con esta vida inquieta y miserable,
y de cabeza echarme en el depósito,
con una piedra atada del gaznate.
Por eso me dirijo hoy a vosotros,
nobles amigos, socios industriales:
queriendo remediar tanta injusticia,
queriendo la conciencia descargarme.
Sucesores os dejo de mis bienes
y herederos os nombro universales:
os dejo seis mil pesos que costaron
esos hermosos, malhadados tanques,
y lo menos diez mil que hay invertidos,
en esos tan inmensos pajonales:
entrad en posesión de mis dominios,
gozando proindiviso el ancho valle,
y quiera el cielo que tranquilamente
vuestros últimos años allí pasen. . .
Si a esta región desierta y solitaria
llega algún extraviado caminante,
y al ver tal tristeza y tanta ruina,
asombrado, la causa preguntare,
imaginando acaso que un ejército
en estos campos asentó sus reales,
el más anciano, entonces, de vosotros,
con aire gemebundo y con voz grave,
mi historia lamentable y desastrosa
en tono de leyenda contarále:
«Nunca, señor, oyóse en la comarca
el hórrido clamor de los combates;
nunca, hasta aquí, vinieron los franceses;
ni han estado jamás los alemanes;
no conocemos a Bismarck, ni a Moltke,
ni a Trochú, ni a Vinoy, ni a Julio Favre,
ni esta desolación ni esta rüina
son de ambición de César las señales;
esta aridez bien claro manifiesta
que en otro tiempo se fundó aquí.. . ¡un tanque!
Y estos que veis escuálidos jamelgos
maltraídos, hambrientos, bamboleantes,
que del pasto se agarran con los dientes,
cuando el céfiro sopla por el valle,
fueron antes corceles generosos,
de ojos de fuego y crines ondulantes,
de oreja inquieta, aliento poderoso,
de noble estirpe y ardorosa sangre. . .
Esta desierta y árida llanura,
en donde sólo pajazorro nace,
en otro tiempo fue virgen montaña
cuajada de robustos guayacanes,
poblada de reptiles venenosos,
y de animales y parleras aves,
que el espacio llenaban con sus cantos
al asomar el sol; y ese, que yace
en esta abandonada sepultura,
bajo la sombra del caído empaje,
en la desierta y lóbrega enramada,
causa, señor, de todos nuestros males,
fue quien hallara estrecha aquesa vega
para sus vastos y ambiciosos planes;
quien destruyó los centenarios bosques,
derribando robustos y altos árboles,
para sembrar añil; él quien nos hizo,
desde por la mañana hasta la tarde
trabajar sin descanso ni alimento
en poder de villanos y gañanes;
él mismo fue que no paró un momento
¡hasta pagar los peones a tres reales!
Mas, como es ley de Dios que los humanos
con sus obras, su ruina o dicha labren,
tras de tanto luchar, y angustia tanta,
desesperado un sábado en la tarde,
no teniendo una blanca en el bolsillo,
ni modo alguno de poder pagarles,
se echó a dormir en brazos de la muerte. . .
Y fue en brazos del diablo a despertarse. . .
¡Ay, de seguir ejemplo tan funesto
guárdete Dios, piadoso caminante!».
 
Sábado, abril 1° de 1871.
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