Testimonio de un Pueblo
Otto Morales Benítez

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  CAPITULO VII

    DESDICHAS DE UN PLEITO - 1
El Papel Sellado Contra la Colonización

 

  Las capitulaciones tenían tan perniciosos resultados que la misma Corona se vio obligada a rectificar esa política. Entonces comenzó a señalar nuevos derroteros en la vida económica de las Indias. Pero los desastres ya se habían producido y los oligarcas de la tierra no estaban dispuestos a aceptar las disposiciones de ultramar. Ya era una situación jurídica creada, con males irreparables, por cierto. Claro que la alarma se fue extendiendo en las oficinas reales y las medidas tendían a detener ese proceso de dañina influencia en la vida fiscal de la Corona. Era el resultado invariable del carácter privado de la Conquista, como tuvimos oportunidad de verlo en el capítulo anterior. Así la lucha contra las Capitulaciones nacía en el centro de la misma España, donde se había hecho sensible la ausencia de una política económico-agraria.

  Aquí debía tener influencia fecunda. No podía aplazarse un proceso que era indispensable para el mejor desenvolvimiento de nuestra economía. Mon y Velarde, el Oidor de Antioquia, realiza una labor que ha sido hábilmente glosada por Tulio Ospina, Alejandro López y Ramón Franco, entre otros. Antonio José Restrepo, en cambio, en réplica al libro “Problemas Colombianos”, afirma que no tiene ni tánto valor ni tánta importancia como la que le han asignado sus exegetas. Pero ello no nos extraña, pues en el mismo texto sus tesis económicas, advierten su intransigente concepción individualista. En todo caso, el Oidor efectuó una reforma en el medio social de Antioquia, que le dio ímpetu muy creciente a la colonización. Así modificaba el ambiente jurídico y humano que prevalecía, y que tanto daño hizo al pueblo, pues solo había logrado su estancamiento. Porque nada tan perjudicial como una legislación que no consulte el ritmo de una época. Con Mon y Velarde las Capitulaciones no tuvieron valor, pues él autorizó la ocupación y posesión de las tierras. Era un deseo revolucionario el que venía a primar desde ese momento. Para él lo fundamental era revocar el espíritu feudalista. Sería suficiente recordar que hizo expropiaciones para fundar pueblos que ayudasen a concentrar gentes palúdicas o a separarlas del comercio social por sus defectos criminales. Todo ello influyó de manera notable. Bastaría pensar que la agricultura y la minería durante su gobierno alcanzaron un amplio desenvolvimiento. La síntesis de su obra podría ser la siguiente: “la holgura económica incrementó el intercambio de géneros con Mompós, Mariquita, Honda, Popayán y Quito; al sacudir la inacción y convertirse en propietarios aquellas gentes, remansadas antes en la molicie, aumentaron los matrimonios y la consecuencial proliferación, pues cada familia tiene un promedio de ocho hijos; el aumento de población produjo la ocupación de nuevos territorios, la fundación de pueblos, y el expansionismo creciente. Se inició entonces el éxodo hacia el sur y las selvas del territorio de Caldas empezaron a caer al golpe del hacha conquistadora".

  Pero todo no podía aparecer inesperadamente. El camino de la colonización se va abriendo por entre dificultades sin cuento, donde el hombre vence en su interés de conseguir descanso para su pobreza. El gran impulso del colonizador logró desbaratar argumentos, argucias y enmarañados prejuicios leguleyos. Esa es la gran batalla de esa epopeya, que cumplieron seres modestos y sencillos, sin otro gran titulo que el de ampararse en el trabajo. Lo ejercitaban casi con sentido bíblico. Y el ejemplo que desató el Oidor se fue extendiendo en ansias conquistadoras. El hombre ya no se sintió desamparado, ni amarrado a prejuicios. Si el gobernante de extracción española autorizaba ciertos hechos económicos, nada más prudente que continuar su ejemplo y su enseñanza. Y con mayor razón cuando ella fue creadora. Porque ninguna holgura había en esa comarca antioqueña. A pesar del oro, sus desgracias eran elocuentes. El padre Joaquín de Finestrad, en 1785, sostenía que ese metal era la causa del atraso de las provincias. “La de Antioquia que toda está lastrada de oro, es la más pobre y miserable de todas”. En el colono, por lo tanto, había una honda fuente de esperanza reivindicadora.

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  Al principio, siguiendo la tradición de la Colonia, se vinieron en busca del oro hasta los “Valles Altos de Sonsón”. Por allí principia el camino hacia Manizales. De allá darán el brinco a las tierras de Caldas. Pero ya desde 1763, don Felipe Villegas, español de Burgos, que tenía varios años de asiento en Rionegro, logró una concesión sobre tales tierras. En 1787 llegaron a Sonsón los aventureros de las minas: los pleitos se derramaron sobre esa punta de Antioquia. En el fondo la razón de su tránsito es un hecho social. Hay un claro interés por solucionar su inquietud económica. Ellos los sintetizan en un memorial de 1789: “Hemos sido llevados a este movimiento por nuestra extrema pobreza en bienes materiales y por la escasez de tierras, ya para cultivarlas como propias o en las cuales construír habitaciones para nosotros y para nuestras familias”... Nada que indique con mayor precisión el interés de los colonos. Ese documento es de una elocuencia sobre el aspecto sociológico de la colonización, que releva de fraguar conjeturas o formular aseveraciones generosas.

  Era tal el espíritu de esas personas paupérrimas, que solo deseaban una parcela para descansar en su odisea humana. Porque ninguna zozobra tan honda como la que nace de no tener donde “reclinar la cabeza”. Y ya se sentían comunitarios y familiares en su división de fecundadores del agro. Pero el pleito, con sus secuelas de injusticias por la presión del capitalista, se interponía en esos sueños de descanso. Entre el título y la agricultura se iniciaba el debate. Duraría muchos años. Los colonos buscan entonces la defensa de su esfuerzo. Proponen compra al Gobernador, que no alcanza a entender el significado de algo que principiaba a redondear los cimientos de la futura nacionalidad. No se aceptaban propuestas. Pero fue tal el empuje y decisión de los colonos, que lograron que la “compasiva corona recusara el título de Villegas, apoyada en el argumento de que no habían sido desmontadas y mejoradas, como lo exigía la real cédula de agosto 2 de 1780”. Por fin la celebérrima disposición, llamada de San Ildefonso, venía a prestar un concurso efectivo, elocuente en su ejemplo. Pero pronto se olvidaría ese antecedente. Reinaría nuevamente el concepto feudal y los leguleyos podrían más que los machetes pendencieros y creadores.

  Veintisiete años se demoraron los colonos para venir a fundar a Aguadas, “esquina de la estirpe”, como la llama el escritor José Hurtado García. Sus terrenos habían estado cerrados para la agricultura, para el engrandecimiento comunal, para el porvenir de la colonia y de la república, más de trescientos años. Solo don José María Aranzazu se había acordado de esa comarca donde el humus aún no se ha podido consumir en años de trabajo y de escanciamiento económico. Porque ella vuelve a renacer en capacidad productora en cada nueva solicitud que le hace el hombre. Pero ningún sentido creador llevó a la región el señor Aranzazu. Solo tenía la Capitulación bien fechada en 1801.

  En 1817 ya los colonos venían por Sabanalarga, primer asiento de Salamina. Desde allí dirigieron sus mensajes petitorios para el gobernador de la provincia. No fue concedido por éste el permiso de fundación. Pero ya la Independencia principiaba a dar sus frutos y los colonos, también paupérrimos, allí se detuvieron a despertar una conciencia patriótica para mirar con diferente concepción los problemas económicos de la república.

  Y hacia adelante van. Ya los pleitos de la célebre concesión se han desatado contra las gentes modestas que arribaron hasta Caldas a poblar y crear riqueza. No vinieron adelante los dueños. No. Pero la ruta que abrió el machete colonizador les sirvió de claro para advertirles que allí estaba la fuente de riqueza que podían aprovechar en un proceso de valorización. Esta palabra aún no se usaba, pero los ricos intuían el fenómeno. El papel sellado detenía la agricultura. Entre un inciso leguleyo y un capítulo dramático de lucha contra la selva, la balanza tenia que inclinarse antidemocráticamente a favor del formalismo jurídico. El mundo nunca podría entender que no eran los mamotretos coloniales los que podían interponerse en el curso de la revolución social que ya había desatado la Independencia. Los pleitos van empujando a los precursores de Manizales. Algunos, como Marcelino Palacio, ayudaron a la fundación de Neira y luego, las incomodidades y rigores de la contienda jurídica, los empujaron hacia el Sur. Y Fermín López y José Hurtado, de quienes ya hicimos memoria en las primeras páginas de este libro, desde allá venían en continuo peregrinar, huyendo del artículo legalista, que caía retador contra el colono apasionado de su tierra.

  No eran desconocidos quienes luchaban en favor de sus títulos reales. Ya vimos que don José María Aranzazu había obtenido la Capitulación. Esta se prolongó en herencia hacia su hijo don Juan de Dios, que ocupó visible lugar en los anales de la formación de la república. En un estudio del académico y erudito Julio César García encontramos relievada su importancia. Don José María tomó su apellido de la anti-iglesia de Aranzazu, en España, a usanza de la época. Tuvieron sus antepasados primacía señalada en el país conquistador. Aquí acamparon renuevos, apegados al realismo, fieles a su tradición y a su concepción políticas. Era la fidelidad lógica al origen. Don José María se incorporé a Antioquia en ese peregrinar de la Conquista y la Colonia. Allí casó con doña Maria Antonia González, hermana de doña Inés, madre ésta de Gregorio Gutiérrez González, ambas hijas del doctor Cosme González. El 8 de marzo de 1798 nació el futuro Presidente. Su inteligencia se pulió en los cuadros bartolinos, de donde fue enviado por su padre hacia Maracaibo, para evitar que se contagiase del morbo independientista, que tan elocuente en hazañas y martirio fue en los estudiantes de la época. Algunos historiadores dicen que en 1819 fue Realista don Juan de Dios, en Marinilla, inclusive con designación de Tolrá. La versión no aparece claramente comprobada. Lo que sí se ha establecido son sus servicios a la república. Varias veces Presidente del Estado de Antioquia. Convencionista de Ocaña, en donde hizo brillar su pasión bolivariana. Secretario del Tesoro en los comienzos de la república. Ayudó a Antioquia en todas las ocasiones, y quedan documentos en los cuales brilla su preocupación regional, en consonancia con los altos intereses económicos o culturales de la comarca. Porque fue un apasionado de los problemas de la educación. En 1841, cuando la guerra de los coroneles, en su calidad de Presidente del Consejo de Estado, fue llamado a ocupar la Presidencia de la República. Todos los cronistas de la época relievan sus condiciones personales. Sobre­salía por su distinción y su cultura mental. Su diálogo era de una suavidad y tersura, que le mereció el calificativo de “Almibarado”, para distinguir sus virtudes en el juego amable y vivaz de la conversación. De su existencia quedan extrañas remembranzas acerca de su escepticismo religioso, que luego se trocó en devoción acendrada. En el momento de su muerte apareció la total reciedumbre de su carácter. Con serena grandeza humana aceptó el desenlace misterioso del curso de los días. Dio muestras de cómo hay una dignidad para cumplir sin estridencias el tránsito hacia la eternidad. Apenas correspondía a su estirpe.

  Cuando las fundaciones venían creando el perfil de la patria, apareció una compañía representando los intereses de la Capitulación Real de los Aranzazus. Luís Gómez de Salazar, de Rionegro, y Elias González, pariente de aquéllos, hacen brillar, con designios trágicos, la razón social de González, Salazar & Cía. Pero antes don Juan de Dios había entablado un pleito y, como lo anota Parsons, “con no poca sorpresa obtuvo lo pedido en Rionegro, en 1824”. Otros autores dicen que la acción se entabló ante la Corte Suprema y que en 1828 fue declarado legítimo propietario. La Capitulación era de 1801 y la Corona no hizo la entrega por los sucesos de la guerra de la Independencia. Hasta el momento ningún acto de posesión habían efectuado los detentadores del título. Todo era montaña cerrada. Desafortunadamente no había logrado permanencia en la memoria de los magistrados, el antecedente de la Corona que había recusado la concesión de Villegas, por no haber dado cumplimiento a las disposiciones de la Real Cédula de San Idelfonso. Durante esa época fueron tantos los pleitos, y tan varia su suerte, que dictaminar hoy detrás de esos mamotretos, es menos que imposible. Pero lo único que sí se advierte es que los colonos le indicaron a los titulares de la tierra que esta tenía un destino, una finalidad humana y creadora. Así no lo entendieron los magistrados y leguleyos de la época. Para ellos valía más detener nuevamente el proceso de colonización, que ya se había paralizado durante trescientos años. Entre el título real y el proletario quedaba planteado un fuerte proceso social. Hacia allá vamos en este relato, que sigue las huellas de los pobres hombres que confiaban en la sentencia bíblica según la cual con el sudor de la frente se ganarían el pan. Pero hay sentencias judiciales que no dejan cumplir la enseñanza del Maestro, ni prosperar la justicia social.

  Juan B. López O. nos recuerda que Juan de Dios Aranzazu pidió la posesión al Juez de primera instancia de Rionegro. Pero que los vecinos de Arma —fundada desde la época de la Conquista—, se opusieron resueltamente. La decisión vino en 1828 en favor de los de Arma. Ello debió ser así, porque el autor norteamericano que ya hemos citado nos puntualiza el hecho diciendo que “los Aranzazus abandonaron eventualmente todas sus demandas entre el Arma y la Quebrada de San Lorenzo Es decir, aceptaban que su título no era tan legitimo ni tan favorable a sus pretensiones y renunciaban a continuar la disputa.

  También se establecieron nuevos colonos en lo que después vino a ser Aguadas. Elías González inició demandas legales contra ellos apoyado en los títulos de la Colonia, alegando haberlos heredado de los habitantes de Arma. Aquí tuvieron que ceder los reclamantes. Pero, en cambio, en Salamina el pleito tuvo una duración prolongadísima, después de que Elías González inició las gestiones judiciales contra los pobladores. Desde 1828 el litigio preocupó a los habitantes de Salamina. En 1833, “época en que don Elías, vencido en la parte principal de lo que pretendía”, cedió terrenos en favor de los vecinos. Pero con cláusulas restrictivas. A tal punto, que en 1843, cuando los colonos advirtieron las desventajas, desconocieron el arreglo, pues su situación económica se volvía más precaria y su condición de poseedores económicos no les otorgaba ninguna ventaja. Todo conducía a una suerte irregular en los caseríos. El escritor López expone con claridad el estancamiento que sufrió Salamina, por ejemplo, hasta 1858, año de la transacción del gobierno, que permite un avance permanente y estable de las nuevas fundaciones. Es natural pues “iniciado el litio, que tomó un cariz odioso, dio margen a pendencias enojosas ocasionadas a ultrajes personales, a prisiones injustificadas, a despojos violentos y mengua de intereses pecuniarios”. Es el clásico aparecimiento del gamonal con todas sus presuntuosas y cínicas artimañas.

Como lo sostuvimos al hacer la estampa de don Juan de Dios Aranzazu, realmente no eran desconocidos los que representaban sus intereses. Ni carecían de influencia. Al contrario, tuvieron significación en la república. Y le prestaron muchos y eficientes servicios, desde sitios en los cuales la inteligencia hace sus más gratas apariciones. Elías González, que ha venido figurando a través de estas páginas, era un clásico hombre de empresa, endurecido en toda clase de batallas: las económicas, las políticas, las guerreras. Como hombre que acepta el mandato de la época, participó en todas sus aventuras y desventuras. Era individuo de fuerte resolución, incapaz de detenerse cuando había iniciado la marcha hacia la conquista de algo. Su temperamento voluntarioso y resuelto, libre de prejuicios que lo atenazaran, se imponía por su agresivo mandato. Nunca vaciló en el cumplimiento de lo que él consideraba su deber. Aun cuando ese deber implicara las acciones más disímiles. Fue congresista en varias ocasiones. Cuando la guerra de 1841 se fue desde Bogotá, pidiendo licencia de su cargo de Representante, para participar en las batallas. Y estuvo en varias y con gran energía obró en todas. En la celebérrima del 5 de mayo de 1841, en Salamina, tuvo una acción destacada, al lado de Braulio Henao y Clemente Jaramillo. A tal punto fue singular su conducta que el Congreso, el veintiocho del mismo mes y año, decretó que en la sala de sesiones de la Cámara de la Provincia de Antioquia apareciera su nombre, en letras de oro, al lado de los de sus compañeros de armas. Porque ellos no vacilaron en defender sus principios, su verdad. Con una decisión que los cronistas relatan como la verdadera aparición del hombre en sus manifestaciones más plenas. La anécdota que refleja el coraje es aquella respuesta de Henao, cuando un soldado le interrogó:

  —En caso de derrota, mi Comandante, ¿ dónde es el punto de reunión?

  El punto de reunión?, le contestó el General: en los infiernos.

  Allí intervino como contendor el Coronel José María Vesga, que comandaba las tropas de Antioquia. Esto sucede en desarrollo de la guerra que proclamó el Padre Villota en Pasto contra las medidas tomadas por el Gobierno acerca de los Conventos la libertad de confesar y predicar. Posteriormente Obando tomó la iniciativa en la defensa de los intereses religiosos. Cuando Vesga trató de pacificar no pudo, pues los ánimos estaban alterados en la doble pasión de partido y de criterio religioso. En Salamina fue puesto preso en el encuentro en que intervino Elias González. Y su final lo relata don Juan B. López de la siguiente manera: “El 9 de agosto fueron fusilados en Medellin  el Coronel José María Vesga, los Comandantes Tadeo Galindo y Juan Antonio Gutiérrez, el Teniente Pablo Vegal y el doctor Atanasio Méndez. Habían sido condenados en primera instancia por el Juez de Medellín. La sentencia quedó confirmada por el doctor José María Vélez, Ministro del Tribunal de Antioquia. Esta corporación le pidió gracia al doctor Aranzazu, a la sazón encargado del Poder Ejecutivo, pero éste no quiso atender la petición. Vesga luchó en Juanambú, Jenoy, Piedras, Pichincha, Matará, Junín y Ayacucho. Con Sucre estuvo en el Portete de Tarqui”. Tadeo Galindo fue el padre de Aníbal Galindo, que luego tendría tanta importancia política y su obra tanta trascendencia en el problema agrícola colombiano.

  Como se observa, los hechos políticos se iban trenzando duramente con las disputas por los bienes terrenales. Los interesados en reivindicar las parcelas, a la vez confluían a la misma provincia a librar contiendas en favor de sus ideas. Las gentes, en su primitivismo, iban aunando los hechos, y el pleito, mientras tanto, continuaba. Y tomaba acritudes inusitadas. Se tornaba el ambiente incómodo. Nadie podía estar ausente de la disputa. Todas las fuerzas vivas de los caseríos se confundían en la aspiración de tomar partido a favor de quien lo inclinaba su conciencia o su ambición. Don Manuel de Pombo, en su conocida relación de viaje, pasó por Salamina y Manizales. Nos recuerda que la Compañía tenía amigos que le ayudaban en forma encarnizada. El padre Ramón Marín, de Salamina, por ejemplo, se puso al lado de los colonos, interpretando el acto de justicia social que implicaba su lucha contra todos los poderes. Contra el levita se emplearon todos los sistemas. Hasta la calumnia llegaron los amigos de González, Salazar & Cía., con el objeto de lograr su retiro.

Para que su ayuda cristiana no cubriese a los campesinos. Para que éstos no sintiesen la protección de manos bondadosas. Y en 1847 arreciaron tanto los dicterios, que el Padre Marín tuvo que abandonar su parroquia porque poderes invisibles se movían para impedir su consejo y su ayuda a los colonos. El Juez Vicente Ospina, hijo de don Juan José, fundador de Salamina, fue apaleado por los amigos de don Elías, por aquél haber dictado providencia a favor de los pobladores en un incidente del juicio. Y veremos cuando lleguemos a los debates de Manizales, cómo el incendio y la muerte coronaban esta lucha. Vuelve a la memoria la definición clásica: “El gamonalismo no está representado solo por los gamonales propiamente dichos. Comprende una larga jerarquía de funcionarios, intermediarios, agentes, parásitos, etc.”

  Recordando los relatos de don Manuel María Grisales, advertimos que en Manizales hubo necesidad de hacer adjudicaciones porque ninguno tenía titulo. Quienes allí llegaron venían a crear su riqueza. No los apadrinaba ningún arrume de papel sellado. Pero sí tenían el impulso creador de la raza. Allí se cumplió la copla de Antonio M. Arango, el Rico, fundador de la capital de Caldas, cuando en 1850, en los primeros carnavales, relata el fenómeno de su progreso:

  “Mi querida Manizales,
ilustre ciudad brillante,
Hija de unos limosneros,
y creces como un “jigante”.
     

                                                          

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