—Vengo, después de verlo, a traerle esta pepa.

Era una sandía hermosísima y en sazón. Después, poniéndose en cuclillas y armando con el dedo un agujero en el suelo, principió este diálogo:

—Pues mi dotor, yo vengo desauciao a echarme en brazos de busté, que después de Dios es nuestro padre, y a más es dueño de tierras.

—¿Qué quiere, taita Ponce?

—Pues ha de saber mi dotor que me encuentro péndulo, y vengo a que me haga una grande iniquidá.

—¿Cuál es?

—Pues vengo a que me dé un suicidio con qué meterle colunias al caney.

—Está bien.

—Yo quisiera que midotorme diera el suplicio de un toro.

—¿Cómo es eso?

—Pues que me afianzara un toro, para yo tener una galantía con qué poder echar una buena siembra en esta cosecha.

—Imposible, taita Ponce, si usted ya debe mucho, no trabaja, y nunca entrega tabaco.

—¡Ah! mi dotor, eso es por las circunstancias de los tiempos; pero ahora tengo una flor de tabaco que la voy a traer, apenitas dé, porque está todavía zarazo.

Y, yendo de engañado a engañado, taita Ponce se llevó siempre el toro, sin haber hecho objeción ninguna al precio por que se lo vendí; y el día de la matanza hizo un convite para que fuesen los demás cosecheros a ayudarle a levantar el caney.

Era de verse la multitud de calentanos ese día, trabajando con la más bulliciosa algazara, procurando cada uno que el vecino fuese quien llevase la carga, y levantando así algunas de las columnas del caney; pero como era convite, los tragos se sucedían sin largos intervalos, dando el ejemplo taita Ponce, que quería pasar por rumboso y espléndido ese día.

A las doce, y después de un opíparo almuerzo en que devoraron la mitad de la res, ya todos los convidados estaban imposibilitados para trabajar; y medio ebrios, los unos luchaban a brazo partido en la llanura, los otros cantaban debajo de una ceiba, y otros jugaban a la primera convidada; de cuyo número fue taita Ponce, quien perdió el resto de la res, el chinchorro y todo cuanto poseía.

Si alguna vez tuvo taita Ponce la flor de tabaco que me había prometido, fue un misterio para mí, a pesar de la vigilancia de los inspectores; pues parece que unas veces lo sacaba verde para venderlo del otro lado del río, donde los chuseros tenían caneyes a propósito para comprar el tabaco y secarlo; otras, cambiaba en las sartas a media noche el bueno por carola, de manera que al día siguiente los comisionados, al hacer la visita, no encontraban merma en el peso, pero el día en que se le recibía el tabaco ya no servía para nada, y ya, en fin, apelando a la astucia, al fraude y a todos los recursos humanos, lograba, como un cubiletero, que el tabaco, ya seco y preparado, desapareciese por encanto en el tránsito del caney a la casa de recibo.

Un día que yo tomaba un baño en el delicioso Magdalena, vi que taita Ponce llegó a la orilla con tres vástagos de plátano, los echó al río, atólos con un bejuco, y quitándose la camisa, que puso sobre dos estacas cruzadas en. la balsa, se embarcó, y en medio del río me gritó:

—Adiós, mi dotar, me voy desauciao a buscar posesión a Lagunilla, porque estas tierras ya no dan; pero su plata no la dé por perdida, pues Dios mediante, algún día nos hemos de volver a encontrar.

¿Qué había dejado taita Ponce? Una cuenta en el libro por$ 300;tres palos parados para formar un caney, y su grata memoria.

Otro cosechero es un tipo de trabajo, de honradez y de esperanza.

Si viajar en los Estados Unidos del Norte es un placer para el filósofo y el amante de la humanidad, porque no encuentra allí el pauperismo, lepra que devora la población de Europa, y porque ve la comodidad y el bienestar repartidos por todas las clases, venir al Magdalena, después de recorrer el interior de la República, viendo su población mugrosa y esclava de un salario, es también un placer, porque aquí se encuentra al cosechero, rodeado de su familia, en medio de la abundancia, y mitigando la maldición de comer con el sudor de su frente.

En efecto. Es muy grato llegar al espacioso caney, descubierto por todas partes, y sólo por un lado tapado con hojas de palma, para formar la alcoba, donde duerme la familia y donde tiene sus baúles, una mesita con botellas, algunos platos y pocillos de loza fina, hay una vara atravesada, de donde penden la ruana y el traje de gala del hombre y su mujer, y las monturas varoniles que sirven para ambos.

El frente del caney está empradizado de verde grama, y debajo de los totumos y naranjos hay una barbacoa, donde lucen grandes y pequeñas ollas de barro colorado, y más lejos se ven atados, entre el pasto de guinea, una yegua y un caballo en delicioso consorcio.

El caney está ocupado hasta la mitad por una troja de maíz, conservado en mazorca con hojas, la otra mitad se emplea en las operaciones del diario, y el techo está cruzado por infinidad de cuerdas en las que va ensartado el tabaco. Los racimos de plátanos de la vecina platanera, se maduran colgados al humo de la hoguera, y las gallinas, los patos, los palomos y el cerdo que engordan, tienen siempre el caney en bullicio y agitación.

Al rayar el día se levanta el enjambre de muchachos del cuero en donde duermen, y en estado de primitiva desnudez marchan al río a regar las eras del almacigo. Verdadera fiesta para ellos, pues el agua es la felicidad en el clima caliente, y ellos cumplen su tarea bañándose, nadando y jugueteando, hasta que el padre, armado de un perrero, viene a llevarlos por delante para el caney.

Allí los esperan tazas de chocolate aromático y sabroso, acompañado de arepas de maíz y plátanos verdes asados, y concluido el suculento desayuno, marchan en procesión, uno en pos de otro, vestidos hasta la cintura y cubierta la cabeza con un gran raspón, al tabacal a matar cachudo, a despulgar, y a coger el tabaco en sazón.

Cuando ya el sol es muy fuerte, cada uno toma su pizca o tercio de hojas de tabaco verde, se lo echa a la espalda, y presididos por el padre, marchan a almorzar y a sestear al caney.

El cosechero tiene siempre comidas abundantes, aunque es parco en comer, y en ellas su mujer sabe mezclar, con infinita variedad, el exquisito viudo de pescado, el sancocho de plátano con carne, el arroz atollado, el cocido y el peto de maíz.

Después del almuerzo el cosechero duerme, o sentado en una banquita, emprende la laboriosa tarea de tejer su atarraya; y es entonces cuando la mujer domina, presidiendo todos los trabajos, al mismo tiempo que le mete fuego a la homilía, que espanta los perros, que llama las gallinas, pela plátanos, y arrulla al niño que lleva en los brazos.

Aquí hay poesía, hay belleza, y si la escena se contempla en medio de las agrestes selvas, iluminada por el sol de los trópicos y a la orilla del caudaloso Magdalena, teniendo una imaginación ardiente, y siendo un hombre apasionado por la familia, se siente placer y el corazón descansa.

La voz cadenciosa de la mujer no deja de oírse un momento, lo que prueba que la lengua no es sólo el arma, sino también el poder, de esta parte predilecta de la humanidad.

—Mira, Juancho, que no hagas maganza. ¡Chi, chi! Espanta esas gallinas y échales agua, que están doraditas.

—Miren el diablo del gato, metido entre el rescoldo.

—¡Cabeza con cabeza y cola con cola! ¿Como que no sabes amarrar los ataos?

—Ensarta la carola aparte.

—¡Arrú, arrú, arrú!

 

Duérmete, niño,

que tengo que hacer,

lavar los pañales,

y hacer de comer.

 

—Mira que se arrebata esa olla, sacále unos tizones.

—Compadre Pancho, pasque ni an agua hay, vaya y se trae un túmbilo al río.

—Cantalicia, no jugués, porque te doy con el chirrión.

—Oiste. Mira ese marrano que rompe las ollas. ¡Como que no tenés ojos!

—ÑorToribio, déjese de estarle haciendo sanajorias a Emperatriz, porque se lo digo a é,. y viene y lo jarta a palos.

Así, ella presidiendo, viendo, mandándolo todo; y la familia ensartando, colgando y amarrando tabaco, pasan el día, hasta que la tarde se refresca, y entonces vuelven al tabacal a darle la última mano.

¿Le falta algo al cosechero? Tiene trabajo, abundancia, hogar, familia y porvenir.

Sí; le falta una voz amiga que le enseñe la moral; que dulcifique sus costumbres semibárbaras; que lo haga sobrio y económico; que lo lleve poco a poco por la senda de la civilización, y que sin arrebatarle el trabajo de sus hijos, le inspire el deseo de mejorar su condición, haciéndole amar la virtud y mostrádole los encantos y los placeres de la vida social.

Terminaré, amado lector, y para dar una idea de la vida que en el Magdalena se llevaba, copiando una página de mi cartera:

Marzo16de1865

 

Es preciso apuntar los acontecimientos de este día.

1°Supe que el caney de Manuel García, y que yo le había comprado, se quemó también con las otras casas y caneyes de que ya tenía conocimiento.

2°A las diez de la mañana recibo las cuentas de Vanegas, mi recomendado accidental, y resulta alcanzado en$ 375.

3°Descubro también que ha dispuesto de seis toros para pagar sus deudas a Troncoso.

4°Al examinar la cuenta del ganado, aparece que ha dispuesto del producido de cuatro reses más. No hay ninguna esperanza de que Vanegas pague el valor de lo que ha dispuesto.

5°Al montar Vanegas, reparo que está en mi macho pardo, y que lo ha vuelto tuerto.

6°Mandé que quemaran el potrero de Chipaná y unos rastrojos, y Chipaná no se ha quemado.

7°A las dos de la tarde se quemó, desgraciadamente, el potrero de Colombia, que contenía110 reses, y también se quemaron las casas de Eduardo Jiménez.

8°Pasó el día inútilmente apagando el fuego.

9°A las doce de la noche viene Rodríguez a avisarme que se ha incendiado también el potrero de Lurá, conteniendo más de400reses y50bestias.

10°A las cinco de la mañana hago levantar a todo el mundo y se consigue que no se queme sino la mitad del potrero.

11°A las siete de la mañana, vuelve a incendiarse el potrero, estando yo solo en él.

12°Un toro aparece quemado.

13°Otro toro aparece muerto en el camino.

14°Al retirarme del incendio, a las ocho de la mañana, una gran serpiente venía adelante de mí y se volvía con frecuencia; pero yo iba agobiado de pena y de cansancio, y no me daba cuenta del peligro. De repente la culebra se para, levanta la cabeza y me embiste. Entonces fue cuando estimé el peligro.

15°A las dos de la tarde me avisa el alcalde de Piedras que Jiménez ha conmovido el pueblo contra mí; porque se ha presentado ardido y diciendo que yo le he arruinado, y me citan para la demanda.

16°A las cinco de la tarde recibo otra boleta para que conteste demanda con Pedro Medina, por incendio.

17°A la vuelta de Lurá, a las seis de la noche, vengo rendido y triste, y me doy con un tronco atravesado de uno al otro lado del sendero, un golpe en la cabeza.

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