Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO II

LA PREHISTORIA - II
Peripecias de Colonos

                                                       

Pero deliberadamente habíamos dejado los nombres de Fermín López y de José Hurtado un poco escondidos en estas peripecias de colonos. Porque no es otra cosa. Se equivocan quienes busquen otro significado a estos acaeceres. Es lucha de colonos que no tienen otro destino, para mejorar el suyo, que cubrir zonas despobladas. Y entre éstos, orgullosos de su obra y de su lucha, están en primera línea Fermín López y José Hurtado. Vienen desde Antioquia. Hace varios lustros que buscan un pedazo de tierra libre. Primero por Sabanalarga, que luego vino a ser Salamina. Cuando los pleitos, creados por latifundistas, abandonaron sus “abras” para buscar nuevos sitios que no tuvieran las trabas del feudalismo y sus prolongaciones en el gamonal. Solo querían vivir. Pero en lugar donde su planta pudiera descansar tranquila, porque el hecho de aposentarla quería decir que tenían el dominio de todas sus ventajas. Hacia la montaña avanzaron Fermín López y José Hurtado. Los acompañaban hijos, primos y mujeres. Es una excursión familiar para liberarse. Y llegaron hasta lo que actualmente conocemos como San Cancio. Pero a los tres años de su arribo, en 1837, advierten cuando viajan a Salamina, que hasta allí alcanza la ambición absorbente de una Compañía que ha heredado títulos desde la Colonia y que se viene detrás de los descuajadores, no mejorando sus inmuebles, sino planteando pleitos a quienes querían hacerlos producir. Ese criterio no se acomodaba con quienes tenían una ambición distinta. Nuestro colono no aspiraba a acaparar la tierra, al contrario, deseaba su partición. Pero el dueño levantaba el titulo amenazador y conminatorio.

  Fermín López entonces huye. Allí queda su “abierto”. Será estímulo para don Joaquín Antonio Arango. Dará la indicación para quienes deseen mañana buscar regiones fértiles, con profusión magnánima en el rendimiento. Fermín López está hastiado de tinterillos, gamonales, sentencias, enredijos, mamotretos. Por eso avanza hacia el Cauca. Va señalando los caminos para quienes vendrán después. Entonces tenemos que concluír, en concordancia con otros cronistas de Manizales, que estos dos varones son los precursores. Que las aberturas que hicieron son la propia pre-historia. Bella y sencilla pre-historia, creada a través de la lucha y de un interés por libertar su mundo de los vínculos feudalistas. Buen signo y buen augurio. Buen recaudo para interpretar sus luchas. Así eran ellos, severos y sencillos aldeanos.

  Pero antes de seguir adelante, es bueno recordar un poco más a Fermín López. Rionegro le vio nacer en 1764. Vino con los primeros que se acercaron a Salamina. Avanzó a Manizales. Pasó después y estuvo por los sitios donde hoy está Pereira. Fundó posteriormente a Santa Rosa. Cambié todo el valor de unos campos incultos por el sistema del trabajo. Hizo inconscientemente una revolución en nuestra economía. Puso a nuestro congreso a pensar en remediar problemas de tierras, que andaban muy descuidados en medio de las disputas bélicas que agitaron nuestro siglo pasado. En Fermín López descubrimos una actitud patriarcal frente a la tierra. Basta evocar su estampa, como se conserva en monumentos y retratos: Fisonomía de campesino serio. La mirada serena y limpia, con bondad que se descuelga de su gesto austero. Apenas podía ser así quien guiaba a unos titanes que solo llevaban la esperanza de desterrar el hambre y la pobreza. Sus barbas luengas, que han sido tradicionales en los abuelos antioqueños, caen ligeramente ensortijadas sobre la camisa limpia. Toda su imagen respira la serenidad del gran labriego, libre de prejuicios y de tormentas interiores. Que solo ha tenido como destino su labranza, su familia y su Dios. Es ese gran decoro que dimana de la pasión creadora. Y de esa confianza en su faena. Porque en Fermín López se cumple la sentencia: “Le basta con saber que todos fueron hijos, como él, de la tierra y el viento, de esta tierra y este viento de América”.

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 Solo la siembra ha preocupado hasta el momento a estos seres que se vinieron cumpliendo el mandato de su sangre. Ese criterio prevalecerá por mucho tiempo. Si recordamos a Londoño, ya citado, los primeros pobladores solo buscaban espacio para su plantío y desdeñaban el afán por hacer parte del villorrio. En 1848, se principiaron a aglutinar con tal fin.

  Ya alienta un deseo incipiente. Desde entonces arranca ese sentimiento cívico, que siempre le ha dado a Manizales una temperatura amable, porque todo se conjuga para su avance. Hay que anotar que no la fundó un sujeto solo y voluntarioso. Ni un caudillo engreído y fatuo. Ni un conquistador dominante y agresivo. Ni un político calculador y recursivo. Ni un patricio rejugado en los consejos y en las enseñanzas. Ni un general tronante y fullero. Quienes la fundaron fueron unos individuos modestos, salidos de la faena rústica, que resuelven, para consolidar sus débiles afanes de propietarios, agruparse detrás de una fundación. La soberbia de su solidaridad puede hacer temblar a quienes ya vienen detrás de la brecha rural, imponiendo su ley y su garra económicas. Así emergió el caserío detrás del deseo de personas anónimas, que ya tienen su prosapia en el fulgor de lo que levantaron sus manos. Esos colonos, libres de altas tradiciones, que solo respondían a una consagración nobilísima como es la del sudor diario, sabían que esos ranchos que principiaban a acunar en su suelo, serían descanso para sus dificultades de la semana, concentración de sus poderes, refugio para sus angustias. ¿Porque qué otra cosa obligaba a la llamada “Excursión de los veinte” a reunirse en Neira, por el 6 de julio de1848, para emprender la marcha hacia el lugar que ocupa Manizales? No podemos olvidar, y de la confrontación de la lista sale claramente establecido, que muchos de los que vinieron en esa ocasión solemne, ya tenían por aquí sus sembrados. Entonces había un motivo superior que les guiaba. El doctor Pinzón nos dejó dilucidada la polémica acerca de sus nombres. Detrás de su enumeración quedamos amparados en forma admirable:

“La lista de los veinte excursionistas no se conserva, y como era natural, después ha
costado mucho trabajo formarla exacta; el distinguido historiador don Enrique Otero D’Costa, que fue huésped de honor de esta ciudad por varios años, procuró formarla exacta sin que lograra su objetivo; nosotros vamos a darla, por primera vez, completa y podemos asegurar para que se pueda juzgar que efectivamente es la verdadera, que cada uno de los nombres que en ella figuran, fue indicado por uno u otro miembro de la misma expedición:

 

Arango Antonio María
Arango Joaquín
Arango Victoriano
Arango Pedro
Arias José Pablo
Buitrago Silverio
Ceballos Antonio
Correa José María
Echeverri José Joaquín
Echeverri Nicolás
Echeverri Alejandro
Escobar Esteban
Grisales Manuel
Gil Vicente
Giraldo Vicente
Gómez Juan Antonio
Palacio Marcelino
Pavas José María
Quintero Antonio
Rodríguez Benito

  “Los principales directores de los trabajos de la “Comunidad” fueron los señores Marcelino Palacio, Manuel María Grisales, Joaquín y Alejandro Echeverri, Antonio Ceballos, Vicente Gil y José M. Osorio; los anteriores son pues, sin discusión, los que
deben considerarse como los “Fundadores de la ciudad de Manizales”.

  “De los expresados fundadores tenían sus residencias en Neira, de donde vinieron expresamente a dirigir los trabajos de fundación, los señores Palacio, Victoriano Arango, Joaquín y Alejandro Echeverri; los demás vivían: Grisales, dentro de la actual área de población; Joaquín y Antonio María Arango y Nicolás Echeverri en “Rastrojos”, Antonio Ceballos en los abiertos que en “La Linda” habían hecho Antonio León y José Hurtado, y que Ceballos los había comprado para sí y para su madre Jacinta Agudelo; Vicente Gil en su labranza también hacia “La Linda”, y Osorio en la suya, en “El Arenillal”. Algunos cronistas traen los nombres de muchos otros fundadores, que pudieron serlo efectivamente, o que se les ha considerado como tales, por haber venido al nuevo caserío durante los primeros días o meses de su existencia; entre éstos, cuyos nombres deben conservarse con gratitud, por uno u otro motivo, son los principales: Pedro Henao, Antonio Quintero, José María Correa, Gabriel Arango, Eduardo Hoyos, Ramón Chaverra, Ignacio Londoño, Nepomuceno Jaramillo, José Jaramillo y Víctor Castaño”.

 Pero para que no quede duda de la intención de los excursionistas de 1848, nos bastaría recordar a Grisales, quien dice que el primer nombre que le dieron fue el de “Comunidad”. Esta noticia se confirma, en el “Archivo Historial”, en nota de Albores, alegando éste que “consta de las actas del Cabildo que los colonos dieron el nombre de “Comunidad” a las primeras aberturas hechas en la selva para la fundación de la ciudad”. Queda, una vez más acreditado su cimiento popular. Allí está en esa denominación arrebujado todo el espíritu que movía a los habitantes de la cabaña. Es una ciudad hija de la tierra. De allí desciende. En torno de los ranchos y del solar, apareció y creció.

  Pero Manizales es esencialmente resultado de un nuevo tipo social, que empieza a buscar su porvenir en la montaña, y la villa emerge de ese criterio, que golpea con limpia honradez en la emoción de los colonos. “No tiene otro título ni rótulo a la puerta”. Ya sabemos que es suficiente. Como en el poema de León Felipe podemos repetir que “No hay otra alegría legítima que la del esfuerzo”.

                                                 

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