Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

© Derechos Reservados de Autor

CAPITULO IV

  RECUERDOS DE LA ALDEA
El machete y el hacha Proletarios

Hay raíces que profundamente se hunden en el mundo psicológico del hombre. La apasionada intención de hacer permanente lo que creó y que se prolongue en el recuerdo de los hombres, es resultado lógico de todo aquello que dimana de la fusión con la tierra. Pero poco tenemos para evocar. El maestro Rafael Maya, en su iluminada página “Vida, Muerte y Resurrección de una ciudad”, con clásico acento de grandeza lo advierte: “No  tenéis historia, ciudadanos de Caldas, hijos de Manizales, y eso mismo confunde al sociólogo y pasma al poeta. Quien desee conoceros, en lugar de peregrinar hacia atrás en busca de vuestros orígenes, tiene que avanzar hacia el porvenir para encontraros. Es como si la naturaleza, invirtiendo los términos habituales de la vida, os hubiese obligado a recorrer al revés el camino de la historia, haciendo que la raza saliera del sepulcro para encontrar su cuna. Estupendo prodigio que denota vuestra madurez social en plena adolescencia como pueblo, y que hace pensar, con asombro, en la portentosa obra de progreso que puede desarrollar esta raza con el transcurso de los siglos”.

  Por eso quizás la evocación vuelve fiel a los hechos iniciales, a las cosas que hirieron la devoción cívica de los fundadores. Por allí corren crónicas de Rufino Gutiérrez, Luis Londoño, del Padre Fabo, que señalan cómo fue creciendo el pueblo, y cómo los elementos exteriores, que le ampliaban su importancia y significado, fueron recibidos con regocijo intenso por sus moradores. Quienes nacimos en provincia sabemos cómo cada acontecimiento, por trivial y pasajero que aparezca a sectores más civilizados es trascendental en su evolución. Esos modestos episodios le van dando entidad de permanencia, resonancia que se prolonga hacia nuevas conquistas, en el mundo de relación. Y cuando nada se ha logrado fácilmente, y cuando los actos obedecen a tremendos ahíncos, entonces mayor volumen logran en la conciencia. Así se va integrando la estabilidad del municipio. Y va adquiriendo importancia, a medida que cruzan las horas, hasta convertirse en símbolo y centro de actividades mayores. Todo es esencial en esos días alborales y va en una sucesión apremiante: desde la llegada del primer párroco, el padre Bernardo José Ocampo, que luego por acciones extrañas fue suspendido en su ejercicio sacerdotal, hasta el primer camino, que como una concesión económica se daba a vecinos emprendedores. Gutierrez nos enseña que en 1849 se sembró la primera sementera de maíz para la comunidad. Se cumplía el verso de Neruda:

“Como una lanza terminada en fuego
apareció el maíz, y su estatura
se desgranó y nació de nuevo,
diseminó su harina, tuvo
muertos bajo sus raíces,
y, luego, en su cuna miró
crecer los dioses vegetales”.

  En 1849, por iniciativa de Marcelino Palacio se celebró un mercado.

  El 1 de enero de 1850 funcionaron las instituciones civiles.

  La Administración de Correos nace en 1852.

  La tapia que sirvió de ejemplo para mejorar las edificaciones la hizo levantar Palacio en 1856.

  En 1863 se establecieron la Notaría y la Oficina de Registro.

  En 1905 hubo necesidad de una segunda Notaría.

  Las calles y las plazas lograron su bautizo por acuerdo del 16 de julio de 1864.

  El 20 de agosto de 1864, por ley 13 del Estado, se erigió el Juzgado del Circuito.

  La oficina telegráfica recibió despachos en 1871.

  En 1876 se trasladó de Salamina la cabecera de la provincia.

  El 16 de noviembre de 1896 se organizó el distrito judicial del sur de Antioquia.

  El Tribunal comenzó labores el 4 de abril de 1897, lo mismo que el Juzgado Superior y el 2° del Circuito.

  El 11 de abril de 1900 se creó la Diócesis de Manizales.

  En 1902 se erigió la Diócesis, cuyos prelados han venido a ser parte de la vida de la ciudad.

  Por Ley 17 de 10 de abril de 1905 se formó el Departamento de Caldas con Manizales de capital, como reconocimiento a su importancia.

  El 8 de diciembre de 1909 se dividió la parroquia en dos.

  El curato de Manizales principió el 15 de febrero de 1851.

  La iglesia ocupó el sitio que hoy domina la Catedral, construída de los simples materiales de que hicimos exaltación en las líneas anteriores. De 1850 en adelante se levantaron en el mismo lugar dos nuevos templos, pues desaparecieron por los temblores de 1875 y 1878. Hubo un nuevo intento por asegurar un sitio para levantar en cantos la fe, pero irrumpieron los sismos otra vez el 5 de noviembre de 1888. En 1925 se quemó y ahora hay “un tallo vivo de piedra”, que hace sentir la intensidad de la devoción cristiana de un pueblo.

  Hemos querido enumerar estos actos, tan modestos mirados hoy en la lejanía. Pero cómo fueron de hondas las cavilaciones para alcanzar estos privilegios. Y cómo lucharon ante poderes gubernamentales y tuvieron que doblegar resistencias, y presionar voluntades y despertar sentimientos; y aplastar recelos y combates intestinos. Todo hoy nos parece pequeño, insignificante, casi pueril. Pero qué hondo sentido cívico se necesita en los moradores para que vayan los prejuicios cediendo ante el empuje de una nueva fundación. Siguiendo la lista de todo ello, nos damos cuenta de cómo era de vertiginoso el progreso de Manizales. Cómo en pocos meses adquiría la categoría de capital de un departamento y cómo por su decisión era posible que ello sucediese. Inclusive cómo su esfuerzo en favor de la vida departamental es de lo más dramático y accidentado, porque no se puede olvidar la oposición de tres departamentos —que veían su importancia y su significación menguadas por el desmembramiento—. Por eso el empuje indica la clase de reciedumbre íntima de sus jefes. Sería conveniente reconstruir ese medio en el cual se desarrollaron estos sucesos, que tuvieron tanta acritud en muchos sectores. Pero la decisión de Manizales era superior a todo obstáculo humano, legal, regional o político. Nada le detuvo en su afán de consolidar su influencia. Su preeminencia dependía de su propio estímulo. En ella se habla cumplido ya el mandato de la predestinación. Aún queda resonancia de la copla burlesca de los antioqueños contra Manizales, cuando se sucedieron esos episodios. Pero ella misma interpreta cuánto era el coraje de sus dirigentes y cómo concebían el derecho de alcanzar mayor edad. Aquí volvemos a traerla para que revele ese afán que ennoblece aún más la prosapia de tierra:

 

 ¡ Opulenta Manizales,
Que cerca del Ruiz nació,
Cómo ha dejado en pañales
A Antioquia que el sér le dio!

 

No podríamos olvidar en el camino de los recuerdos algunos relatos que se han transmitido oralmente. El Ñato Zuluaga, por ejemplo, sigue siendo apelativo cordial en muchos diálogos, cada vez que la pirotecnia hace su aparición en las fiestas. Fue en sus días el hechicero y un creador de extraños recursos en la elaboración de la pólvora. El paraguas y el pescado, el molinete y el cohete multicolor, fueron sus especialidades más sobre-salientes. Con las fórmulas elementales —flor de azufre, carbón de sauce y nitro— el Ñato Zuluaga revolucionó ese arte. Para dar luminosidad a sus productos apelaba al clorato de barita, al clorato de potasa, en combinación con el azufre y la goma laca. Entonces era el correr de los colores mágicos, que saltaban de los artefactos preparados con minuciosidad. Así se sucedieron en las noches espectáculos maravillosos, que aún se evocan con admiración por los sistemas rudimentarios que empleó el artífice.

  La importancia de la música en los días iniciales es muy relievante. Ningún municipio nuestro ha estado ausente de los conjuntos improvisados que despiertan al calor de la emoción íntima. Sin estudio técnico, sin escuela, los ejecutantes del pueblo, de la vereda, de la casa campesina, reciben el mensaje de la armonía sin antecedente que les advierta que hay una corriente interior que los lleva al canto. Con instrumentos sencillos, sin ninguna pretensión, han formado el centro de la felicidad de los colonos manizaleños. Esos artistas espontáneos son la primera consagración al goce y al ensueño. Es justo que sus nombres queden aquí. Cuando pespunteaba el amor entre la concurrencia, allí estaba la banda del maestro Valentin Marín y de sus hijos Eusebio, Jesús y José. O cuando las fiestas prendían en semanas de holgorio, y el aguardiente de contrabando iluminaba la abundancia de la parla, y derrotaba la noche, entonces la orquesta de los “Garruchas” estaba con su tiple y su bandola, batiendo la tristeza. Es bueno decir esto, pues no se puede ser indiferente con quienes hicieron de la vida un río de encanto. Esos tipleros advirtieron que la euforia debe tener amplio sitio en el corazón humano.

Asimismo nos gusta volver hacia los iniciales curanderos, a los sabios en las artes de la brujería, que apelaban a modestos emplastos contra las aflicciones físicas. Ellos no tuvieron más manual técnico que la naturaleza y su título dependía de su astucia. Las yerbas de agoreros conjuros daban descanso a todas las torturas de la humanidad. No encontraron dolor que no supieran combatir. Lo que desconocían lo encomendaban a la buena de Dios, que debía ser generoso en el perdón de los males de sus fieles. Así fueron construyendo un universo de magia; en retortas insólitas fabricaban remedios arrancados de la selva, que se iban volviendo augurio de descanso de los males interiores. Ellos son el maestro Antonio Posada y Ambrosio Cortinas. El doctor Poleo, y Antonio Cortinas, en su sabiduría alcanzaron los estimulantes grados de especialistas en flebotomía y en achaques quirúrgicos. Ellos con dedos uncíosos ayudaron al buen morir, pues en sus manos la existencia tenía un delgado hilo que conducía a Dios.

  Así nos podríamos ir detrás de tantas cosas gratas a la emoción. Hacer el elogio de las calles, que hoy a los cien años todavía conservan los apelativos con los cuales se impusieron en la costumbre social. Explicar cómo era la Quiebra del Guayabo, y la Calle del Mico, y el Carretero, y la Expansión, y el sentido que tenía para los manizaleños raizales la Quebrada de Olivares. Todo eso sería motivo para una evocación lírica que enterneciese a quienes allí acunaron sus días y sus sueños. Pero no tenemos oportunidad de dedicarnos al solaz, pues los fundadores nos ponen en el tremendo aprieto de seguir su odisea y su lucha. Odisea y lucha que resplandecen como un ejemplo, igual a como brillaba la limpia hoja de sus machetes. De estos recodos suaves que hemos logrado en este capítulo, tenemos que seguir las peripecias de la tierra, que siempre conducen a un amplio escenario donde el ser se empequeñece frente a su magnitud, pero de donde, también toma energía para su consagración vital.

  Todos estos episodios se han ido sucediendo en medio del monte. Para donde se mire solo hay montaña cerrada, cuajada de peligros. Y frente a su majestad todo se siente reducido. Pero vendrán nuevos ímpetus desconocidos para imponerse contra ella y vencerla hasta domesticar su furia natural. El colono hemos visto que vino a reivindicarse de la pobreza. En Antioquia y lo que no estaba sometido a los títulos reales, estaba sangrando en la erosión y en la ausencia de la capa vegetal. Pero por donde su hacha abría rutas y derrotaba los árboles corpulentos, se venía el latifundista. La importancia de este peregrinaje radica en que aquí se libra el combate entre el papel sellado y la semilla que germina. Entre las rúbricas palaciegas y el machete y el hacha proletarios. Entre las sentencias abroqueladas de incisos y artículos pretenciosos y el destino de una raza. La imposición contra el feudalismo aquí alcanzó su dramático período. Era el sometimiento a la Corona el que quería prevalecer contra la expansión de un pueblo beligerante y confiado en el futuro. Por ahora nos basta saber que escrituras, mamotretos, prejuicios, duras y tremendas aberraciones de la economía, querían detener un movimiento popular. Es la oposición de dos criterios: de quienes querían usufructuar sin laborar, y el de aquellos que llegaron estimulados por el afán de hacer cumplir el veredicto de que todo aquello que enriquece, enriquece mi raza. Pero nada los detuvo. Los colonizadores empezaban a entender que la solución de su angustia estaba en ese mundo cruzado de peligros. Ellos, como don Benicio, el hermano de Antonio José Restrepo y como éste lo refiere en alguna de sus páginas salpicadas de reminiscencias clásicas y picarescas escenas, lanzaban su grito de reto:

  “A un lado serpientes, alacranes, avispas, tarántulas, ciempiés, hormigas rondadoras, trasgos y fantasmas, diablos y demonios que aquí va un hombre con hambre”.

 

Continuar

Indice

 

 

Comentarios () | Comente | Comparta c