
26 Palestina                                 57.000
27 Pensilvania                              40.000
28 Pereira                                 156.000
29 Pijao                                     85.000
30 Pueblo Rico                               1.400
31 Quimbaya                             115.000
32 Quinchía                                20.000
33 Ríosucio                                 40.000
34 Risaralda                                60.000
35 Salamina                                50.000
36 Samaná                                 15.000
37 Santa Rosa                           120.000
38 Salento                                   8.000
39 Santuario                               90.000
40 Supía                                    22.000
41 Villa María                              34.000
42 Victoria                                    2.400

   Total                                   2.163.700

  Desafortunadamente la actitud gubernamental no le ha permitido al cafetero caldense libertar su industria de dificultades que generalmente le han creado todos los hacendistas de turno. Si repasamos algunas de las cargas que han retardado su desarrollo, encontramos —siguiendo las líneas de un estudio del Comité de Caldas— que en varias ocasiones ha prevalecido el régimen de excepción. Así, por ejemplo, en 1931, en atención al conflicto con el Perú, contra el agricultor refluyó el impuesto de la defensa nacional, que se traté de compensar con el retiro del tributo de contribución o impuesto de patrimonio, sin alcanzar el objetivo deseado. Pero la suspensión de la lucha, no hizo desaparecer el efecto de la medida. Hasta 1940 subsistió la situación, cuando el gobierno, empujado por los hechos creados por la segunda guerra mundial, suprimió esas imposiciones especiales que incidían contra el cafetero. Pero en 1946 con las licencias no reembolsables; con lo que se llamó Certificados de Cambio y con los gravámenes a los Giros de Importación, se volvió a crear un trato discriminatorio para el productor. Caldas mediante el cultivo produce el treinta por ciento de las divisas del país. Y solo se le devolvían trece millones de pesos. Todo ello ha afectado notablemente su comercio. Hasta fines de la primera guerra mundial, Manizales era el eje del comercio en el Occidente. Con el fin de conservar su preponderancia en la distribución de mercancías, orientó la realización de su plan vial. Pero a medida que aumentaron sus dólares por la mayor exportación del café caldense, menos oportunidades de introducir tuvieron nuestros importadores tanto de Manizales, como los de Armenia y Pereira. Entonces su economía quedaba supeditada a los comerciantes e industriales de otros departamentos, viéndose obligado nuestro campesino —el cafetero— a comprar al 350 y al 400 por ciento. Es decir, le pagaban al 195 y le tocaba comprar con un recargo del doscientos aproximadamente.

  Ahora, al recoger parte de las recomendaciones del Comité de Desarrollo Económico sobre Cambio Internacional, se ha vuelto a dar un trato especialísimo al cafetero. Don Pedro Uribe Mejía, que es una especie de nuevo apóstol de la industria más importante de nuestro departamento, ha levantado la bandera de agitación en contra de ese sistema, preocupando ya amplios sectores de la inteligencia y de la economía nacionales. Ha merecido del autor de la campaña el calificativo de “confiscación sin indemnización”. Porque no hay ninguna razón que permita que obras generales se financien con la exacción de un solo grupo económico, que es lo que realmente está pasando. Para que este análisis aparezca lo más claro posible reproducimos las cuentas formuladas en uno de sus estudios acerca de las implicaciones de la política adoptada: “Partiendo de la base de una exportación de cinco (5) millones de sacos por año, a US $ 88.50 el saco, que es el precio actual de registro, la exportación valdría US$ 442.500.000.00. Si todo el valor de los dólares cafeteros se liquidara al 250% que es el tipo de cambio fijado por el Gobierno, nuestra exportación de café valdría $1.106.250.000, pero como los dólares-café se liquidan: el 75% al 195 y solamente el 25% al 250, lo que da un promedio de 208.75, la exportación de café vale únicamente, en pesos colombianos, $923.718.750.00, que restados de $1.106.250.000.00, da una diferencia de $ 182.531.250.00, que es la suma que los cafeteros dejan de percibir en el año, partiendo, como ya se dijo, de una exportación de cinco millones de sacos”.

  Como se observa de la lectura de estos datos, el problema es de una gran dimensión para la economía de los dos millones de colombianos que han vinculado su existencia y su capacidad de trabajo al cultivo del café. Está llevando a crueles injusticias, pues va disminuyendo la capacidad de compra del campesino y ayudando, en forma especial, a que el trabajador ya no confíe en la fuente de su riqueza ni tenga seguridad en que su rendimiento llegará a sus manos. Claro que la política con los dólares debe ser estudiada con mucho fundamento, pues con ellos se regula el tipo de cambio. Pero en este caso especial, éste se está regulando con los dólares del cafetero, y proveyendo, además, a las mayores erogaciones del Estado.

  En el estudio de este problema no podíamos prescindir de hacer una síntesis de los diferentes planteamientos que se han formulado a la conciencia pública. Con ellos se ha querido, de parte y parte, absolver el interrogante tan angustioso que pesa sobre el cafetero. En primer lugar, el gobierno sostiene que si se le entrega al productor la totalidad del rendimiento de su esfuerzo, se puede producir un traumatismo económico, que llevaría seguramente a la inflación. Además, que el subconsumo que se ha presentado, obedece, en parte muy considerable, a que el propietario no está dando suficiente pago en el jornal. Y que, lógicamente, si se le entrega todo el valor de sus dólares, se produciría un alza en el costo de la vida. Otra consideración que ha pesado en la ejecución de esa política es el hecho de que el diferencial va al Fondo Nacional del Café. Se dice que en estas tesis ha primado el interés del bienestar general, libre del perjuicio exclusivista de un grupo económico.

  Pero los impugnadores de estos principios, han enunciado una revisión a fondo para cancelar este “régimen impositivo de excepción”. La primera preocupación que asalta la mente del observador es que no hay término fijo para la vigencia de este tributo. No hay regla alguna que lo rija, ni hay un día señalado para cancelar el trato discriminatorio que se le está dando, cada vez con más aberración a nuestro hombre de trabajo. A tal punto, que muchos comentadores, con visión realista, han venido a enunciar la urgencia de que éste se busque una nueva actividad que le retribuya justamente. Porque con exacciones tan amplias es imposible alcanzar ningún provecho efectivo con plantaciones de café. En cuanto al subconsumo es vital estudiar varios aspectos: que los medios de pago se han contraído notoriamente en Caldas, precisamente por esa manera diferencial de liquidar los dólares. Es lógico que allí la demanda sea inferior. Pero no solo en ello radica, sino en el hecho de que la agricultura, en el año de 1950, por razones “políticas y meteorológicas”, tuvo una merma de quinientos millones, según el dato del Gerente de la Caja Agraria. Lo que confirma la aseveración de que el mayor costo de la vida depende, en gran parte, de la mayor o menor demanda. Vuelve a hacerse efectivo el postulado de que para que haya más medios de pago, es indispensable que ellos lleguen a manos del campesino, que es el mejor consumidor, especialmente de las cosas que nosotros producimos aquí mismo. De manera que el alto costo de la vida en lo agrícola se hace sentir vivamente; mientras el fenómeno de la supersaturación en lo industrial y comercial puede ser evidente por el retiro de ese medio circulante que correspondía a las clases trabajadoras. No puede pedirse una gran compra a un gremio que tiene capacidad adquisitiva del 208, mientras las importaciones se hacen al 250, y las ventas se efectúan con un aumento proporcional. El cultivo del café es una industria generalmente de tipo familiar, donde el empleo de peones alcanza al 10%, según las estadísticas que hemos tenido oportunidad de consultar. Luego no es la falta de pago adecuado la causa del subconsumo.

  En estudios acerca del impuesto que realmente está pagando el cafetero, se llegó a la conclusión de que es el tributo más alto. Pues un productor de 200 arrobas paga mil pesos anuales; y proporcionalmente el que entrega al mercado 10.000 arrobas, paga en el año la suma de cincuenta mil pesos. Como se ve, el dato es de una importancia capital para poder apreciar el reclamo que presentan los agricultores caldenses. Finalmente, hasta el momento el Fondo Nacional del Café no ha recibido ningún beneficio, pues el dinero que se ha obtenido por este sistema, se ha distribuido en otros gastos nacionales. Por lo tanto, sigue en pie el problema, sin que se hayan cumplido las predicciones favorables que el gobierno ha anunciado. Sin que el cafetero haya, tampoco, entendido la medida porque hay un fondo de injusticia que le estropea su esfuerzo todos los días.

  En el primer semestre de 1951, los registros de contratos de café que se hicieron, en solo nuestras tres principales ciudades, es el siguiente, con su correspondiente valor en dólares:

Pereira                   141.203                11.016.840.50                   

Armenia                 105.271                  8.232.376. 50

Manizales               264.230                 20.987.225.84

                            510.704               40.236.442.84

 

  Pero no solo en la política enunciada hasta aquí, radican las dificultades de esta gran fuente de riqueza. Porque todos nos sentimos orgullosos de que nuestro departamento esté generosamente dotado por tal industria. Porque el país se hizo presente internacionalmente con el café, revolucionando nuestra economía. Se puede decir que en Colombia la economía se divide en dos etapas: antes del café y después del café. Naturalmente que al estudiar su bondad y su gran rendimiento, tenemos que volver angustiados hacia sus interrogantes. En primer lugar el monocultivo nos ha impedido el progreso de la agricultura y por ello tenemos que introducir casi todos los productos de los departamentos vecinos. La tipicidad de “suave” que ha adquirido nuestro grano se debe a que los cafetales están en la generalidad en manos de pequeños productores, quienes hacen la deshierba y recolección con los miembros de la familia, los que ponen el mayor cuidado en el trato de los árboles y en la selección del grano. La dificultad mayor la tenemos en la sanidad, que, como se sabe, por la calidad de los terrenos y el ambiente de dicho cultivo, lleva a nuestro producto humano a desmejorarse sensiblemente por la anemia de la uncinariasis. Solo una lucha intensa de todos los poderes económicos lograría libertar a nuestro labriego de esas amenazas contra su vitalidad. Para ello se requiere cambiar su tipo de casa, acondicionarla con servicios higiénicos eficientes para el mejoramiento de su medio. De otra manera nos veríamos obligados a continuar leyendo, con profundo estupor, las palabras del escritor estadounidense: “En 1942 la mortalidad infantil (esto es, muertos menores de un año de  edad, por 1.000 nacidos vivos en el muy cafetero departamento de Caldas, fue de 193.4 en 1988, 199.9). Es una de las más altas proporciones registradas en el mundo. Estas cifras son todavía mas alarmantes si nos damos cuenta de que el campesino de Caldas es probablemente mejor económicamente hablando, y mejor educado, que los de cualquiera otra parte del país”.

Por último, el cultivo del café pone a nuestro tipo corriente de productor a vivir a debe. El intermediario es el favorecido. Sobre esto se debe llamar vivamente la atención, pues se va requiriendo una legislación sobre la materia. O la Federación de Cafeteros estudia la oportunidad de abrir créditos, amortizables en las cosechas o el Congreso expide una ley que contrarreste el sistema usurario que ahora se emplea contra el cultivador. Porque se ha venido generalizando la costumbre muy perjudicial, de que el intermediario, sin ningún escrúpulo, presta el dinero o las especies al productor, recibiendo el grano con el precio de la época en que se efectuó la operación. Ello crea una desproporción tremenda entre el valor de los préstamos y la utilidad que recibe el prestamista con solo esperar los mejores precios de la cosecha. Esto se hizo muy sensible ahora que el aumento del valor del grano fue tan notorio.

 El desenvolvimiento de la industria cafetera, en Caldas se puede apreciar en su movilización calculada en sacos de 60 kilos, según la Federación:

1947/48              1.926.866

1948/49              1.992.174                 

1949/50              1.820.715

                

  Con los siguientes porcentajes, en cada uno de esos años, respectivamente, en relación con la producción del país: el 36.09%; el 39.62; el 41.31%.

  Hemos gozado fama de ser un pueblo de agricultores. La afirmación es exacta si consideramos el monocultivo como su esencia y su mejor demostración. Pero no hemos diversificado la agricultura precisamente porque el café nos ha concentrado todas las energías y nos hemos visto con una descompensación en cuanto a la mayoría de los productos de la tierra. Por eso ha sido necesario importarlos para atender solamente al grano que produce las divisas extranjeras. Pero no solo es esta la causa de nuestra economía agrícola, sino la manera como se formaron nuestros municipios. Al principio nuestros pueblos fueron meros puntos de estrategia militar o sitios de aprovisionamiento, especialmente en la Conquista y en la Colonia. Esto obedecía a que toda la inquietud económica iba hacia la búsqueda del oro, y de allí lo transitorio de tales fundaciones. Al estudiar la organización de los caseríos vemos que subsisten aquellos donde la sal y la agricultura tenían mayor desarrollo. Las cabeceras de los municipios, que han permanecido y logrado influencia en el destino económico de Caldas, son aquellas que nacieron en el transcurso de la colonización. Por los días en que ocurría este fenómeno, a fines del siglo XIX —por la necesidad de abastecerse y por la dificultad y lejanía de los mercados— los fundadores sí cultivaron la mayoría de los productos agrícolas, para lo que era apto su suelo. Muy lógico esto si pensamos que el colonizador llegaba con un nuevo concepto de la propiedad y con el ánimo de arraigar su planta en suelo propicio para sus empresas. Es así como vemos que la economía de Caldas, por toda una época gira en torno de Marmato y Supia y de las minas del Oriente, donde quedaban los más importantes centros mineros. Porque entonces el oro era lo esencial y nadie se interesaba por explotar la tierra o por investigar sus calidades en el rendimiento agrícola. En esa etapa todo es muy fugaz: las obras no tienen ningún interés de permanencia y los caldenses, en las construcciones, no podemos exhibir nada importante del periodo de la Conquista o de la Colonia.

  ¿Pero esto puede indicar acaso que las tierras sean de mala calidad o impropias para aprovecharlas? Bien sabe el país que no es esta la realidad sino otra: el afán de acaparamiento de la riqueza aurífera que se generalizó tanto en una época histórica de Colombia, y que tuvo tan señalada influencia en Caldas. Por el contrario, los productos caldenses han logrado en el mercado una aceptación muy singular y el café que es el principal, lleva fama muy amplia de ser “suave”, y reclamado con apremiante codicia, por el comercio extranjero. De los estudios químicos que nos ha sido posible consultar, podemos informar que sus tierras tienen cal abundante y nitrógeno en cantidades apreciables; que la potasa es escasa en su composición y que el fósforo que no aparece en gran cantidad hace indispensable el uso de los abonos fosfatados. La erosión se debe al problema común de la patria, que es el arrastre que producen las aguas lluvias, cuando la tierra se encuentra floja por el tratamiento que se le da para los cultivos. Claro está que es necesario utilizar los abonos. Estos, como la propiedad se encuentra tan subdividida, se pueden fabricar en cada parcela con el mínimo gasto de substancias que expende el comercio. Para ello es importante que se continúen las investigaciones, que hace años tuvieron tanto auge, para indicarle al agricultor, en cada región, cuáles son las materias que hacen falta a sus tierras. Porque no debemos olvidar que, en una época en la cual se hizo propaganda entusiasta a los abonos, éstos se emplearon sin diversificación y fue por ello por lo que se produjo entre el cosechero caldense el descrédito de éstos.

  Fuera del café, se podrían establecer otros cultivos, que darían un aspecto más variado a nuestra economía y que señalaría al caldense la oportunidad para desarrollar nuevas facultades en sus frentes de trabajo. El ensayo con el algodón se inició y se suspendió, porque el lugar escogido para el cultivo, el Valle del Risaralda, debido a la abundancia de aguas lluvias, no era, sin embargo, el más indicado. En cambio, según los estudios adelantados, se alcanzarían resultados admirables, y con utilización inmediata para la industria nacional por la calidad de la fibra de algodón, si se cultivara en los terrenos ubicados entre Pereira y La Virginia, Quimbaya, Montenegro y en la hoya del Magdalena, en la regiónde La Dorada. El trigo, se ha demostrado con lo poco obtenido en San Félix, Salamina, que seria otro renglón que daría movimiento a nuestro mercado. El arroz, en las vegas del río. La Vieja y en los Valles del Risaralda, nos mostraría un intensivo desenvolvimiento de la economía regional. Como el colono llegó con ansias de poseer, en Caldas el latifundio colonial no tiene existencia. Pero el caldense se ha empeñado en el monocultivo y en hacer de sus tierras aprovechables dehesas, restándole mucho territorio al cultivo intensivo, que evitaría con éste la salida del dinero hacia otros departamentos. El fique y el cacao pueden abrirle al departamento nuevos mercados, y con probabilidades de éxito, porque de los experimentos realizados se ha llegado a la conclusión de que hay tierras admirables para el cultivo. Todo esto, adicionado con la producción de fríjoles, maíz, arracacha, etc., en mayor escala, nos daría una agricultura diversificada y comprobaríamos, por su calidad, que la importación de productos agrícolas no es necesaria. También se requiere una defensa de los suelos, por medios prácticos, que no demanden grandes gastos, mediante renovación de cultivos y maneras de hacerlos; que sean de fácil aplicación por nuestro tipo medio de finquero, porque éste tiene su economía sometida al trabajo familiar.

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