Aquí la esperanza, siempre alimentando el pensamiento, dejando correr el tiempo que trae nuevos favores; a la luz vacilante de los astros, en el silencio apacible de la noche, quiere mi corazón, sediento de deleites, pasar las horas hasta que el alba con nueva luz y nuevos horizontes venga a despertarme, ofreciéndome los besos de la joven naturaleza, que en una mañana de amor y de deleite ha de ofrecerme la felicidad.

El incienso que en tu suntuoso templo vengo a ofrecer es el amor que embriaga mis sentidos, es la pasión que tu sublime majestad me inspira, es la adoración que mi fogoso corazón te tributa; es el amor que hacia ti me lleva, me arrastra con delirio sublime y me inspira el deseo de confundir mi voz con el ruido de tus hojas, mis suspiros con el aliento de tu brisa, mi vida con tu augusta soledad, y mi ser con tu existencia eterna y misteriosa, para poder dormir en tu seno el sueño de la eternidad.

 

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Selvas del alto Magdalena

 

Vengo a tu templo lleno de unción y de piedad. Mi rodilla se dobla ante tu augusta majestad; mi vista deslumbrada quiere descubrir el misterio de tu escondido altar, y mi alma, que aquí se eleva y se engrandece, quiere unir su plegaria al himno inmortal de la creación.

¡Salve naturaleza fecunda e inmortal! Renuevo de vida, de luz, de flores y de armonía. Madre de las generaciones que, como las ondas del río que en medio de tus selvas corre, se suceden las unas a las otras, encontrándote siempre solícita y amante, y que hallándote todas joven y hermosa te saludan al nacer, llenas de gozo, y se despiden de ti con dolor cuando van a perderse en el desierto de los siglos.

¡Virgen naturaleza, yo te adoro! Envuélveme en tu manto de esmeralda, déjame respirar el perfume de tus flores, escuchar la armonía de tus cantos, y que en un lecho de mullido césped, aquí en la soledad, reciba yo el beso sublime de la muerte.

Las orillas del alto Magdalena estaban entonces cubiertas de tabacales, y Lérida, Guayabal y todas las poblaciones cercanas proveían de tabaco a Ambalema, que se convirtió, como hemos dicho, en una gran ciudad, donde había magníficas y espaciosas factorías para preparar el tabaco de exportación; fábricas de cigarros en abundancia; hoteles, casas de consignación y un movimiento industrial como jamás se había visto; allí iba yo con frecuencia a vender el tabaco y a comprar provisiones, y allí conocí a una señora de Santa Marta, a quien recuerdo que compuse estos versos:

 

Margarita, tengo miedo,
estoy de veras temblando,
seguir en tu álbum trovando,
después de hacerlo Madiedo,
es como hacer contrabando.
 
Señora, soy cosechero,
no son los versos mi flaco,
que me recibas, prefiero,
en señal de que te quiero,
un andullo de tabaco.
 
Que en la ciudad del dinero,
en la venal Ambalema,
es todo afecto sincero
y toda amistad extrema
mal tabaco veranero.
 
Es mi rival un poeta,
y si mis versos escribo,
me puede jugar la treta
de lumbar cada cuarteta,
diciendo: no es de recibo.
 
Que escriba versos Zorrilla,
y el mundo lo aplaudirá;
mas si yo hago una quintilla,
descuidando la flotilla,
todo el mundo se reirá.
 
Mas si tu capricho impera,
hágase tu voluntad;
si no salen de primera,
la segunda es pasadera
cuando tiene calidad
 
 
Hay en el desierto que habito, sombrío,
una linda palma, suntuosa, oriental,
que verde engalana la margen del río,
y en mi honda tristeza y en mi desvarío,
sentado a su sombra disipo mi mal.
 
¡Pobre palma sola! que vive llorando,
y al viento ocultando su eterno llorar;
y a todas las ondas que pasan, confiando
una amarga queja y un suspiro blando,
para sus hermanas del bordo del mar.
 
¡Ay! ella les cuenta que su noble frente
también en la costa batió el aquilón;
que allá donde brilla el sol refulgente,
pasó su dichosa niñez inocente
dormida del ábrego al mágico son.
 
Que de allá do luce magnífico el cielo,
sacrílega mano su tallo arrancó,
y en aires extraños, en mísero suelo,
rodeada de bosques que aumentan su duelo,
del río en !a margen su suerte fijó.
 
En vano sus trovas, dulces, melodiosas,
al pie de su tronco va el toche a cantar;
en vano las brisas amantes, gozosas,
juegan con sus hojas, verdes y coposas:
nada de la palma disipa el pesar.
 
¿Herí tus recuerdos gentil Margarita?
¿Por qué de tus ojos el llanto brotó?
¿Estaba en tu pecho la historia ya escrita,
¿Conoces la palma que vive proscrita,
la que en el desierto mi canto inspiró?
 
Sin saber cómo ni cuándo,
uno tras otro, rodando
los versos mi amiga, van;
pero me están aguardando
en el caney con afán.
 
¡No escribo más, ángel mío!
(lo escrito para los dos),
que ya diviso en el río
mis horquetas y el avío.
¡Adiós, Margarita, adiós!
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