Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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CAPITULO VI

  EL CRITERIO AGRARIO II
  Estrella de la Justicia Económica

 

 Tampoco fueron afortunados los intentos por hacer participar a los agricultores en aquellos viajes de leyenda. Ya vimos cómo los sectores aristocráticos se oponían tenazmente a que sus gentes de campo trajesen ese sentido recóndito que de la tierra posee el campesino de cualquier sitio. Ellos con egoísmo le restaban a la Corona la oportunidad de que aquí la riqueza se engrosase con una economía propia. Porque los cultivos que se establecieron fueron subsidiarios de la mina, contribuían a sostener el personal que se empleaba para la extracción del oro. El Padre de las Casas también intentó organizar dos expediciones de labradores, y en ambas no tuvo éxito. Había ya un camino diverso que empujaba a la aventura, que se confundía con la leyenda de los metales, pero que no conducía al implantamiento de un sistema agrario en nuestro suelo.

El conquistador nunca supo cuánto duraría su aventura. Siempre llegaba con la pasión de enriquecerse y regresar a lucir el trofeo de su ambición. Y a compartir la molicie de tantos que así ya lo habían establecido como el mejor sistema de unirse a ese tormentoso y fantástico mundo de las Indias. De allí que no podía nacer una visión agraria permanente, en ese juego en el cual solo se comprometía el hombre a satisfacer su fantasía y a lograr para sí jícaras repletas de metales preciosos. Así no se funda ni organiza un sistema económico. Lo primero y esencial es que el hombre sienta que en esa tierra tiene la vida su origen y su fin, que se confunde con ella en todos los jugos nutricios: desde el nacimiento hasta la muerte. Quizás en ello influía la anotación sociológica que formularon después de observar el carácter de los conquistadores: se advirtió que en ellos había “mezcla de respeto y de desconfianza que les inspiraron siempre los Andes, de los cuales no llegaron jamás a sentirse realmente señores”.

En el campo jurídico se sostuvieron en aquella época arduas discusiones acerca de quiénes eran los legítimos dueños de la propiedad.  A la Corona sus consejeros siempre le extendieron explicaciones formalistas para que sus órdenes confluyesen al acaparamiento total de la tierra y de sus habitantes. Francisco de Vitoria en cambio alegaba con profusión de apoyos jurídicos que “los indios (aunque infieles) antes de la llegada de los españoles eran legítimos señores de sus cosas, pública y privadamente”. Pero eso no interesaba. La Conquista para algo se cumplía. Y algún rédito debía ofrecer. Este se fue percibiendo a través de multitud de sucesos. Ya vimos el carácter de codicia que tuvieron esos movimientos. Más tarde las tierras fueron repartidas en pago de la audacia de haber llegado hasta estas colonias ultramarinas. Y no hubo tampoco un especial interés en su aprovechamiento económico. Pero como en la Colonia había un rígido concepto fiscal, que se extendía a través de todas sus disposiciones, lo menos importante es averiguar si hay obligación de respetar aquellos indios y sus posesiones. Lo vital era someterlos a su Rey. Esa era la conquista por el exterminio. Lógicamente implicaba un desplazamiento e inestabilidad de los cultivos que tuvieron los naturales. La primera que sufrió fue la agricultura. No existió, por lo tanto, criterio agrario.

La tierra inicialmente se repartió sin obligaciones. Posteriormente principiaron a nacer algunas. Luego fueron tan amplios y exigentes los impuestos sobre ella, que los titulares las tuvieron que dejar de cultivar. Así el tránsito hacia el latifundio era elemental. También se notó que no había una valoración de lo que el hombre, el indio, representaba económicamente. Con un sentido objetivo sobre el valor de la agricultura, aquel no hubiese sido sometido con perjuicio de su exterminio. Pero lo agrícola no era la finalidad. Lo trascendental era la extracción de metales. Para ello el indio no daba suficiente resultado. No había por qué conservar su existencia. No encajaba dentro del ritmo de aprovechamiento que presidía el movimiento. De allí la política frente a él: primero se intentó venderlo; pero al advertir que su precio no era apetecible, optaron porque pagase un tributo. Como el conquistador había arrasado con su riqueza, no tenía recursos. Quedaba una fórmula: que pagase en servicios personales, pues para ello brincaba la solución leguleyista: “son menores con necesidad de tutela”.

  Así apareció el encomendero. En 1718 se acabó la encomienda, pero se apeló a las reducciones y los corregimientos. Los indios repartidos en encomienda, debían vivir agrupados, separados de los españoles. Después se idearon los impuestos, que iban del tributo a la mita. Como se ve, todo no conducía propiamente a una activa vida agrícola, ni la favorecía, que es lo que nos ha interesado estudiar en este capítulo.

  Diego Mendoza Pérez, en su obra “Ensayo sobre la Evolución de la propiedad”, sostiene que “la propiedad consolidada en la Colonia y aparecida en la República, asienta en una base, no solo anticientífica, sino abiertamente feudal y aborrecible”. Y a través del periodo que hemos venido estudiando lo importante eran las adjudicaciones de minas, pues estaba centrada la atención en la búsqueda y explotación del oro. Todo lo de la tierra ocupaba lugar secundario.

  La feudalidad fue lo que nos dejó la Colonia. Es decir, el prejuicio de que todo debe estar encerrado dentro de los limites del egoísmo del dueño. Lo demás no tenía significado. Ni había sentido comunal, ni colectivo. Por ello no podía cumplirse un vivo proceso de la agricultura. Ello reñía con la herencia que nos quedaba. Que luego se prolongaría hacia la República. Cuando lleguemos a dilucidar el problema de las tierras de Manizales, había “mezcla de respeto y de desconfianza que les inspiraron siempre los Andes, de los cuales no llegaron jamás a sentirse realmente señores en los pleitos que se entablaron contra los colonos y los caseríos, comprenderemos la necesidad de este recuento histórico. Porque de aquí arranca algo de lo que hasta allá se prolongará en injusticia y en dolor para los colonos. Ya veremos cómo el título se incrusta en la República, haciendo que los creadores de riqueza se vean amenazados por el empuje jurídico de unos títulos que conducen a un nuevo camino de miseria. Porque ellos no llegaron con más amparo que su hacha descuajadora y su ruana. En cambio, los otros, simbolizados en la compañía González Salazar & Cía., estaban custodiados por la Cédula Real y sus defectos. Hasta Manizales avanzará el polvillo de la Colonia, hasta allí se prolongará su efecto. Pero para fortuna de un pueblo, desde su fundación principia a correr un nuevo destino económico agrario en la República. Esos proletarios que hasta esa colina arribaron dan una batalla fundamental, que se les había olvidado a los creadores de nuestra nacionalidad: la independencia de la tierra. España y su colonia quedan atrás. Pero su feudalismo todavía se hará sentir por mucho tiempo. Para que se vea que no hemos exagerado en nuestras afirmaciones, queremos recurrir al juicio de un autor españolísimo, el profesor José María Ots Capdequi, autor de varias obras sobre estos problemas, quien nos saca valederos: “No puede afirmarse que, con respecto a estos territorios de las Indias, existiera por parte de los hombres de gobierno de España una verdadera política agraria y ganadera”.

  Ya veremos si unas gentes paupérrimas, con un bronco sentido de la existencia, van a darle una nueva dimensión económica a la República. Detrás del machete y del hacha colonizadores hay toda una política agraria. Siguiendo el curso de la existencia de esos proletarios, alcanzaremos una nueva estrella de la justicia.

                                                 

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