Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO V

ELCRITERIO AGRARIO- 1
Noticias Sobre Las Capitulaciones

Desde la democrática y legendaria Ríonegro, en Antioquia, salió don José María Aranzazu hacia Santa Fe de Bogotá. El camino para su tránsito era por Arma a coronar el páramo de Arvi, o de Herveo. Eran tierras de una feracidad extraordinaria cruzadas por leves brechas, sin cultivos ni dueño. La Corona era, por derecho de conquista, la única propietaria de tanta magnificencia. Las antiguas tribus que habían atravesado esos caminos selváticos, que lograron establecer sus cultivos, que trataron de formar una civilización, se vieron urgidas al sometimiento. Don José Maria, que como español por primera vez recorría estos rastrojos americanos, comprendió que el futuro económico de la comarca era de una incontrovertible abundancia. Pues él que ni tímido, ni corto fue, resolvió solicitar para sí una Capitulación Real. Ese era un medio apropiado para resolver por muchas decenas de años la angustia económica. Solo se necesitaba que viniese el papel de España, que se autenticara con el sello real. Lo de cultivar era otro tema, que no preocupaba al español enclavado en una provincia de la Nueva Granada. Lo esencial, en su criterio, era lograr una adjudicación de vastas extensiones que le diesen una nueva coyuntura de hacer lucir su nombre con prestigio de riqueza. Ya la obtendría. Y aprovecharía para imponer su apelativo a la admiración atónita de estas gentes que solo tenían del mundo el goce de unas selvas feraces.

El solicitante apareja la documentación. Que la Capitulación Real sea amplia y jugosa es lo que pretende. Ya le ha dado una mirada, en su viaje hacia la capital, a lo que debe pasar a su dominio. Ningún otro título podía exhibir ante la Corona. Pero no había necesidad de otro. Lo que abarcó su vista, lo que dominó con su mirada ávida de riqueza, fue aquello que solicitó. Nada menos que lo que actualmente está entre el río Arma, limite con Antioquia, y el río Chinchiná. Es decir, los Municipios de Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Filadelfia, Neira y Manizales.  ¡Solo esa modesta  faja! Nadie podría extrañarse, ni tildar de ambicioso a don José María, cuando ya había adjudicaciones que cubrían desde el Cauca hasta el Atrato. De manera que el español en sus gestos, en su sangre, consideraba un acto elemental de la Corona que le otorgase ese sencillo y simple privilegio. Realmente el estado español poco iba a sacrificar. En cambio, uno de los suyos iría a ganar en preeminencia, en autoridad, en prestigio. Y el solicitante sabia que era lo natural y lógico dentro de la economía colonial. Se cumplía la afirmación de un autor: “La tierra en la Colonia se dividió en grandes fundos otorgados a las familias de los conquistadores, a cortesanos favoritos o a catedrales y monasterios. La nobleza privilegiada con los latifundios se concentraba en las ciudades a dar pernicioso ejemplo de lujo y de molicie. Era una organización aristocrática y eclesiástica”.

  Don José María, claro que debía ser un cortesano favorito. Porque no hemos hallado el relato de sus hazañas. Sea de ello lo que fuere; lo cierto es que en 1801 la Corona le dio la Capitulación Real que él pretendía. No alcanzaron a hacerle entrega, porque la Independencia se interpuso. Pero ese era un formulismo innecesario. Ya llegaría el tiempo de alegar los títulos contra el cultivo. Ya habría oportunidad de hacer patente, ante personas miserables que buscaban reivindicación, que vale más un “vistazo” a una extensión inapreciable de tierra, que el reclinarse sobre ella con afecto y devoción creadores.

  Para el observador desprevenido esta manera de adquirir la tierra es un proceso extraño. Pero en la época era lo normal, lo lógico. Podía no ser lo justo, pero era lo establecido. Todo no obedece a un capricho, a un resabio colonial. Ni a un miramiento desapacible para América. Era, simplemente, algo que encajaba dentro del criterio agrario de la época. Cada siglo trae su concepción vital acerca de cada uno de los aspectos esenciales de los pueblos. Esta era una manera de ser, de actuar, de vivir en España, y, de relance, en América. Bastaría repasar el proceso económico de la tierra allá, para que nos demos cuenta de cómo repercutía aquí. Y este relato no es inoportuno pues ya veremos cómo la Capitulación Real se levantará contra la Colonización que impulsó la Independencia. Y cómo los prejuicios jurídicos se prolongan hacia la fundación de Manizales y empiezan a embrollar todo un nuevo concepto que habían fundido en su empresa los colonos de la República. Veámoslo.

  Entre otras de las causas de la guerra contra los Moros en España, está el afán de acaparar las tierras que ellos habían puesto en condiciones de productividad, en un verdadero alarde de técnica agrícola. Todo con el objeto de hacer la concentración de la propiedad, que es la característica primordial del feudalismo. Allí aún seguía vigente y con fuertes reminiscencias, lo medioeval y lo renacentista. Todo se prolongará hacia América, posteriormente. Y no se advierte que haya un juicio que establezca que el cultivo sea título suficiente para adquirir la propiedad. El espíritu de conquista sigue predominando en el acaparamiento de ella, cumpliendo así los métodos que prevalecían en la época.

  En cuanto a los baldíos, la política que se implantó en España la podemos sintetizar siguiendo el pensamiento de sus monarcas. Terminada la guerra con los Moros, apareció una política de piedad, alegando que los baldíos eran de los pobres. Felipe II, Felipe III y Felipe IV prohibieron su enajenación, pues ello llevaría a la concentración en manos de los ricos, que eran los que estaban en capacidad de comprarlas. Felipe V reaccionó contra tal sistema, acentuando el espíritu feudalista de la época. Fernando VI vuelve contra su antecesor y declara de nulidad absoluta las enajenaciones y adjudicaciones hechas desde 1737.

Pero Carlos III regresa a la política de Felipe V, de ventas. Carlos IV siguió esta inclinación económica, ligeramente morigerada. Fernando VII, sin miramientos, ordenó la venta. Como se ve en esta rápida enumeración, existía, en cuanto a los baldíos de España, falta de una orientación fija, que concuerda precisamente con las características que nosotros hemos señalado. No hemos escuchado que el cultivo dé ninguna ventaja, ni establezca ninguna prerrogativa. Ni que se impusiese ninguna limitación en el acaparamiento de las fuentes de producción de tal pueblo.

  La manera como se orientó el problema de la tierra en América no riñe mucho con la travesía histórica que ella había realizado en España. En la Conquista, llevaban todo el jugo los conquistadores. La adjudicación los favorecía sin límites. En la Colonia aquella se hacía gratuitamente. No vamos a ser tan ingenuos de pensar que el sistema era idéntico en España y en América. Aquí claro que tuvo particularidades específicas. Pero no propiamente ellas favorecen un desvelo humano sobre la pro piedad, ni dan oportunidad a rectificaciones básicas. Aquí asistimos a aberraciones insospechadas, fríos principios egoístas, que eran reflejo del espíritu de la Conquista y de la Colonia.

  Desde el año de 1497 se iniciaron los repartimientos en América. La Carta Patente fue fechada en Medina del Campo y autorizaba a Colón para hacer entrega a toda persona que viniese en los viajes de descubrimiento. Y así lo disponía en su parte más esencial: “amojonando a cada uno lo que así le diéredes o repartiéredes, para que aquella haya e tenga e posea por suyo e como suyo, e lo use e plante, e labre e se aproveche dello, con facultad delo poder vender e de dar e donar, e trocar e cambiar e enajenar, e empeñar, e facer de ello e en ello todo lo que quisiere e por bien tuviere, como cosa suya propia, habida de justo e derecho titulo”. La única obligación, ni derecho, ni consigna, que no se escucha, es que el trabajo deba cumplir alguna función sobre estas extensiones repartidas. Parece que en España poco preocupaba el trabajo, pues todavía el sentido romano de la propiedad tenía su vigencia totalitaria.

  Pero se nos puede objetar que ello no siempre sucedió así. Que más adelante la Corona se preocupó de que variasen las obligaciones, de que ellas tuviesen, además, una orientación económica. Que se alcanzase un resultado práctico para el engrandecimiento de América, favoreciendo, de paso, la manifestación del espíritu altruista de los Reyes. Realmente así quedó estatuído en muchas capitulaciones. Pero el resultado práctico fue ninguno. No se hizo visible. Hasta ahora no se ha podido demostrar con argumentos que se establezcan en el fenómeno económico agrario de la Colonia, que esas disposiciones hubiesen tenido aplicación. Muy al contrario, por todas partes las selvas continuaban imperando, mientras se operaba un agudo desequilibrio entre la producción agrícola y las urgencias de abastecimiento. Por ello la síntesis del profesor Ots Capdequi, a pesar de afortunada, no logra convencer a quien repase el proceso agrario de Nueva Granada. El dice en su resumen que el jefe de la expedición descubridora quedaba obligado a la fundación de un número determinado de ciudades. “Se le facultaba, con tal finalidad, para que pudiera repartir tierras y solares, pero se prevenía que semejantes repartimientos se hicieran sin perjuicio de los indios y que los favorecidos con estas reparticiones solo pudieran adquirir el dominio de las tierras adjudicadas mediante la resindencia de un lapso de tiempo que cambió de unas capitulaciones a otras, cuatro, cinco y hasta ocho años en ocasiones. Pero a pesar de la afirmación no se nos hace claro aún. Parece que en este caso el espíritu de trabajo no requiere estar fuertemente aferrado al que goza de la capitulación. Bien se comprende cómo en los círculos aristocráticos españoles ya prevalecía el juicio ligero y transaccional de que “el trabajo ennegrece, empobrece y embrutece”.

Tampoco quedarán satisfechos quienes estudien todo el proceso de las capitulaciones desde el punto de vista histórico, ceñidos exclusivamente a las recomendaciones escritas. Porque sí hubo disposiciones que atendieran al afán de incorporar las tierras a un activo proceso agrario. Y pueden levantar papeles y papeles eruditos en sentencias y admoniciones. Pero no pueden exhibir una estadística que demuestre la bondad y eficacia de esas prédicas. Ellas se quedaron secamente enunciadas, con deseo imperativo, pero los aventureros de la Conquista o de la Colonia, también lograron olvidarlas con suave parsimonia. El historiador Hernández de Alba —citado por Mardonio Salazar— advierte que la cédula de San Ildefonso señalaba la posesión económica como único medio de adquisición y lamentaba que “las conquistas actuales colombianas en el Régimen de Tierras, no pudieran llegar más allá de donde fue S. M. Católica en 1780”. No nos consideramos relevados del deseo de transcribirla, tomándola de la misma obra de Salazar. Dice así: “Y habiéndose visto todo en mi Consejo de las Indias con los antecedentes del asunto, lo que informó la Contaduría General, y dijo mi Fiscal, he resuelto, conformándome con el dictamen del anunciado Juez de realengos, y con el de esa mi Real Audiencia, que en todo ese Virreinato (el de la Nueva Granada), no se inquiete a los poseedores de tierras realengas en aquellas que actualmente disfrutan y de que están en posesión en virtud de correspondientes títulos de venta, composición con mi real patrimonio, contrato particular, ocupación u otro cualquiera que sea capaz de evitar la sospecha de usurpación, ni obligarles a que las vendan, ni arrienden contra su voluntad, y que si algún interesado tiene por conveniente deslindar, y amojonar, según la actual posesión de las que disfruta, puede executarlo con autoridad judicial, en esta diligencia el Juez del Territorio, con mucha moderación en la exacción de sus derechos, sobre cuyo punto estará muy a la mira del Juez privativo de realengos. Por lo respectivo a las tierras valdías, que en el día pertenecen a mí Real Patrimonio, y de consiguiente éste pueda enajenarlas, he resuelto conformándome con lo expuesto por el Fiscal de esa Audiencia (de cuyo dictamen fue vuestro antecesor y soys vos) que se conceden graciosamente a los sugetos que las quieran desmontar, bajo de las calidades que propuso el mismo Fiscal, y entre ellas la de que en preciso término que se asignare las hayan de desmontar, sembrar y cultivar, mantenerlas siempre cultivadas con pasto o con siembras, según su naturaleza, excepto el tiempo necesario para su descanso, pena de que si no executaren pierdan el derecho a ellas, y se adjudiquen a otros, prefiriéndose al que denunciare, y con la calidad también de que a ningún sugeto se conceda más porción de tierras que la que buenamente pudiese labrar, atendiendo su caudal y posibles, cuyo requisito se examinará atentamente, y con brevedad, poniéndose para conservar la medida y posesión, linderos fijos y durables, que nunca se muden, antes, si, se conserven a costa del dueño del Terreno, a fin de evitar por este medio dudas y pleitos sobre amojonamientos: a cuyas calidades he resuelto añadir la de que la concesión de tales Tierras se execute por toda la Audiencia, y por conformidad de dos terceras partes de votos señalándose al mismo tiempo de la Concesión el término dentro del qual debe cultibarse aquel Terreno, cuyo señalamiento se hará atendidas las ocurrentes circunstancias. Finalmente he resuelto procureis con eficacia pero por medios suabes, que los actuales legítimos poseedores de tierras incultas las hagan fructíferas, o por sí mismos, o arrendándolas, o vendiéndolas a otros”.

  Esta puede ser la justificación legalista de la Conquista y la Colonia. Pero la realidad social era otra muy distinta. Los enunciados jurídicos no se acomodaban a los hechos humanos, a sus consecuencias. Estos prospectos de la Corona, se ven contradichos por la historia. La Conquista se fue extendiendo con un absorbente sentido mercantilista. No prevalecía interés por crear riqueza. Solo preocupaba la succión de los metales. Bastaría observar cómo toda la odisea de la Conquista se encamina hacia los centros productores de oro. En Caldas particularmente podríamos advertir que toda la economía de esa época va hacia aquellos lugares en donde los metales refulgen con su propio encantamiento. Y que los años finales de la Colonia giran en su economía, en torno a Marmato y Supía, que fueron y siguen siendo lugares privilegiados por el oro y la plata. Había un deseo de enriquecimiento. Pero no asomaba igual interés por estabilizar una riqueza, que dependiese de las propias condiciones de la tierra. Si nos vamos detrás de los relatos de los cronistas, alcanzamos en ellos descripciones fantásticas de lo que sueñan acerca de “El Dorado”. El oro, y la fiebre de llenar las arcas, va creando esa mareada de injusticias por lograr el dominio de los metales, en términos breves. Ese fue un grave error de la Conquista y de la Colonia. En la primera época “despojaron los templos y los palacios de los tesoros que guardaban; se repartieron las tierras y los hombres, sin preguntarse siquiera por su porvenir como fuerzas y medio de producción”.

  No podríamos olvidar, tampoco, que las empresas de descubrimiento tuvieron mucho de carácter privado. La razón para ello fue la de estar el Estado Español en incapacidad de atender todos los gastos que demandaba empresa de tal envergadura, y tuvo que aceptar que gentes con capital facilitaran los medios para llegar al objetivo propuesto. Lógicamente de allí nacían concesiones que implicaban aberraciones jurídicas y sociales muy perniciosas. Pero la situación de las arcas de la monarquía obligaba a esas transacciones, que luego confluían a la injusticia y al acaparamiento. Así nos vamos explicando muchos de los hechos que nos parecen extraños, a una concepción creadora de la Conquista y la Colonia.

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