Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO XVI

APROXIMACIONES A NUESTRA LITERATURA - II
Examen de la Vida Intelectual

  Sobre el vigor intelectual de Caldas se deben escribir varios ensayos, para recoger la síntesis de un desvelo permanente, que atenaza la fe de quienes han puesto su constancia al examen de la inteligencia y de sus problemas. Por ello aparecemos como un conjunto muy inclinado hacia los afanes culturales. Es la consecuencia de que en el caldense predomina la preocupación de hallar solución para las interrogaciones de su mente, antes que para las urgencias económicas que empujan a los individuos para su lucha por la existencia. Hay un natural interés hacia todas las manifestaciones artísticas. En todo el pueblo, en el obrero, en el campesino, en todas sus capas sociales, notamos una corriente subterránea que lo ata a los afanes creadores. Es una predisposición íntima, un acto interior que se manifiesta sin presiones. Se produce con espontaneidad, sin contrariar ningún deseo ni apelar a los incentivos de la voluntad o del snobismo, para ser fieles a ese sentimiento colectivo.

  Por la juventud de la vida administrativa de Caldas, no nos sentimos atados a una serie de hechos muy erguidos en la vida colombiana. En cambio, nos mostramos orgullosos de saber que nuestra participación en el futuro de la República puede tener alguna ingerencia en sus planes de cultura y en su desarrollo económico. No nos dejaron las guerras civiles muchas hazañas, porque ellas correspondían, en parte, al Cauca grande o a la Antioquia patricia. Nuestra lejanía en las batallas libertadoras se pierde por los caminos de la sangre, avanzando hasta el corazón de los antepasados. En cada pueblo caldense se diferencia un tipo de sér específico, con su alma peculiar, que da por eso mismo una movilidad desconcertante a su geografía humana.  Esto, naturalmente, crea e incita reservas para todos los cuidados estéticos. Y si pensamos cómo el paisaje es una prolongación del hombre, pues así de confundidos y entrelazados viven y permanecen, como lo explicamos en páginas anteriores, ya vislumbramos cuáles serán las causas de su tendencia lírica general. Todo esto ha favorecido la aparición de un idealismo que se sostiene en la fidelidad a las expresiones artísticas, en los regalos de la sensibilidad y de la cultura. Por eso el caldense ha alimentado esta disposición inicial, en el brillo, en la resonancia, en la insistencia de nuestro prestigio de tierra dotada de magníficas reservas para la lucha espiritual. Y esto ha sido causa de que el círculo de sus sueños se mueva siempre sobre el mismo eje, olvidando algunas inquietudes fundamentales, que ha traído esta época atormentada y violenta.

  Si volvemos la atención sobre quienes pudiéramos llamar los abuelos de la literatura caldense, hallamos que su obra es de tendencia universalista. No tuvo ni ha tenido la repercusión que merece, porque su ámbito de resonancia fue apenas el círculo emocionado de las gentes de su comarca. En medio de multitud de dificultades, y sobre el lomo de los bueyes, llegaba el mensaje de D’Annunzio a iluminar el continente de los preocupados. De esa generación también emergieron poetas y poetisas, que han logrado cubrir un amplio radio de atención crítica. Sus tendencias estéticas se conformaban con la época. Románticos, parnasianos, y con poesía en ocasiones muy anecdótica, como correspondía a su tiempo. Todavía hay varones que, en la dulce estancia de los pueblos, se doblan sobre los densos volúmenes para formular síntesis de la literatura universal o para enjuiciar el problema judío. Esa marcada inclinación de los abuelos del pensamiento caldense por la unción a la gramática y sus inflexibles reglas, nos entregó un idioma pulcro, muy cerca de la sencillez clásica, y con reminiscencias de las lecturas que apasionaron sus días de creación. Allí está igualmente la tradición en cuanto a la novela y al cuento en Caldas. Los temas se desarrollaron dentro de marcos bucólicos, muy ceñidos a la naturaleza, y con apasionados dramas sentimentales, según el temperamento romántico de esos días. Claro que todo no es excelente, pero sí se advierte cómo los escritores de esos momentos, se preocuparon por hacerse intérpretes de las emociones de esos años. Algunos expresaron su pensamiento en un idioma rocoso, de gran dureza, donde los conceptos son bloques. Sus períodos dan una sensación volcánica. En todo caso, de los precursores de la devoción cultural podríamos aprovechar aún la dedicación a los grandes temas, librándonos, además, de los efectos de una incursión exagerada por la lírica. Pero sin llegar a aceptar todos los efectos de su estilo, pues ya han caído en desuso muchas de sus formas. Esto nos confirma en la aseveración de que sí hay una sostenida decisión por el estudio, que viene de atrás y que se puede superar la facilidad del giro brillante, por un sostenido afán ecuménico.

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  En las primeras líneas de este capítulo, ensayamos una explicación y reproche del “grecolatinismo”. Porque quienes pusieron de moda el prestigio de Caldas, fueron aquellos que coincidieron en su aparición con el grupo de los “nuevos”. A ellos, se les debe el que nos miren con desvío por nuestro exceso retórico. El país descubrió un día que no podía continuar en un sistema agobiador, que le restaba la capacidad de trabajo de los más grandes varones, por conservar limpias las fuentes del idioma. Y que no solo importaba la seguridad de evitar el empleo del que galicado, sino la tragedia del hombre, las cosas que le conturban su pasión y su economía. Todo esto lo comprendió una generación. Pero ella recibió la herencia del romanticismo, que venía ya a cumplir su última etapa en la inteligencia de los colombianos. Con tal sistema, que luego se superó también arribaron los vicios del fin del siglo, su apego a las formas de la sensibilidad; un ligero desdén por el esfuerzo, confiados en que el noble impulso del corazón los guiaría hacia las expresiones superiores del pensamiento. Pero crearon un movimiento que ha influído en dos generaciones. Y produjo algo inusitado: se quería hacer en el país literatura alo “greco-latino”. Por fortuna para todos, esto se superó, pero el hecho no se puede olvidar. Aportaron, eso sí, un contacto directo con los más recientes autores, con las inquietudes que más han incidido sobre el individuo contemporáneo, y dieron además las pautas para avanzar a todos los ciclos, a los “ismos”, y contradicciones de la literatura de la postguerra del 14. La crítica que se les formula es aquella de que solo fueron fieles a lo artificial, a lo desasido del mundo. Que siguiendo su ejemplo gentes nuevas, bajo ese influjo, pierdan la posibilidad de dedicarse a estudios actuales, de mayor hondura y densidad. El reproche es justo en ciertos aspectos, pero quien descubre la vocación debe saber que también el ambiente depende de las disciplinas a que lo sometamos.

  Así ha llegado a producirse una gran cantidad de prosa artística. Que obedece a simples principios de belleza. De agradar estéticamente. Es elemental la generosidad de adjetivos bonitos e inútiles. Ese es el período bien marcado. Escribir bonito casi que fue una consigna. Lo demás no contaba. Pero la repetición fatiga, porque en ese interés purista es muy difícil siempre estar en las mejores condiciones de realización. Y se puede caer en excesos y cursilerías, como ha sucedido, especialmente en los imitadores, que se sienten obligados a decir en mayor número de palabras la emoción de cualquier insignificante momento. La prosa artística tiene muchos peligros, y entre ellos, el que debe ser dosificada de manera muy experta, lo que solo es posible en manos de un escritor de gran travesía por las letras. Ese manifiesto derroche de barroquismo se ha vuelto contra nuestro prestigio. Ya lo dijimos antes: que para poder explicarnos todo esto tendríamos que sumergirnos en la consideración de nuestro medio, en su economía, en la eglógica vida de sus habitantes. Quien haya recorrido el Departamento de Caldas sabe que hay una natural brillantez en el paisaje, en las cosas, en los hombres y que hay una superación de la naturaleza en sus formas. Todo quiere invadirnos los sentidos, atropelladamente, en juego de colores deslumbrantes. Cada vuelta de la carretera, del camino, nos entrega un paisaje nuevo, distinto al que acabamos de contemplar, en una escala diferencial del verde, que sorprende. La desviación retórica considera que todo, para que lleve algo de brillo, debe corresponder, siquiera en mínima parte, a esos cromos que azotan nuestras vistas. Entonces el hombre acepta que a su lado se cante, se solace la imaginación, se diluya en gratas palabras el conflicto de la humanidad. De allí que mucha producción sea pura evasión, reflejo de inseguridad, canto lanzado al espacio para huir de su instante. En esos escritores se cumple la sentencia según la cual: “El arte es una evasión cuando el artista no puede aceptar ni traducir la época y la realidad que le tocan”.

  Pero es justo decir que contra esto se ha levantado una reacción. Y fuerte en algunos aspectos sin querer desconocer lo que representa el aporte anterior. Pero eso no conduciría a ningún fin. Discípulos directos de ese movimiento, han comenzado a libertarse de todas esas amarras. Entre la torre de marfil y el combate diario, con los elementos que entrega la vida, han preferido éste. Es ya otro grupo que se empecina en abrirse paso dentro de las nuevas manifestaciones del arte. Para ello se han impuesto una dura faena en consonancia con las corrientes que se han destacado en el país. Y van desde la novela, con todos los recursos que la moderna técnica entrega, hasta la poesía ubicada en las nuevas comarcas. Aprovechando los temas de la angustia, de la muerte, de la soledad, es decir, el conflicto del sér en toda su hondura. Por ello no podemos afirmar, hoy, que no tengamos representantes en el campo poético. Porque a pesar  de ese exceso de que nos sindican en lo lírico, teníamos que concluír, dolorosamente, en que muy pocos podían figurar en las antologías, sin desdoro. Hoy el caso es contrario. Para ello los poetas nuevos se han tenido que dar cuenta de que solo persiste lo humano, lo densamente angustiado que se lleve a la creación. Que no es el mágico encanto de las palabras lo que nos salva, sino la hondura esencial que ellas transmitan. Esto nos está advirtiendo, muy exactamente, que el recargo literario no señala la calidad de la obra ni nos pone en el camino de la creación que eternice un momento de la existencia. Se debe continuar lo que algunos empezaron en el interés de que no solo se nos mire como un pueblo cargado de metáforas, sino como un conglomerado capaz de afrontar los más recios interrogantes de la patria.

  Pero algún lector desprevenido pensará que en Caldas no existen suficientes conflictos para que cuaje la obra definitiva. Esta apreciación es equivocada. Ni la riqueza, ni la seguridad, ni la brillantez del paisaje, han logrado eludir al hombre que siempre se siente sumergido en desdichas tremendas, en cavilaciones torturantes. La naturaleza engendró sus problemas y sus resistencias, absorbiendo al sér en su inmensidad y en su gula hechicera. Y el amor cuajó en los dramáticos y sombríos recelos de la carne y de la angustia. Y aún quedan tormentosas escenas, que pierden volumen en su repetición cotidiana, en algunos círculos del trabajo, donde se mueven la miseria y el dolor confundidos en su grandeza pávida. Hay escritores que con sentido social han querido hacer obra con los elementos simples de la calle, con las experiencias sociales. Su obra no ha merecido ser destacada, porque el medio ha estado predispuesto por otras enseñanzas y hallan a dichos autores ajenos, hablando otro lenguaje, diciendo adjetivos distintos a los comunes. Pero lentamente esas producciones tienen que ir ocupando el sitio que merecen en el proceso de evolución. Porque no puede seguirse detrás del patrón mental preestablecido, como símbolo de belleza. Porque esas son obras fieles que recogen la zozobra de un mundo, que en Caldas tiene autenticidad, vigencia. Casi que decimos insurgencia.

  Algunos escritores han ensayado la novela. En unos se ha quedado en relato apasionado, bronco en su adjetivación, fuerte en su concepción total. Otros la han levantado a la admiración nacional, porque las deficiencias técnicas de la obra fueron superadas con la magia del estilo y la incorporación de elementos folklóricos a su torrente vital. Esa lucha es muy clara si nos damos cuenta de que hay escritores nuestros que se han debatido entre el criollismo y el cosmopolitismo. Y no se han libertado de este para alcanzar la fuerza primaria de aquél. Muchos han puesto sus ojos avizores en el tema social, pero lo han desperdiciado por timidez en la aplicación de la dinámica que debieron imprimir al conjunto. No hemos producido, por lo tanto, el novelista completo, pero allí los temas cruzan todos los días sobre la frente del escritor y la promesa halagüeña parece henchirse cada mañana. Tal vez nos ha perjudicado el ser muy individualistas. Esta modalidad quizás no ha permitido que aparezca la gran novela: porque el autor pretende que sus personajes se muevan adictos a lo que él cree y siente. Los personajes no tienen autonomía. Dentro de esas limitaciones es muy difícil que emerja en toda su densidad tal género.

  En el cuento nos podemos sentir un poco más satisfechos, a pesar de que los temas actuales aún no se han enfocado en las publicaciones que conocemos. Escritores que se relievan en las antologías americanas, nacieron en Caldas. Debemos ser justos al reconocer que han sido leales al paisaje, al hombre y al drama caldense, en gran parte. Aún hay zonas donde el tema está esperando que pase alguien con sensibilidad y con estilo. En cambio, hay otros que han escrito sobre su tierra sus mejores páginas. Estos han revelado gran identidad con su comarca. Nada los ha desviado de copiar, brevemente, trazos, rasgos, de nuestra gente. Ese inquirir hechos reales, o que golpean persistentemente la imaginación, produce una obra objetiva, fácilmente comprensible. En muchos de esos cuentos andan dispersos materiales aprovechables para la gran novela, para llevar el tema hacia una elaboración más amplia, que exige recursos de todas calidades.

  La región de Caldas que se ha tratado de situar mejor en los relatos y en las interpretaciones, y en forma más abundante, es el Quindío. Se ha procurado interpretar su sentido rural; recoger el sentimiento de personas vinculadas estrechamente a la tierra. Es decir, un interés por describir el aspecto exterior de la campiña, y el mundo psicológico de sus habitantes. Pero ello no ha tenido pleno éxito, debido a la desviación que ha sufrido, por la tendencia del cosmopolitismo lírico, que ha hecho naufragar muchos intereses. Por eso aún se nos debe la novela del café, de la colonización, con todo su enmarañado panorama selvático y humano. Es un vicio colombiano, que es bueno destacar, aquel de la dictadura que ejercen otros países, lo que ha impedido que se descubran los hechos vitales, que le darían nuevo rumbo al creador. Todavía para juzgar examinamos si los productos nuevos se ciñen a los modelos extranjeros que hemos escogido como sistema de referencia. Por este motivo tenemos tan poco criterio para descubrir y advertir los verdaderos valores autóctonos, pues no nos sentimos comprometidos con los interrogantes que ellos plantean. Hasta el idioma nos parece impropio por el solo hecho de buscar palabras populares, que andan cerca del pueblo y sus urgencias. Pero ese interés del Quindío, que hemos querido destacar, debía de volverse mandato para interpretar todo lo que sugiere Caldas en su diversidad de frentes de todo orden, tan ricos en fuentes de inspiración, para la novela, para la poesía, para la leyenda, para el cuento.

  En el periodismo nos corresponde lugar muy destacado en la República. El idioma que se ha escrito siempre en nuestros diarios es el de la más serena belleza, cumpliendo una doble misión: la de orientar y la de producir agrado intelectual. Los periódicos han luchado, en parte con fortuna, por librarse del lugareñismo, formulando advertencias acerca de todos los designios de la nacionalidad. El lenguaje ha oscilado entre la serenidad y la arrogancia. Ha subsistido un ligero fervor por el panfleto, heredado de las tradiciones de nuestros escritores de combate del siglo pasado. Pero en general, se puede afirmar que muchas de las páginas de quienes han ejercido el periodismo se podrían tomar para librarlas de la fugacidad del ajetreo diario, pues merecen persistir por las condiciones del lenguaje, del concepto, de brillantez y de hondura que las destaca.

  En el ensayo hemos ido desde el que aparece esporádicamente en las revistas hasta el medular, que lleva su culminación al libro. Hay historiadores de la vieja escuela, silenciosos en su deseo de acoplar el mayor número de datos que se resuelvan en veracidad. Y otros han buscado traer figuras patrias o hechos colombianos hasta los momentos actuales, y ponerlos a cumplir su misión inmediata en el mundo contemporáneo, de acuerdo con los postulados de los nuevos creadores de tal género. Hay investigadores pacientes, que se mueven en medio de números estadísticos, para sacar conclusiones que sirvan a la colectividad. Y tenemos los que han llevado su vida hacia las observaciones científicas, con ensayos eruditos sobre grandes temas de la sociedad o de la cultura. De manera que no podemos quejamos. Hay autores que se han detenido más en el sabor del adjetivo, en su fin esteticista. Su dedicación no ha sido perdida, porque a ellos se les debe mucho del gusto que subsiste en Caldas por el buen idioma, por la frase bien engalanada. Otros han utilizado sus ensayos para verter su alma, para mostrar un lado siquiera de su tormento. Han pretendido algunos hacer sus afirmaciones ideológicas o cánones estéticos, que consideran definitivos. Muchos han puesto en sus prosas interés de acercarse, egoístamente, a lo que les apasiona en su mundo interior, diciendo su conflicto propio, al través de los autores que han sido los guías de su existencia. Páginas sobre las pasiones, sobre el amor, sobre sus conflictos internos, se han modelado revelando que esas grandes cavilaciones, tan eternas e inaccesibles, siempre golpean en la conciencia de los contemporáneos. Y graves meditaciones filosóficas, libros que denuncian hondura de pensamiento y seguridad de crítica insuperable, nos acreditan como raza capaz de conscientes afanes, que indican un aporte definitivo a los más graves problemas de la humanidad y la cultura. Todo ello nos liberta, un poco, del cargo de que solo la ampulosidad tiene asiento en Caldas, con su abundancia y melosidad fonéticas, que iba llevando a los colombianos a pensar que la sacarina perdía la noble preocupación de la inteligencia caldense. Hay tratados de estética que vienen a confirmar lo que aseveramos anteriormente y que nos ponen en guardia contra quienes desean que la producción se detenga en círculo de asombro verbalista y de ligereza conceptual.

  En Caldas aún tenemos grandes temas por resolver. Aún deambulan por nuestros caminos los personajes. Lo cotidiano y humilde comienza a interesar. Ya hay un bello libro que recoge todo lo que Manizales le ha dado a una generación para que se nutra de idealismo y rebeldía. Y así se irá comprendiendo cómo el pulso agitado de la tierra va inquiriendo por el que ha de darle descanso en su concepción estética. Pero tenemos la seguridad de que nada de ello se desperdiciará, porque conocemos la fe y la vocación de los escritores caldenses. Su mayor aspiración es cumplir su destino con honestidad, sometidos al goce de la mente. Ahora tenemos que ser más fieles a ese Departamento, y así no olvidaremos los grandes materiales para la obra estética: el oro y su raza; el indio y su silencio; el café y la angustia que lo circuye, y, un poco también, la tragedia de nuestro modesto hombre de puerto, que se angosta fiel a su río y a su hembra. ¿Por qué la mirada ante ellos —el café, el minero, el creador de riqueza en nuestras provincias, la violencia,— nos está advirtiendo que no los podemos aprisionar debido a que aún no son tipos bien diferenciados? Creemos que sí tienen sus características esenciales, inmodificables, que los hace singulares y en la literatura lucirían con caracteres muy particulares. Pero el hecho de que no hayamos creado una manera peculiar de vivir, no impide que haya un especial sentido de la existencia, y que se presenten reacciones y sentimientos que son esenciales. Capaces de resistir la movilización de un personaje extraordinario. Nuestro defecto reside en que aún estemos viviendo hacia lo exterior, hacia lo decorativo. Y no podemos continuar en esa contemplación porque ya tuvimos oportunidad en páginas anteriores, de advertir cómo la tragedia ya se había apoderado demoníacamente del hombre caldense. Ahora estamos en la obligación de cumplir una nueva etapa en el proceso de la literatura nacional. Todo esto lo hemos querido decir en estas líneas que son un esbozo, pero que nos han servido para volver a tener confianza en lo que nos reserva el porvenir.

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