Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO XVII

CIUDAD DEL HOMBRE
Solidaridad con la Vida y con la Muerte

 

  El porvenir es la mejor historia de la ciudad. Porque permite tejer una serie de hechos fantásticos, que se compenetran con su ritmo y su pujanza. Ya hemos advertido que nada detiene su ascenso en las realizaciones. Ni los terremotos de los primeros años, ni los incendios, que le dieron un acento pávido en la imaginación de los colombianos. Ni las dificultades del terreno, ni siquiera el extenuante denuedo que se debe repetir todos los días para lograr una victoria en favor del urbanismo. Todo esto tiene un acento propio de grandeza, que se ha vuelto de cada uno de sus hijos. Ellos se han visto comprometidos a respetar ese estímulo que les entrega la tierra, y la enseñanza de los mayores, para superar en belleza civilizada lo que es abismo inescrutable, camino inaccesible, peñasco de misterio y terror. De ahí que se le ame con tal furor íntimo, con tan orgullosa exaltación, con tan jubilosa insolencia. Todo lo que se ha alcanzado contra la naturaleza es renovado brío, que viene desde los colonos, hasta prolongarse en los habitantes de hoy, obligados a domesticar la profundidad y la serranía.

  La ciudad fue construida casi sobre el aire. Así aparece mirada desde la lejanía. Y en el centro de todos los paisajes. Porque a un lado la ciñe la frente de nieves del Páramo del Ruiz. El color tropical de la región caliente, le pone a sus pies un reguero de verdes detonantes y de amarillos complacientes. Al otro lado, aparece una sucesión de colinas, que lentamente van haciendo menos hosco el pavor de la cordillera erguida. Lo insondable está en sus flancos, ciñéndola sigilosamente.

Por ello su distribución no corresponde a ninguna predicción arquitectónica. El capricho ha tenido que reemplazar la técnica. Sus calles, que son goznes quebrados, de arbitrarios e ilógicos recursos, no tienen la fisonomía regular de las otras urbes. Porque se contradicen todas las tesis urbanísticas. Pero el manizaleño se ha creado la mentalidad para desarrollarla con una personalidad propia. La República no exhibe algo semejante. Nunca ha sido menos complaciente el terreno con el hombre. Nunca ha tenido que vencer más obstáculos, reunir más decisión para derrotar al empecinado mundo geológico. Se impuso la tesis matemática de lo imprevisto. No hay reglas, ni compases, ni cálculos que subyuguen la superficie en su díscola presencia. El técnico allá ha tenido que inventar nuevos recursos topográficos, aplicar teorías paradójicas que armonicen con la disparidad del suelo.

  De esa misma situación arranca su belleza. Siempre nos ha parecido innecesario el deseo que muchos enuncian, tendiente a uniformar sus calles, sus plazas, su conjunto. Al contrario, lo que la hace amable es la sensación de laberinto que sorprende al turista. Esa impresión de que su ruta termina en precipicio arriesgado, en despeñadero trágico. Y que de golpe sorpresivamente la excursión gira por calles por donde el silencio se va internando hacia la colina. Eso le permite a Manizales el más complejo conjunto, que quienes han estado ausentes a su acelerado ritmo de crecimiento, no se lo explican ni lo valoran suficientemente. Cada curva dominada; cada pendiente suave cada esquina que es dócil ahora para el automovilismo, fue enmarañado y difícil paraje. La conquista de la tierra en esta ciudad, es la comprobación de lo que puede el hombre y donde más fielmente se cumple su dominio de la naturaleza.

  Con qué amorosa inclinación han verificado esa rendición. Con ese deleite de quien desea engalanar lo que ama para que su pasión se desborde en más puro y estético sentimiento. Así la han sentido cada uno de los manizaleños. Cada vez que han querido restarle altura a uno de sus parques; o establecer un sitio de esparcimiento popular, o darle un nuevo panorama, han tenido que ir desmontando metros y metros de barranco, que hacían impracticable, casi imposible, el proyecto futurista. Pero se han especializado en contrariar a la naturaleza. Para irla sometiendo. Para que ella misma preste su concurso, con sus inesperadas sorpresas, al goce y mimo de la ciudad.

  Todas nuestras capitales gozan desterrando el paisaje. Alejándolo de su pedantería arquitectónica. Sacrificándolo en gracia de la comodidad modernista. Haciéndolo lejano al ciudadano, que podría hallar en él forma de expandir su alma. En Manizales el fenómeno es distinto. Toda la gama de los verdes se confunde con la ciudad, la va envolviendo, le va dando un tono rejuvenecido. Su distribución es propicia para estar en contacto con el verde de los campos, con el verde atenuado de las huertas, con el verde embrujador de los pastos recién espigados. Es decir, el panorama se entra a sus calles, se vuelve familiar, se hace cotidiana su presencia. El habitante comprende que lo rodea y lo aprisiona. Y va desde el que se encarama en el monte altanero, hasta el que se descubre en las tardes cálidas en los valles enervantes. Así la vida no se despega del campo, ni rechaza su ejemplo, ni olvida su tradición. Se hace parte del paisaje, que se levanta en sus araucarias decorativas, en sus pinos nostálgicos, en sus acacias ceremoniosamente rectas.

  El criterio colectivo no se ha perdido. Ya hemos visto que en los días de la fundación se obraba en función comunitaria. Esto supervive para todas las obras que deben sentirse como propias del pueblo. La Catedral es el símbolo de la fe de la raza y comprobación de la querencia entrañable de las gentes por su ciudad. Es un monumento que revela cómo se exalta la emoción cuando se advierte que va a pervivir su acción y su apostolado. Ese interés de permanecer está evidente en el denuedo que han puesto todos para que suba la creencia de ellos, de sus mayores y de sus hijos, en las góticas agujas, en las cuales levantan su fervor cristiano. La Catedral es la rosa viva de la ciudad, en torno de la cual se va extendiendo la geografía voluntariosa. Se explica, porque el sér, en el deseo de conseguir un manto de dulzura para su existencia, ha buscado en la sombra de los templos descanso para su angustia, para su tribulación, para su miedo ante los interrogantes universales. En torno a la Catedral se aglutina toda una población para pedir paz a su Dios y alegría para continuar la obra comenzada. Porque el hombre ha perdido, en estos lustros, la seguridad en la mínima capacidad de bondad de sus semejantes y de quienes los dirigen.

  Los poetas han buscado explicaciones para comprobar cómo un hombre se liga a una ciudad. Especialmente cuando no existe el lazo filial que lo ata definitivamente. Y se pierden en explicaciones que, por fortuna, todas conducen al corazón. Nosotros nos vemos atados a Manizales por hondos y fieles afectos. Allí conocimos la lucha huracanada y estremecida con su pueblo, sumergidos en sus angustias, hombro a hombro con su pasión. Esa experiencia nos golpea gratamente el ansia de libertad para volver a estar recibiendo lecciones de rebeldía. Porque su pueblo es duro y soñador. Nos fue cercando igualmente la ciudad con su pasión intelectual, con su vida universitaria que ahora es tan amplia, con su dedicación a los diálogos espirituales. Fulgía una viva Imagen de la cultura, que todos querían que fuese más clara, con mayores detalles, con más riqueza de profundidad. Eso nos hizo estar nuevamente en la compañía de los libros, que desde la adolescencia puso el ansia interior en nuestras manos. De suerte que otras muchas razones de la vida y de la muerte, nos fueron uniendo a la ciudad con entrañable afecto, con rendida unción.

  Lo que hemos reproducido de esta ciudad cara a nuestros afectos, es porque lo hemos  vivido entrañablemente. Todas las horas nos fueron conocidas, en días claros y limpios, y en minutos en los cuales la ciudad va tejiendo su manto de niebla y soledad. Desde el amanecer jubiloso, hasta la noche traspasada de angustia y de silencio. Todo lo hemos vivido allí. Nunca podremos arrancar de nuestro mundo íntimo escenas que hacen más exacto el recuerdo.

  En un amanecer de los más claros fulgores, la mañana se extendía con su vivo resplandor haciendo emerger al Ruiz, limpio y brillante, recostado en la montaña. Todo ello sucedía después de que la noche se había cruzado de aprensiones, de dulce espera, de diálogos sonámbulos. Al lado estaba la energía de un hombre y el leve taconeo de una mujer. El verde de un pasto domesticado era lo único que rompía la insistencia de lo negro. En ese ambiente la vida fue haciéndose canto, llamarada, luz en nuestros días. Por ese nombre que se repetirá con dulce susurro de canto y alabanza, la ciudad quedaba unida a los principios vitales de la creación.

  Y otro día, cuando la noche se quiebra en ónix y el silencio no se rompe, llegó hasta nuestra existencia un golpe de esos que “abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte”. No había pensamientos que rondaran en torno de la frente. Era el hundimiento en la pávida noche. Después solo se recuerda que había un ligero manto de nieblas. Y que adelante resonaban los ecos de los pasos de un caballo solitario, en ese momento en que la tierra vuelve a recogerse sobre sí misma para que avance la soledad. Unas gotas caían sobre las calles arbitrarias. El hombre marchaba detrás en nueva solidaridad con la sangre. Recibía un duro y paciente adiestramiento que le entregaba la existencia. Así recordamos la ciudad afincada al corazón con eslabones que nos conducen de la vida a la muerte.

FIN

 

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