Hotel del Universo.

 

Dice en una gran tabla puesta al frente del establecimiento, al cual se entra por una portada que puede dar paso a cuatro caballos a la vez, y que comunica con un espacioso patio, en el que nos encontramos reunidos y contentos todos los de la familia.

Salió a recibimos un caballero muy garboso y muy ceremonioso, haciendo grandes cortesías y extendiendo la mano a las señoras: vestido como para baile, pero con chinelas bordadas en anjeo y gorro turco colocado de medio lado.

Un criado, sin ruana, trajo un asiento para que las señoras pudieran bajarse del caballo, y otro fue tomando de la brida las cabalgaduras.

—¿Nos da usted posada?, le dije al hotelero.

—De mil amores, me contestó; toda la casa está al servicio de su interesante y apreciable familia.

—¿Y hay potrero para las bestias?

—En el pesebre quedarán muy bien, y listas para la hora en que el caballero—cuya gracia hará el honor de decirme—las necesite. Yo me llamo Polidoro Rizo, para servir a usted y a toda su distinguida familia, cuyos pies beso.

—Mil gracias, señor, le contesté; por ahora lo que deseamos mi mujer, mis hijas y yo, es descansar.

—Sigan ustedes, mis apreciables señores, al salón de recibo, allí estarán muy confortables, y pueden las bellísimas señoritas recostarse en los divanes.

Entramos al salón de recibo, escueto, desamueblado, ventoso, teniendo por adornos una araña de cristal en la mitad del techo, cuatro mesas y cuatro espejos, dos lámparas para petróleo, dos canapés duros, y forrados en damasco, y media docena de silletas que hacían juego con los canapés.

El señor don Polidoro se entró de rondón con nosotros y tomó asiento, sacudió la cabeza para echar atrás la borla del gorro, que a cada instante se le iba sobre los ojos, y empezó un interrogatorio tan riguroso cual si fuésemos nosotros reos de algún delito.

 

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Iglesia y plaza de Facatativá

 

—Como que tuve el honor de ver a estas honorables señoritas paseando en el Parque de Santander con su respetable madre en una ocasión en que estuve en Bogotá. ¿Verdad?

—Es probable.

—¿Cómo está el parque? ¿Muy lindo?

—Sí; muy bien cuidado.

—¿Qué tal el Teatro Municipal?

—Bastante bueno.

—Estas amables señoritas, ¿qué ópera prefieren?

—La Traviata.

 

Interrogatorio empalagoso, que duró tres horas. Imposible que mi esposa se reclinara a descansar ni que mis hijas se aflojasen los vestidos para refrescarse.

Por salir de este impertinente, le dije:

—Quisiera alguna bebida o frutas para los niños, porque están con mucha sed.

—Inmediatamente, tendré el honor de que se les sirva.

En efecto, no habían pasado cinco minutos cuando el criado se presentó con una botella de brandy y varias cepitas, y detrás el ceremonioso hotelero, quien personalmente fue vaciando el contenido.

—¡No, por Dios! le grité, mis hijas no toman brandy, lo que quieren es algo como guarrús, limonada u otra bebida fresca.

—Tengo la pena de presentar mis excusas, pero esas cosas no las hay en un hotel de cierta categoría, ¿Verdad? ¿Preferirían estas angelicales criaturas ginebra?

—No, señor.

—¿Porter?

—No, señor.

—¿ Triple anisado?

—No, señor. ¿No tiene usted un poco de dulce, y agua pura?

—Mi honorable señor: tengo frutas en aguardiente que están exquisitas. ¿Las preferirían estas celebrísimas niñas?

—No, señor. ¿Tiene usted panela y agua?

—Perdón, mi distinguido señor, como nadie pide aquí de esas cosas, no estaba prevenido; y como el agua aquí es tan dañosa, nadie la toma, y prefieren todos una copa de contragabilana. ¿Quiere usted probarla?

—No, señor.

—Soy, pues, bien desgraciado, pero no se me había ocurrido que en un hotel de cierta categoría se sirviesen frutas, dulce y agua, sobre todo ¡agua! Pero, por complacer a usted, voy a mandar a conseguirla.

A fin de que él se saliese, salíme yo también, y me fui a la cantina, que era una pieza de la misma casa, pero con puertas para la calle.

Había en los estantes una hilera de botellas del mismo tamaño y forma, con vinos alemanes; y aunque el contenido debía ser uno mismo, los rótulos se diferenciaban: Oporto, Madera, Jerez, Málaga, Pajarete, decían, para engañar y vender ese horrible tósigo. Había otra hilera de botellas de Brandy Henessy, y el resto estaba lleno con botellas de cerveza extranjera y del país.

Sobre el mostrador estaba el triple anisado que nos había ofrecido el amable hotelero, en un botellón de cristal; había otro de brandy; y el vendedor proveía de ellos a un corro de más de diez jóvenes que fuera del mostrador estaban charlando alegremente.

Fuíme en busca de frutas (que allí las hay exquisitas, en abundancia y muy variadas);conseguí cuantas quise, y volvía feliz con ellas, cuando encontré que los cachacos del pueblo habían invadido el hotel, y atisbaban a mis hijas cual si fuesen animales raros, espiaban todos sus movimientos, y los más osados se atrevían a hacerles señitas amorosas.

Lleno de indignación fui a cerrar la puerta de la sala, cuando don Polidoro se interpuso, pidiéndome que le permitiese entretener a las hermosas señoritas, tocándoles en la guitarra, que al efecto traía lista, algunas polkas que había compuesto en sus ratos de ocio; y sin oír mi contestación, entróse y principió a rascar el instrumento.

A las cuatro de la tarde llamaron a comer, lo que interrumpió la orquesta del hotelero, y nos dirigimos al comedor, pero él creyó conveniente ofrecer muy galante el brazo a la mayor de mis hijas. Por fortuna ella, haciéndose la distraída y la sorda, entretenida mirando un pajarito que en el patio había, lo dejó con el brazo enjarrado en presencia del público que estaba en los comedores.

El comedor es muy bonito, espacioso, con cristales que permiten ver el sol poniente y que dan mucha claridad, y colgado con papel imitación de madera y círculos dentro de los cuales hay pinturas que imitan aves muertas, frutas y flores. La mesa es grande, con manteles de color sospechoso y servilletas poco nítidas, y los cubiertos de hierro, y poco aseados.

Ya el comedor estaba lleno de los comensales del hotel; algunos sentados a la mesa, con ruana y sombrero metido hasta las cejas, como si fuesen a pasar el páramo, habían empezado a tomar la sopa y sorbían produciendo el ruido de una locomotora que arroja vapor; otros hacían las últimas libaciones con brandy, antes de la comida; y la mayor parte, formados en dos filas, aguardaban a que nosotros pasásemos por el medio para satisfacer ampliamente su curiosidad.

Apenas nos sentamos, un criado nos fue sirviendo a cada uno un plato de sopa de fideos; pero no era tal sopa: era la milmillonésima partícula homeopática de fideos, disuelta en las aguas del Tequendama, y distribuida después en porciones del tamaño de un plato.

Luego vino un pollo tísico que el elegante hotelero, con actitudes académicas, dividió y repartió entre los comensales; después un cocido, cuya carne parecía haber salido de la tenería de Agualarga; y cerraba el banquete un postre de leche y huevos, al que le faltaban la leche, el azúcar y los huevos.

El crujir de los dientes al masticar, los sorbos descomunales y terribles que daban, y el repiqueteo de los tenedores y cuchillos contra los platos, producían un ruido como el que se oye en la Ferrería de La Pradera; y este ruido lo dominaba de vez en cuando la voz estentórea de un jayán que gritaba. ¡Cerveza! ¡Más cerveza!

La parte poética del hotel estaba en las caballerizas. Allí, cual graves académicos, estaban nuestros caballos, haciendo versos unos, otros una disertación sobre la inmoralidad de introducir la letra K en el idioma muisca, y otros, con el pescuezo estirado, aguardando la palingenesia universal.

Llegó la noche: las camas eran todas el lecho de Procusto, sin variación alguna, ni en tamaño ni en forma; y sólo había en ellas un colchón que cantaba como el leguito del convento en la zarzuela de los Madgyares:

 

Tú vienes aquí por lana,

yo te voy a trasquilar;

 

unas sábanas almidonadas y tiesas, que cortaban las carnes, y unas frazadas que debieron de fabricarse como redes a propósito para pescar ballenas.

Separaba nuestra alcoba del salón de billar un delgado tabique; y desde que nos acostamos empezamos a oír las bolas de marfil que daban unas con otras; las pisadas de los jugadores en el entablado y el grito del garitero, que decía a cada momento:¡Cinco contra doce!¡Treinta contra treinta y seis! Y así sucesivamente, hasta acabar cada juego, volviendo luego a comenzar.

Por fin nos dormimos. ¡La naturaleza es tan débil! Y entregados estábamos a los Brazos de Morfeo, como diría el hotelero, cuando nos despertó tropel de gente en el patio, voces confusas, rumor de tempestad, ruido de armas y gritos descompasados. ¡Seductor! ¡Picaro! ¡Te mato! ¡No lo mate! ¡Asesino! ¡Pum, pum! Tiros de revólver, alaridos de mujeres y llantos de muchachos. ¿Qué era todo esto? Nada. Una querella de bebedores que había empezado en la cantina, se había comunicado a la calle, había llegado a la plaza, se había sentido en las casas, había atraído a las mujeres, y en la cual la población entera había tomado parte escogiendo para teatro nuestro hotel.

Por la mañana no aparecían los frenos de nuestras monturas, porque unos huéspedes, más madrugadores que nosotros, habían cargado con ellos. No nos dieron desayuno, porque en un hotel de cierta categoría no se sirve sino café con leche, y las vacas no habían venido aún de los potreros; pero en cambio, y antes de que yo la pidiera, me presentaron, en papel timbrado con la mayor elegancia, la cuenta de gastos, cuya suma era tan alta, que apenas pudiera compararse con las reclamadas ante la comisión de suministros.

Y queda así cerrada la mentirosa historia de la Posada y el Hotel. 

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