Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO XV

APROXIMACIONES A NUESTRA LITERATURA - I
Guía para una Explicación del Greco-Latinismo

  En 1885 —a los 37 años de la fundación— el Centro Ibero­Americano, en Manizales, se empeñaba en despertar la vocación de los habitantes por los problemas que presenta la inteligencia. Por lo tanto, no se puede prescindir de estudiar el aspecto intelectual. La vocación estética parece que obedeciera a un mandato interior, al cual nadie puede renunciar. Hay una corriente media de opinión integrada por personas de todos los sectores sociales, que se preocupa vivamente por el proceso mental de la República. Y esa ansia se ha prolongado en forma continua en Caldas, manifestándose en altos representantes en el país. De ahí la importancia que tiene el análisis de su literatura, en conexión con un panorama de ella en el departamento y en todos sus aspectos, pues no deben hacerse casillas exclusivistas en favor de la ciudad. El movimiento cultural en ese departamento es una cosa coordinada que irradia desde Manizales y declaramos que es difícil el empeño de dar una visión de conjunto sobre esa sección de la patria.

  Generalmente, con el calificativo de “grecolatinos” se ha cobijado indiscriminadamente toda la producción intelectual de Caldas. Se ha manejado el adjetivo con tal intención peyorativa, que parece que fuera con deseo de disminuirla. Esto se ha debido en gran parte a que esos escritores y políticos, que han tenido gran influencia en el país, tuvieron y tienen una activa decisión oratoria. Y la sometían a un proceso mental muy singular, en el cual las citas iban hacia reminiscencias de los acontecimientos “greco-latinos”. Se escuchaba un lenguaje henchido de las más sonoras palabras para calificar los más modestos sucesos de nuestra, aún, vida parroquial. El título parece un poco arbitrario, pues no hay una corriente del pensamiento que recoja en síntesis maravillosa lo que significan en la cultura ni Grecia ni Roma. En sentido peyorativo podría aceptarse. Pero en un estudio severo, no correspondería al sistema artístico, moral y político de aquellas dos grandes culturas. El calificativo no quiere decir que quienes lo ostentan tengan una formación ceñida al sentido ecuménico del pensamiento de Grecia y Roma. Nó. Ellos en el campo literario tienen influencias de otros países, más vinculados a lo contemporáneo, sin que interpreten exacta y hondamente el espíritu de la cultura latina. Lo que hizo popular el adjetivo fue el hecho de que los oradores, que a la vez estaban muchos de ellos doblados de escritores, recurrían a tropos que siempre volvían la memoria hacia la Hélade. En un debate candente, un día cualquiera apareció la calificación para toda la literatura caldense. Ese prurito de estar ensimismados en recuerdos mentales que no se ajustan a la insignificancia de lo comentado, lleva a que se repita que somos “greco-latinos”, “greco-barrocos”, “greco-caldenses”. Es, pues, una forma de señalar el defecto capital en la expresión: usar comparaciones que superan en mucho la realidad. Así podría resumirse este juicio que ha hecho tanta carrera en la República en relación con una generación dada.

  Pero ese fenómeno no se produjo espontáneamente. Para ello se requirieron condiciones peculiares no solo en Caldas sino también en el país. En primer lugar, andábamos todos los colombianos imbuidos de una creciente y alelada admiración por aquello que venía de ultramar. Luis Alberto Sánchez en uno de sus admirables libros, sitúa esta modalidad como una falta de tradición mental, que nos hacía aparecer asombrados permanentemente. Y se tenía una gran desconfianza en lo propio, en aquello que respondiese al aprovechamiento de nuestros recursos, que fuese resultado de la inteligencia colombiana. Todavía seguía la colonia prolongándose hasta en el pensamiento. No habíamos podido confiar en que los simples elementos que nos había entregado la existencia, sirviesen para construir algo duradero en el mundo artístico. Vivíamos de segunda mano, sometidos a las aduanas mentales. Aún subsiste en gran parte el vicio, pero ya se han abierto campo algunas referencias a lo nuestro. No parece tan inútil hacer la historia, o el canto, o el ensayo en torno a la calidad de las cosas patrias. Y poco a poco nos vamos localizando en el paisaje, en el hombre, en la tragedia que cruza todos los días el panorama nacional.

  En ese momento el país políticamente había entrado en una etapa de juego electoral, que quizás no ha superado. Estábamos de espaldas a la historia. Cuando el mundo se convulsionaba con todos los “ismos”, aquí nos desazonábamos por continuar en patriarcal bondad. El colectivismo con todas sus implicaciones ya caminaba en el universo y aquí no se toleraba siquiera la huelga como derecho de los obreros. La economía estaba sometida a un régimen de modestas transacciones, sin posibilidad de grandes empresas, de acuerdo con el signo industrial de nuestro tiempo. De suerte que permanecíamos aún en la égloga, perfectamente libres de toda vinculación universal. Aún era la vida rural la que regía, en toda su simplicidad.

  En la cultura se admitía aquello que no contrariase las verdades pre-establecidas. Y en el estilo seguíamos sometidos al costumbrismo. La facultad de ponerse en contacto con los elementos que ofrece la inteligencia, para determinados grupos sociales era un avance aunque haciendo discriminaciones extrañas entre lo nuestro y lo foráneo. Cuando el globo terráqueo se abocaba al socialismo, aquí nos sentíamos depositarios de privilegios para ciertas clases. Los orientadores públicos invariablemente sostenían que el pueblo colombiano no tenía ninguna capacidad intelectual y humana. Había una tendencia escéptica que atravesaba todo. Y les parecía a los conductores que aquí no pasaría nada, pues todo se desenvolvía en un ritmo tranquilo, de invitaciones cordiales y caballerosas en las cuales el tema que se hilvanaba eran variaciones acerca del tiempo. Ese desdén político, humano y cultural del pueblo, era la secuela de una información mental que se surtía en presuntuosos juicios aristocráticos.

  Todo ello irradiaba sobre la Universidad, que no tenía concepto democrático. Y que se habían empeñado en convertir en un claustro cerrado, frío y dogmático. Ningún viento renovador la atravesaba. Se concluía que lo esencial era que en ella se entregase un arsenal de conocimientos, en la línea de la importancia abstracta que la ciencia tenía en esos días, sin preocuparla si esos temas podían tener aplicación. Era el divorcio entre la vida y la cultura. Era la ausencia de laboratorio. Y era, además, la lucha contra un terco enunciado en el cual no se admitía que la libertad mental se paseara por los claustros, pues ello implicaría desconocer que las verdades pre-establecidas podían no ser eternas. Grave error este que soportó y padeció toda América. Y en Colombia se prolongó por muchos años, a pesar de que el General Santander, desde la creación del mayor número de nuestras universidades, señaló una pauta generosa para la ciencia y para el universitario.

  No se podía, desde luego, influir en la patria con estas armas. Estábamos en lo que un autor llamó con alguna justicia el período colonial de nuestra vida intelectual. En ese momento surcan nuevas corrientes en el pensamiento colombiano. El mensaje de Carlos Marx, que tan cuidadosamente se guardaba, de golpe y sorpresivamente hizo su aparición sigilosa debajo de los libros de estudio. Así furtivamente tenían que formarse los hombres de esa generación. Con Marx llegó el impulso colectivista. Y por la aduana se colaron los escritos que buscaban expresar su realismo, y su visión lírica, su desazón interior que iba hacia zonas íntimas. Pero con ellos también venía implícito un sentido cosmopolita del mundo y de sus problemas. Ya había pues algo que conducía a desamarrar del costumbrismo todo el movimiento intelectual colombiano.

  Entonces se produce en la república un movimiento general de sacudimiento: Las masas tratan de hacer su aparición histórica, y las recluyen en la muerte. Los primeros sindicatos le dan un color y sentido a la lucha obrera. En los incipientes mundos industriales, se proyecta la explotación de renglones que antes no se creían posibles. Ideológicamente el país se conmovió por todos sus aspectos. Vino un furor de agitación mental. La poesía entró a ponerse en contacto con todos los dramas humanos. La política se convirtió en un permanente choque de ideas nuevas —también de ultramar—, pero que venían a renovar el léxico y el temario de los partidos. La literatura entró en un instante crucial, porque fue cuando se inclinó hacia la subconciencia del hombre, y cuando la angustia hizo sus iniciales y leves asomos en el lenguaje. En esa etapa precisamente apareció ese grupo caldense —repartido entre escritores y oradores— que alcanzaron el título de “greco-latinos”, para su producción. En ese instante significaron una liberación desde el punto de vista intelectual, no ideológico. Era el cosmopolitismo el que llegaba con ellos. Eso no lo podemos olvidar. Estos escritores están bajo la inspiración exterior. Pero ayudan a Caldas a ponerse en contacto con el brillo de las nuevas experiencias y corrientes. Es su gran servicio y es su gran valor. Claro está que no vamos a creer que todo lo que han hecho es magnífico y que su ejemplo debe ser definitivo para nuestro pueblo. Nó. Pero no podemos ser menos que serenos y objetivos en el enfoque de ese fenómeno.

  Es aceptado que la visión política de los escritores descubre su camino literario. Entre un hombre de derecha que canta el amor en frases externas de pura belleza, que pueden pertenecer a todos los ámbitos sociales, surge un izquierdista que canta el mismo amor en las márgenes del Cauca, con personajes negroides, que conducen el interés por las reacciones elementales de nuestro pueblo. Se hace perceptible la lucha: mientras unos pretenden estar en regiones inaccesibles por la altura estética en la cual se mueve el escritor; los otros buscan asentar el pie en la realidad; hundir el sentimiento en el medio en que el pueblo caldense crea su carácter particular y sus reacciones. Es en términos universales, la batalla entre quienes piensan en la obra estética de Barrés y los que ya descubren nuevos rumbos detrás del Manifiesto comunista de Marx y Engels. Y no negamos que a pesar de esto, pueden existir entre ellos muchos puntos de contacto en el estilo, mucha similitud en la abundancia lírica, mucha identidad en el derroche literario.

  Es esta la vida y pasión de ese movimiento intelectual. Queremos explicar si de dónde arranca esa tendencia. El caldense, como ya lo vimos, es un producto racial específico de la confluencia antioqueña —que prima en su configuración étnica—, del caucano y del tolimense. El paisaje nuestro es de una dulce y embriagadora belleza, que envuelve la mirada, deteniéndola en sus colores y matices. Es uno de los ambientes menos solemnes, pero donde el sér halla, para su descanso o su aflicción, todos los tonos cromáticos. Desde la tibia temperatura del valle hasta el alba que corona el páramo, pasando por una zona intermedia de cordilleras levemente inclinadas hacia el abismo. Caldas es un conjunto de perfiles tersos; es blanda su conformación.

  En medio de esto el hombre se venía moviendo libre de la urgencia económica que atiza al antioqueño; sin el sentido sensual del antiguo caucano, y sin la parsimonia en los movimientos del tolimense. Ese sér nuevo aparecía sin ningún prejuicio, con la imaginación viva, muy dado a todos los goces de la leyenda, porque no se sentía atado, irremediablemente, a una tradición. No es despreciable la ayuda que presta el sistema de vida, muy heredado del antioqueño, en el cual la mayor parte discurre al pie de la montaña, sumergido en la tierra, muy eglógicos en todos sus acontecimientos. Allí los detiene y los amarra lo pastoril. Naturalmente tiene que infundir un aliento, delicado y suave como el contorno que hemos descrito. Ese andar permanentemente atraídos por la pasión telúrica, sigilosos y metódicos en su apreciación y su regusto, da una entonación interior que deriva fácilmente hacia el canto. Ese es exactamente el comienzo de la creación lírica. Este género indica en los pueblos un grado muy poco evolucionado del contacto con la cultura. No estaría por demás recordar aquí que el individuo aparece lanzando canciones épicas, volviendo su interés emocional hacia los hechos objetivos que le dieron marco de grandeza a su pueblo, a su cacique, a su rey. Y en grado inmediato aparece la lírica que es ya un interés de decir en giros más amplios, esas mismas cosas que detuvieron la fantasía del corazón. En ese período andábamos y aún tratan de persistir, en parte, algunos caldenses. Se había aprendido que la existencia era el canto y no la lucha, la angustia y la batalla continua. Ello claro está no tiene por qué avergonzarnos, ni disminuír nuestra arrogancia. Es un síntoma de la potencialidad que alienta las vertientes estéticas de nuestro pueblo.

  Podríamos recordar que el caldense, sin ser rico, ha vivido confiado en la magnificencia de la tierra, en su abundancia y en su color. La mayoría no tiene en donde descansar del apresurado ejercicio diario. Pero siempre se vio el discurrir en un medio donde la seguridad parecía cubrir inclusive hasta quienes no sabían el misterio del registro notarial. Esto está cambiando de aspecto. Ya hay nuevos desvelos económicos, que están rectificando a nuestra sociedad empecinada en las reflexiones de la solución de su propia urgencia. Aquel estado, prolongado por tantos años, dio margen para que existiese un solaz íntimo, una despreocupación general, que nos permitía estar más cerca de la exuberancia verbal, que de la tragedia. Y así la obra del caldense se resiente de ello, que no es una desgracia irreparable, sino un tránsito en su formación. Los motivos actuales son otros: los padecimientos de una seguridad que se angosta a medida que aumenta la población; la desproporción entre el salario y los elementos primarios de la subsistencia, van dando un nuevo sentido a la inteligencia. Influye poderosamente el desarraigo que el provinciano está sufriendo, viéndose obligado, en las últimas épocas, a abandonar su paisaje familiar, sus faenas cotidianas, sus empresas de rendimiento seguro. Ese despego involuntario abre un resquicio de amargura, que no era síntoma de nuestro tipo humano. Pero ya se hace patente en el éxodo continuo, en la huída atemorizada, en el violento rechazo a su tranquilidad que recibe continuamente. Ya sus cavilaciones son más profundas; indaga otras cosas; desea que frente al himno se presente una solución de fondo, para su doloroso debatirse en medio de la miseria que cerca al pueblo colombiano. Quienes han atravesado por las experiencias duras que han detenido la tirada sobre la realidad colombiana, ojalá se empeñen en volver duro y vibrante el comunicado de la inteligencia. Y así en Caldas, escucharemos el paso veraz hacia la indagación de todos los aspectos fundamentales que ponen al hombre en vigilia sobre su existencia y sobre su sueño.

  Es elemental la afirmación de que cada día va engendrando diferentes tipos de reacción mental. Nuestra hora, tan signada de dramatismo en lo internacional, y de pavor en lo que corresponde a la vida provinciana, llevará indefectiblemente hacia una presentación de temas más activos para una literatura que comienza. Porque lo de Caldas no puede considerarse como un movimiento siquiera. Es una preocupación que ha contado con buenos escritores, que se han expresado rutilantemente. Pero no es el signo de una cultura, porque de esta no podríamos hablar ni siquiera en Colombia. Esos hechos que han descubierto nuevos fundamentos de la personalidad humana, necesariamente deben traducirse en un lenguaje que corresponda a ese estado social. Alguien justamente sostenía que “lo importante no es escribir para reflejar valores absolutos, sino los que lo sean en la época que vivimos”.

  Si continúa el desarraigo de los escritores caldenses de los interrogantes de nuestra comarca, entonces tienen derecho los críticos de volver a darnos el calificativo de “greco-latinos”. Porque no está la designación impropiamente empleada, cuando hay un exceso de adjetivos y un derroche de fantasía verbal, y cuando el escritor no descubre la materia sobre qué actúa. Cuando en lugar de buscar contacto con los simples elementos que lo rodean, se empeña en considerar interrogantes que son de otro medio u otra época. Porque no se puede vivir siendo solo eco, resonancia de literaturas estéticamente más altas. Es urgente poner el arte de escribir al servicio de todos esos elementos simples que nos entrega la vida, y elevarlos a una dignidad que dependa de la calidad del lenguaje y de la fidelidad que se haya prestado a su interpretación. Por eso no es despreciable nuestra situación, sino el hecho de que no la aprovechemos.

  Se ha señalado la producción a la vindicta pública por muchos críticos. Pero ha sido con excesiva crueldad juzgado el movimiento caldense. Porque no se podría desconocer su participación en muchos grupos nuevos, y cuántos servicios generosos esos escritores que se señalan como los paradigmas del greco-latinismo, han prestado a la transformación literaria. No siempre se puede juzgar la obra de un escritor por su significado en sí, solamente. Hay que ver cuanta incitación mental ha despertado. Y si ella se ha transmitido a otros renuevos y se ha prolongado en la evolución intelectual. Porque solamente destacar lo que es visible como defecto esencial, es tarea fácil. Nosotros no hemos comulgado irrestrictamente con esa tendencia. Pero sí nos parece que no puede acumularse contra ella todo el peso de las desgracias literarias del país, como muchos lo pretenden. Un buen balance de interrogantes abiertos por ella, podrían señalarse en nuestro movimiento nacional.

  Claro que nosotros pensamos que ya es hora de que el escritor caldense localice algo que represente, con mayor autenticidad, todo el hondo cavilar de su tierra, de su gente, de su hora universal. Y que se ponga en consonancia con este tiempo tan dramático y cruel, en el cual al hombre lo desadaptan de las cosas que amó, sin intervenir en ello su voluntad. Porque como lo indica Jean Paul Sartre en su obra “Qué es la Literatura”, el escritor debe estar convencido de su importancia y de su influencia. El puntualiza el hecho de la siguiente manera: “Hace falta en efecto, que esté muy al tanto de su responsabilidad. Es responsable de todo: de las guerras ganadas o perdidas, de las revueltas y represiones; es cómplice de los opresores, si no es el aliado de los oprimidos. Pero solamente porque es escritor; porque es hombre. Tiene que vivir, y querer esta responsabilidad y, para él, es lo mismo vivir y escribir no porque el arte salva la vida, sino porque la vida se expresa en empresas y la empresa del escritor es escribir”.

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