Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO XIV

VISION ECONOMICA II
El Mundo de sus Riquezas

Como ya lo vimos, desde la prehistoria el oro se viene trabajando en forma intensa. Fue la primera manifestación de la economía caldense. El sistema utilizado para su extracción, desgraciadamente, ha variado muy poco y se puede decir que aún su elaboración industrial es muy precaria. En las últimas épocas se ha notado un retroceso en su producción y el costo de los salarios dará un golpe grave a su progreso. Su principal problema es que en su laboreo se emplean muchas mujeres y niños, precisamente para evitar el gasto superior en los jornales. No es posible atenerse a las estadísticas, porque éstas, en la mayoría de las ocasiones, no obedecen a la realidad, pues algunos compradores guardan el producto hasta la próxima oportunidad más brillante para buscar mejor precio. Por lo tanto, los datos no coinciden entre la producción y lo que sale al mercado. Y, por último, se explotan en poca escala los verdaderos yacimientos de materiales que tenemos. Para darnos cuenta exacta del problema bastaría enumerar la diversidad de metales que se encuentran en el suelo de este departamento: plata en Supía y Echandía; plomo en Echandía, Supía, Victoria y Ríosucio; zinc en los filones de Marmato; manganeso en Pereira, sin explotar; azufre en Manizales; sin olvidar las minas de oro de Supía, Marmato, Riosucio, Victoria, Samaná, Pensilvania, Manizales, para registrar las más importantes. En las cercanías de Neira se ha descubierto una mina de asbesto. Desgraciadamente la explotación no corresponde a la importancia y a la riqueza de las minas.

  El monopolio logró el dominio total de la industria del oro, no permitiéndole a ésta desenvolverse más allá de los intereses de aquella forma superior del capitalismo. Claro está que no desconocemos el significado que tuvo en momento muy singular de nuestra historia. Fue medio para el cambio internacional, renglón esencial de nuestra exportación y base de la moneda nuestra. De suerte que este solo aspecto sería suficiente para levantar su importancia. El país conoce ampliamente todo lo acontecido con las minas de Supía y Marmato, hasta llegar a la última compañía inglesa, a la cual tuvo que reconocérsele, por haber sido improbado el contrato en 1925 por la Ley 88, la suma de 800.000 libras esterlinas de indemnización y 140.000 libras de intereses. Las firmas inglesas lograron tántas ventajas con nuestro gobierno, por la sencilla razón de que abusó de los empréstitos, que les otorgaban ellas. Se reanudó la explotación después de ocho años de abandono. El gobierno no modernizó su maquinaria, y como no estaba en capacidad de explotar todos los filones, apeló al sistema del sub-arriendo, en el cual el sub­arrendatario no logra indemnizarse económicamente, y el sistema de producción es muy rudimentario. Marmato con equipo industrial suficiente, daría al país oro en cantidades muy apreciables y aumentaría la producción nacional. Desgraciadamente, ni las empresas arrendatarias ni la administración directa del gobierno han logrado libertar económicamente a ese conglomerado social tan importante. Los impuestos altos en la minería, la falta de crédito para ella, la inseguridad en los sub-arriendos han creado una paralización general en los índices de producción. No se pueden presentar cuadros de producción porque las compañías explotadoras no dejaron registro del rendimiento obtenido. Lo único que sabe todo caldense es que las compañías fueron empujando riqueza aurífera hacia el exterior, sin mayor provecho para el hombre radicado en la tierra, en el paisaje, y en la economía que forma la minería.

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  En Caldas hay mantos de carbón, cuyo estudio para la explotación se ha realizado por varías organizaciones industriales, pero que no ha sido posible llevar a efecto por los gastos de producción y especialmente de transporte. Su poder se ha señalado entre 5.700 y 7.000 calorías. En Ríosucio, por ejemplo, su explotación arranca desde 1820 para acá, con alternativas en su intensidad. Los principales puntos productores son Quinchía y Riosucio y se encuentra en cantidades apreciables en Aranzazu y Chinchiná y afloramientos muy ricos en Guática, Anserma y Risaralda. Desgraciadamente esta industria no ha llegado a un grado muy importante, debido a la competencia establecida por el comercio del carbón de leña —que tantos males le ha producido a Caldas por el despoblamiento de árboles en las cabeceras de sus ríos— y la importación que se hace del Valle. A ello debemos agregar la dificultad de transporte, que solo en los últimos diez años se trató de solucionar, pero aún determina un alto margen en su precio.

  Las fuentes saladas más productivas son las de Ríosucio, Quinchía y Supía, y existen explotaciones desde la prehistoria. La sal, en la economía del trueque, sirvió para el intercambio de productos. Vimos, además, al principio de este estudio, que donde ella aparecía era más estable la fundación del pueblo y adquiría mayor desarrollo la agricultura. En 1920, que no se importaba sal, Caldas era abastecido por sus salinas. Desafortunadamente la competencia interdepartamental desplazó el producto, pues éste resulta aquí más caro por lo rudimentario de las instalaciones y por el costo de los brazos, que se ven atraídos por mejores remuneraciones en otros menesteres.

  Caldas tiene una reserva importante en sus aguas termales de Manizales y en las sulfurosas que se han encontrado en Salento. Apenas ahora volvemos la mirada hacia esos lugares, como turismo local. En el porvenir pueden llegar a ser motivo de entradas muy significativas, si se enseña a los colombianos su importancia y se establecen las comodidades indispensables, como en Europa.

  Para cerrar esta visión de la economía de Caldas, nos detendremos a estudiar sus posibilidades industriales. La población ha estado aumentando con mucha rapidez debido a la inmigración que llevó más hombres que mujeres, favoreciendo así la abundancia de brazos, que ya hoy día no existen en el campo y es indispensable hacer “enganches” en épocas de cosechas. La raza está buscando un nuevo tipo, mediante la mezcla del blanco, el indio, el mestizo, el mulato y el negro. “La adaptación al medio —como dice Antonio García— uniformizada por la actividad económica semejante y por la semejante organización agrícola de las regiones caldenses, ha tenido por consecuencia la aparición de un tipo racial autóctono, aún no completamente definido. En todo caso, el desarrollo económico ha apresurado el mestizaje. El caldense posee características como el sentido de la propiedad privada, que no son observables generalmente en los grupos de los que procede. Las nuevas condiciones económicas necesariamente refluyeron sobre la mentalidad, facilitando el desarrollo de ciertas cualidades que acaso merezcan el calificativo de sociales. Así el espíritu público, la tendencia crítica, el sentido de superioridad, la visión económica, se explican por el carácter cooperativo de la colonización, por la presencia constante de negocios comunes, por el valor del esfuerzo individual, por la necesidad de aprovechar diversos factores económicos como actividades complementarias y por la pequeña propiedad privada. Y al hablar de raza, no podemos apoyarnos en razones antropológicas. Llamamos raza a un grupo semejante en sus maneras de pensar y vivir, haciendo abstracción de las divisiones sociales”.

  Hasta ahora nuestro movimiento en el frente industrial, es muy reducido, debido a varias causas, que sería bueno escudriñar hasta sus últimas consecuencias. El elemento más determinante ha sido la ausencia de fuerza eléctrica, que sería lo único que nos pondría en condiciones de activar un intenso movimiento de maquinaria especial para la creación de nuevos frentes de trabajo. Las primeras plantas eléctricas aparecieron como privilegios, y, lógicamente, su costo por unidad de kilowatio, era muy alto y su beneficio en la industrialización fue muy lento. Por eso solo empezó en la minería con el uso de la electricidad en parte mínima. Fue esta la primera ocasión en que el caldense trató de cambiar los sistemas coloniales de extracción del mineral y pensó en reemplazar el empleo del elemento humano por otras contribuciones mecánicas que limitaran el uso de la mano de obra. En un período posterior nos encontramos con las iniciales organizaciones de tipo de sociedad. Desgraciadamente esas iniciativas sufrieron fuertes reveses y ello creó en el caldense una predisposición adversa a la asociación. La falta de rendimiento económico inicial, dio, por liquidada la oportunidad de nuevas aglomeraciones de capital para incrementar industrias. Además, es bueno recordar que como éramos centro distribuidor de comercio, nuestra actividad se orientó hacia allá, descuidando la urgencia de producir aquellas mismas cosas para las cuales, en ese tiempo, apenas éramos intermediarios. También se ha venido afirmando que el sentido patriarcal de nuestras costumbres, que la influencia del minifundio en la formación familiar del capital, la organización típicamente hogareña de la economía nos han restado agilidad para proyectar empresas en las cuales nuestro capital pase en acciones a otras manos para su inversión. Pero esto tiene que estar contrarrestado por el espíritu público, por el sentido de solidaridad social que tiene nuestro elemento humano. Confiamos en su porvenir industrial. No puede ser alérgico a la sociedad comercial un pueblo que para toda empresa cívica revela una tendencia irrefrenable al desprendimiento y a la cooperación. Si advertimos que las actuales industrias que funcionan en Caldas, especialmente en Manizales, Pereira y Armenia, son prósperas entidades con un gran porvenir, estaremos de acuerdo en aceptar que, tan pronto se concluyan sus centrales hidroeléctricas, veremos un nuevo aspecto de su industrialización. A continuación se puede establecer la posición que ocupaba Caldas en el país, en el año de 1945 a que se refiere la investigación de la Contraloría Nacional. Según esa discriminación, en tal época contaba con 620 establecimientos, es decir, 7.9% de los que tenía el país. El patrimonio invertido era de $16.138.116.00, o sea un 3.2% del capital invertido en toda la República.

  También nos sirve para señalar el progresivo adelanto de la economía de Caldas, el observar cuidadosamente los cuadros que recogen los registros de impuestos sobre la renta y complementarios. Esto obedece a la capacidad de rendimiento del trabajo y en su mayor progresión rentística se puede advertir el alza sufrida en los precios del café. Ello nos asegura, además, que nuestra posición frente al país es muy favorable, pues, a pesar de que allí son mínimos los casos de exceso de utilidad, por la distribución de la tierra, entonces el tributo que se paga es índice de la capacidad de trabajo e iniciativa del caldense. Porque está procurando extraer el mayor volumen de producción a las cosas que tiene a su cuidado. Los impuestos recaudados por año, son así:

  1946         $5.129.891.21

1947           6.488.498.15

1958                             8.310,088.74

1949         10.035.097.29

 Y en este análisis, el índice de aumento que corresponde a Manizales es de una gran importancia, pues revela cómo crece anualmente su potencialidad económica. Para ello basta repasar las cifras correspondientes:

 

1946                      $ 2.048.917.89

1947                   2.856.087.86

1948                  8.867.778.98

1949                       4.166.875.70             

  Tampoco es desalentador nuestro panorama después de compararlo con la distribución de las otras secciones de la República. La población obrera solo alcanzará el nivel deseable cuando las nuevas instalaciones principien a funcionar. Para esto es indispensable impulsar, de todas maneras, las centrales hidroeléctricas: terminar la de Manizales; proyectar y realizar la de Pereira; y hacer los estudios de las de occidente y norte del departamento y conseguir la contribución de aportes nacionales, departamentales y de industrias interesadas en su funcionamiento. Así se utilizan admirables caídas de agua, que darían una estabilidad a nuestras centrales y una perspectiva admirable al porvenir del departamento. No se puede olvidar que el signo de la hora es la industrialización y que el monocultivo del café está amenazado por las mejoras que quiere el Brasil imponer a su grano y por el posible incremento de la producción en Arabia y en África. Así, además, se cancelan las plantas pequeñas, que están llamadas a desaparecer, y, en cambio, se le dará estabilidad y rendimiento social a lo que reclama nuestro tiempo, que es el servicio público de la energía.

  Para escribir estas notas apelamos a los atisbos más importantes que hay sobre Caldas, principiando por la monografía de Antonio García, la historia de las minas de oro y plata en Colombia, de Vicente Restrepo, las geografías de Emilio Robledo, las investigaciones de la Contraloría Nacional, varias monografías de municipios de Caldas y a algunos apuntes que habíamos recogido, sin pretender ninguna originalidad en este programa. Al llegar al término de este estudio, nosotros tenemos que declarar que seguimos confiando mucho en el porvenir de nuestra tierra, porque hay un aliento social muy importante en cada una de sus poblaciones, que se acentúa todos los días, y que se manifiesta en el afán por imponer su criterio económico. De la pequeña empresa, que ahora es la que rige nuestra economía, tenemos esperanzas de salir reivindicados con la electrificación. Y ojalá podamos reclamar nuevamente nuestro título de “Departamento Modelo”. Para ello contamos con el elemento humano: “La topografía quebrada lo ha convertido en luchador incansable y en economista intuitivo. Desde el campo nacional es el creador de una nueva economía.

  Por todo esto el país se ha acostumbrado a mirar con simpatía el proceso de la evolución económica del departamento de Caldas. Ello obedece quizás a las corrientes migratorias que se dieron cita en su suelo y que buscan formar un nuevo tipo de hombre, empeñado en la solución de los conflictos financieros. Sin ser una provincia singularmente rica, nadie la considera pobre ni amenazada de retroceso en su progreso mercantil. Naturalmente ha tenido altas y bajas, en algunos aspectos, que se han compensado con otros afanes bursátiles. Todo ello le ha dado al caldense una seguridad frente a la existencia, que en ocasiones se vuelve imprudente pedantería, pero que solo es una convicción de que el futuro no puede ser tan inquietante como acostumbran presentarlo los presagiadores de males, desastres y confusiones sociales. Como los capitales que existen se han formado en pocos años, todos los habitantes de este suelo magnífico han asistido a su creación y a su fortalecimiento. Nadie, por ello mismo, se siente con menos posibilidades en el porvenir que aquél que logró acumular una fortuna a base de constante esfuerzo.

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