«Todo el ejército, dice Plaza refiriendo este infausto acontecimiento, esperaba y deseaba, de un momento a otro, la muerte de Quesada, para restituirse a Santa Marta; pero este hombre extraordinario, este esforzado caudillo, no sólo convaleció, sobrellevando el hambre, la intemperie y toda falta de recursos, sino que se hizo superior a los consejos de la debilidad y el desaliento, y a las voces amenazantes de algunos de sus soldados. Ya corría el año de37,y Quesada, grande como los antiguos, era el primero que daba ejemplo de valor y de constancia, trepando al frente de sus tropas por las fragosas sierras del Opón, con inauditas penalidades, escasez de víveres y bajas de muertos y enfermos en el ejército. Los soldados tenían que dormir en las copas de los árboles, dejando los caballos anegados hasta las ijadas en los pantanos inacabables de la montaña. Muchas veces la ración consistía en un pedazo de carne de caballo de los que morían, y diez y ocho granos de maíz, y otras en carne de perro y de gato de los que llevaban, o los cueros de las adargas».
¿Quién en este hombre incansable hubiera reconocido al estudiante de Granada, que resolvía silogismos; al abogado que alegaba en estrados, o al justicia mayor, que administraba el derecho en la nueva colonia?
Su genio lo llevaba, el destino lo protegía, su constancia lo salvaba, y a pocos días, trasmontada la sierra, encuentra tierras llanas, y él es el descubridor y conquistador de la tierra que hoy lleva el nombre de Colombia.
El gozo sucede al desaliento: al hambre la abundancia; se encuentra la expedición en tierra fría, en clima dulce, en medio de inmensas poblaciones civilizadas, ¡y hay allí oro y esmeraldas en abundancia!Esto será mío, dice Jiménez de Quesada, y entonces pasa revista a sus tropas. ¡Y sólo encuentra ciento setenta y seis hombres! Depone el mando en medio del alborozo y del contento general, y los soldados lo proclaman de nuevo, llenos de entusiasmo, jefe; y lo relevan de toda sujeción al adelantado Lugo, gobernador de Santa Marta; para que sea él solo quien tenga la gloria de conquistar los reinos descubiertos.
He aquí la proclama que en ocasión tan solemne dirige a los soldados, y que es un admirable plan de campaña, y que parece dictada por uno de los grandes capitanes de la revolución francesa:
«Ha llegado el tiempo, valerosos españoles y compañeros míos, en que rota la cadena de los trabajos en que estuvisteis aprisionados en la cárcel de las montañas, veáis en los dilatados espacios de este país cercano, el logro bien merecido de vuestros afanes. La multitud de los naturales, aseo y disposición de sus personas, dan claras muestras de las benignas influencias de que gozan: la tierra, menos cautelosa que sus dueños, descubre señales de ricos tesoros que depositan sus entrañas al repaso de ríos caudalosos, veneros en que cebar la esperanza.
«Tengo bien experimentado vuestro valor en la pronta obediencia con que habéis ejecutado mis órdenes, venciendo abismos de dificultades, y en la ocasión que nos llama, quisiera no interponer dilaciones, pues la presteza en los acometimientos aumenta el temor de los contrarios, a quienes habernos de sojuzgar más con el espanto que con las armas, y éste será tanto mayor en sus ánimos cuanto lo sintieren más apresurado de nuestra parte. Preguntado Marco Catón cómo se había vencido cierta ciudad en España, contestó que caminando en dos días lo que se andaba en cuatro, porque si la prevención es trueno, la ejecución debe ser rayo.
«¿De qué habrían servido las calamidades si no aprovechamos la gloria que la fortuna nos facilita? ¿De qué haber librado las vidas de cuantos de nuestros amigos que han perecido, si no las aventuramos de manera que nuestro nombre se eternice o una honrosa muerte nos disculpe?
«No es la multitud de enemigos a contrastar la fortaleza con que hemos vencido tantas miserias. Si el fin de ensalzar el nombre de Cristo es que mira un valor arrestado, muy por su cuenta corre sacarlo victorioso de mayores peligros. Nunca fueron pocos soldados los buenos, ni muchos los que pelean desordenados.
«Las hazañas que os esperan serán mayores por el riesgo de obrarlas que las que tenéis ejecutadas en tantos encuentros, y los que supieron salir tan airosos de las primeras, poco deben recelar mal suceso de las segundas. Los que de sí desconfían son podiones en que se esculpen las victorias de los contrarios; y los que nada temen, cuando la suerte está echada, son galanes de la fortuna a quienes ella corteja con los mismos favores que a César. Esto se entiende siendo forzoso abrirse camino con las armas: pero no siendo forzoso el empeño es desacuerdo que reprueba la prudencia, ocasionar el combate, pudiendo conseguir el fin por medios más suaves.
«De los mayores aciertos fue medianera la paz y el agasajo, conveniencias entre ambas, que aún los más bárbaros apetecen. Y pues tanto importa reconocer estos indios, sano acuerdo será intentarlo con halagos sin llegar a rompimiento antes de hallamos ocasionados. Si nos conciben hombres, no excusarán la comunicación, y si, con las obras desmentimos lo racional, perderán en tan natural defensa, haciéndonos los primeros males con la ocultación de sus propios bienes. De suerte que lo más conveniente será siempre asegurar la caza con arte, y sujetar estas naciones con maña, ya que la fortuna, al parecer de quien la teme imposibilita tomarla por fuerza, y si a los medios pacíficos correspondieren sencillos, no faltando a lo pactado, nos haremos superiores, guardando palabras; pero si desestimasen nuestro agasajo, no excusaré aventurarme hasta que nos veneren».
Después, la conquista hasta la capital del reino de los muiscas, no fue más que una serie de triunfos debidos al valor castellano y a la hábil dirección de su jefe: un paseo glorioso, en medio de las poblaciones pasmadas, vencidas cuando resistían, y que en su espanto los creyeron hijos de Zuhé, y que quemaron mosque o incienso delante de ellos como si fuesen dioses.
Entonces Gonzalo Jiménez de Quesada asume el carácter que la divinidad podía tener en la mente de los indios, y arregla su conducta de manera que el puñado de dioses que estaban rodeados de millones de mortales, no perdiesen su prestigio divino, y que inspirasen los sentimientos que los seres superiores inspiran por dondequiera: amor, humanidad, respeto, veneración, miedo y espanto.
Por eso era inflexible con los suyos cuando quebrantaban las reglas que dictaba como indispensables para la salvación de su pequeño ejército. Dios es justiciero, y por lo mismo castiga con la muerte al soldado Juan Gordo, que en Suesca cometió la injusticia de apropiarse las mantas de un indio; Dios no es temerario, sino prudente, y por esto, después de la victoria de Nemocón, hace arrestar a los bravos capitanes que se excedieron en el valor y se apartaron del ejército. Dios está en todas partes, y Quesada, admirable estratégico, sienta sus reales en Funza: ataca a los caciques de los alrededores, va a Somondoco y recoge las esmeraldas; está en Tunja, saquea la ciudad, se apodera del zaque, tan poderoso como el zipa, y consigue tesoros tan grandes, que en el montón de oro que se formó en el patio de una casa no se veían los soldados del uno al otro lado: y por todas partes se le ve y se ve a los españoles. Dios es invencible, y los españoles vencen al formidable Tundama, y ¡cosa maravillosa! descienden al territorio de los feroces e invencibles panchos, y de allí salen con vida. Dios no admite otro culto que el verdadero, y Quesada invade el territorio sagrado de Iraca, aprehende al sumo sacerdote, e incendia el santuario de todas las ciencias, las artes y la fe que poseía el famoso templo de Sugamuxi. Y no llovió fuego del cielo; Chin no hizo crecer de nuevo la laguna de Bogotá para que anegara el suelo que pisaban los extranjeros, ni Nenqueteba los hirió con la vara que daba la vida y la muerte. Los españoles, pues, eran los hijos del sol, y Quesada era el dios tonante de esta nueva mitología.
La conquista se extiende así en menos de un año por todas partes, y aquel hombre que había roto todos los títulos de legitimidad que reconoce el mundo, olvidándose hasta de enviar razón de sus descubrimientos al gobernador de Santa Marta, que le había dado la expedición, se hace, no obstante, obedecer de sus soldados; derrota a los indios que se le oponen hasta que muere el zipa en Facatativá, y cuando el sucesor intenta resistir, lo derrota también y lo obliga a entrar en tratados.
¡Admirable diplomacia la del general Quesada, que obliga al Zipa a que ponga las tropas a sus órdenes para batir a sus enemigos los panches; que subleva a los caciques contra el Zipa, debilita el imperio, y logra, al fin, que aquí, en el fondo de las selvas de América, en donde habían dominado por siglos unos soberanos indígenas, se venga a reconocer a un rey lejano, cuyo nombre no saben siquiera pronunciar!
Porque es preciso reconocer, para la gloria de este hombre singular, ques no fue sólo la fuerza la que sometió a estas regiones al dominio de España, pues que vemos que por mucho tiempo, reunido ya un gran poder aquí, y constituido un gobierno, los muzos resistieron la dominación, los Iraquíes se mostraron formidables, los pijaos combatieron incansables y asolaron las más ricas ciudades, los andaquíes jamás fueron sometidos, y los guajiros quedaron independientes por trescientos años, mientras que Quesada, con ciento setenta hombres, tomó posesión del imperio más bello de América, para ofrecérselo como regalo al monarca que gobernaba a España.
Dichoso estaba Gonzalo Jiménez de Quesada con su reino, y ya se preparaba para ir a España a deslumbrar con la fama de sus conquistas y el brillo de sus riquezas, cuando le llega noticia de que otro ejército español viene por el lado de Neiva.
Este ejército es el del general Benalcázar, quien después de haber ayudado a la conquista del Perú, y hecho la del reino de Quito, sigue avanzando, siempre en busca de El Dorado, y se dirige a Bogotá. El ejército viene en magníficos caballos, arrogantemente vestido; lleno de comodidades, con un gran equipaje, conducido por numerosos indios, y por dondequiera que pasa levanta fortalezas, deja establecimientos y funda ciudades, en señal de que toma posesión soberana del reino.
¿Qué hacer? Pelear y vencer al contrario o ser vencido por él, y entregarle el reino. No había otro remedio.
Quesada, sin embargo, quiere ensayar la diplomacia, y envía a su hermano y a otros bravos capitanes a donde Benalcázar, llevándole un presente de oro y dándole cuenta de sus conquistas. Benalcázar, caballero y gentil, le devuelve una suntuosa vajilla de oro, y le dice que no viene a arrebatarle sus conquistas sino en busca de El Dorado, y de un camino para salir a la costa y de allí a España; pero avanza, avanza, y nada garantiza sus palabras.
¡Una nueva desgracia! Llega la noticia al mismo tiempo, comunicada por Lázaro Fonte, desterrado a Pasca, de que por el lado de Fosca viene otro ejército de españoles, desnudo o vestido con pieles de animales salvajes, hambriento y ansioso de llegar a Bogotá.
Este era el ejército al mando de Federmann, que desde el Cabo de la Vela, en las costas de Venezuela, atravesando los llanos y trasmontando la sierra, llegaba también en busca de El Dorado, y a tomar posesión del reino de los muiscas.
Los capitanes de Quesada imponen a Federmann de todo lo acaecido, y le hacen mil propuestas en nombre de su general; pero éste, desconfiado y receloso de que aquél lo engañase y le quitase su fuerza, o muy astuto para convenir en reconocer una conquista que él había venido haciendo por distinta vía, en nada conviene, y mientras tanto, dice Piedrahita: «Instigado Benalcázar de algunos de los suyos, y olvidado por esto de la primera resolución, con la esperanza de apropiarse la conquista, pasó el río Magdalena, tomando la vuelta de Santafé, por la provincia de los panches, con tanta celeridad, que casi a un tiempo le llegó a Quesada la noticia de haber esguazado el río, y la de haber encontrado por los llanos a Bogotá, deseoso de coligarse con la otra gente española que había arribado a Pasca, según la relación que también tuvo de algunos indios panches».
«Esta nueva por no esperada de Quesadacontinúa el mismo historiadorporque lo cogió sin haberse convenido con Federmann, lo alteró tanto que se le representaba mayor el tiempo de perderlo todo si la gente del Perú y Venezuela se ligaba en perjuicio suyo: de que ya empezaba a tratar Benalcázar, acuartelado en Bosa, dos leguas de Santafé, según a cada paso se lo avisaban los capitanes Junco y Suárez, que estaban con Federmann, y así resuelto a no permitir que lo echasen del reino los dos caudillos, para dividírselo entre ellos a título de que caía en los términos de la gobernación de cada uno, juntó toda su gente con más de veinte mil indios, con ánimo de presentar al uno de los dos campos la batalla antes de que lo buscasen los enemigos unidos».
Esta es una resolución boliviana, de esas que inspiran el genio y deciden del éxito de una empresa.
Aquí debo mencionar como curiosa una circunstancia, que llamó la atención de Piedrahita, quien dice: «Y por muy digno de reparo en el lance presente, es de saber que en cada cual de los tres campos había el mismo número de combatientes, ni uno más ni menos, que fue a ciento sesenta y tres, un clérigo y un religioso».
Pero en el campamento de Bogotá está el general Quesada, y él logra, dando dinero y ropa al indómito Federmann, y deslumbrando al altivo Benalcázar, que rechaza el oro con orgullo español, someter a ambos generales; logra que sus ejércitos se incorporen al de Quesada, que el reino quede en su poder, reconociendo su derecho de conquista.
Esto es glorioso.
Guerrero, descubridor, conquistador, todo lo había sido Quesada. Pero le faltaba, para ser como Alejandro, fundar una ciudad.
El día6de agosto de1538,en el sitio en donde el zipa tenia sus quintas de recreo, llamado Thisbaquillo, en el extremo del Valle de los alcázares, bajo un cielo hermoso, en dulce clima y suelo fértil, al pie de dos cordilleras cubiertas de laurel, y por donde corrían dos frescos y cristalinos ríos, fundó la ciudad de Santafé de Bogotá, y denominó la tierra conquistada el Nuevo Reino de Granada.
«Reunida la tropa castellana, dice Plaza, y previa la celebración de la misa por el padre fray Domingo de Las Casas, pariente del célebre obispo de Chiapa, pasearon los castellanos en gran cabalgata el recinto de la nueva ciudad, marchando al frente Quesada, de grande uniforme y con la espada y pendón en las manos, se anunció en alta voz por reiteradas ocasiones, que se tomaba posesión de lo descubierto en nombre del augusto emperador CarlosV».
Esta ceremonia imponente, en medio de las soledades del Nuevo Mundo, y en presencia de un millón de indios que pasmados y de rodillas la contemplaban, excede en magnificencia a todo lo que la mitología refiere de los dioses fundadores de las ciudades griegas.
Fundar una ciudad, como cuerdamente le aconsejó Benalcázar, era asegurar la conquista, poblar la América, unir su destino con España y trasplantar al Nuevo Mundo la religión, las costumbres, usos y civilización de la Península, y de tal manera esto se verificó, que Santafé de América, pronto vino a ser como una de las ciudades españolas, con su catedral imponente y severa, sus extensas plazas, calles rectas, cubierta de monasterios de ambos sexos, llena de iglesias y de ermitas, como eran las de España, y la Santafé del siglo XVIes la misma ciudad de la Bogotá del sigloXIX.
La dominación de Carlos V en España acabó con todo privilegio, todo fuero y toda libertad: quizás por la necesidad de amalgamar en un todo grandioso los diversos elementos que había dispersos en la Península ibérica; quizás para identificar los distintos reinos y para mostrar al mundo el vigor de esa poderosa nación, o quizás porque el despotismo del César, suspicaz y orgulloso, nada quiso para la nación, todo para él, y miraba con recelo y con rivalidad cuanto había de noble, de generoso y de libre en las tradiciones españolas, y se complacía en destruirlo con su soberana voluntad.
Pero no pudo destruir el déspota una institución bajo la cual se refugio la perseguida libertad, la ciudad con su cabildo, sus regidores de origen popular, y una sombra de justicia delegada a los jueces.
Cuando Gonzalo Jiménez de Quesada, siguiendo el consejo de Benalcázar, vio cuánto le convenía ponerlo en ejecución, fundó una ciudad que perpetuase con lustre en los siglos venideros, su poder y su nombre; dio traza a la disposición de las calles y solares, iglesias y plazas que parecían más convenientes a la ciudad que había de ser cabeza de aquel reino; hizo elección de regidores para el cabildo, entrado el mes de abril, los cuales fueron Antonio Bermúdez, Femando de Rojas, Juan de San Martín, Lázaro Fonte, Juan de Céspedes y Antonio Díaz Cardoso.
¡Portentoso poder el de las instituciones democráticas! Este cabildo, fundado por Quesada en 1535,fue el mismo que, compuesto de los regidores don José Miguel Pey, don José Acevedo, don Miguel Pombo, don Frutos Joaquín Gutiérrez, don Camilo Torres, el canónigo don Juan Bautista Pey, el ídem don Andrés M. Rosillo, el ídem don Martín Gil, fray Diego Padilla, el presbítero don Francisco Javier Serrano Gómez, el ídem don Juan Nepomuceno Azuero, el ídem don Nicolás Omaña, don Tomás Tenorio, don Joaquín Camacho, don Emigdio Benítez, don Luis Caicedo, don Jerónimo Mendoza, don Ignacio de Herrera, don Antonio Morales, don José Moledo, don Antonio Baraya, don Francisco Morales, don José Santamaría, don Manuel Alvarez, don Pedro Groot, don Manuel Pombo, don José París, don Luis Azuola, don Juan Gómez, don Justo Castro, don Fernando Benjumea, don José Ortega, don Juan Manuel Torrijos, don Sinforoso Mutis, don José María Domínguez, en la noche del20de julio de1810,proclamó la independencia de España.
Gonzalo Jiménez de Quesada bajó la cordillera, llegó a Guataquí, embarcóse en el Magdalena, desconocido y aterrador, y fuese a España con los generales Benalcázar y Federmann, lleno de riquezas, a ofrecerle a su soberano el reino descubierto y conquistado por él, y el soberano, ingrato, quitóle sus derechos, disputóle su gloria, y encausado, envidiado, perseguido en la maldita corte, fuese a otros reinos, y grandemente disipó su fortuna en pocos años, precediéndole por donde iba la fama de su lujo, de su opulencia y de sus prodigalidades.
Pero el Nuevo Mundo, el Nuevo Mundo no se apartaba de su memoria. El Nuevo Reino de Granada, teatro de sus hazañas, su obra, su orgullo, su gloria, era a sus ojos un sueño hermoso que iba a disipársele, y quería hallarlo de nuevo y estar en él, y ver la hermosa realidad de su conquista; por eso volvió a España, y aceptando condiciones humillantes del monarca y los títulos que quisieran concederle, vino a su querida Santafé, la que encontró ya engrandecida y hermosa.
César, conquistador de las Gallas, no quiso que sus famosos hechos fuesen olvidados de la posteridad, y para perpetuarlos escribió sus inmortales Comentarios, que es la obra militar más gigante que han producido los siglos, y Jiménez de Quesada, que tenía algo del espíritu divino que anima a los grandes y a los héroes, después de haber intentado una desgraciada expedición a los Llanos, retirado a la ciudad de Suesca, hoy un yermo desierto, concentrado el fuego interior en solo el pensamiento, meditabundo, reflexivo, juez de sus propios hechos, y teniendo delante de sí el juicio de la posteridad imponente y severa, escribió el Diario historial de la conquista. ¡Qué hombre tan singular fue, y qué modelo y qué herencia dejó a los colombianos el fundador de Bogotá! Débese sin duda a esto la energía que los caracteriza, su aptitud para las más opuestas carreras, su competencia para las ciencias, para el foro, para la poesía, para la guerra, y el haber producido esos hombres, como Custodio García Rovira, Joaquín Acosta y Tomás C. de Mosquera, que son matemáticos, políticos, historiadores y generales, y que parecen destinados a llenar ellos solos el vacío que dejan los cobardes y los perezosos.
Para juzgar del eminente mérito del Diario historial, basta recordar que en esa fuente bebieron Zamora, el padre Simón y Piedrahita; que a él deben su nombre Acosta, Plaza y Groot; y que cuanto se aparta en las crónicas de la época memorable de la conquista de lo que con ánimo sereno y para que lo conocieran las edades remotas depositó allí el conquistador, no es otra cosa que la fábula, y que sólo allí se encuentra la verdadera historia.
La desgracia en los héroes es como el manto místico en que se envuelven para presentarse a la posteridad, o como la diadema simpática que ha de ganar el amor, la compasión, el entusiasmo o la admiración de los siglos. César debía morir apuñalado en el senado, para que en todos los siglos se mostrara su túnica ensangrentada. Colón, encadenado, es sublime, y muriendo de hambre en Valladolid, conquistó las lágrimas de todas las generaciones.
A Gonzalo Jiménez de Quesada la desgracia aterradora y cruel lo persiguió implacable. En los últimos días se encontró viejo, pobre y con las deudas originadas por la última malaventurada expedición, vio su casa allanada y disperso su hogar. Fue preso y ultrajado por el adelantado Lugo; miró arruinado a su amigo Gonzalo Suárez Rendón; asesinado a su compañero Bartolomé Sánchez; proscritos y perseguidos sus parciales y desterrados sus hermanos, y últimamente sin mando ni autoridad en su propio reino. Miserable, acosado por sus enemigos; lleno de inquietudes y de alarmas; perseguido por los remordimientos; viendo quizás siempre delante la imagen del zipa muerto por él en los tormentos, y devorado por la terrible, asquerosa y aterradora enfermedad de Lázaro, pero sin someterse al destino, murió en Mariquita el día6de febrero de1579,haciendo poner sobre su sepulcro esta protesta cristiana contra las iniquidades de los hombres y la injusticia de la suerte:
Especto, resurrectionem mortuorum.
